Europa se amplía. Pero esta vez no lo hace a través de nuevos Estados, sino de hombres, mujeres y niños que huyen de la guerra y llegan a sus costas. Étienne Balibar, uno de los más importantes filósofos contemporáneos, analiza por qué estos hechos cambiarán el continente para siempre y señala que la solidaridad tiene dos adversarios principales: la xenofobia y la austeridad.



Luego de que los ministros de los 28 países miembros de la Unión Europea no lograran ponerse de acuerdo sobre el plan de distribución propuesto por la Comisión Europa, ese plan (que es insuficiente si se tiene en cuenta el ritmo al que arriban los refugiados) fue apoyado mayoritariamente por los diputados del Parlamento Europeo convocado de urgencia. Esta decisión es bienvenida, pero no entraña ningún desbloqueo para una situación que se agrava cada día.

 

Llegó el momento de darse cuenta de las dimensiones de los hechos históricos a los que se confronta la “comunidad” de naciones europeas, así como de las contradicciones que estos hechos actualizaron entre ellas y dentro de cada una. La canciller alemana Angela Merkel pronosticó para Alemania: “Estos hechos van a cambiar nuestro país”. Yo diría, por mi parte, que van a cambiar Europa. Pero, ¿en qué sentido? La cuestión aún no está zanjada, aunque podría serlo rápidamente. Entramos en una zona de fluctuaciones brutales en las que hay que demostrar ludicez y resolución.

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Lo que está por suceder es una ampliación de la Unión y de la construcción europea misma. Pero, a diferencia de las “ampliaciones” previas, deseadas o aceptadas por los Estados, preparadas por negociaciones y sancionadas por tratados, esta se impone por los hechos y en el marco de un “estado de excepción” en el que no hay unanimidad. Deberá enfrentar dificultades y va a provocar enfrentamientos políticos cuyo resultado final no está garantizado. Esta amplicación es paradójica porque no es territorial –aunque tenga implicancias territoriales-, sino demográfica. Lo que “entra en Europa” en este momento (…) no son nuevos Estados: son hombres, mujeres y niños. Son virtuales ciudadanos europeos. Esencialmente humana, esta ampliación es también moral. Es una ampliación de la “definición” de Europa que va desde la idea que ella se hace de sí misma hasta los intereses y los objetivos que se asigna.

 

La conjunción de todas estas dimensiones nos llevará a una ampliación política, que revolucionará los derechos y las obligaciones de los países miembros. Esta ampliación puede, naturalmente, fracasar, pero entonces la construcción europea en sí misma tiene pocas chances de resistir (y algunas de las ampliaciones previas se desharían). Es por lo cual muchos en Europa –incluso en la clase política- hablan hoy de un test.

 

La situación material y moral creada por la llegada de refugiados que suben desde Turquía, Grecia, Macedonia e Italia hacia los países del centro y el norte de Europa (en particular, Alemania y Suecia, las naciones que hasta ahora más recibieron), a través de Hungría, Austria y Francia, es excepcional. Esto es evidente. Sin embargo, ¿por qué hablar de un estado de excepción, concepto cargado de temibles significaciones jurídicas y políticas, que evocan momentos de titubeos en el marco institucional de la vida social y de un temblor en la identidad colectiva de los pueblos? Evocaré al menos tres razones.

 

La primera es que, de hecho, una parte importante de la “constitución” europea (uno de sus “pilares”) dejó de funcionar: los Acuerdos de Schengen sellados por los reglamentos de Dublín (I, II y III). Esta suspensión comenzó cuando el gobierno alemán declaró que no aplicaría a los refugiados sirios la regla de registro en el país de arribo

 

dentro de la zona Schengen. (…)

 

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La segunda razón es que el “problema migratorio” de Europa está completamente imbrincado con el estado de guerra de Medio Oriente, que va desde Afganistán hasta África del norte (con epicentro en Siria e Irak), y es la principal fuente de la que provienen los refugiados. Se trata de una guerra civil generalizada, en parte creada y constantemente agravada por intervenciones externas -de una crueldad y una capacidad de destrucción sin equivalencia desde la Segunda Guerra Mundial en nuestra región del mundo-, que tomó una dinámica propia. No se la podrá frenar en lo inmediato (sobre todo a través de “golpes” como los que dan Estados Unidos y, más modestamente, Francia e Inglaterra). El número de víctimas y de refugiados que engendra irá, entonces, aumentando.

