El debate presidencial fue lo más visto del domingo en la TV: sumando los canales de aire y cable midió 32 puntos de rating. ¿Cómo miramos el intercambio pautado y poco espontáneo entre los candidatos? Aunque los políticos intentaron usarlo para convencer votantes, la enorme mayoría de quienes vimos la discusión gritamos los goles de nuestro equipo y disfrutamos del show electoral. Eugenia Mitchelstein explica por qué se parece más a una edición de un reality que a una conversación e intercambio de ideas sobre cómo gobernar el país.



¿Qué es un debate presidencial? ¿Qué debería ser? ¿Tiene algún efecto en el resultado de las elecciones? ¿Por qué reciben tantas críticas si son tan exitosos con la audiencia?

 

Los candidatos del segundo debate presidencial de 2019 en Argentina empezaron sus intervenciones haciendo referencia a cuestiones procedimentales: Nicolás Del Caño se quejó de que no era un verdadera discusión de ideas, Juan José Gómez Centurión dijo que lo importante no eran si había podido o no cumplir con el tiempo que tenía asignado si no sus propuestas, y María O‘Donnell y Marcelo Bonelli aclararon que, como moderadores, solo presentarían los temas y administrarían los tiempos. Las referencias a temas de formato hicieron eco de varias críticas que había recibido el primero: “Un debate que no fue tal”; o “el debate propiamente dicho brilló por su ausencia”, en los medios pero también en la conversación en redes y en la vida real.  En una encuesta a 68 expertas y expertos, cuatro de cada diez acordaron con la frase “no fue un verdadero debate” y casi uno de cada cinco hubiesen preferido un esquema con más espontaneidad.

 

Esta preocupación acompaña a los debates televisados desde sus inicios. Después John F. Kennedy y Richard Nixon en 1960, Jeffrey Auer los llamó “debates falsificados” porque no hubo real confrontación entre los candidatos. Auer concluyó que fueron en realidad “conferencias de prensa dobles”. Aunque atendible, la crítica rara vez va a acompañada de precisiones sobre cómo sería un “verdadero debate” entre seis candidatos. ¿Se podrían interrumpir? ¿Tendrían espacios para diálogos entre dos, como en el pica-pica del truco? ¿Los moderadores deberían definir si un candidato puede contestarle a otro? Y si no le contesta, ¿cómo harían para obligarlo? Más allá de los detalles, ¿los candidatos accederían a estas condiciones?

 

En la cobertura periodística, la queja por la ausencia de verdadero debate convive con una preocupación dominante: quién ganó y quién perdió. La inquietud por la verdadera discusión de ideas se evapora en cuanto aparece la posibilidad de asignar puntos a los contendientes como si fueran boxeadores en el ring. Ni bien termina el encuentro, los programas periodísticos les dedican varios minutos a evaluar ganadores y perdedores, con base en las opiniones de expertos y periodistas. Esta cobertura se repite en la prensa gráfica y digital con títulos como “Quién ganó el segundo debate presidencial: aciertos y errores de los candidatos”, “Mauricio Macri atacó bien y Alberto Fernández se defendió mal” y hasta “un debate que nadie ganó ni perdió”, que comparan la performance de los candidatos con un ideal imaginario de  “buen orador”, que varía de acuerdo a la orientación política de los personajes y  de quien los califica. Esta modalidad de cobertura tampoco es un invento argentino: el foco en “quién ganó, quién perdió y cómo jugaron el juego” acompaña el relato periodístico de este tipo de acontecimientos en todo el mundo.

 

En la organización del evento hay una ausencia notable: la ciudadanía. ¿Qué nos dicen los datos sobre cómo lo evalúan los y las votantes? El primer indicador es el rating: el porcentaje de hogares que sintonizaron el acontecimiento en sus televisores. El encuentro del 13 de octubre midió 32 puntos de rating cuando promediaba la discusión, sumando todos los canales de aire y cable. El segundo superó por algunas décimas esa marca. Para comparar, el programa más visto del sábado 19 de octubre, Podemos Hablar, tuvo 11.4 puntos de rating. Las mediciones de audiencia del debate podrían ser más altas si sumamos a quienes lo siguen online, y no a través de la pantalla del televisor.

 

Otro signo de interés son las búsquedas en internet. El domingo 20 de agosto, “debate presidencial horario” fue el segundo término más ingresado en Google después de, claro, “Día de la madre”. Madre hay una sola, candidatos hay varios.

 

En las redes los ciudadanos también expresan su opinión sobre la transmisión, aunque no en todas por igual. Como señaló Luciano Galup, autor de “Big data y política”, en Twitter hubo 450 mil posteos sobre el debate, mientras que en Instagram, apenas 10 mil. Según los últimos datos, de los 34 millones de usuarios activos, hay 16 millones en Instagram y 4 millones en Twitter. Los interesados en comentar el minuto a minuto en las redes tal vez sean una minoría intensa, political junkies que viven los períodos entre campañas con síndrome de abstinencia, aunque su interés pueda llegar a un público más amplio a través de memes difundidos en medios masivos y redes más populares.

