La selfie de una abuela y su nieta bajo el hashtag #10yearschallege y la aplicación del software de reconocimiento facial como política de seguridad porteña tienen mucho en común. Facundo Carmona traza una cartografía del complejo vínculo que se teje entre tecnología, vigilancia y neoliberalismo. Entre la cultura urbana que engorda, de forma lúdica, el stock de la big data y los nuevos canales que profundizan el control y la criminalización social.



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Lunes 13 de noviembre de 2017, el periodista británico John Sudworth pone a prueba al sistema de cibervigilancia más grande del mundo: la SkyNet del estado chino. En el informe emitido por la BBC, Sudworth corre asustado por las modernas calles de la ciudad de Guiyang mientras las cámaras de seguridad lo persiguen. Como si fuera un delincuente capturado por The Machine, el sistema de vigilancia inteligente de la serie de TV Person of Interest (CBS), Sudworth es detenido por la policía en menos de siete minutos. Esta red es parte de los 400 millones de cámaras en vía pública que el gobierno China planea distribuir de aquí al 2021. Responden a un sistema que activa cada fisonomía con una tarjeta de identificación y permite rastrear sus movimientos hasta una semana después.

 

“Podemos matchear tu cara con tu auto, con tus familiares y con las personas de tu entorno”, señalan los programadores de SkyNet. Para hacerlo, tanto las apps y redes sociales como los sofisticados sistemas de monitoreo precisan alimentar y actualizar sus algoritmos de reconocimiento con cientos de miles de imágenes. La mayoría de las veces sin el conocimiento ni el consentimiento de las personas que las publicaron. Según NBC News, IBM usó 1 millón de imágenes de Flickr para entrenar su inteligencia artificial de reconocimiento facial.

 

En Buenos Aires, esta política de seguridad entrará en vigencia el 23 de abril. Así lo anunció Diego Santilli durante el marco del Primer Congreso Internacional sobre Delito Transnacional organizado en la Legislatura porteña. El vicejefe de Gobierno y titular del Ministerio explicó que el software se ubicará en 300 lugares estratégicos de la ciudad. Y avisó a los porteños que no tienen por qué alertarse ni suponer que se trata de un recrudecimiento de la vigilancia social: “Este sistema aplica sólo para aquellas personas que son buscadas por la justicia”.

 

Una abuela y su nieta calibran el celular para la selfie y así sumarse al hashtag #10yearschallenge. Tienen los ojos fijos en la pantalla y los brazos extendidos hacia el dispositivo. De pronto estallan en carcajadas. Postean en sus redes sociales una imagen tomada con Masquerade, la app que permite intercambiar y animar caras. El resultado es efectivo: la abuela parece una nena, la nieta parece una señora. Con millones de gestos así, la nube se convierte en la fuente privilegiada para que esos softwares puedan stockearse de datos, indicadores de consumo y hábitos.

 

El periodista inglés corriendo por las calles chinas, la abuela, su nieta y la nueva agenda de seguridad local están distanciados en tiempo y espacio pero tienen algo en común: muestran las variables del reconocimiento facial, la nueva vedette entre las técnicas de recolección y procesamiento de datos. Esta tecnología se basa en algoritmos que aprenden a reconocer a identificar expresiones y rasgos particulares.

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¿Qué asoma entre las cámaras de videovigilancia porteñas y las del Estado chino, los datos biométricos de la AFIP, las stories de Instagram y las miasmas de juegos y aplicaciones? Asoma un modelo que, por un lado, gracias al desarrollo de las tecnologías de control permite desplegar su potencial de vigilancia. Y por otro, demanda la colaboración de toda la ciudadanía, valora la participación y promueve la libertad de los usuarios.