 

Momentáneamente concentrado en los países “tapón” (Turquía, Jordania, Líbano, Túnez), el éxodo empezó a desbordarlos y amenaza con hacerlos explotar. El espacio afectado por este contagio de la guerra incluye a Europa (por supuesto a través de los riesgos de la difusión del terrorismo, que no pueden no interferir sobre la “policía” de migraciones, en la imaginación y en la realidad).

 

Se puede hablar de estado de excepción porque, más aún que otros factores de conflictos ideológicos y políticos agudos en Europa (como las políticas de austeridad), la crisis migratoria está por quebrar el consenso sobre los “valores” constitutivos del Estado democrático. Esto desemboca en una confrontación de Europa con ella misma, susceptible, al menos en ciertos países, de tomar formas violentas. Todos estos aspectos están evidentemente ligados entre sí.

 

Detengámonos en la acción de la Canciller alemana, Angela Merkel, desde la crisis de fines de agosto. Ella jugó un rol determinante en la definición de su carácter político. Fue ella, de hecho, la que intentando conservar el control (que está por escapársele) declaró el estado de excepción y tomó medidas “unilaterales”. Sobre todo, fue ella (…) la que propuso una refundación de nuestros Estados de derecho y una confrontación que excluya toda “tolerancia” por las corrientes xenófobas y racistas. Aquellos que –como yo- reprueban absolutamente la manera en que la Canciller Merkel piloteó la imposición alemana de las políticas de austeridad a toda Europa, y particularmente la humillación y la expropiación de Grecia, deben reconocer hoy el valor de su acción y decirlo. Esto prueba la complejidad de las realidades políticas, que no se dejan ver a través de los lentes de la ideología.

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Naturalmente, Merkel no actuó sola: interpretó la solidaridad de una parte significativa de la sociedad alemana (tomando el riesgo de enfrentar a otra que ahora empieza a hacerse escuchar). Como hicieron otros, se puede suponer que siguió los intereses de la economía alemana que precisa un refuerzo demográfico y fuerza de trabajo calificada-abundante entre los refugiados-, yendo contra los prejuicios xenófobos y recordando el beneficio que su país obtuvo del aporte de otros refugiados. También se puede imaginar que “Merchiavelo” -como la llama el sociólogo Ulrich Beck- vio una oportunidad para modificar la imagen inhumana que dio para “resolver” la crisis griega.

 

Pero todas estas explicaciones se quedan cortas. Sobre todo, porque son incapaces de comprender el efecto objetivo de la decisión de Merkel, que transforma la situación del problema “constitucional” en Europa e intensifica el conflicto latente sobre la “identidad” europea, tanto desde el punto de vista del régimen social como desde el punto de vista cultural. Puede ser –yo lo dudo- que Merkel, aunque actuó conscientemente, no llegó a comprender hasta dónde se comprometía -y nosotros con ella-: lo importante es que traspasó un punto de no-retorno y hay que asumir las consecuencias y defender su significación. Hic Rhodus, hic salta.

 

Enumeraré cuatro órdenes de consecuencias importantes. Las primeras conciernen a la gestión de las fronteras de Europa, pero también a su trazado y a su relación con la soberanía nacional. El Acuerdo de Schengen reposaba sobre la suposición bastarda de que se puede “poner en común” la vigilancia de las entradas y salidas al espacio comunitario, sosteniendo, al mismo tiempo, que el Estado es el soberano y el responsable de los individuos que se encuentran en su “propio” territorio, desde el punto de vista de la seguridad o de la protección. De ahí viene la situación catastrófica que enfrentan Italia, Grecia, o incluso Hungría, mientras los otros Estados europeos, gobernados por el sacro egoísmo, les dan la espalda o se aíslan. (…)

 

Pero más generalmente (como ya sostuve otras veces) se ve que Europa no tiene fronteras en el sentido clásico: ni fronteras propias, ni fronteras de las naciones que la constituyen. En todo caso, ella misma es una “frontera” de un nuevo tipo propio de la globalización, un borderland o un complejo de instituciones y de dispositivos de seguridad extendidos por todo su territorio de manera de “regular” los movimientos de población (y sobre todo aquellos que se efectúan entre el “norte” y el “sur”), de una manera que puede ser más o menos discriminatoria, más o menos violenta, más o menos democráticamente fijada y controlada. [1]

