El fervor que despierta el feminismo en las adolescencias no debe confundirse con un feminismo más adolescente, ingenuo o naif. Hay que conjugar la pasión juvenil con la experiencia, la madurez y la trayectoria de los feminismos plurales y crecientes. Porque el feminismo no es una agenda de género, es un movimiento político, dice Luciana Peker. En el quinto aniversario del #NiUnMenos publicamos un adelanto de La revolución de las hijas.



 

Por un feminismo del 99 por ciento

 

La filósofa y diputada española Clara Serra, de Podemos, resalta la necesidad de un feminismo inclusivo y anti liberal como movimiento global con los varones incluidos. Ella pasó, en el verano sudamericano 2019, por Uruguay, Chile y Argentina –con sus sueños de mochilera todavía intactos– y destaca la necesidad de aunar fuerzas y hacer eje en un frente político en donde las posturas sobre la inclusión de los varones no es solo en relación al feminismo sino, por sobre todo, como eje de resistencia política: “El feminismo tiene hoy la posibilidad de construir hegemonía y ser un movimiento popular. Si tiene la posibilidad de interpelar al 99 por ciento no debería conformarse con aspirar solo al 50 por ciento. Su potencia radica en cierto sentido en su desborde: cada vez está menos claro que el feminismo sea un asunto sectorial, ni que tenga que ver solamente con las cuestiones relativas a las mujeres. Demuestra ser, más que un asunto particular, un tablero de juego, un recipiente central y un proyecto universal. Entonces es también un proyecto para los hombres”. Feminismo para el 99 por ciento es también un manifiesto de Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Nancy Fraser.

 

La inclusión de los varones, por supuesto, no es una nueva forma de ser complacientes y dar un paso atrás para que ellos marchen adelante en nombre de un feminismo masculinizado. “Las mujeres debemos ser protagonistas del feminismo no por una cuestión moral, porque la historia nos lo deba, sino porque somos lxs sujetos más capaces de llevar a cabo una lucha emancipatoria con la que ganamos todos y todas. Los hombres tienen también un papel político, que debe ser pensado en los diferentes contextos y en relación a las luchas concretas y sus objetivos. El feminismo promete una sociedad mejor también para ellos y, en ese sentido, están, deben estar y les debemos exigir que estén completamente comprometidos con él”, subraya Serra.

 

Para cambiarlo todo, tenemos que ser todes (o los todes posibles). Y para eso tenemos que entender que el capitalismo también genera más violencia machista y más exclusión de los varones. La que pregonan Donald Trump o Jair Bolsonaro es una salida más misógina, homofóbica y lesbofóbica. Y Bolsonaro llegó más lejos. Trump es bla bla. Pero es más discurso que práctica. En Brasil las medidas son más a fondo. La primera acción de gobierno del Presidente Bolsonaro –la Medida Provisional 870–quitó de las políticas de derechos humanos que se van a implementar en su gestión las acciones destinadas a garantizar derechos y garantías de lesbianas, trans, gays y bisexuales (LGBTI+). La norma no es solo una bravuconada de palabra, sino que se publicó en el Boletín Oficial. El nuevo organigrama oficial creó un Ministerio de la Mujer, de la Familia y de los Derechos Humanos (todo junto), comandado por Damares Alves, que corrió a la diversidad sexual de los programas públicos, mientras festejó como un aleluya que los garotos volverían a usar celeste y las garotas rosa, cada cosa en su lugar y cada color en su sexualidad.

 

Damares Alves es una pastora evangélica de 54 años. Se expresa en contra de lo que define como ideología de género y del aborto. “El Estado es laico, pero esta ministra es terriblemente cristiana”, proclamó en su asunción. “En este gobierno, la niña será princesa y el niño será príncipe. Nadie va a impedirnos que llamemos a las niñas princesas y a los niños príncipes. Vamos a acabar con el abuso del adoctrinamiento ideológico”, se envalentonó el 1º de enero de 2019. Ella es una de las dos únicas mujeres del gabinete de Bolsonaro. La excepción confirma la regla.

 

El profesor Manuel Becerra, docente en los niveles medio y terciario, enmarca cómo el cambio de la revolución de lxs alumnxs también genera avances, miedos y retrocesos: “Les adolescentes protagonizan una ola de reivindicaciones de cuestiones de género y la respuesta es un backlash muy grande por parte de algunos sectores de las derechas jerarquistas que intentan volver a situar a los distintos grupos en los escalones correspondientes a las jerarquías tradicionales de clase, género y raza”. La salida puede estar en la puerta de ingreso a la escolaridad: “La escuela tiene un rol central en brindar herramientas para que ellos puedan bancar el backlash y también en contener, acompañar y proteger porque no dejan de ser adolescentes y nuestro trabajo es garantizar sus derechos y dar herramientas de ciudadanía”.