 

Unos días después de cada debate se publican las encuestas al público. Después del primer encuentro, los encuestados por varias consultoras coincidieron en que el candidato con mejor desempeño había sido Alberto Fernández, seguido por Mauricio Macri, orden que coincide con la intención de voto. En comparación con las apreciaciones de los analistas y los sondeos en redes sociales, las encuestas sugieren que la mayoría de los votantes miran la discusión como hinchas en un partido de fútbol: con la camiseta puesta, aplaudiendo los goles de su equipo e ignorando o insultando los logros del contrario.

 

Una investigación cualitativa de Pulsar, un programa de investigación sobre el impacto de los debates presidenciales en Argentina coordinado desde la Universidad de Buenos Aires por Daniela Barbieri,  analizó las expresiones con más impacto positivo de los candidatos. La frase mejor calificada de cada candidato habla de los intereses y preocupaciones de sus votantes. Alberto Fernández ironizó sobre los “emprendedores que se suben a una bicicleta y reparten pizza”, Mauricio Macri acusó al kirchnerismo de haber convertido “la justicia en una puerta giratoria”, Roberto Lavagna afirmó que quienes cometen delitos de género son delincuentes sobre quienes tiene que caer todo el precio de la ley, José Luis Espert dijo que el presidente “en cuatro años no supo, no pudo o no quiso”, Gómez Centurión prometió inhabilitar de por vida a funcionarios corruptos y Del Caño dijo que Macri no puede entender el sufrimiento de una familia trabajadora cuando se queda sin empleo.

 

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¿Tienen estas discusiones televisadas algún impacto en la ciudadanía? Todas las investigaciones  encuentran que quienes miran los debates adquieren información sobre los candidatos y sus propuestas. ¿Cambia esta información la intención de voto? Aunque el análisis en otros países indica que no modifican el resultado de las elecciones, en Argentina en 2015 sí parecen haber tenido algún efecto. Un trabajo realizado en Argentina por Carola Lustig y sus colegas sostiene que, en ese año, entre quienes vieron el duelo televisivo previo al ballotage aumentaron las probabilidades de votar por Macri en detrimento del voto para Scioli. Los autores concluyen que “bajo determinadas condiciones, como la identificación partidaria media-baja, un escenario de fuerte polarización, elecciones muy competitivas y la novedad de un debate temporalmente cercano a las elecciones, las campañas pueden tener efectos.”

 

Estas condiciones no son las mismas en 2019, y es difícil estimar cuánto influirán estos dos debates en el resultado del domingo 27 de octubre. Sí es posible afirmar que los dos eventos les dieron mayor visibilidad a los candidatos, sobre todo a Lavagna, Del Caño, Gómez Centurión y Espert, y les permitieron transmitir parte de sus propuestas. Esto no significa que hayan sido perfectos. Algunos puntos para cambiar en futuras discusiones televisadas son la moderación y las pausas comerciales. No hacen falta cuatro moderadores por jornada, sobre todo si lo único que van a hacer es presentar a cada candidato y administrar los tiempos. Moderar un debate no es un premio a la trayectoria ni una oportunidad para demostrar pluralismo. Y cambiar los moderadores en medio de las argumentaciones distrae a la audiencia y les impide a los profesionales asentarse en su rol. Como se leyó en Twitter, los moderadores podrían haber sido robots y el evento hubiera funcionado igual. O tal vez mejor. Las y los periodistas, acostumbrados a un rol más protagónico, resaltaban la condición histórica del encuentro, repetían innecesariamente el tema del bloque y les preguntaban a los candidatos que habían terminado de hablar si no iban a hacer uso de los segundos que les quedaban como si fueran un tesoro que no deberían desperdiciar. No parece muy complicado ajustar esas intervenciones a futuro.

 

Un problema más grave es presentado por las dos pausas de diez minutos. Por dos motivos. Primero, los canales de televisión usaron las pausas para transmitir publicidad y hacer análisis de la discusión antes de que terminara. Con el debate en transcurso, los televidentes estaban obligados a apagar la televisión o escuchar los análisis de los periodistas y publicidades de colchones y repelentes de mosquitos. Si un evento es histórico, los canales pueden resignar la oportunidad comercial de vender esos segundos de pauta durante los ochenta o noventa minutos netos de discusión. Segundo, los debates son la única oportunidad que la ciudadanía tiene para escuchar a los candidatos sin el asesoramiento constante de los especialistas. Darles diez minutos para volver a boxes y repasar el libreto conspira contra la autenticidad.

 

La tensión entre el debate como “verdadera discusión de ideas” y “concurso para atraer votantes” se reproduce en las polémicas sobre su formato y sus consecuencias electorales. Al mismo tiempo, refleja una preocupación más antigua sobre el rol de la discusión pública en la política. Desde la perspectiva de la democracia deliberativa, Habermas propone que la discusión pública debería estar orientada a llegar al consenso a través de la fuerza del mejor argumento. Desde una visión liberal, las ideas compiten en un libre mercado, en el que cada uno de nosotros puede elegir cuál seguir. Pero, aunque los candidatos intenten usar este espacio para convencer votantes, la enorme mayoría de quienes los miran no lo hacen para llegar a un acuerdo ni para premiar al candidato con las mejores ideas, sino como un show electoral. 

 

Exigimos un debate razonado, que los candidatos tengan tiempo de expresar sus ideas, que discutan de verdad, y terminamos evaluando quién ganó y quién perdió, como en una edición electoral de Operación Triunfo.

 




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