Nadie sabía cómo serían los hijos de la distancia que nacieron con un país dentro de otro durante el exilio de la dictadura argentina. Marco Teruggi tira de sus raíces como si fueran hilos que unen a su niñez y adolescencia en Francia con su vuelta a La Plata y su actual vida en Venezuela. Ensaya una respuesta mientras persigue la punta del tiempo de su generación. ¿Cuál es la tierra de la que somos en nuestra memoria? Una vez que la distancia se inicia, ¿termina alguna vez?



Ovillo, eso intento. Generalmente por las noches, cuando solo queda de Caracas un cielo y un disparo. Empiezo como un azar. Diciembre del 2012, por ejemplo: estoy en la casa de la calle 59 número 685 en la ciudad de La Plata. Hace calor, huele a baldosas mojadas, junto los tres libros que voy a llevar, desempolvo la valija de mi bisabuela, guardo nueve años de vida en cajas. La casa se cierra, lo hace desde que murió mi abuela Kewpie, el 21 de agosto. Estamos todos: mis padres, mis hermanos, los primos. Mi organización acaba de romperse, entregué mi tesis, dejé mi trabajo en el centro cultural, tengo total consciencia del presente que deshago. Eso creo. Me faltan pocos días para irme a Venezuela, donde tengo una habitación reservada y se encuentra la mujer quiero. Disfruto a mi familia, andamos el tiempo, escucho La noche murmura. Estoy por alejarme, otra vez. No sé por cuánto tiempo.

 

-Todo Marco es un haz de raíces desenterradas.

Dice el cuento.

 

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Estoy en Caracas, el cielo parece descalzo. Hay algo que me ata en la casa de 59, como un río. Es diciembre, recuerdo, y mientras pinto un baúl con mi hermana no me doy cuenta que soy en lo que me rodea, ese naranjo, ese diccionario que escribió mi abuelo, esos techos que invadieron los militares en 1977, ese piano donde mi padre enamoró a mi madre y Diana le anunció su embarazo, esa cocina donde soñé ser grande, ese comedor en el que preparé exámenes, me hice amigos que voy a despedir en unas horas. La puerta no es una puerta. Al cerrarla no existirá más el otro lado, solo lo que pueda escribir desde una habitación del caribe tapada de lluvia. El otro lado soy yo.

 

Agarro otro hilo, ovillo. Nací en la distancia, en París, sobre la isla que está en su centro. Entre dos aguas. Era invierno, de esos que parecen un manto pálido extendido sobre el cielo. Desde el primer día me habitó un idioma, una música, una manera de sombrear las palabras, de espantar al miedo, que no eran los que me rodeaban. Nací con un país dentro de otro, argentino en París.

 

Al principio hablaba español, aprendí francés en la escuela, luego todo era una sola lengua, hasta que separé cada idioma para cada techo. Con la infancia Francia se hizo mi cotidiano: el colegio, la salida del colegio, los juegos, los amigos, los días y las noches del crecer. Un mundo separado de otro por un picaporte, Au revoir madame / Hola pa. Argentina, eso tan inasible para un niño en la distancia, tenía forma de una sola cosa en mi cabeza: la casa de mis abuelos Kewpie y Mario.

 

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El número 685 de la calle 59 era Argentina.

 

Suelto un hilo, regreso al otro, estoy sentado en ese patio que es un país, es diciembre del 2012, hace semanas que me despido. Apoyo la pava en la mesa, hay gardenias sobre mi cabeza. Mi abuelo silbaba, qué hacés changuito, decía al pasar cerca, y su presencia era magia. Ya no está. Ni mi abuela que se sentaba bajo el sol del invierno a ver cómo se hacían las mañanas. Ahora estoy yo, mi familia, las generaciones que seguimos, la época que nos tocó. Tenemos muertos enterrados en el vientre, una vida que buscamos, las apuestas que cada uno decidió jugar. La casa se cierra como una marea. Todavía no me doy cuenta.

 

-Todo Marco es un haz de raíces desenterradas. Están como en un invernadero, esperando ser plantadas. Dice el cuento.

 

La casa pide irse, repetir el ciclo de la distancia. Tenía razón Mario, venimos de los gitanos del Este, aquellos que cruzaban pueblos con instrumentos y caravanas. Estoy por desenterrar: el futuro es un haz, la mujer que está del otro lado es raíces, la revolución es una pregunta que tiene llave. Todo tiene sentido. No sé cómo será el hombre que vendrá, ese que en este momento está sentado bajo una noche de diciembre de Caracas y ovilla. Ahora tiene poco: el mate rojo de su abuela Yaya, la valija de su bisabuela, algunos libros que le quedaron después de vivir en hoteles, una revolución sin llave, la soledad atada en los cordones.