 

De ahí la segunda serie de consecuencias: aquellas que conciernen a los regímenes migratorios que Europa busca limitar, pero sobre todo definir, jurídica y políticamente, para evitar aparecer como un “Einwanderungskontinent” [continente de inmigración], lo cual es también una forma (negativa) de definirse ella misma. (…) En la polémica actual sobre la instauración de “cuotas” para la distribución de refugiados en Europa, Alemania y la Comisión Europea se apoyan sobre la distinción entre “refugiados” y “migrantes económicos”. Lo hacen para ganarse a la opinión pública (favorable a los primeros y muy hostil a los segundos) y, al mismo tiempo, para sostener una diferencia en el trato administrativo de los que arriban, sin lo cual no habría más que, aparentemente, decretar la abolición de las fronteras. (…)

 

No diría, por mi parte, que esta distinción no tiene ningún sentido. La primera categoría define un estatuto en derecho internacional (motivo por el cual varias organizaciones que protegen a los refugiados la sostienen), lo cual no es para nada el caso de la segunda. [2] No hay “estatuto de migrante” en el mundo de hoy, sólo un trato “biopolítico” como diría Foucault. Pero se ve bien en la situación actual que la diferencia es sociológicamente arbitraria, porque la mundialización salvaje tiende a transformar las zonas de pauperización en zonas de guerra y viceversa. Son zonas de muerte sobredeterminadas, de las que los habitantes huyen masivamente, a riesgo de perder todo.

 

Y sobre todo uno se pregunta a través de qué medios, si no a través de violencias a gran escala, la Unión Europea ejecutará una política de “reenvío” de los migrantes indeseables a los que se les niega la residencia. Aquello que no funcionó a escala individual, desde hace décadas, no tiene ninguna posibilidad de funcionar a escala masiva. O entonces aquellos a los que se reenviará como migrantes “económicos” caerán en redes de campos de concentración que los harán “refugiados”. Otro mecanismo perverso del estado de excepción.

 

Detrás de las condiciones de refugiado o de migrante “indeseable”, llevados de frontera en frontera o de campo en campo, ¿qué perspectiva se abre para aquellos a los que la guerra o la miseria empujan hoy hacia Europa, a la que llegan poniendo en peligro su vida (dejando a muchos de los suyos en el camino)? ¿Qué perspectiva debe ofrecerles Europa? No puede ser otra cosa que el acceso a la ciudadanía europea. Será entonces necesario que esta noción tome cuerpo o salga de los limbos en los que está por la negativa de los Estados a abrir la vía de la “supranacionalidad”.

 

Cuando al principio del artículo sostuve que asistimos a una ampliación demográfica de la Unión Europea es porque quería plantear esta perspectiva. Se trata de una perspectiva regularizadora, pero ineludible. Los refugiados no llegan para irse. En todo caso, no todos y no hasta dentro de mucho tiempo. Si no queremos crear una nueva población de desclasados, expuestos a todo tipo de persecuciones y a los desvíos de la marginalidad (pensemos en los gitanos, en los “clandestinos”), o una población de extranjeros relegados al exilio interior por varias generaciones (pensemos en los campos palestinos en Medio Oriente) hay que abrir la posibilidad de la integración. Es decir, del trabajo, de los derechos sociales y de los derechos culturales iguales. Pero la clave de todos estos derechos y de su posesión “legítima”, contra las estigmatizaciones racistas, es la ciudadanía (o como lo dije en otro lado, la conciudadanía). [3] 

 

Como el problema es nuevo a esta escala (…) hay que inventar nuevos modos y nuevas perspectivas de acceso a la ciudadanía, propiamente europeos, que, al mismo tiempo, modifiquen la situación.