 

Flavia Costa, doctora en Ciencias Sociales por la UBA e investigadora adjunta CONICET, piensa en el puente de doble mano que une a las llamadas por el sociólogo David Lyon “sociedades de vigilancia” y “cultura de vigilancia”. Costa dice: “Ya no se trata solo de una sociedad vigilada por dispositivos de control, por un panoptismo a cielo abierto constituido por la proliferación de videocámaras en las calles y en los zaguanes. Se trata de una cultura en la cual las personas se involucran activamente en el hecho de vigilar y ser vigiladas: se observan, colaboran activamente en relevar sus actividades cotidianas y compartirlas con otros, incluso con desconocidos. Las personas ya no sólo están familiarizadas con la vigilancia: al mismo tiempo que le temen, la reclaman y hasta se divierten con sus dispositivos”.

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Problematizar estos sistemas de reconocimiento facial implica pensar en la intensificación de los dispositivos de vigilancia contemporánea: la tecnificación de la vida, la espectacularización de las relaciones sociales, la economía de plataformas, la automatización de la producción y la consolidación del neoliberalismo como tecnología de poder.

 

 

La emergencia de estas tecnologías inauguran técnicas de gobierno (de los otros y de nosotros mismos) que deslinda a la vigilancia de la necesidad del encierro, de circunscribirse a un espacio determinado, reglado. Hoy, la vigilancia se concreta en la medida en la que estos esquemas se pluralizan. Crecen a medida que varios sistemas, públicos y privados, lúdicos y policiales, están conectados en red para compartir información. Y funcionan sobre la intensificación de la comunicación, la producción y circulación de sentidos, antes que sobre la represión.

 

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Casi en modo automático la abuela comparte la selfie con su nieta en su muro de Facebook y en su estado de Whatsapp. En ella poco queda de la figura del receptor pasivo que acata e incorpora lo que alguien -los medios, la familia, el Estado- pensó ad hoc. Al contrario. Los nuevos sistemas de vigilancia se recortan sobre un tipo sujeto activo (pero no emancipado) que participa, se muestra y performa.

 

 

Circular-compartir-crear: ahí se juega la nueva normalización. Porque los sistemas de videovigilancia y reconocimiento facial se fundan sobre la circulación antes que sobre el confinamiento. No responden a la metáfora disciplinaria del  “empleado mayor” a la que cantaba el Indio Solari ni al esquema del padre, la policía, el Estado. La mano viene enrevesada: implica una red de control permanente que funciona sobre la proliferación de la diferencia y la libre circulación de la población, los datos y los capitales.

 

“Tomamos el caso Facebook -propone Flavia Costa-. Esa red social tiene acceso a información personal, información biométrica y datos de comportamiento e más de 2 millones de usuarios activos, más de un cuarto de la población mundial. Son muchísimas personas y  muchísima más información, y más completa y detallada de la que cualquier censo o estadística de un Estado Nación pudo obtener jamás, en tiempo real y con la posibilidad de reconducir de forma directa a los individuos concretos”.

 

Estos fenómenos de vigilancia son “máquinas de subjetivación y producción de identidad que sobrepasan por mucho al Estado y a todo lo que es posible pensar desde sus categorías”, dice Camilo Ríos Rozo, sociólogo. “Nos encontramos frente a un escenario nuevo -agrega Flavia Costa-, frente un salto de escala en nuestra relación con las tecnologías y con quienes pueden hacer uso de nuestras informaciones, que ya no son sólo ni principalmente los Estados sino organizaciones y empresas diversas”.

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En el pasaje de modos de producción industriales al capitalismo financiero se diseñan técnicas de gobierno de nuevo tipo. Modalidades de gubernamentalidad que operan por medio del impulso a las libertades, por un “dejar hacer” y por un principio de intervención mínimo. El monitoreo intensivo y la gestión en tiempo real ocupa el viejo sillón de la razón política.

 

 

Se pasa de un modelo disciplinario bajo la mirada vigilante, donde se busca inscribir a los cuerpos al aparato productivo y se desestima a los improductivos, a otro modelo de control-estimulación tecnológicamente mediado y a distancia bajo el que se busca que los cuerpos compitan para inscribirse en un doble aparato de producción y consumo productivo.