 

La culpa del aumento de la crueldad, la violencia y el machismo no es la lucha contra la crueldad, la violencia y el machismo. No se puede retroceder, igual que no se puede volver a la esclavitud porque en la casa del amo había agua y comida y en la explotación laboral a veces falta el pan. No se puede dejar de luchar contra el liberalismo porque haya más pobreza ni contra el machismo porque haya más violencia. No hay forma de ir para atrás. Hay que avanzar más fuerte que nunca.

 

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En una entrevista con Ñ, la escritora francesa Virginie Despentes lo define así: si no alcanza con ser una ola hay que ser un tsunami, si no alcanza con caminar hay que correr, si no alcanza con avanzar hay que volar. Pero el único camino es para adelante. “Supongo y espero que lo que llega hoy en día sea más un tsunami internacional que otra ola más. Y lo espero porque, si se tratara solamente de una ola, el backlash será fatal, mientras que un tsunami no dejaría nada de las viejas creencias, imposibilitando la venganza” impulsa Despentes, autora de Teoría King Kong.

 

El pasado nunca es buena puerta al futuro. La salida no es una opción más reaccionaria contra las mujeres, sino comprender que la explotación también perjudica a los varones: “Cuando todo lo que te han dicho que significaba ser hombre se tambalea, la pérdida de horizontes se agrava. Los hombres no solo han perdido el empleo y la seguridad de mantener abierto su pequeño negocio o conservar su vivienda: han perdido también su más profunda identidad masculina. Por eso asistimos a una masculinidad temerosa, que reacciona de modo feroz ante lo nuevo y lo desconocido. Ante la pérdida de certidumbres materiales poner en duda la identidad masculina genera una inseguridad profunda, que puede volverse con violencia contra el avance de las mujeres. Perder el empleo, la imposibilidad de seguir sustentando a una familia y garantizar la protección de sus miembros es algo que muchos hombres viven como una humillación. También puede serlo –y más aún en semejantes condiciones– la posibilidad de que sus mujeres tengan éxito laboral o cobren más dinero que ellos. Hay condiciones socioeconómicas propias de nuestro tiempo en las que es clave leer la violencia machista, que se acrecienta y recrudece cuando las mujeres reclaman su independencia, al tiempo que los hombres se sienten humillados por la pérdida de su estatus y la crisis en sus papeles tradicionales que ha supuesto la recesión”, analiza Clara Serra. Su idea es juntar los feminismos, salir de la fragmentación, no hacer café global, sino globalizar la lucha. En el mismo sentido, la escritora argentina Claudia Piñero escribió en El País: “El 8 de marzo [de 2019] fui a la marcha por el Día Internacional de la Mujer luciendo la remera color morado que usan las españolas con el lema: ‘Ni un paso atrás’. Llevé en el cuello el pañuelo verde que usamos las argentinas con el estampado: ‘Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir’. En el brazo izquierdo me anudé el pañuelo verde que usan las brasileñas: ‘Nem presa nem morta por aborto’ y ‘Nem uma a menos’, y también el de las chilenas: ‘No bastan 3 causales’. Si hubiera tenido más pañuelos de otros países del mundo, más símbolos, más pulseras, más adornos, más lemas, los habría llevado. Porque la suma de todos esos reclamos o deseos es el grito feminista global que se hizo oír en el mundo entero. Estamos juntas, aunque nos separen miles de kilómetros de distancia. De algún modo cada mujer que salió a la calle con su reclamo reclamaba por todas. Y eso, lo extendido del movimiento feminista, su poder de derramarse hasta llegar a cualquier rincón del planeta, produce pavor en sectores conservadores que salen como compadritos a agitar el dedo índice y pegar cuatro gritos creyendo que con eso lograrán que nada cambie. El problema, para ellos, es que el cambio ya empezó y es imparable”.

 

Los encuentros se multiplican pero son aislados y las democracias dejan a las palabras como estrellas errantes, pero hay fórmulas que se cruzan por mar y tierra para construir juntas. La poeta y dirigente peruana Violeta Barrientos apuesta: “Este feminismo de las hijas permite la formulación de un nuevo mundo. Ahora hay un feminismo de las hijas e hijos porque a los hombres los estamos interpelando para que sean autocríticos y desmonten ciertas características de la masculinidad que no pueden seguir ahí”.

