De los 23 jugadores del plantel francés, 12 son inmigrantes; en Alemania, 5 de sus figuras nacieron fuera del país y lo mismo sucede con Bélgica y Holanda, los otros europeos que llegaron a cuartos de final del Mundial. De un lado los “americanos”, inflamados en su identidad y el sentimiento de patria. Del otro los “europeos”, importadores de jugadores por conveniencia. El politólogo Amílcar Salas Oroño actualiza las preguntas que el viejo continente se hace desde hace años: ¿Quiénes conforman Europa hoy en día? ¿Quiénes hacen – y deshacen- eso que se supone que Europa recrea? ¿cuán alemán es, por ejemplo, el seleccionado alemán, si tantos ghaneses, polacos y turcos se ponen su camiseta?¿Qué lazos son los que reconstruyen su “comunidad imaginada”?



“Este seleccionado juega así porque su pueblo es así”. La fórmula se repite una y otra vez, por momentos, hasta empalagar: el “jogo bonito” y el ethos cordial del brasileño; el “orden táctico” y la productividad laboral de los alemanes; la “inocencia defensiva de los africanos” y su falta de status como continente. La tentación de derivar identidades del juego – en este caso, el fútbol- a partir de las identidades nacionales se convierte casi en una constante en tiempo de Mundiales: reducciones, simplificaciones, que pueden ser útiles para el consumo de ese público ya inconmensurable: en términos comparativos, el Mundial del Fútbol de Brasil 2014 es el evento deportivo – y de cualquier otro tipo- más expansivo y universal que se haya observado hasta el momento.

 

Pero detrás de las camisetas y las grandes figuras, los goles dramáticos, los jugadores que muerden y los hinchas que alientan, un ingrediente más se introduce en la observación.Tiene que ver con un interrogante ya planteado con anterioridad y que en este Mundial, en relación con los anteriores, asume un mayor destaque: ¿cuán alemán es el seleccionado alemán, habida cuenta de los ghaneses, polacos y turcos que se ponen su camiseta? ¿es Holanda realmente la representación cabal de la dinastía de los Orange, siendo que más de la mitad de los convocados son inmigrantes de segunda generación? ¿los jugadores belgas, a quiénes representan? ¿son seleccionados “nacionales”?

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Este tipo de preguntas podrían hacerse sobre cualquier equipo de los que compiten en Brasil, aunque la contradicción se refuerza de forma más clara respecto de los equipos europeos; y dentro de éstos, precisamente aquellos que pasaron a los Cuartos de Final: Alemania, Francia y los Reinos de Bélgica y Holanda. De esta manera, la divisoria planteada a partir de un embudo de disputas finales entre “americanos” y “europeos” se consolida un poco más, habilitando una gramática singular: de un lado, los equipos inflamados en su identidad a partir del sentimiento de la patria; del otro, la ecuación interesada de las incorporaciones atléticas por conveniencia.

 

Exageraciones al margen, en todo caso hay que mencionar que, en la estridencia de las informaciones que los periodistas deportivos arman como entretenimiento, aquella dialéctica aparece sólo como un comentario de superficie, un detalle secundario que se cuela junto con la aerodinamia de la pelota Brazuca o los cortes de pelo de algunos deportistas.

 

Pero la cuestión tiene un trasfondo más intrigante y su discusión debería tratar de incorporarla, porque, en el fondo, se encadena con un abanico de otros interrogantes que Europa – como modernidad, como proposición de civilización occidental – se viene planteando hace rato. Y qué podría resumirse en una pregunta que, si bien histórica y ontológica, viene ganando impulso en los últimos años: ¿quiénes son hoy en día Europa? ¿quiénes hacen – y deshacen- eso que, se supone, Europa recrea? ¿qué lazos son los que reconstruyen su “comunidad imaginada”?

