En las elecciones españolas el partido de ultraderecha Vox sacó tres millones y medio de votos. Más allá de las urnas, el principal peligro para la democracia es la normalización de los discursos y valores autoritarios. En América Latina esa amenaza no paró de crecer desde la presidencia de Jair Bolsonaro. Franco Delle Donne dice que, frente al descontento y el miedo de los perdedores de la globalización las dirigencias políticas tienen un desafío: construir un marco de discusión en el que la igualdad, la solidaridad y el respeto vuelvan a ser centrales.



La formación ultraderechista Vox se ubicó como la tercera fuerza en España. Es el partido que más votos ganó en relación a los comicios de hace apenas siete meses. Y en este punto, no hablamos de porcentajes: un millón más de españoles se inclinaron por Vox. En total, sacaron más de tres millones y medio de votos.

 

Las explicaciones y especulaciones acerca de la consolidación electoral de la ultraderecha son numerosas. Distintos analistas mencionaron los trasvases electorales desde Ciudadanos (C´s), el Partido Popular (PP) y los abstencionistas. También dieron cuenta de variables contextuales como el proceso en Cataluña o la exhumación de los restos del dictador Francisco Franco, todo en medio de la campaña.

 

Me interesa, en cambio, poner el foco en el impacto subterráneo de este fenómeno, una transformación tan progresiva y lenta que casi pasa desapercibida. Hablo de la normalización de las nuevas derechas radicales, de su influencia en el discurso público y de la redefinición de valores que ponen en cuestión los principios de libertad e igualdad más básicos.

 

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Guillermo Fernández, experto en derecha identitaria, explica que el independentismo catalán fue un punto de inflexión para el desarrollo de Vox (Fernández, 2019). Pero además profundiza en varias distinciones que ubican a esta formación política en la categoría de “nuevas ultraderechas de la cuarta oleada”.

 

Una de esas características es su capacidad para comunicar de modo eficiente y traspasar el esperable voto de la derecha más radical: el verdadero salto cualitativo tiene lugar cuando el interpelado está fuera de ese grupo. El vehículo es variable, pero siempre tiene que ver con las identificaciones de valores muy profundos de sectores que se perciben olvidados (Delle Donne, 2019). Fernández habla, por ejemplo, de la cuestión de la caza y del mundo rural en España, ambos símbolos de la pertenencia a una determinada tradición. Fuerzas ultraderechistas como AfD en Alemania (Jerez, 2019) o la Lega en Italia (Guerra, 2019), también apelaron a esta estrategia comunicacional de manera eficaz.

 

El discurso antiinmigración que Vox enarboló durante los últimos meses de campaña es otro elemento fundamental. Para eso se apoyó en la noción de etnopluralismo, desarrollada por las nuevas derechas radicales de la cuarta oleada que surgieron a partir del 2000.

 

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Una raza superior, una raza inferior. El darwinismo social. El genocidio nacionalsocialista se apoyó en estas ideas para exterminar a millones. Un creciente grupo de intelectuales denominados la nueva derecha (Nouvelle droite) desarrolló un concepto más sofisticado pero con fines similares: la segregación.

 

El etnopluralismo se basa en una premisa: cada pueblo posee determinadas características identitarias y una de ellas es el hábitat (Hufer, 2018). Además de la etnia, la cultura, la religión, entre otras, el territorio conecta con una identidad y una serie de valores supuestamente compartidos por los miembros de dicho pueblo. De dicha premisa, construida por este movimiento intelectual que se caracteriza por racionalizar teorías conspirativas y visiones xenófobas, se puede inferir que cualquier movimiento migratorio es una amenaza para esa identidad y esos valores. Y que cualquiera que no pertenezca al pueblo del territorio en el que vive, es decir, que no comparta etnia, cultura o religión, es sencillamente un invasor, un peligro, alguien digno de ser excluido. O expulsado.

