“Buenos días querido Chile”, arranca la catarsis que las postales del país vecino le generan a María Moreno, luego de que el 78% votara por cambiar la Constitución de los tiempos de Pinochet. Dialoga con la obra de la poeta Carmen Berenguer y piensa en las cronologías que a veces nos juntan: nuestres estudiantes impacientes, nuestres viejes como deudes memorioses, nuestras revoluciones de octubre y nuestras plazas tan Guernicas sudacas que ni el lenguaje inclusivo alcanza para describirlas.



¡Buenos días, querido Chile! El documento visual literario Plaza de la dignidad llegó en su fecha precisa para festejar lo que la prensa, de módica imaginación, ha llamado el despertar de Chile, como si los despertares no fueran archivo de insurgencias de ojos abiertos y quizás por eso lo que Carmen Berenguer llama “clase regordeta y abultada” o “dictadura mesiánica del capital”, a su vez impermeable a la metáfora, se la cobró en ojos de la cara. Es verdad, Carmen Berenguer, la revolución de octubre chilena se ha diferenciado de los bolcheviques, que fue el 17 de octubre. Y agrego, de nuestra propia plaza de la dignidad que para muches argentines empezó el 17 de octubre de 1945. Escribo en la resaca de ese festejo y antes del Día de la madre que me encontrará sin internet, en la zona verde, adonde habré sido dirigida por el fruto del único huevo que puse hace 46 años, arropada sino como Pilar Franco en su silla, por un amor con siete meses de cuerpo in-presente. Es por eso que a ustedes sólo les llega mi voz, luego de soportar las puyas de Carmen por hacer caso a una fecha de shopping cuando la Historia está por todas partes, aunque ya sabemos, acá y allá, que la palabra “Madres” cambió de sentido de la casa a la plaza, a los tribunales o al desierto cuando, al revés de los gringos del 68, acá y allá, debajo de los adoquines no estaba la playa sino que “pisamos muertos bajo los escombros”. 17 de octubre y 18 de octubre: algunas de nuestra cronologías se des-avecinan de uno a otro lado de la cordillera, otras se encuentran.

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La erección monumental en los sitios significativos es reversible -le tocó a Stalin, a Lenin, a Colón hace menos de un mes, con el tirar abajo se quiere arrastrar sus sentido, destituir al  símbolo volviéndolo a su crasa materia de bronce, mármol o piedra: literalidad de los materiales, negatividad de un nombre propio otrora “erecto”. Pero los monumentos se relevan o su piedra cambia de sentido cuando los monta la carne viva de la movilización como ese del general Baquedano que fue pintado de rojo en la Plaza de la Dignidad. Y más modestamente, y del lado de acá, fue un monumento, antes del jaqueo, el auto que, en caravana a la Plaza de Mayo, llevaba escrito con aerosol: “Volteame la web que me subo al auto”. 

 

Decía que nuestras cronologías a veces se juntan y otras se des-avecinan. En el 73 nosotres vivimos la –otra vez pobreza de las metáforas– “primavera democrática”, ustedes veían arrasado un porvenir que ya era presente. En el 45 yo no había nacido, en el 70 vi el ascenso del Chicho en una plaza de Santiago. Nos unió en la desaparición y la muerte de tantes, el plan Cóndor, pero también ahora el 8 de marzo de los paros feministas y este verso de Carmen para esta Dignidad: “no obstante/los feminismos/ordenó su cabello/se saca el sostén/cruzó la calle resuelta y toma la plaza”.

 

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Y el espanto siguió. Si para Cristina “la Patria es el otro”, para Cecilia Morel el otro insurgente fue “alienígena” y para Macri –¿se acuerdan?– eran 562 los argentinos, entre gremialistas, periodistas, empresarios y opositores varios a los que había que mandar en cohete al espacio. Quizás, de uno y otro lado de la cordillera, se ha acuñado un eslogan más pregnante que el prolongado Civilización o Barbarie: Terrestres versus Extraterrestres. Es que el imaginario de la globalización sólo puede concebir a sus enemigos fuera del planeta.

 

“Mi plaza está viva y colorea/es la Guernica sudaca del sur” escribió Carmen Berenguer y nos coincide el nombre de Guernica en las tierras tomadas, del lado de acá, localidad donde se resiste el desalojo en insurgencia y feminismo en situación

 

Un boleto de transporte ha levantado una y otra vez en Chile el estallido popular, como en Argentina, que culminó en un martirio adolescente y se recuerda como “La noche de los lápices”.

 

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Que en esta presentación nos una el amor a través de la palabra dignidad que ha pasado de la poesía sin autor (como si la plaza fuera tuya/de nosotros/fuera mía) a la poesía donde el autor abre su yo al de todes en una consigna de fusión política porque “Esa sentida estadía de sentir este oficio de escribir/Sin planificación ni estructura más rota la conciencia/Siempre se esconde la ruptura con el logos/Por el que escapan las palabras y los sentidos parpadean /Sustrayendo despejando dejándolas solas refulgentes/transparentes un signo perla.

