Al terminar el 2019, seis países habrán elegido presidentes en América Latina. La marea feminista comienza a sentirse también en la representatividad de los congresos y casas políticas. Cómo disputar la presencia de feministas y femineidades en las listas, cambiar la cultura de los partidos políticos, expandir sus agendas y ocupar espacios de poder. Porque a la paridad no alcanza con legislarla, desearla y nombrarla: hay que construirla.



Miles de mujeres, travestis y trans caminan por las calles de La Plata. Es domingo, salió el sol y el clima acompaña a la marea que sube. Avanzan por las diagonales. Avanzan siempre, van por más. Bailan, cantan, se abrazan, gritan. Empujan las banderas, la furia y las discusiones después de compartir talleres y debatir durante dos días sobre política de los cuerpos, trabajo sexual, cooperativismo y economía social, trabajo, violencias y tantos otros temas. Discuten y tejen estrategias porque saben todo lo que falta, los lugares adonde el Estado no llega y los problemas que no resuelve, las estegias para apaciguarlos acompañadas. Esa imagen del Encuentro contrasta cuando se prenden los televisores para mirar el debate presidencial. Seis varones se disputan el poder formal: la imagen que grafica las preguntas sobre la agenda del feminismo y la (sub)representación.

 

Este año rige por primera vez en la Argentina la ley de paridad aprobada en 2017: nombres intercalados de mujeres y varones deben conformar las listas. La marea verde y la construcción electoral cruzaron agendas. Esa conversación -o disputa- quedó registrada en las redes con el hashtag #FeministasEnLasListas. Cuando se anunciaron las fórmulas se confirmó: la mayoría de las fórmulas siguieron siendo encabezadas por varones.

 

Al terminar el 2019, seis países habrán elegido presidentes en nuestra región. Además de Argentina y Uruguay, votaron Bolivia, Panamá, El Salvador y Guatemala. El continente alberga seis de las diez naciones con mayor porcentaje de legisladoras del mundo. Países de un territorio que también tienen una urgencia en común: las violencias reflejadas en los índices de femicidios y en las muertes por aborto clandestino, en las brechas salariales y enla falta de políticas de cuidado.

 

¿América Latina va a ser toda feminista, como cantamos en las marchas que recorren el continente? ¿La revolución de las hijas comenzará a hacerse sentir, también, en la representatividad de los palacios legislativos? ¿Pueden las elecciones traducirse en un mayor número de mujeres en el poder? ¿Cuánto tiempo llevaría ese proceso? ¿La llegada de mujeres al poder garantiza más derechos, vidas más plenas, autónomas y libres?

 

- Si una mujer entra a la política, cambia la mujer. Si muchas mujeres entran a la política, cambia la política.

 

La frase de Florentina Gómez Miranda -abogada, política, feminista argentina- sigue teniendo tanta vigencia que hasta fue parafraseada, en este siglo, por Michelle Bachelet.

 

La paridad tarda pero llega a la política argentina. No alcanza con desearla, nombrarla o legislarla: hay que construirla. Legislar, invertir, diseñar políticas públicas que cuiden la salud de las mujeres, lesbianas, travestis y trans, que les permitan elegir sobre sus cuerpos, sus vidas, sus proyectos, sus comunidades, su economía, sus carreras.

 

En los últimos 20 años se duplicó la cantidad de mujeres sentadas en bancas de todo el mundo, según el Banco Mundial. Pero desde el 2015 ese progreso se detuvo y el crecimiento fue menor al 5%.

 

La primavera feminista y la masiva participación política en las calles no se tradujo directamente en cantidad y calidad de lugares en el ámbito legislativo. Llenamos las calles pero no equitativamente los congresos, las casas políticas y representativas. No todavía. El feminismo profundiza el derecho a la participación y el acceso a los puestos de decisión, lo demanda, lo exige, construye alianzas y nuevas formas para lograrlo. Hace su lobby para que su forma de hacer política oxigene la cultura política de los partidos y expanda sus agendas, para estar en las listas pero con el compromiso real de los partidos, sin trucos: primeras, encabezando.

 

La falacia de la meritocracia es usada por los detractores de la paridad que afirman: “Tienen que llegar los mejores, no importa su género”. Estos argumentos desconocen que, igual que en tantos otros campos de la vida pública, las mujeres no parten del mismo lugar. Hay condiciones sociales, culturales y materiales que favorecen y sostienen el desarrollo de los varones en los ámbitos de poder en el sector público y en el privado, en las organizaciones y movimiento sociales, en la academia y en casi todas las esferas. ¿Cómo se explica, si no, que la filósofa Dora Barrancos, la mujer que más alto llegó en el CONICET, no esté primera en su lista? Los datos sobre los legisladores que pasaron por el Congreso en los últimos 20 años muestran que ellas están un 11% más preparadas que sus pares varones -en estudios de grado y posgrado- y aún así son minoría como presidentas de bloque o de comisión. Según el Ministerio de Educación, el 60% de lxs graduadxs universitarixs son mujeres. Nos sobra formación pero nos niegan un espacio para desarrollar trayectorias políticas. Nos excluyen de “la rosca”.