 

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No está triste, se pregunta qué murmura la noche.

 


Es verano, en estos días hace más frío en Caracas. Son las dos de la mañana, el barrio está tranquilo, lo sé ahí a unos metros, con su calle de pocos faroles, basuras degolladas y perros que cuidan el silencio. Solo está el ruido del ventilador para alejar los mosquitos. Ya no lo escucho, tiro, enrollo, desenredo, ovillo.

 

Otro hilo: noviembre del 2003, París. Terminé mi trabajo de mozo en el bar, abandoné la universidad en el suburbio que luego se prenderá fuego, despido a mis amigos, a mis viejos, escucho Vuelvo al sur, me voy. Estoy seguro, no hay ninguna duda. Desde la infancia deseo lo que estoy a punto de hacer. El plan es ir a La Plata por ocho meses, serán nueve años. Mi hermano dice que voy a quedarme allá. Yo lo intuyo, no puedo pensarlo todavía. Soy argentino nacido en Francia, más lo segundo que lo primero, aunque lo crea al revés. Todo está a punto de darse vuelta, de regresar al exacto lugar que nunca fue. Creo.

 

 -Todo Marco es un haz de raíces desenterradas. Están como en un invernadero, esperando ser plantadas. Y tuvo que irse allá lejos, de donde vengo, a remover la tierra apisonada. Dice el cuento que está a punto de ser escrito.

 

La puerta del departamento se cierra. Ahí está mi primera novia, los años como cuchillo de la adolescencia, los almuerzos, los hermanos, los rings hechos con la cama de mis padres, los domingos en el bosque, el pelo largo, rapado, engominado, varias vidas. Me gusta mi familia, el mundo dentro de esas paredes. Lo que está fuera no me pertenece: su soledad nunca fue a mi medida, su música no es mía, sus olores no son míos, su historia no es mía, su idioma se aleja de mí, lo dejo irse. Tengo diecinueve años, nací lejos, es hora de ir/volver a la casa de la calle 59, ser un argentino entre argentinos, así, sencillo, inmenso. Así pienso. Solo puedo explicárselo a mis hermanos, mis primos que viven en Italia, amigos iguales a nosotros, de allá, nacidos acá.

 

Mi padre me lleva al aeropuerto de Charles de Gaulle, veo esos campos de árboles blancos, miro como nunca más volveré a mirar. Pasaré del invierno al verano en unas horas. Elegí. No tengo ninguna duda, voy hacia un país, una casa. Del otro lado del mar estoy yo. Nadie puede explicármelo, nadie sabía cómo seríamos los hijos de esa distancia.

 

Ovillo. La yerba está lavada, escucho Le vent nous portera para recordar el idioma que dejé alejarse, el silencio duerme, intento regresar a mí, a cada bolso cerrado. Veo la habitación que alquilo en esta casa donde la gente vive y se va, lo poco que me queda traído de Argentina -la valija de mi bisabuela, una chalina regalada en un corte de autopista, una mochila, un cuaderno, el mate de mi abuela-, visito mis palabras.

 

Sopla una sudestada debajo de mi cama.

 


Son las cinco de la mañana. Huelo, creció una glicina adentro de la mochila, será un problema armarla. Salgo a la terraza, detrás de una puerta una señora prepara empanadas, jugos de frutas, una mañana de caribe. En un rato saldré a verla, buenos días mi amor dirá, pediré una de queso, otra de carne, un jugo de guanábana, y tomaré un café en la esquina para escuchar el sonido del día.

 

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Falta todavía, ahora son las cinco y crecen las olas. Ovillo y ovillo. Tiro de los hilos que rodean mi habitación. Tengo nueve años y en la casa de 59 descubro que un día mis abuelos morirán, tengo trece y doy un beso en una playa del Mediterráneo, dieciséis y tomo vino con mis amigos al borde del río Sena, veinte y entro por primera vez a la casa donde fue asesinada mi tía Diana y secuestrada mi prima Clara Anahí, veintidós y descubro lo que es cortar el puente Pueyrredón, veintiocho y florece un cerezo frente al Río de la Plata antes de partir, veintinueve y veo a Hugo Chávez detrás de un cristal mientras millones esperan para despedirlo, treinta y uno y cruzo los llanos con la noche abierta como un poema de Pavese, treinta y dos y termina el año más difícil de la revolución venezolana, y algo, desde hace meses, me dice la palabra Argentina.

