La Marcha por Nuestras Vidas en Estados Unidos dejó en claro que los jóvenes no se van a quedar quietos frente a la ineptitud de los adultos en controlar la crisis de violencia armada que golpea a las escuelas estadounidenses. Pablo Boczkowski y Sofía, su hija de 17 años, fueron a la manifestación y reconstruyen un nuevo actor político: los adolescentes.



Fotos: Sofía Boczkowski 

 

¿Qué hacen Miley Cyrus, Demi Lovato y Ariana Grande, estrellas surgidas de las canteras de Disney y Nickelodeon, arengando a una multitud que reclama por más seguridad en Estados Unidos? En el escenario también están Lin-Manuel Miranda, creador del gran suceso teatral de Broadway Hamilton, y Jennifer Hudson, cantante de soul surgida del programa de búsqueda de talentos American Idol, que perdió a su madre, hermano y sobrino en un episodio de violencia armada hace una década.

 

¿Y qué hacen esos adolescentes dando discursos para miles de personas en la Avenida Pennsylvania, cerca del Capitolio, en el corazón de Washington? ¿Y Naomi Wadler? Una alumna de 11 años de quinto año de primaria de un colegio de Alexandria, Virginia, que dice con voz firme: “Estoy acá para hablar de las chicas cuyas historias no salen en los periódicos”.

 

Es una marcha más, sí. Pero evidentemente hay diferencias. Los chicos hablaron y los adultos escucharon. ¿Cómo se entiende esta inversión generacional en la cultura política norteamericana?

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En un estado normal de las cosas, en un hogar típico, los adultos deciden y comunican, y los adolescentes y los niños escuchan, a menudo discuten, y a veces se rebelan. Esta dinámica generacional suele trasladarse a los actos políticos masivos, donde los adultos suelen dar los discursos y ocupar el centro de la escena. Si hay adolescentes y niños presentes en el podio, es para acompañar a los adultos y dar una imagen de familia feliz y funcional. Pero rara vez tienen la palabra y menos aún liderando el acto.

 

Esta ecuación generacional se alteró radicalmente en La Marcha por Nuestras Vidas para exigir el control en el acceso a las armas de la población norteamericana. Tuvo epicentro en Washington y se repitió en numerosas ciudades de Estados Unidos y otros países, el 24 de marzo pasado. Fue organizada por un grupo de estudiantes de la escuela secundaria de la ciudad de Parkland, en el sur de la Florida, en la que un episodio de violencia armada en febrero dejó un saldo de 17 muertos.

 

Como en un hogar familiar en el que los adultos son incapaces de funcionar normalmente y los hijos se ven obligados a tomar la iniciativa, La Marcha por Nuestras Vidas escenificó la respuesta adolescente frente a la ineptitud de los adultos en manejar apropiadamente la crisis de violencia armada que azota de manera cada vez más frecuente a las escuelas estadounidenses. Es que en lo que hace a la política, la familia ya no parece ni feliz ni, sobre todo, funcional.

 

Frustración, hartazgo y empoderamiento fueron los sentimientos que emanaron desde el podio en una sucesión de arengas políticas de corta duración pero de alto contenido político y emocional. Frustración por la seguidilla de tiroteos y amenazas en escuelas y universidades, por las muertes trágicas e innecesarias y por el trauma psicológico en familiares y amigos. Hartazgo por la convicción cada vez más potente de que la dinámica interna de los partidos políticos y el financiamiento de las campañas electorales incapacitan a los legisladores y gobernantes para resolver la crisis. Empoderamiento por la sensación de sentirse protagonistas en lugar de solamente víctimas, y motores de una posible solución en lugar de meramente audiencias.

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Entre los cientos de miles que escuchaban los discursos, la percepción era la misma: la ineptitud del mundo adulto y la esperanza de que una nueva mirada pueda destrabar un conflicto social complejo. En ese sentido la inversión generacional no se daba solo en quienes tomaron la palabra sino en cómo la misma fue escuchada: asentimiento, admiración y alivio, en lugar de rebeldía, oposición o enojo.

 

Esto también tuvo que ver con lo que se transmitió desde el podio. En parte a través del contenido de los discursos pero sobre todo mediante una puesta en escena que deja entrever una postura distinta frente al problema y su eventual solución. Diversidad, cultura pop y frontalidad son tres características claves para entender tanto lo que sucedió en el podio como su recepción en el público.

 

Los organizadores, estudiantes de la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas de Parkland, podrían haber sido los únicos en hablar. Sin embargo, invitaron a participar a estudiantes víctimas de violencia armada en sus respectivas comunidades. Lo hicieron de manera tal que aquellos que subieran al escenario representaran la diversidad racial, étnica y socioeconómica de la población norteamericana. Y aprovecharon para recordarle a los asistentes, y a la sociedad en general, que la mayoría de la cobertura de las masacres en los medios de comunicación había silenciado las voces de las minorías.

 

¿Quién puede resistir al encanto del entretenimiento de masas?

 

Los artistas convocados para participar del acto son íconos de una cultura pop mainstream que cala con particular fuerza entre los adolescentes. En lugar de músicos cuya obra tiene un componente alto de conflictividad tanto en sus letras como en su estilo de performance, los organizadores compartieron el escenario con figuras emblemáticas del pop.

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La inclusividad en la elección de oradores y la baja conflictividad de los musicales repercutió en el comportamiento de los manifestantes, diversos étnica y racialmente—aunque menos a nivel socioeconómico, con fuerte presencia de clase media— que fue relativamente apacible durante la mayoría del evento.

 

La aparición de la activista Emma González cambió el clima. Su irrupción en el escenario electrizó a la mayoría de los manifestantes, quienes empezaron a gritar “Emma, Emma, Emma”. Quizás la cara más visible del movimiento estudiantil en incipiente desarrollo, Emma representa una bocanada de aire fresco en el liderazgo político: mujer, latina, firme y frontal. Su presencia es un antídoto frente a estereotipos caducos de género y etnicidad que lamentablemente aún dominan la alta política norteamericana.

 

El discurso de González fue una combinación potente de frontalidad y audacia comunicacional. Los primeros minutos estuvieron destinados a recordar clara y directa por qué cientos de miles de manifestantes estábamos reunidos frente al Capitolio y en centenares de otras ciudades de Estados Unidos y capitales de otros países.

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Pero lo más sorprendente fue lo que siguió: Emma dejó de hablar por varios minutos. Su silencio fue tan desconcertante como conmovedor. Las caras de ¿qué querrá decir? ¿Qué estará pasando? Salvo algunas excepciones, la multitud se mantuvo en silencio. Y después de seis minutos, Emma volvió a hablar. Explicó que ese fue el tiempo total que necesitó el atacante de su escuela para llevar a cabo la masacre y partió del escenario.

 

El silencio de González fue un oasis de sentido frente a una cultura del discurso marcada por el bombardeo ensordecedor en los medios y las redes, la polarización creciente, las cámaras de eco y las burbujas de filtro. Fue un silencio distinto y estremecedor, acompañado de lágrimas surgidas de la tragedia y el trauma subsiguiente. Ningún político profesional es capaz de permanecer en silencio la mayor parte de un discurso frente a cientos de miles de personas. Ningún político profesional es capaz de dejar que su performance esté cruzada por una emoción tan visceral como compasiva.

 

Los adolescentes han comunicado. ¿Podrán entender los adultos?


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