 

@roferrerilustradora

Ilustración: @roferrerilustradora 

 

La antropóloga Rita Segato considera que los varones son víctimas del patriarcado y propone reformular los planteos para apostar al diálogo en vez del linchamiento. El 7 de marzo de 2019, en un diálogo con la periodista Mariana Carbajal, en la Universidad de San Martín, dijo: “El feminismo pilgrim [peregrinos puritanos] acata la idea de que durmiendo con un abogado en la almohada voy a resolver los problemas entre los chicos y las chicas. Nosotros no podemos entrar por ese camino porque nuestra sociedad, nuestra historia, nuestra fundación colonial, son diferentes. Lo central es dar herramientas a las chicas y los chicos, a los hombres y las mujeres, para que puedan negociar su relación. Y eso el feminismo lo está descuidando”.

 

La idea anti punitivista no tiene que ser permisiva con la violencia. Pero, para eso, se necesita diálogo. Ni varones que suban la violencia, la humillación y la venganza contra las mujeres. Ni creer que las penas sociales, laborales o penitenciarias son la única vía. “El riesgo mayor para el feminismo es caer en el linchamiento moral sin parámetros claros del justo proceso. La punición no lleva a una disminución de los problemas. Tenemos que dar a la juventud herramientas para que puedan negociar, decir qué quieren, qué no quieren y hasta dónde. Nuestro mundo es un mundo de conversación, la Argentina todavía es un país donde las personas conversan”.

 

La conversación es una apuesta, una apuesta posible. No implica el silenciamiento de las pibas. Tampoco el linchamiento. Pero sí varones dispuestos a escuchar y a dar nuevas respuestas.

 

La periodista, feminista y fundadora de Futuröck Julia Mengolini propone managerear nuestros propios conflictos: “Si bien todo conflicto con un varón está mediado por relaciones patriarcales y todo conflicto es político, porque lo personal es político, no es cierto que todo conflicto pueda o tenga que solucionarse mediante un escrache público en las redes o en los tribunales. Aparece la idea de que cualquier conflicto va a resolverse contándolo y la verdad es que no. En ese sentido, creo que existe un mal uso de la herramienta del escrache donde deja de serlo y pasa a ser un linchamiento y esto puede tener consecuencias trágicas como son los casos de suicidios de pibes y pibas jóvenes. Me parece que se pierde la noción de que hay problemas que podrían resolverse en la esfera privada con política y usando las herramientas del feminismo. Cuando las instituciones nos desilusionan porque no están haciendo justicia echamos manos a otras herramientas. Los escraches son una suerte de justicia por mano propia, pero tenemos que tener cuidado de no cometer arbitrariedades. Y si las instituciones no nos están dando las respuestas que necesitamos tenemos que ir por la conquista de las instituciones”.

 

Por supuesto, no apostar al linchamiento, ni al punitivismo y aportar la posibilidad del diálogo o de manejar el conflicto no implica silenciar a las pibas, tolerar la violencia ni generar impunidad. El feminismo no puede ser tolerante con la violencia. Los varones que quieran dialogar, cambiar, transformarse o afrontar los conflictos (con la autocrítica, la incomodidad, la responsabilidad que implica reconocer los errores y repensarse) pueden tener alternativas que no sean la muerte civil, la lapidación social o el paredón colectivo. Pero la violencia no puede ser tolerada. Y los varones tienen que frenar la violencia de otros varones. Porque, si no se frena, se vuelve, todavía, más virulenta. No hay que bajar la rabia, la palabra, la bronca, la virulencia de la revolución. No hay que culpar, jamás, a quienes se rebelan por las consecuencias con sus agresores. No hay que hacer responsables a las víctimas por la violencia de los victimarios. No hay que sedar la furia contra la opresión. No hay que silenciar las denuncias. No hay que tolerar lo intolerable. No hay que aceptar lo inaceptable. No hay que pregonar la sumisión en pos de la amnesia, la amnistía o la conciliación. Hay que buscar salidas. Pero que el machismo arda. Y que las mujeres, lesbianas, trans y no binaries no soporten más amenazas, golpes, desprecios, gritos, ni coacciones.

