El Manifiesto de las feministas francesas levantó la polémica. Por cuestionar al #MeToo y por negar que entre una violación y una invitación a salir hay una brecha donde el abuso se cuela. Robar un beso o mandar un chat hot porque sí están en esa frontera. La zona gris se vuelve zona roja cuando la presa no puede decir no, y su libertad sexual queda condicionada bajo una relación desigual porque él es el tío, el jefe, el ídolo o el abuelo.



En su último ranking de “personajes del año” la revista Time eligió a quienes rompieron el silencio sobre el acoso sexual. Es que esta época ya está haciendo historia. La voz que encendió la chispa se alzó en Hollywood. Bastó con que Alyssa Milano tuiteara: “Si fuiste sexualmente acosada o violada, responde este tuit diciendo #MeToo”. Los tuits se contaron de a miles de miles. Esa era la intención: mostrar cuán masivo era ese silencio sostenido durante vidas enteras. Esa semana estallaron historias y entre éstas, las celebridades sacaron a la luz las reiteradas propuestas de uno de los productores más poderosos del medio: Harvey Weinstein.

 

¿Qué vino después?

 

En Hollywood, la decisión de poner un límite colectivo, que se sostuviera por la potencia de la red. La premiación de los Golden Globes llegó en un momento de “cresta de la ola”. Las actrices pusieron el cuerpo a sus tuits y todas, todas se vistieron de negro, a modo de bandera para dejar en claro que no había más lugar para el acoso. Una tras otra fueron lanzando discursos punzantes “nosotras somos la historia”, “un nuevo día está llegando”, etcétera.

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En Francia, un centenar de celebridades e intelectuales tomó otro camino: presentó un Manifiesto que expresaba un punto de vista radicalmente distinto al de sus colegas norteamericanas. Un texto que se posicionaba como una oda a la libertad individual (que incluye la libertad sexual), en contraste con el “puritanismo” norteamericano.

 

El Manifiesto y sus certezas dejaron picando un debate.

 

“El galanteo torpe no es un crimen” “La violación es un crimen. Pero el galanteo insistente o torpe no es un crimen, ni la galantería es una agresión machista”, alertaron las francesas. ¿Qué dijeron cuando dijeron ésto? Primero, marcaron la cancha con sus propios términos. El contrapunto entre violación y galantería es claro y discernible por cualquier hombre o mujer que cuente con una mínima dosis de empatía. La cancha quedó marcada en un contraste de blanco y negro, justamente allí en donde lo que abundan son los grises. El tema es que es en el terreno de los grises en donde se produce el acoso sexual. El problema es que, en esta demarcación, lo que se niega es –precisamente- la noción de acoso. En esta negación, se instala uno de los mitos contemporáneos de género: “el acoso es un invento para joder a los hombres”. (Ver Faur y Grimson, 2016)

 

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“Las actrices yankees son pacatas” Las francesas criticaron la postura de las norteamericanas por “puritana”. Aun cuando la cultura norteamericana tenga rasgos más puritanos que la francesa, el punto en cuestión no sería ese. En todo caso, en esa cultura conviven unos y otras. Pero en la carta de las francesas el contraste se coloca entre el puritanismo de las actrices y la libertad de cada Harvey Weinstein, y se defiende ésta última.

 

“Las #MeToo odian a los hombres” Indicaron que en esa acción se promovía el odio colectivo contra los hombres con la intención de “llevar a los cerdos al matadero”. Aquí se adentraron en el terreno de la interpretación, no sólo de lo que se dice, sino además, de las intenciones. ¿Es posible pensar que todas las mujeres que tuitearon (tuiteamos) #MeToo odien a los hombres y los quieran disminuir? Claramente, no lo es. Pero la efectividad del mensaje consiste en dar contenido a otro de los lugares comunes de la actualidad: “el feminismo es el machismo al revés”, que supone a “ese feminismo” como uno de rasgos totalitarios. Ni el feminismo es el machismo al revés, ni todos los feminismos son iguales.

 

“Tanto escándalo por un roce” Defendieron el derecho del acusado a expresar su propia voz y punto de vista. Advirtieron que no se debe anular a nadie la posibilidad de defenderse de una acusación, lo cual constituye un principio fundamental de nuestros sistemas de derechos y que, claramente, debería ser respetado. Abogaron por la libertad de cada hombre de “importunar” y de cada mujer de “decir no a una propuesta sexual”. En este interjuego de libertades es donde, para quienes firman el manifiesto, se puede superar la lógica de mujeres victimizadas y varones victimarios. “La pregunta es: ¿en qué medida se trata de libertades equiparables?¿Existe una respuesta válida que prescinda de los contextos en los que se ejercen la “libertad de importunar” y la de “decir no”? Finalmente, sumaron su propia interpretación acerca de la conducta de los hombres denunciados: “su único error fue tocar una rodilla, robar un beso, enviar un mensaje de sexo explícito”. Así, omitieron contextualizar cualquiera de estas acciones, mientras que restaron importancia a los diferentes grados de poder que pueden estar en juego en esos “únicos errores”.