 

 

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Vox consiguió instalar el “problema” de la inmigración en la agenda pública, una cuestión que puede ser leída como un triunfo de la formación. Pero no es todo. La incapacidad del resto de los partidos para evitar que dicho tema apareciera enmarcado en la idea de una “amenaza latente” (Jerez/Delle Donne, 2017) es determinante. Y España no es una excepción, sino la regla. El mismo escenario se ha configurado en cada país del continente.

 

Pero el discurso de Vox y del resto de las ultraderechas no sólo se apoya en el eje horizontal, “contra los de fuera”. Como explica Rensmann (2006) también es clave el eje vertical, ir “contra los de allá arriba”, es decir, las elites. Y en el caso de España los de arriba tienen un nombre: los partidos tradicionales. Vox está conformado en buena medida por dirigentes que provienen de esa elite política, pero su discurso lo ignora y se apoya en reivindicar a los desoídos que van en contra de “la vieja política”. Utilizan cualquier caso de corrupción como evidencia de este tipo de argumentaciones y para ubicarse en el lugar de la renovación moral en el plano político.

 

De ambas cuestiones se desprenden valores que, transmitidos por inteligentes narrativas, se van sedimentando en el discurso público. No se trata sólo de una opinión pública que ahora discute en los términos, conceptos y formas que plantean las nuevas ultraderechas. Va más allá: se trata de partidos políticos que insinúan que “escuchar a la gente” equivale a reproducir el discurso ultraderechista. En otras palabras: con su estrategia, partidos como el Partido Popular y Ciudadanos no hicieron más que legitimar a Vox, ya que radicalizaron su discurso creyendo que así recuperaban el voto que se había fugado a la fuerza ultraderechista. No sólo que no recuperaron votos, sino que aumentaron el alcance del partido de Santiago Abascal.

 

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Retomar y hacer propio el contenido del discurso ultraderechista, pero al mismo tiempo renegar de su autor original, es un fenómeno que Mudde (2019) define como “cooptación”.

La cooptación ha sido la estrategia de varios partidos políticos en Europa, esencialmente en las formaciones de centroderecha, aunque no exclusivamente. Partidos como el Fidesz húngaro de Viktor Orbán representan la cooptación llevada al extremo. Es decir, una formación de centro que se radicalizó progresivamente y terminó haciendo campaña electoral con contenido antisemita.

 

El problema de esta estrategia es que solo tiene un destino: fallar. O formulado de otra manera: permitir que la ultraderecha crezca. En algunos países esto se traduce en el crecimiento electoral de esas fuerzas. En otros, en la normalización de sus contenidos, el triunfo de sus ideas y la mutación de los valores que una sociedad considera prioritarios.

 

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El cordón sanitario o “demarcación” (Mudde, 2019) ha sido inútil. Al menos en estos últimos tiempos en los que la ultraderecha supo jugar con ella e incluso convertirla en un activo político. Se trató de una estrategia conjunta de los partidos políticos que consistía en aislar a los parlamentarios de partidos radicales. Sin embargo, para que esto funcione, es necesario que no sólo los actores políticos la ejecuten. Los medios de comunicación, por ejemplo, también deben formar parte. Por diferentes razones esto no sucedió. La diversificación de los canales de información, especialmente del uso de las redes sociales y los sitios de pseudonoticias también impidieron el asilamiento total. Como corolario, la ultraderecha apeló a la táctica de la victimización. Al refugiarse en conceptos liberales como la libertad de expresión los dirigentes de los partidos radicales movieron los límites de lo políticamente correcto y así abrieron debates en donde el consenso era amplio e indiscutido.

 

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La confrontación fue ineficiente porque ningún partido político quiso, supo o pudo evitar la trampa de los marcos ultraderechistas. Si tomamos la inmigración, por ejemplo, veremos que los contrincantes de la ultraderecha se limitan a decir que los datos son falsos y que los casos aislados no representan la situación general. Todos caen en el marco ultraderechista de la amenaza latente y ninguno puede ofrecer uno propio. Con ello sólo se discuten los valores que propone la derecha radical y queda sin lugar una posible discusión sobre otros valores. Valores que muy posiblemente sean compartidos con vastos sectores del electorado de Vox y de otras fuerzas similares: Igualdad, solidaridad, respeto.

