Alberto Fernández logró lo que hasta hace pocos meses parecía improbable: la unidad justicialista. Ayudó a que el kirchnerismo, el massismo y el randazzismo se reconciliaran y contribuyó a que casi todos los gobernadores peronistas terminaran adentro del Frente. En un contexto adverso para llevar adelante un pacto social, recibirá del macrismo la pesada herencia de la agenda federal. ¿Cómo conducir un país en crisis? “Alberto no es ni fue gobernador. Él viene de otra experiencia: su legitimidad es el liderazgo de coordinación”, dice Julio Burdman.



 

 

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Alberto Fernández llega a la candidatura del peronismo casi unido, y desde allí a la Presidencia, gracias a la arquitectura inicial que pone en marcha Cristina Kirchner. En el célebre video de 12 minutos 52 segundos difundido en el mes de mayo, la Vicepresidenta electa renovó su rol de “king maker”. La hacedora de reyes. Nadie duda de que ella es la dirigente más influyente de la política argentina.

 

Alberto, no obstante, reforzó la legitimidad con su capacidad de alianza. Muchos vieron esa necesidad de unidad, pero él se destacó por su capacidad de realizarla. Primero ayudó a la reconciliación entre el kirchnerismo y sus dos escisiones centristas, el massismo y el randazzismo. En su momento, Alberto supo integrar ambas. Y se ensanchó el Frente de Todos. De hecho, es probable que los antiguos dirigentes massistas y randazzistas sean claves en el futuro gabinete.

 

Y también, Alberto Fernández contribuyó a cerrar la adhesión de los gobernadores justicialistas a la amplia coalición justicialista. Empezaron siendo unos pocos fieles a Cristina, terminaron estando todos salvo Schiaretti, el cordobés.  

 

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Muchos de esos gobernadores del peronismo habían decidido adelantar sus elecciones provinciales respecto de las nacionales y permanecían expectantes a lo que sucediera con el proyecto nunca desplegado del “peronismo alternativo” o federal. El desgranamiento de este último y el entendimiento del incipiente Frente con algunos actores clave (Omar Perotti, Juan Manzur, Sergio Uñac, Gustavo Bordet) terminaron de darle su forma actual. Sería un poco simplista decir que fue Alberto Fernández, hoy presidente electo, el efector de todas esas alianzas: fueron muchas reuniones y conversaciones, y participaron diferentes personas. Sin embargo, para cierto imaginario que circula en la comunidad politizada, la incorporación aluvional del peronismo del interior a la fórmula Fernández – Fernández fue una maniobra de su autoría. Eso conduce, irremediablemente, a la siguiente conjetura: si el kirchnerismo, en tanto ala progresista del Frente, se opone a algunas de las políticas centristas de Alberto, él se podrá respaldar en el poder de los gobernadores. Un triángulo clásico.

 

Sin embargo, no está claro que ello vaya a ser así. Alberto y los gobernadores tienen muchas cosas que discutir. Ambas partes van a pretender cosas de la otra, y tienen motivos para ser firmes. De hecho, no sería de extrañar que la conjetura anterior pueda saldarse exactamente al revés.

 

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En la noche del 27, a la hora de los discursos, Alberto cultivó un estilo mesurado y Axel Kicillof, flamante gobernador electo de la provincia más grande, apretó un poco más. Habló de la “tierra arrasada” que dejaba la gestión saliente. No parece casual: aunque el presidente Macri dice que los gobernadores quedaron beneficiados por el aumento de los recursos coparticipables a fines de 2015 y lograron equilibrar sus cuentas, muchas provincias sostienen lo contrario y arrastran una agenda de reclamos a la Nación. La agenda federal es una “pesada herencia” que recibe el presidente electo. Para empezar, hay que mencionar el asunto de la rebaja del IVA y ganancias: las provincias reclamaron que eso no afecte los fondos de coparticipación, y ganaron en la Justicia. Mauricio Macri dijo que va a pagarlo vendiendo bienes del Estado pero no está claro aún si su sucesor querrá continuar con ello. Hay otros compromisos asumidos por Macri que los gobernadores querrán pasar a cobrar, entre ellos un conjunto de obras prometidas y nunca hechas. Y las provincias del norte esperan inversiones del gobierno nacional para poner en marcha sus economías paralizadas. 