 

“¿Por qué creerles?” ¿Puede haber denuncias “falsas”? Probablemente, sí. Pero sobre todo las denuncias que se hacen efectivas son apenas una proporción menor de las situaciones de acoso laboral, tan extendidas en el día a día. Es decir, la probabilidad de que una aplastante mayoría de denuncias sea verdadera es enorme. Las encuestas compiladas por la OIT muestran que, en Italia, el 55,4 por ciento de las mujeres entre 14 y 59 años declararon haber sido víctimas de acoso sexual. Un tercio de las trabajadoras sufren “intimidaciones para progresar en la profesión, con el 65 por ciento de acusaciones de chantaje semanal por parte del mismo acosador”, que suele ser un compañero o un supervisor. Más de la mitad de ellas, termina renunciando al trabajo, presa de una angustia sin salida aparente. En Australia, sólo el 37 por ciento de las personas que refieren haber sido acosadas quisieron denunciar los hechos. Según las investigaciones, las mujeres más vulnerables son las jóvenes, migrantes, económicamente dependientes, soltera o divorciada. En Hong Kong, cerca del 25 por ciento de los trabajadores entrevistados sufría acoso sexual. Un tercio de ellos eran hombres. Entre ellos, sólo el 6,6 por ciento denunció su situación (en comparación con el 20 por ciento de las mujeres) por miedo a hacer el ridículo. Respecto a los hombres, aquellos que sufren un mayor acoso son los jóvenes, homosexuales y miembros de minorías étnicas o raciales. El acoso entre las personas del mismo sexo se encuentra poco visibilizado, pero sucede. El acoso sucede.

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Igualdad, libertad, sexualidad El manifiesto de las francesas trae un debate necesario frente a la contundencia del #MeToo. Coloca la sexualidad en el centro, le pone palabras, escenas, deseo, roces, incluso “torpeza”. Es allí en donde se juega su posicionamiento libertario. En el hecho de nombrar las dinámicas de la sexualidad, con encuentros, desencuentros, aciertos, desaciertos. El Manifiesto pone en discusión la libertad y el poder de las mujeres. Al mismo tiempo, busca dar cuenta del lugar de los hombres acusados y defenderlos, por default. El problema no está en lo que debate, sino en lo que (sobre)interpreta. Y lo que niega: la existencia del acoso. El problema es que el silencio frente al poder abusivo es el sufrimiento de millones de personas, pero también, la reproducción de un mecanismo de reproducción de desigualdades. Quizás sea allí donde se encuentra lo que el texto no dice: que no siempre las personas involucradas en ese “juego” gozan de cuotas de poder similares. Entonces, de la libertad que hablan las francesas es una libertad sin contexto, sin relaciones de poder, sin desigualdades y sin institucionalidad. Una libertad paradojal. Una libertad sin derechos y sin igualdad. El contexto importa, y mucho. También importa el consentimiento, el deseo de quien está recibiendo propuestas inoportunas, muchas veces a pesar de reiterados rechazos. Mucho más importa cuando estas “insinuaciones torpes” vienen de parte de un superior. Ni qué decir de cuando, además, se trata de un padre o abuelo. Es en estos pliegues en donde se instaló la categoría de acoso sexual.

 

Ponerle nombre y proteger La OIT lo define como un “comportamiento en función del sexo, de carácter desagradable y ofensivo para la persona que lo sufre. Para que se trate de acoso sexual es necesaria la confluencia de ambos aspectos negativos.”[1] Para dar cuenta de ello, es necesario escuchar a quien padece una situación que podría calificarse como tal. En el momento en que se anula la voz de las mujeres que deciden abandonar la lógica del silencio, se pierde perspectiva y profundidad. Durante mucho tiempo no existió siquiera la categoría “acoso sexual”. La disyuntiva en la que se encontraban miles de mujeres (y algunos varones) era: soportar los avances sexuales, (mayormente, intentando esquivarlos como se pudiera) o bien, perder el empleo. Hizo falta ponerle un nombre y sancionar leyes para hacer visible esta situación y proteger a la parte que se encontraba en desventaja. Hoy forma parte de las normas de los países más avanzados. También la de Argentina.

 

En esta disputa Hollywood-Francia los términos son extremos. De un lado, se pone el acento en el abuso de poder, del otro, en la autonomía de sujetos. Lo cierto es que la sexualidad está repleta de zonas grises. Siempre estará sujeta a distintos juicios morales, y siempre dependerá del punto de vista con el que se mire. Sin embargo, en ese terreno inestable y repleto de pliegues, romper el silencio frente al acoso, lejos de apuntar contra el género masculino y lejos de infantilizar a las mujeres, permite un posicionamiento igualitario. En esta acción se confirma que la libertad y la igualdad constituyen principios centrales de la dignidad de cada persona, y sólo se consolidan en un interjuego de influencias recíprocas.

[1]http://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—ed_norm/—declaration/documents/publication/wcms_decl_fs_115_es.pdf


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