 

El aborto no fue ley, pero su debate puso en primer plano caras y nombres de legisladores, sus edades, sus trayectorias, intereses e ideologías. Con el mismo espíritu que entonces surgió el “poroteo” de Economia Feminista hoy el observatorio está en manos de Ojo Paritario.

 

Argentina fue el primer país del mundo en tener ley de cupo. Esa ley fue parida de manera histórica: todas, radicales, peronistas, conservadoras, progresistas se aliaron para votar a favor. La misma estrategia de tejes, redes y acuerdos que exceden la lógica partidaria -desde la vieja escuela de golpear despachos hasta hoy, a través de los grupos de Whatsapp- se aplicó para sacar adelante muchas otras leyes que tocan el cotidiano y la subjetividad de las mujeres para mejorarlos.

 

Hablar de la representación de las mujeres es hablar de mujeres, lesbianas, travestis, trans. Que entren todas, que entren todos, que entren todes.

 

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Es más: hay candidatxs que ya piden “Más que feministas en las listas necesitamos femeneidades en las listas, y masculinidades con perspectiva de género también”, como dice Paula Arriaga, candidata a diputada por el Frente de Todos. “Necesitamos trabajadoras populares en las listas”, reconoce Natalia Zaracho, cartonera, candidata a diputada por la Provincia de Buenos Aires, Frente Patria Grande. “Hay que organizarse en el barrio, en la calle, en los partidos de fútbol, en todo lugar donde uno este”, dice Tom Máscolo, candidato a legislador en CABA por el FIT.

 

La nuestra es una de las regiones pioneras también en el reconocimiento de los derechos del colectivo LGBTQ+: matrimonio igualitario, ley de identidad de género, educación sexual integral. Pero no existen, casi, referentes de esa comunidad ocupando cargos legislativos. Es que las grandes victorias políticas de este colectivo no fueron producto de una representación proporcional sino de la militancia de los movimientos sociales, del lugar histórico que ambicionaron y por el cual lucharon. De encontrar el momentum. Y explotar. Un eco de todo ésto explica lo que pasó en Puerto Rico cuando la movilización popular pidió y consiguió la renuncia de Roselló, su gobernador, luego de que se filtraran mensajes de odio. En Uruguay “La ley trans no se toca” fue otra demostración de que la región no sólo va por nuevas agendas y derechos sino que también tiene el enorme desafío de defender lo conquistado.

 

* * *

 

Durante más de 200 años de historia -desde la formación de los Estados nacionales- sólo 10 mujeres fueron presidentas en América Latina. ¿Qué cambió en el último siglo? Muchas de las luchas que encabezaron las sufragistas latinoamericanas y que acompañaban su demanda por el voto femenino siguen vigentes: mejores condiciones de trabajo, creación de guarderías, salarios dignos. Pasaron más de 100 años y la agenda sigue siendo la misma.

 

Un pasillo largo. Puertas de oficinas semiabiertas, hombres trabajando. Escriben y leen. Llevan y traen papeles. Algunos se dan vuelta cuando escuchan el ruido de tacos. El sonido de quien no frena ni se amedrenta por las demoras en los tiempos judiciales. Ella insiste en una idea que – muchos le dicen – es una verdadera locura. Quiere que la empadronen, quiere elegir. Para ella el timing es perfecto: corre el año 1910 y los hombres debaten en cafés sobre la reforma electoral. Julieta Lanteri quiere participar de esta discusión. Por eso, camina con paso firme los pasillos judiciales para realizar su presentación y que se le reconozcan todos sus derechos como ciudadana, incluidos, por supuesto, los políticos. En Argentina, Lanteri, médica y feminista, fue la primera en votar en Sudamérica. Lo hizo en 1911, 35 años antes de que el voto femenino sea ley. También fue pionera en postularse como candidata a diputada en 1919, apoyada por Elvira Rawson y Alicia Moreau. Sus propuestas incluían, por supuesto, el sufragio femenino pero también las licencias por maternidad e igual salario para trabajos equivalentes para los dos sexos. Más de 100 años después, la Argentina aún no tiene leyes ni políticas que garanticen la equidad salarial. La brecha hoy es del 27%, la más alta de la región.