 

Deleuze lo vislumbró de manera temprana a inicios de los años 90, “Los individuos se han convertido en dividuos, y las masas, en muestras, datos, mercados o bancos. (…) El hombre de las disciplinas era un productor discontinuo de energía, pero el hombre del control es más bien ondulatorio, en órbita sobre un haz continuo”.

 

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Si las sociedades disciplinarias extraían energía del cuerpo, las sociedades contemporáneas extraen información. Por un lado, promueven la libertad desinhibida y, por otro, cierra los anillos del control sobre todo lo que considera una amenaza a estas libertades.

 

Habitamos la época de recolección y almacenamiento automatizado de un volumen ingente de datos, lo que los investigadores belgas Antoniette Rouvroy y Thomas Berns llaman “datavigilancia constitutiva de los big data”. Los datos están disponibles en cantidades masivas y vienen de distintas fuentes. Los gobiernos los recolectan con fines de seguridad, de control, de optimización de gastos. Las empresas con fines publicitarios y de marketing, por intermedio de reconocimiento de expresiones faciales y trackeo de llamadas, analizan conductas de compra. Las universidades y los laboratorios recurren a este acervo para incrementar el stock de sus data warehouse.

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La implementación local del software de reconocimiento facial se suma a una serie de iniciativas digitales orientadas a la seguridad ciudadana. Un ejemplo, el “Anillo Digital de Seguridad”, el sistema encargado de identificar a cada uno de los vehículos que utilizan las entradas y salidas de la Ciudad, la autopista La Plata-Buenos Aires y la General Paz. El anillo cuenta con dos centros de monitoreo, 45 pórticos con 291 cámaras lectoras de patentes y 75 cámaras específicas de video vigilancia. Pero también se combina con desarrollos como Boti, el burócrata digital del Gobierno de la Ciudad que trabaja las 24 horas los 365 días del año, y que a partir de este año funciona sobre la plataforma de WhatsApp. O las eGates de Ezeiza, que más allá de la automatización del proceso, acentúan el hecho de que el cruce de datos creció de forma exponencial con el arribo de Cambiemos. Todas estas iniciativas tienen como común denominador la reducción del espacio público al agregado de individuos con intereses particulares y el rol del Estado como un proveedor de herramientas que faciliten el flujo de personas, datos y capitales. ¿Cómo se logra esto? A través de un sistema de control por feedback, retroactivo, que distribuye cuerpos, bienes y servicios. Al tiempo que, como señaló con astucia Mark Fisher, se intensifica “la naturaleza virtual de la vigilancia”: actuamos todo el tiempo como si nos estuvieran mirando.

 

 

“Una de las novedades más significativas es que las empresas comenzaron a cruzar datos biométricos con datos de comportamiento que incluyen tanto las reacciones emocionales a determinados contenidos como la frecuencia de contacto con otras personas en una red social, además de la información que damos cuando describimos nuestro perfil -analiza Costa-. Aun si escribimos un mensaje en alguna plataforma y lo borramos antes de enviarlo, puede quedar registrado. Lo mismo si nos movemos por la calle smartphone en mano: el hecho de desplazarnos con una dirección clara o de titubear puede registrarse y aporta información sobre un hipotético estado anímico”.

 

Este nuevo régimen de gobierno profundiza el ideal liberal de una aparente desaparición del proyecto mismo de gobernar. “El ímpetu del neoliberalismo por hacer de todo un capital, mezclado con la responsabilización individual por cada acto, desemboca en un magma ideológico-político que hace de la videovigilancia algo invisible. Sólo existe cuando no funciona”, sostiene Ríos Rozo. Pensar los alcances del reconocimiento facial permite cartografiar las complejas relaciones que se tejen entre tecnología, vigilancia y libertad en el neoliberalismo.

 

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