 

Construir narrativas y frames que pongan esos valores en discusión, que obliguen a los ultraderechistas a mostrar su verdadera cara, son la llave para comenzar a dar esta batalla. Las lógicas del descontento, de la política ausente, de los perdedores de la globalización y del miedo son posibles explicaciones al fenómeno ultraderechista, pero no son una respuesta. Al contrario: son su combustible. La dirigencia política tiene el desafío de repensarse, de repensar su comunicación y de explicarle a la población por qué hay que votarles.

 

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La normalización del discurso de la derecha radical que crece en Europa comienza a esparcirse en América Latina. La llegada a la presidencia de Brasil de Jair Bolsonaro es el punto de partida. Su reivindicación de la dictadura militar (Goldstein, 2019) coincide con las visiones revisionistas que promueven las fuerzas ultraderechistas en los distintos países europeos (Delle Donne/Jerez, 2019). Las respuestas autoritarias o ultraconservadoras a las demandas de género, de minorías y de los sectores vulnerables pueden volverse mainstream y trasladarse rápidamente a procesos antidemocráticos en toda la región.

 

El peligro es doble. Por un lado, el surgimiento de formaciones políticas con este discurso intolerante y xenófobo que se apoye en las estrategias discursivas de sus contrapartes europeas pueden tener éxito en contextos de inestabilidad social. En especial si los sectores trabajadores no son contenidos por los partidos mayoritarios. En este sentido, el encuentro entre dirigentes de Vox y movimientos que reivindican la dictadura militar es una seria advertencia.

 

El otro peligro tiene que ver con la decisión de ciertos partidos políticos de radicalizar el discurso y cooptar las ideas ultraderechistas. Dejarse tentar por enarbolar una retórica nativista o identitaria en países con grandes problemas de igualdad y pobreza puede ser un camino sin salida. O, mejor dicho, un camino al totalitarismo.

 

 

 

Bilbiografía

Delle Donne, F. (2019). ¿Por qué votamos a la ultraderecha?. En: Delle Donne/Jerez (Eds.). Epidemia Ultra. La ola reaccionaria que contagia a Europa. Berlin/Veitshöchheim. Independiente.

Fernández Sánchez, G. (2019). España: Vox ¿arcaísmo o modernidad?. En: Delle Donne/Jerez (Eds.). Epidemia Ultra. La ola reaccionaria que contagia a Europa. Berlin/Veitshöchheim. Independiente.

Goldstein, A. (2019). Bolsonaro. La democracia de Brasil en peligro. Buenos Aires. Marea.

Guerra, A. (2019). Italia: Del separatismo regionalista al nacionalismo aglutinador. En: Delle Donne/Jerez (Eds.). Epidemia Ultra. La ola reaccionaria que contagia a Europa. Berlin/Veitshöchheim. Independiente.

Hufer, K. (2018). Neue Rechte, altes Denken. Ideologie, Kernbegriffe und Vordenker. Weinheim. Beltz Juventa.

Jerez, A. (2019). Alemania: La ruptura del consenso de postguerra. En: Delle Donne/Jerez (Eds.). Epidemia Ultra. La ola reaccionaria que contagia a Europa. Berlin/Veitshöchheim. Independiente.

Jerez, A. y Delle Donne, F. (2017). Factor AfD. El retorno de la ultraderecha a Alemania. Madrid. Libros.com.

Mudde, C. (2019). The far right today. Cambridge. Polity.

Rensmann, L. (2006). Populismus und Ideologie. En: Decker (Ed.). Populismus. Gefahr für die Demokratie oder nützliches Korrektiv?. Wiesbaden. VS Verlag für Sozialwissenschaften.

 

 

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