 

Por otra parte, el presidente también necesitará el apoyo de los gobernadores en varios temas espinosos. Para empezar está el del gasto. El FMI y varios de los economistas que rodean a Alberto opinan que es necesario pasar del déficit al superávit fiscal y comercial, como en 2003. Los famosos superávits gemelos nestoristas. Probablemente el propio Alberto también crea en ello. Para eso, las provincias tendrían que hacer un esfuerzo. 

 

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Y además, los gobernadores deberán dar su acuerdo para que el Congreso apruebe las leyes que el Ejecutivo va a necesitar para recomponer la macroeconomía: reestructuración de la deuda y acuerdo con el FMI, Presupuesto, nuevas autoridades del Banco Central. Sería bastante paradójico que Alberto Fernández tuviera que recostarse en el kirchnerismo y, también, en los legisladores de Cambiemos porque los gobernadores no mueven sus votos por las demandas pendientes.

 

Para resolver estos dilemas de la gobernabilidad en tiempos de crisis, y ante la dificultad de llevar adelante un pacto social profundo en un contexto de grieta, Alberto deberá diseñar su propia fórmula de liderazgo. Así sale el peronismo de las encrucijadas: liderando, y hacia arriba. Pero esa fórmula deberá ser propia, decíamos, porque nunca hubo un caso igual. Alberto no es ni fue gobernador. Él viene de otra experiencia.

 

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Argentina es un país federal conformado por 23 provincias y una ciudad capital autónoma, poderosa y con grandes aspiraciones. Tan grandes que, en el pasado, hubo que frenarlas. El conflicto argentino del siglo XIX que enfrentó a porteños y provincianos tuvo mucho que ver con los segundos temiendo la colonización de parte de los primeros. Y lo resolvieron “federalizando” a la Capital, lo que significó la prohibición a los porteños de generar una clase política propia. Los encerraron, y enterraron la llave.

 

Los varones políticos del siglo XIX sabían que la gobernación era una fábrica de presidentes. Muchos de los líderes nacionales del siglo XIX habían arrancado como caudillos provinciales. Al establecer que la intendencia de la Capital estaba designada a dedo por el Presidente, impidieron el salto que de otra forma hubiera sido natural: de intendente (políticamente fuerte) a presidente. Solo había que cruzar la Plaza de Mayo.

 

Hasta que Menem y Alfonsín se juntaron en 1993 para desenterrar los tesoros ocultos en el cementerio de animales. Desataron a la bestia. La Capital se desclosetó. Todo un drama que ya produjo dos presidentes, socios fundadores (y miembros únicos) del club de los no reelegidos: Fernando De la Rúa y Mauricio Macri.

 

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La Jefatura de Gobierno porteño, cargo que supieron ostentar los dos socios del club, es la estrella de las gobernaciones. Como todo político quiere ser presidente, ser gobernador es un puesto muy anhelado. Tiene autonomía, maneja muchos recursos, puede liderar su propio equipo de funcionarios, arma las listas de candidatos -la lapicera. Es casi un presidente, y candidato natural a convertirse en uno. Y todas esas condiciones, el Jefe de Gobierno porteño las reúne, y en demasía.

 

Tiene, también, una enorme visibilidad. Algo de lo que ningún otro gobernador podrá jactarse. Metrobuses y paseos del bajo para proyección nacional.

 

En esta matriz es notable que Alberto no viene de ninguno de estos lados. Viene de una experiencia en el seno de la administración pública. Su legitimidad es el liderazgo de coordinación. De allí viene, y allí va.

 

Fotos: Federico Cosso


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