Izquierdas amplias, autonomismos varios, progresismos multicolores, cambios del mundo sin tomar el poder y arribos al poder sin cambiar el mundo: todos tuvieron su hora de esplendor y su decadencia más o menos acelerada. Ante los fracasos del capitalismo globalizado, las dificultades de la izquierda, en América Latina y Europa, tuvieron y tienen más que ver con la falta de orientaciones programáticas que con el vigor de sus bases sociales.



Hace treinta años se terminaba el siglo XX. En noviembre de 2019 se cumplirán tres décadas desde la caída del Muro de Berlín, aquel acontecimiento que según Eric Hobsbawn le dio turbulenta clausura a un siglo corto, más allá de la rutina del calendario gregoriano. A lo largo de este tiempo, se discutió profusamente en torno al “fracaso” de la izquierda clásica, con una interesada identificación entre estalinismo y marxismo, entre las aberraciones burocráticas y el socialismo; en suma, entre la revolución y la contrarrevolución. Con ese balance, se intentaron apuestas estratégicas de “izquierdas amplias”, autonomismos varios, progresismos multicolores, cambios del mundo sin toma del poder y arribos al poder sin cambiar el mundo. Todos tuvieron su hora de esplendor y su decadencia más o menos acelerada. Hoy las derechas emergentes irrumpen luego de un ciclo que implicó un retroceso de experimentos de nuevas izquierdas en varios países. Habría que debatir concretamente esas experiencias, pero también tomar en cuenta los fracasos del capitalismo globalizado que produjeron fenómenos no sólo a derecha, sino también a izquierda. 

 

En un ensayo publicado en Anfibia, bajo el título de ¿La izquierda encontró su techo?, el historiador Federico Lórenz aborda estas problemáticas y toma como referencia el libro del intelectual italiano Enzo Traverso, Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria (Buenos Aires, FCE, 2018). Describe con pertinencia los límites de la “grieta” argentina, el tamaño de la esperanza en las principales fuerzas políticas locales en la posdictadura y propone elaborar una nueva genealogía política.  

 

Es sugerente, más allá de su lectura, para pensar la recepción que el trabajo de Traverso tuvo en la Argentina. El diagnóstico de la “melancolía” como estructura de sentimiento en el universo de la izquierda fue -en la mayoría de los casos- mal leído en nuestro país. Se lo interpretó como un elogio de la resignación, un mandato de “soltar” y rendirse ante alguna forma de realpolitik. Sin embargo, la propuesta de historiador italiano está en las antípodas, se postula como parte de un hilo de continuidad de cierta tradición cultural revolucionaria que puede incluir desde Auguste Blanqui a Walter Benjamin, de Gustave Courbet a Rosa Luxemburgo. Propone cargar al duelo revolucionario de un carácter subversivo y liberador. Según su mirada, contrariamente a las derrotas colmadas de gloria de los orígenes del movimiento obrero –1848, 1871, 1919–, la de 1989 (caída del Muro y restauración del capitalista) fue un poco más oscura y amarga. Entre los escombros de las revueltas ciegas, sordas y mudas de aquel año terrible no había una Rosa Luxemburgo que -como en 1919, mientras el orden reinaba en Berlín- exclamara que esta plaga de derrotas no es más que el camino a la victoria; que la revolución, mañana se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto y gritará: “Fui, soy y seré”. 

 

Sin embargo, el texto apuesta a la organización del pesimismo: asumir un fracaso sin subordinarse ante el enemigo, porque un nuevo despertar adoptará nuevas formas. Lo estimulante del planteo de Traverso reside en que -con reminiscencias benjaminianas y hasta freudianas- entiende que hay que aceptar el estado de melancolía que difiere del duelo estándar (la admisión sin más de una pérdida, la consumación de una ruptura final) y por lo tanto es contrario a la resignación. También es opuesta a la nostalgia paralizante en la eterna espera de un iluso retorno del pasado que no vuelve. En todo caso, son dos formas de quietud y pasividad. Reivindica la melancolía en tanto malestar crítico, como duelo imposible y como aceptación de la dimensión de un fracaso. Asigna una superioridad epistemológica a la derrota: si la historia la escriben los que ganan, la razón la tienen los que pierden. El triunfo embriaga, la derrota educa. Lo cuestionable de Traverso no está en estas reflexiones, sin duda muy útiles si son incorporadas en su justa medida y armoniosamente, sino en las afinidades políticas con proyectos que batiendo el parche de lo nuevo, repitieron itinerarios antiguos y viejas recetas.