 

Idealmente veo dos. Más allá del acceso a la ciudadanía europea a través de la ciudadanía nacional (se es “ciudadano europeo” porque se es ciudadano francés, alemán, polaco, griego…), la primera sería crear un acceso directo a una “nacionalidad federal”. Es lo que había existido -pero por elección personal- en Estados federales como la ex Yugoslavia. Si esta propuesta parece demasiado subversiva o demasiado riesgosa (porque contribuiría también a singularizar a los refugiados y a sus descendientes tanto tiempo como la nacionalidad siga siendo la “tarjeta de entrada” a la ciudadanía europea para la mayoría de nosotros), todavía hay otra posibilidad que es sin dudas mejor: la que consiste, a través de una directiva que se imponga a todos los Estados miembro, en generalizar el “iussoli” [nacionalidad por lugar de nacimiento] a toda la Unión Europea (tomando como ejemplo lo que acaban de decretar los griegos).[4]

 

De esta forma el futuro de los niños y los refugiados estará garantizado por Europa, y se sabe que esta perspectiva es uno de los más poderosos factores de integración de los padres mismos. Es parte de la “dignidad” y la “seguridad”. Convendría evidentemente combinarla con el reconocimiento generalizado de la doble nacionalidad, porque proponerle a los refugiados que se integren no implica –salvo en las obsesiones de los xenófobos militantes- que se les pida romper con su historia y su país de origen, incluso aunque hayan sido arrancados de manera traumática.

 

Por último, la decisión unilateral de Alemania de recibir refugiados, creando el estado de excepción que nos lleva hacia la amplicación “demográfica” conlleva para Europa entera un cuarto orden de “consecuencias”: consecuencias económicas estructurales. (…)

 

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La apertura de Europa a los refugiados implica a corto plazo un cambio de doctrina y de política económica que contradice su “régimen” actual. En números absolutos, los refugiados no representan más que una proporción mínima de la población europea (es el equivalente a una pequeña nación más). Sin embargo, les falta todo y estarán durante largo tiempo a cargo de varias municipalidades, de ciertas regiones, de algunos países, que no están preparados o atraviesan ellos mismos dificultades económicas y financieras reales. Se quiere distribuir de forma igualitaria (o equitativa) una carga común entre países a los que las políticas de austeridad y competencia “no distorsionadas” empujaron hacia la desigualdad. Hay que entonces invertir la tendencia neoliberal, aumentar el presupuesto de la Unión Europea de manera significativa (a cargas comunes, presupuesto común), lanzar un plan de integración a escala europea (vivienda, educación, empleo), promover la solidaridad entre los Estados y construir en común una nueva sociedad, observando en particular que la integración de los refugiados en el mercado de trabajo no se haga en detrimento de los “viejos europeos” ni inversamente (receta de la xenofobia).

 

Pero esta planificación, o simplemente esta organización de las tareas compartidas, va a exigir (o acelerar) a su turno cambios de política monetaria -que progrese la construcción “federal”- que pueden ser democráticamente decididas y aplicadas (lo que les da una posibilidad de triunfar) o técnicamente impuestas (lo cual conduce sin dudas al fracaso). Se empieza a comprender que para que Europa esté en condiciones de cumplir la tarea que, de pronto, le incumbe se precisa otra Europa: una Europa que se transforme, que cambie de forma política. (…)

 

El clivaje más revelador, el que de verdad separa dos “Europas”, o dos políticas para Europa, atraviesa a todos los países, incluso aunque se dé bajo proporciones y relaciones de fuerza diferentes. Es por supuesto extraordinario (“milagroso” dijeron algunos periódicos) [5] que gran parte de la población alemana esté a favor de proteger a los refugiados sirios, en una convergencia significativa con la decisión de la canciller. Pero también es significativo que los jefes de la CSU, pilar de su coalición gubernamental y “partido hermano” de la CDU que dirige Merkel, hayan abiertamente marcado diferencias con esa política, llegando incluso a cerrar una alianza con Victor Orban, el jefe de gobierno húngaro que erige en su frontera sur una barrera de cemento y alambres filosos, así como que el diario FrankfurterAllgemeineZeitunghaya haya publicado un editorial para enunciar que “los países del Este tienen razón”.[6] Desde el cierre “provisorio” de la frontera con Austria, se congratulan del “recule sin precedentes” de la canciller, cuando no piden explícitamente su renuncia.