 

En el medio del linchamiento y la impunidad pueden existir otras oportunidades: un cambio. Por menos dolor. Y más goce. Desarmarlo todo. Aceptar el conflicto. Apostar a la revolución. Y trabajar en el encuentro. Sin más dolor. Sin más duelo. Sin armas conservadoras. Pero sin bajar la cabeza. Dar otra vez las cartas, sin descartar ninguna herramienta de cuestionamiento.

 

Es fundamental escuchar a las chicas y que no dejen de hablar. No culpabilizarlas a ellas por la culpa de la violencia, no violentar más a las que sufren violencia, no darles la responsabilidad de encontrar los caminos a las que tienen que ser acompañadas y no demonizar el mejor proceso de esta revolución: la palabra. En ese sentido, Julia Epstein, de 17 años y Presidenta del Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires deja en claro: “Si nos dejan solas nos cuidamos entre nosotras” y apunta: “Salgamos de la lectura de los escraches como si el motor principal que nos hace salir a hablar fuera el punitivismo. Hay que poder leerlos de otra forma porque las pibas no vamos a volver hacia atrás. Por supuesto que no se puede generalizar en cuestiones tan sensibles como un testimonio pero esta oleada surge, entre tantas otras cosas, de la desidia por parte de las instituciones a la hora de tratar la problemática de género. Estábamos solas y nos cuidamos entre nosotras. Pusimos una problemática sobre la mesa y no para culpabilizar únicamente a los varones sino para desnudar los valores de la sociedad que nos crió diciéndoles a ellos que no podían pasar por encima de nuestra decisión. Las revoluciones siempre fueron abruptas y punzantes en los valores más arcaicos de nuestras sociedades, jamás tocaron la puerta o pidieron permiso, las pibas tampoco. Ya no tiene sentido la discusión de si el testimonio público es o no la mejor forma, ya excedimos ese debate. La verdadera pregunta que nos deberíamos hacer hoy es: ‘¿Y ahora qué rumbo le damos a esto?’ ”. Ella pregunta e, igual que las chicas, no son ellas las que tienen que tener todas las respuestas. Ellas tienen que ser protegidas, no interpeladas. La interpelación tiene que ser al machismo y a la violencia.

 

El rompecabezas debe desarmarse y volverse a encajar, con deseos posibles, no unilaterales y no pre moldeados. Volver a jugar. No es fácil. Duele. Tiene costos. Es un desafío. Necesita algo más que piezas y palabras: voluntad y tiempo de rearmar. La palabra deconstrucción parece un cliché. Pero implica desarmar el lego y volver a probar con otros colores, otras piezas, otras formas, no solo de ser, de educarse, de comportarse, de relacionarse, de desearse, de amarse, de cogerse, de seducirse, de respetarse y –también– de separarse o distanciarse, sino de pensarse.

 

El psicólogo y autor de El ensayo amoroso Fabio Lacolla plantea: “No hay deconstrucción posible sin haber sufrido un ACV social. Después de un ACV todo se tiene que pensar antes: antes de mear, de sonreír, de abrir la heladera. La aparición de un estado de hipersensibilidad gobierna la razón que debería jugar a favor de empezar a ver el mundo con otros ojos. Un niño deconstruye cuando deja de gatear, cuando deja de señalar y cuando balbucea. Deconstruimos desde lo colectivo cuando tenemos la habilidad social de observar qué sucede a nuestro alrededor. Deconstruir es pensar después de pegártela en la pera confiando en que lo emocional traduzca la realidad a favor del amor”.

 

Si ya nos pegamos la pera con el machismo, ¿por qué no probar con otras formas de disfrutarnos más?

 

@dimangia_

Ilustración: @dimangia_

 

Hay adolescentes en el feminismo, pero el feminismo no es adolescente

 

El fervor que despierta el feminismo en las adolescencias no debe confundirse con un feminismo más adolescente, ingenuo o naif. Hay que conjugar la pasión juvenil con la experiencia, la madurez y la trayectoria de los feminismos plurales y crecientes. Y hay que tener sed de futuro. No solo críticas, debates, catarsis colectiva o triunfalismos. Hay que tener ganas de ganar, ganas de ayudar, ganas de salvar, sed de poder para que el poder remodelado no aplaste el entusiasmo de ser muchas y de ser muchas por mucho tiempo por la perspectiva temporal que da el auge del feminismo entre les chiques.