 

Es cierto que la caída del Muro, la ausencia de la perspectiva de la revolución para las grandes masas, la desestructuración o el quiebre del movimiento obrero tal y como lo conocimos en las diferentes variantes del Estado-providencia en la posguerra y la avanzada neoliberal, son hechos incontrastables. Pero, no es menos real que llevaron a unilateralizar un elemento (la derrota) y darle un valor sin límites. Bajo el mismo prisma no se apreciaron las líneas de falla del capitalismo y sus fracasos. La caída del gigante Lehman Brothers en 2008 como el cénit de un quiebre del paradigma neoliberal y el retorno de los nacionalismos, el mercado pasado de rosca que se devoró de un saque a uno de sus hijos predilectos y provocó el pánico que aún perdura en el sistema financiero mundial.  

 

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Contrariamente al relato de los finales (de la izquierda, del sujeto, de la historia, del marxismo, del trabajo, de las ideologías et al) en las últimas décadas no asistimos a la extinción de las izquierdas ni de la lucha de clases. En América Latina, la precuela de los gobiernos progresistas fue un ciclo de conflictos sociales agudos (“Guerra del gas” y “Guerra del agua” en Bolivia, movilizaciones campesinas en Ecuador, 2001 argentino). En el terreno político, en Estados Unidos emergió una figura en la izquierda demócrata que se autodenominó “socialista” (Bernie Sanders); en Gran Bretaña, Jeremy Corbyn sorprendió en la izquierda laborista; en Grecia, Syriza llegó al gobierno; en España, Podemos se convirtió en un fenómeno político, hoy en declive. Presenciamos la irrupción de variantes de izquierda o centroizquierda donde lo más interesante radicó en las bases sociales que las impulsaban y en lo que expresaban esos fenómenos con todas las distorsiones del caso. Hoy cuando se apaga su estrella, en algunos casos de forma bastante patética (como Syriza que se convirtió en agente directo de los mandatos de los organismos financieros internacionales y allanó el camino para la vuelta de lo más rancio de la derecha griega), queda más en evidencia que el problema residió en la orientación programática y estratégica, antes que en un difuso dilema “existencial” o en la ausencia de procesamiento del espíritu de época. Además, tuvo lugar la Primavera Árabe, oleadas huelguísticas hasta en la mismísima China o la reciente explosión de los “chalecos amarillos” en Francia. A la discordancia de los tiempos de la que hablaba el filósofo marxista francés Daniel Bensaïd (las revoluciones nunca llegan a tiempo, siempre tarde o temprano), hay que agregar que tampoco arriban al “lugar indicado”. 

 