 

Bolivia hoy ocupa el tercer puesto en el índice de la Unión Interparlamentaria (UIP) que mide la participación femenina en los Congresos. Incluyó la paridad en la Ley 26 de Régimen Electoral en 2010 y dos años después, por primera vez en su historia, las dos cámaras legislativas de la Asamblea Legislativa Plurinacional eran presididas por mujeres. Adriana Salvatierra -29 años, presidenta del Senado- dijo: “Que seas mujer y joven no se traduce en que seas portadora de agendas feministas o revolucionarias. En mi caso, me considero feminista y estoy dentro del partido que transformó la historia de este país. Sé que tengo una responsabilidad”. En este clima se vivieron las elecciones presienciales del domingo 20 de octubre. En Bolivia, a diferencia de Argentina, la ley de paridad en la conformación de las listas se cumple: el 49,7% de las candidaturas, de forma alternada, son mujeres. Pero al mismo tiempo, 6 de cada 10 mujeres bolivianas sufrieron violencia física o sexual por parte de sus parejas en algún momento de sus vidas.

 

¿Qué falta para que las legisladoras puedan incidir en la prevención y abordaje de las violencias a través de políticas públicas? La participación política de las mujeres es determinante, decisiva, transformadora. Pero los vínculos y las prácticas sociales atravesadas por el patriarcado desde siempre no se desarman en un año, ni en dos, ni en diez. Hay mucho para hacer, por construir y deconstruir: para eso se necesitan más mujeres y más tiempo.

 

Adriana Salvatierra y sus compañeras toman la antorcha de Petronila Infantes, referente de empleadas de casas particulares, feriantes, fruteras, cocineras y floristas, precursora del movimiento por la Federación Nacional de Trabajadoras del Hogar de Bolivia trabajando y organizándose junto a sus compañeras a fines de 1920. Entonces ya pedían por la regulación del trabajo asalariado del hogar, conseguida en 2003. Y la creación de guarderías, aún pendiente.

 

A Uruguay le llevó más de 100 años introducir la educación sexual desde una política pública. Fue en 2006, cuando se creó una comisión técnica específica. En 1906 Paulina Luisi, maestra y primera estudiante de medicina del país, fue tildada como “revolucionaria y anarquista” por haber propuesto a la Dirección de Instrucción Pública el primer proyecto de educación sexual.

 

Hoy en el parlamento uruguayo se da un fenómeno particular: sólo un 23% de los legisladores son mujeres. Pero otro dato resalta si se analizan los lugares de poder y no sólo los números: ambas cámaras son presididas por mujeres, con Lucía Topolansky al frente del Senado y Cecilia Bottino en Diputados. Bottino fue asesora de la bancada del Frente Amplio durante el debate sobre derechos sexuales y reproductivos y legalización del aborto, aprobada en 2012. Este logro posiciona a Uruguay como pionero en una región en la que el 90% de las mujeres en edad reproductiva vive en países con leyes de aborto restrictivas. Bottino se nombra feminista, e incluso propone utilizar en los proyectos lenguaje inclusivo. Hablando de lugares de poder: las dos fórmulas presidenciales 2019 de Uruguay, incluyeron a mujeres como vices: Beatriz Argimon (Partido Nacional) y Graciela Villar (Frente Amplio). Pero sigue la discusión sobre la participación efectiva de mujeres y disidencias. “Las compañeras trans manifestaron el malestar de que las llamen sólo para la foto o para la entrevista pero no para ocupar espacios”, afirman desde la Campaña Feminista que se lanzó este año para promover candidaturas a los parlamentos de Argentina, Bolivia y Uruguay.

 

De los países centroamericanos que también votaron este año, un caso para documentar es el de Guatemala. En las últimas elecciones, cuatro mujeres se postularon a la Presidencia y seis a la Vicepresidencia. Entre ellas: Sandra Torres, ganadora de la primera vuelta, y Thelma Cabrera, indígena y campesina con más de 25 años de trayectoria en la defensa de los derechos humanos. El 11 de agosto Sandra Torres se enfrentó a Alejandro Giammattei, candidato de centroderecha. Podría haber sido la primera presidenta de un país en el que ellas ocupan sólo el 19% de las bancas en el Congreso. Con más del 50% de población que habita en áreas rurales y 40% perteneciente a pueblos originarios, la exclusión y el racismo en Guatemala generan diversas formas de violencia y discriminación estructural, donde el acceso a servicios de salud y educación aún son limitados. Para entender las grandes dudas pendientes en esa agenda de género hay que analizar cómo se interseccionan las desigualdades territoriales, económicas y étnicas con las de género en las limitaciones de las mujeres para lograr una participación plena.

 

¿La presencia de más mujeres marcará una diferencia en la política? Sí. Para construir democracias verdaderamente representativas es necesario el acceso a los espacios de disputa de poder. Para las poblaciones históricamente marginadas del poder político formal verse a sí mismas ocupando esos espacios fortalece su confianza en las instituciones, las acerca, las vincula, las legitima e incluso las inspira a ver el liderazgo y el poder – en cualquier ámbito – como una posibilidad.

 

Nos seguiremos encontrando y tejiendo. Haciéndonos lugar en la rosca. En cuatro años vemos. Y en cuatro más también.

 


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