 

La distancia tiene orillas, siempre se está en una de ellas, lejos de la otra. No se la puede deshacer, siempre regresa. Porque la distancia es el tiempo, y el tiempo aprieta en algún lugar, hace tajos por la noche, remueve lo que no se pudo, pone planes, nombres y deseos sobre la mesa. Mi madre lo sabía, por eso no quiso que me fuera: una vez que comienza la distancia ya no hay como detenerla. El asunto es que había nacido en ella. Luego la perseguí, la multipliqué, la desafié, intenté darle lo que pedía. Y acá estoy en una habitación del Caribe rodeado de hilos, con las manos hinchadas, ovillo y ovillo.

 

Sé exactamente por qué vine a este lugar: una mujer, una revolución con llave. Perseguí la punta del tiempo de mi generación, su lado más avanzado, la posibilidad de romper el orden aplastante. Hoy mi cuerpo no es el de hace cuatro años. Escucho Spartacus love theme, hay algo en el piano que me recuerda a mi padre, las tardes en las que vuelve a él, a su primer instrumento. La música no miente. Estoy solo en mi habitación, no busco comprender y actuar sobre la realidad que me rodea, para eso están todos los otros días, las heridas en los ojos, las pocas glorias en los labios.

 

Esta noche se escucha ruido de puertas.

 


¿Cuántos pedazos de sí mismo debe reunir un hombre para tomar una decisión del tamaño de la casa? Suelto el instinto, está inquieto desde hace meses. Indica que algo está por moverse, debe moverse, como un final de verano que se huele a lo lejos. No hay certeza, ni material, ni racional. No es noviembre del 2003, diciembre del 2012, no hay partida/regreso a la tierra primera, ni mujer ni victoria. La época es otra, adentro como afuera.

 

Es temprano ya, escucho un gallo. La distancia descansa en mi mano. ¿Se puede dejar una ciudad? Las formas de sus palabras, sus calles, son uno mismo ya. Salgo de mi habitación, veo el Cuartel de la Montaña, donde está Hugo Chávez, el Barrio 23 de Enero, más allá Catia, tantos cerros con casas que son racimos de luces por las tardes. Sé cuánto se resistió este año, estuve ahí, conté cuanto pude contar. Este mundo carga una fuerza que no pide permiso, arrastra, maravilla. Lo descubrí el primer día en que llegué, por eso, entre otras cosas, sigo acá.

 

La yerba está lavada, pienso en mi abuela tomando en este mismo mate rojo treinta años atrás en La Plata. Tengo nostalgia del presente, decenas de hilos en el bolsillo, un galope que escucho a lo lejos, cuentas pendientes con el país que soy. Y más: las tengo con la historia, Clara Anahí, los muertos enterrados en el estómago, la pobreza que me hizo duro el cuero del pensamiento. Es un asunto personal, cosa de argentino nacido en París, latinoamericanista, chavista. Necesitamos otro presente, y siento que hay un sitio para mí en la fila.

 

Habrá que hacer lugar dentro de la mochila donde crece glicina, apartarla de la sudestada que sopla debajo de la cama. Guardar, de a poco. Dejar el trabajo de cronista que me permite comer y hacer lo que me gusta, cerrar la habitación, agarrar los pocos objetos que acumulé para siempre, poder partir. Será igual al epitafio de mi bisabuelo: como las estrellas, sin prisa, pero sin pausa. Creo. Y desde los techos de mi barrio entro a las casas que recuerdo, las visito, las huelo, acaricio paredes, aun las que ya no existen, fueron deshechas, nos deshicieron. Intento descubrir el interior de mi instinto, darle forma a un idioma que regresa. Soy un hombre enfrentado a lo que logra ovillar de sí. 

 

Miro hacia abajo. En el barrio ya hay ruido de motos, café café, y suena Salí porque salí, empieza el día en el caribe. Tengo por delante una reunión en la comuna que construimos, un viaje a los llanos, una crónica que no cierra, conversar con los compañeros para ver cómo resistir la guerra que nos incendiaron. Dejo la habitación con las ciudades como cartas sobre la mesa. Llueve sobre cada una de ellas, necesitan lavarse, como la virgen los pies y la cara.

 

-Todo Marco es un haz de raíces desenterradas.

Dice el cuento.

 

El tiempo de la distancia regresa, tiene gestos de ciego, dice la palabra “Argentina”.

 

 

 


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