Estas izquierdas no se abrieron a lo nuevo, sino que se recostaron sobre lo viejo: una reedición de socialdemocracias o eurocomunismos light con el horizonte de la reconciliación para evitar el combate. Se puede afirmar, un poco provocativamente, que no les faltó un procesamiento de la derrota, sino que la internalizaron demasiado, hasta no poder imaginar en el horizonte de sus posibilidades nada que vaya más allá de un programa de tímidos desarrollismos o directamente de administración de la miseria, como ala izquierda del neoliberalismo. Un desaforado “pesimismo de la razón” llevado hasta el paroxismo. Flotando en la melancolía, se sobrevaloró la derrota y subproblematizó la estrategia (1). Como afirma el politólogo uruguayo Gabriel Delacoste, fue una izquierda que le tuvo aversión a la intensificación del conflicto social. Pero, “para que haya paz social, se necesita que todas las clases la quieran, y que el conflicto, en el Cono Sur actual, no viene planteado desde abajo, sino desde arriba. Dudo de hasta qué punto una izquierda progresista tendría en su poder calmar la sed de ajuste de los sectores empresariales. Lo que mueve las críticas por izquierda al progresismo no es un deseo de caos ni una estrategia del ‘cuanto peor, mejor’, sino la constatación de que el conflicto toca la puerta y hay que prepararse, queramos o no”. Porque el “realismo capitalista”, la expresión acuñada por Mark Fisher para hablar de la sensación de falta de alternativas que se impuso en la larga noche del thatcherismo en Gran Bretaña, no sobrevino por alguna ley natural, “sino cuando el laborismo de (Tony) Blair aceptó sus premisas básicas”. (2)

 

En no pocas ocasiones, la derecha constata el conflicto con mucho más conciencia de clase que determinadas izquierdas. El alto ejecutivo del Credit Suisse, Michael O’Sullivan, sentencia en su nuevo libro (“The Levelling: What’s Next After Globalization?”) que la globalización simplemente murió, que en los próximos años presenciaremos un crecimiento económico mundial significativamente menor que el producido en las últimas tres décadas y que se intensificará el conflicto social y geopolítico. Le dijo al diario económico brasileño Valor que “esta transición no será tranquila”, entre otras cosas, porque “la porción de la torta a disputar será menor”. 

 

El economista argentino y académico de la Universidad de Columbia, Guillermo Calvo, aseguró ante el Diario Financiero de Chile que para la Argentina de los próximos años “esperaría una tasa de crecimiento baja. Lo malo es que hay que hacer cosas políticamente muy impopulares, que sólo se van a poder hacer si se rompe la economía”. 

 

Es real que en estos postulados no hay sólo diagnósticos, sino también programas, no son observadores imparciales que analizan el país desde una “Corea del Centro” inexistente. Tan cierto como que quienes prometen salidas que conformen a todos sin conflicto y con una economía digitada por el FMI, ahogada financieramente y saqueada por los cuatro costados, pintan un panorama tan tranquilizador como falaz. 

 

En ese contexto, en Argentina, más allá de la coyuntura electoral que tiende a la polarización y a complejizar la elección; lo de la izquierda radical realmente existente (el Frente de Izquierda y de los Trabajadores) es un piso y no un techo. Porque más allá de la demagogia electoral mayoritaria que construye ese país de mentira que se narra en las campañas, con stories luminosas, palabra precisa y sonrisa perfecta; luego sobreviene inevitablemente el desierto de lo real. Lo que sentencian las personas serias, ya sean de derecha -como Calvo- o de izquierda, es que esto va a camino ajustes, tensión y conflicto. Lo que hoy resulta necio se tornará urgente: la necedad de asumir al enemigo. En ese escenario estarán las pruebas de la izquierda con resultado abierto. 

 

La predicción es un arte muy difícil y con mayor razón si se trata del futuro, lo que podemos afirmar junto a Antonio Gramsci en su parodia del mecanicismo positivista es que la única predicción verdaderamente “científica” es la de la lucha.

 

(1) El libro Estrategia socialista y arte militar de Emilio Albamonte y Matías Maiello (Ediciones IPS, Buenos Aires, 2017) repasa esta historia a contrapelo con un balance pormenorizado de las revoluciones del siglo XX para pensar el presente y el futuro. 

(2) Delacoste, Gabriel: Resiliencia, verosimilitud y deseo, Brecha, Montevideo, 19/07/2019

(3) “Globalização morreu, diz Michael OSullivan, do Credit Suisse”, Valor (Brasil), 26/07/2019

(4) “Guillermo Calvo y elecciones argentinas: ‘Un gobierno con Cristina puede ser más creíble que el de Macri’”, Diario Financiero (Chile), 24/07/2019. 


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