 

La pluralidad de feminismos y disidencias sexuales, en la actualidad, en la primera juventud del siglo XXI. Tenemos la responsabilidad de asumir que somos un movimiento político, no una agenda de género. No se trata de una demanda sectorizada, como se pensaba en los ochenta, sobre una temática segmentada junto a medioambiente, derechos humanos o tercer sector. No son buenas intenciones igualitarias, ni diez propuestas para erradicar la inequidad. No es solo eso. Y, ni siquiera, una pelea que empieza y se acaba en la lucha contra los femicidios, el aborto legal y la igualdad salarial o el reparto de tareas. Y no solo porque la agenda es más amplia.

 

El motor de cambio excede a las propias consignas y hace temblar al statu quo en la decepción que embate contra el fervor del cambio. Más allá de las demandas propias –y de la ampliación de una agenda política fuerte y económica –como en las consignas de Ni Una Menos, libres, vivas y desendeudadas–, la dinámica de cambio es revolucionaria, como un mar que muestra que no hay por qué ser una laguna planchada sin dejar de romper, hacer sal, ponerse picante y volver a empezar. Acá no se rinde nadie. Y en la marea feminista el cambio no deja de crecer.

 

Por eso, en toda Latinoamérica y el mundo, es un temblor político. En la Argentina es el movimiento político y social más fuerte, con mayor poder de resistencia, cambio, convocatoria y organización. Y no por casualidad, sino por su autonomía, horizontalidad y ligazón entre la vida real y la política. Hoy, en el mundo, la verdadera guerra fría es una guerra caliente entre sectores reaccionarios conservadores y neofacistas y el feminismo. La grieta política mundial es una disputa en F entre el pasado y el futuro.

 

El mapamundi político le da –por conquistas ganadas y por la desazón de otros intentos de revoluciones, cambios electorales y gobiernos populares– un protagonismo central. Pero ese protagonismo también amerita una lectura –o muchas pero agudas– de la masividad de las mareas populares; la necesidad de liderazgos y referentes que puedan pensar u organizar más allá del caos multitudinario; conservar y profundizar metodologías democráticas pero no caer en la maldición de las izquierdas de dejarse corroer por las internas y la pulsión de ver más enemiga a la o el que está cerca que a la o el que está en la vereda de enfrente; poder promover el autocuidado con nuevas estrategias para no ser víctimas de represión, venganzas, abusos, femicidios selectivos y represión de fuerzas de seguridad; sumar a las nuevas generaciones con voz y voto, sin subestimar ni utilizar, pero tampoco endiosar a las más nuevas, sino valorar y escuchar la experiencia de las pioneras y la operatividad y trayectoria imprescindible de las adultas de mediana edad.

 

No se puede improvisar constantemente o mantener una lógica de asamblea permanente (aunque sí valorizar las asambleas que llevan a discusiones trascendentes, democráticas y de un alto valor de política popular cada 8 de marzo) ante situaciones de emergencia o riesgo. No se puede bajar a piedrazos a cada referente para que nadie destaque se piense igual o diferente (porque el valor no está en homogeneizar el debate, sino en respetar a las que llegan para que más lleguen) y, tampoco, aplanar a las referentes para que el feminismo sea una llanura permanente. Los feminismos no tienen que parecerse. Pero tampoco perderse en un laberinto.

 

El futuro es feminista. Sí. Irreversiblemente feminista. Por eso el fascismo es enemigo. Porque aparece con una amenaza clara. En el presente. Pero en una batalla de tiempos sobre tiempos. El pasado contra el futuro. El medioevo o las pibas no es solo una consigna. Es una realidad plasmable en donde las eras geológicas combaten por la conquista de un calendario. Aquí y ahora. ¿Adónde se va? ¿Adónde se quiere ir? ¿Mejor malo conocido que bueno por conocer? ¿Mejor inventar lo que no está inventado? Allá vamos.

 

El feminismo no sólo propone transformaciones, todavía mantiene la ilusión de que la transformación política es posible. Por eso quieren aplacar al feminismo y, frente a eso, nos tenemos que cuidar. Y además no expulsar a los varones hacia la vereda del neofacismo –por supuesto con los riesgos de tragarse sapos, de dobles discursos, de aliados que no lo son y de la recarga de la pedagogía del cambio que no todes quieren ni tienen por qué asumir–, pero invitarlos a dialogar, a escuchar y a cambiar sin autoritarismos, protagonismos, ni privilegios.

 

¿Queremos cambiarlo todo?

 

Si queremos, tenemos que hacerlo todos, todas y todes.

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