 

En realidad, lo que está en vías de constituirse en Europa es un frente trasnacional de rechazo a los refugiados, donde los grupos abiertamente racistas y violentos son solo la punta extrema, y cuyos argumentos oscilan entre el utilitarismo (“no tenemos lugar”) y la ideología identitaria (la afluencia de musulmanes amenaza con desnaturalizar la Europa cristiana o laica, según el país) y securitaria (entre ellos esconden a jihadistas). Sin dudas asistiremos por primera vez a lo que hasta ahora siempre fracasó por las rivalidades y nacionalismos: la emergencia de un “partido” xenófobo, antiinmigrantes y antirefugiados, unificado en Europa.

 

En consecuencia, pareciera que la Europa de la solidaridad no podrá privarse de dar una lucha política con determinación, basada en nuevas alianzas, una lucha que comienza con la condena intransigente de las violencias contra los migrantes y que continúa con la reivindicación de las condiciones de recepción que nombré antes. Es esta lucha, si se lleva adelante de verdad, la que transformará más profundamente la Unión Europea. Lo mínimo que se puede decir es que no está ganada de antemano. Visto desde Francia, donde el Frente Nacional contaminó toda la vida política, se puede decir incluso que será muy difícil. Esta lucha es inevitable: si la “causa de los refugiados” no progresa en la opinión y en las instituciones, reculará de manera muy rápida y muy brutal.

 

Una lucha como esta entonces necesita una fuerte legitimidad: en cada país y en toda la Unión. Pero la única legitimidad que puede, en último término, invalidar y neutralizar las resistencias es la legitimidad democrática directa. (…)

 

Agreguemos para volver una última vez al aspecto “alemán” (o euro-alemán) de la cuestión actual que esta legitimación democrática es lo único que permitirá a Alemania pasar de la iniciativa unilateral, impuesta por las circunstancias y ayudada por su “moralidad” propia [7], a la solidaridad comunitaria sin la cual –pese a su riqueza y determinación- no podrá llegar. Es extraordinario (e históricamente decisivo) que, por primera vez desde la reunificación en los años noventa, Alemania necesite, nuevamente, la solidaridad de los demás países europeos, a los que ella no puede “dictar” nada. Pero esta vez no es solo por su propio interés, sino por el interés de todos. Es una de las características del “momento europeo” excepcional que estamos viviendo.

 ***

 *El fotógrafo César Dezfuli fue uno de los primeros en captar la tragedia de los refugiados. Los últimos días de julio, cuando la llegada de refugiados se encontraba en pleno auge estuvo en Belgrado, capital de Serbia, la puerta de entrada a la Unión Europea. Allí fotografió algunos de esos miles de refugiados que atravesaban apresuradamente los Balcanes en dirección a Alemania y que de media pasaban 6 días en territorio serbio. Durante varios días visité el campo de asilo de Krnjaca, suelen alojarse, aunque en su mayoría permanecen en la calle, en los alrededores de la estación central de Belgrado, descansando antes de continuar con su camino. En aquel momento la cobertura mediática era prácticamente inexistente en la zona y la situación de esas miles de personas que llevaban meses escapando de la guerra estaba oculta a los ojos de la sociedad internacional, aunque no de las instituciones europeas, que llevaban meses mirando hacia otro lado.

 

 

*Traducción del texto: “Europe et réfugiés: l’élargissement par EtienneBalibar”, publicado originalmente en Mediapart.fr. Texto original en: 

[1] Etienne Balibar : L’Europe-frontière et le « défi migratoire »,Vacarme, Octubre 2015 (versión en inglés : « Borderland Europe and the Challenge of Migration »

[2] Danièle Lochak 

[3] E. Balibar : « Sujets ou Citoyens ? Pour l’égalité » (1984). Reeditado en Les frontières de la démocratie, La Découverte, Paris 1992.

[4] 19 Estados europeos sobre 33 adoptaron hasta hoy el iussoli:http://eudo-citizenship.eu/docs/ius-soli-policy-brief.pdf

[5] « Das deutsche Wunder », Josef Joffe, Die Zeit, n° 37, 12-09-2015.

[6] « EU-Flûchtlingspolitike :Osteuropa hat recht », Karl-Peter Schwartz, FAZ, 11-09-2015.

[7] Giannis Varoufakis : “On German Moral Leadership” – English version of op-ed in Sunday’s FAZ,


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