 

 

Es que, ya lo dije una vez de Carmen Berenguer: Yegua del Apocalipsis fuera de escena, pero tan yegua como las otras en su insubordinación poética, como que el caballo de Troya era una yegua –la Historia lo ocultó–, ella es de las voces a las que la dictadura no condenó al lenguaje como mero siervo de la resistencia y jamás renunció a su ethos experimental, a su oralidad de inventiva popular y a su contrabando en primera persona de las voces “bajas” de les vulnerables. Fue de las primeras en desatar al testimonio de su lastre fáctico y devolverle su derecho metafórico. De ese modo el testimonio se liberaba de las buenas maneras para adoptar en los juzgados y de la condena de nombrar una y otra vez a los asesinos. Es que, contra los historiadores positivistas, la verdad es poética. Algunos sobrevivientes de Auschwitz declararon ver, durante la noche, las llamas que salían de los hornos de exterminio, sin embargo, los hornos eran ignífugos. El historiador Philippe Mesnard señala cómo es la metáfora la que dice la verdad de lo inenarrable: sólo las llamas pueden representar el infierno vivido. Las voces que Carmen Berenguer trafica en sus poemas son ficciones que dicen la verdad. En Plaza de la dignidad va al extremo del procedimiento. Es como si lo hubiera escrito, con la voluntad de un dejarse llevar que es lo contrario de un automatismo, por un ritmo que es el de la marcha donde miles se acoplan en una coreografía (sobajes vejaciones / tortura / violencia / maltratos  / miserables / esbirros / clase mala / púdranse) –como cuando se entonan los cantos y no hay ningún desafinado–, pero en una lengua deliberadamente rota hasta que van apareciendo las postas de un signo perla donde desplegar su barrioco como una sentada de protesta que queda  plantada en el poema: “de súbito aquí están/las sílabas fogosas/como rosas resecas/en las páginas de anoche”. 

 

“La faena del intelectual es la producción y donación de nombres” ha dicho Rita Segato en la inauguración de la feria del Libro de Buenos Aires para mentar inmediatamente a su maestro Aníbal Quijano. Ella habla de “parentalidad”. Y los parentescos con legados pasados se vuelven urgentes en un momento histórico que se propone, a sus fines utilitarios, sin capital simbólico ni archivos, todos emprendedores de sí mismos. Entonces pasan por Plaza de la dignidad Víctor Jara, Luis Sepúlveda, Francisco Moraga, Luz Donoso, Las tesis, Salvador Allende, Lautaro, Catrillanca, Salvador Allende.

 

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Es que no hay aduana en Plaza de la dignidad, es porosa a todos, todas, todes (…pase libre/Chile//Mestizo Indígena/la mujer/Abuela de los desaparecidos, la diversidad sexual/las leslas/Las tías/los niños”). Le queda chico el lenguaje inclusivo por eso lo deja pasar a sus versos incendiarios pero no lo escribe porque a lo mejor se pregunta como yo “¿quién incluye? ¿desde qué centro de su magnanimidad aunque sin coronita, levanta la barrera, firma el pasaporte y bienviene en e o equis?”.

 

Plaza de la dignidad constituye también una contra-prensa con sus titulares poéticos (“La plaza se llenó de tanquetas y camiones blindados con milicos” o “Entremedio de la pandemia y pos estallido”) y sus crónicas intermitentes donde entran en el poema, como acusaciones, los nombres para la memoria del terror y la ilegalidad en la democracia pintada. Es un espejo invertido de El mercurio, donde la fiebre de la insurrección ha roto el vidrio del termómetro y el metal líquido se vuelve escurridizo como un perseguido político en resistencia. Plaza de la dignidad es grafitera hasta del antiguo fluir de conciencia, que en este caso no es el de las olas geométricas y de impecable espuma, que tan bien zapó Virginia Woolf, sino flujos de barro, sangre y deshechos industriales o íntimos en el insomnio ante la pc o en el wasap con los exilados políticos o como cuando Francisco Moraga se hace voz alucinante. Pero todo con un grandeur de altivez mestiza que Carmen Berenguer le ha expropiado a esos poetas de su tierra, a quienes Mirtha Rosenberg atribuyó “machismo de altura”, tono mayor y profético –convencionalmente negado a las mujeres–, pero también callejero y plebeyo: contra los Moisés de la escritura: ella es la Casandra de los buenos augurios como La plaza de la dignidad, la Esfinge roja o Pachamama misma, como la llamó una amiga en común (en todo caso Pachamama cachorra ya que es demasiado joven para ser Pachamama).

 

 

En les grandes poetas la voz autoral, la fónica y la voz poética están fusionadas. Alguna vez escribí que hasta podría decirse que la prueba de esa grandeza es esa fusión que hace que oír a Pound, a Perlongher, a Zurita no se diferencie de leerles, al mismo tiempo que les hace ininterpretables por otres. Escuchar a Carmen Berenguer es escucharla toda, hasta su melena huerta de Medusa andina.

 

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En el final de Plaza de la dignidad está la pregunta por el virus y su ruleta rusa, la posibilidad de la muerte sin épica ni insurgencia. Es verdad, les viejes podemos sucumbir ahora más rápido y más allá de una guerra del cerdo, sabiendo que estorbamos aún en una situación privilegiada, guerra del cerdo a tono con la invitación que planteó Christine Lagarde, cuando directora gerente del Fondo Monetario Internacional, que hizo detonar la alarma con su anuncio de la longevidad como amenaza para la sustentabilidad de las finanzas públicas, las aseguradoras y las entidades privadas (nada de retórica humanitaria ni siquiera la del tradicional paternalismo burgués). Pero les viejes hemos sido testigos, deudos memoriosos, activistas sin parar contra y sobrevivientes de las dictaduras, del sida, del cuerpo laboratorio en los paraísos artificiales y de los goces in benditos pero también protagonistas en situación de los logros o en camino de los juicios de lesa humanidad, el cóctel, el matrimonio igualitario, los feminismos populares. Entonces me gustaría sino terminar, detenerme en un verso de Carmen Berenguer: “Y eso no es todo” como todavía de la insurgencia y la revuelta al que me gustaría agregar mi propia advertencia “Guarda con las reservas de viejes que no son globalizadas sino internacionalistas”.


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