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Astillada por la debacle de su moneda común, por el ensanchamiento de sus asimetrías sociales, los resentimientos producidos por los controles migratorios intrazona, los hechos de espionaje cruzado entre Estados, la crisis de legitimidad de sus instituciones regionales, entre muchos otros problemas, todo estructura un panorama muy complejo para “lo comunitario”. Pero también para “lo nacional” específico. Porque, precisamente, son los bordes difusos de la totalidad los que cargan de elementos contradictorios e hipostasiados a las propias naciones europeas – a cada una por separado.

 

No es casualidad, por lo tanto, que para algunos países – como Francia- el Mundial Brasil 2014 sea una oportunidad de escape ante ciertos impasses. Hay que recordar que Francia fue, quizás, el pionero más efectivo de la fórmula “selecciones nacionales de extranjeros”. Aquella victoria obtenida en 1998, en la que de los once titulares que jugaron la final sólo uno era descendiente de varias generaciones francesas, le abrió a su Presidente de entonces – un Jaques Chirac exultante en la tribuna con la tricolor como bufanda- demorar por unos años lo que terminó siendo – les banlieue- el inicio de un ciclo histórico de descontento ciudadano, no sólo en París. Viendo los contextos, las coyunturas se asemejan. Pero hoy no es sólo Francia la que está en una situación política condicionada: con indicadores socio-económicos no demasiado auspiciosos, las últimas elecciones a euro-parlamentarios muestran,como nunca antes, un continente fragmentado y decididamente euroescéptico, con algunas correlaciones políticasdesoladoras, como en la propia Francia.

Frente a este panorama estructural desde hace unos años, ¿cómo puede intervenir el fútbol? Las propuestas vienen: no es casualidad que Franz Beckenbauer y Michel Platini se hayan convertido en diseñadores premium del esquema del fútbol internacional. La apuesta “europea” es a un éxito deportivo de envergadura, expansivo para la sociedad en cuestión, como puede ser la conquista de un Mundial.

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Un “hecho” que logre recortar, aunque sea un poquito, la inercia de los procesos de metamorfosis y disgregación de las identidades colectivas (europeas y nacionales). Buscar aquella circunstancia que distorsione y conmueva la trayectoria europea en general, y francesa o alemana en particular. No se trata, en ese sentido, de una búsqueda por un vigorizado fervor nacionalista, en el buen sentido del término, como autoestima de la comunidad. En realidad, tampoco podría serlo, siendo que la mayoría de los jugadores son precisamente de origen extranjero, atributo que incluso se reafirma al momento de los festejos, en los que cada uno de los jugadores, de los seleccionados que sean, celebra con su propia bandera del país de origen (Ya en el 2000, el argentino David Trezeguet, jugando en Francia, había levantado la celeste y blanca al ganar la Eurocopa) . Lo que se busca, en el fondo, es generar un “efecto triunfalista” que permita provocar e inducir un (nuevo) ciclo de creencias movilizadoras por parte de los ciudadanos, cuestión que, como puede llegar a pronosticarse, será más bien de carácter transitorio. La identidad nacional es secundaria, de allí que la sumatoria (de extranjeros) es lo que cuenta.

 

“Americanos” y “europeos” entran en la recta final con diferentes significados de participación, producto de distintas circunstancias epocales. Los gritos y los hurras pueden parecerse, pero los marcos de encuadramiento no. Claro está que lo que suceda en el campo será consecuencia de las habilidades del momento, la inspiración que dispongan los jugadores; a fin de cuentas, es un juego sutilmente extraño donde el talento se concentra – quién lo diría- en la destreza de los pies. Pero su impacto, la propia expansión del acontecimiento, se da siempre en el plano de las mentalidades y por eso no es un detalle para quién o para quiénes se juega, qué fundamento – como diría Max Weber- acompaña la acción. No es demasiado lógico esto de una “selección nacional de extranjeros”. Es, nada más y nada menos, que un producto de una necesidad histórica. En ese sentido, a los “europeos”, aún saliendo victoriosos, nada les asegura que su fórmula aritmética sea efectiva respecto de las substantivas tareas que deberán enfrentar.


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