“Un estremecimiento tremendo” sintió Darío Sztajnszrajber al ver El Colapso. Por eso analiza qué tiene en común la serie de ficción francesa de 2019 con las escenas a las que nos enfrenta la coyuntura pandémica. El fin del mundo, el futuro, el desabastecimiento, la ilusión del orden, la rotura de los lazos sociales y la descontrolada vuelta a lo natural. Hay que esperar, pero qué.



Tremendo. Todo lo que sucede en la serie El colapso me parece fundamentalmente tremendo. Tal vez porque la palabra “tremendo” proviene de la misma raíz lingüística que la palabra “estremecimiento”, que a la vez comparte su afinidad etimológica con la palabra “temblor”. No pude no ver los ocho capítulos de veinte minutos aproximadamente cada uno de la serie El colapso sino desde un constante temblor. Creí primero que era ansiedad, después angustia, pero resultó ser algo más desquiciante: un tembladeral de cuerpo y alma. Como una especie de oscilación constante entre el mysterium tremendum de acercarnos un poco más a la comprensión de lo incomprensible, por un lado; pero por otro lado, la ambigüedad política de un tremendismo colapsionista que nos alerta -dándole una vuelta más a la famosa frase de Jameson (es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo), -que el fin del mundo obviamente se va a llevar puesto también al capitalismo. 

 

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¿Qué es lo que nos estremece de la serie? El colapso es otra propuesta más del género distópico. Es cierto que toda distopía habla siempre mucho más del presente que del futuro; y es más, está claro que toda representación del futuro siempre es una proyección del presente. Pero en el caso de El colapso lo que estremece es que la relación temporal entre el presente y el futuro lleva una forma diferente: lleva la forma de la inminencia. ¿Qué es lo inminente? ¿Cómo se configura esta forma temporal? “Inminencia” en el mismo sentido en el cual Heidegger sostenía que la muerte es inminente: aunque está siempre puesta en el futuro, sin embargo puede ocurrir ahora. Puede estar ocurriendo ahora. ¿Cuándo es ahora? Ahora es ya. El problema es que la conciencia de este presente inmediato nos resulta tan insoportable que no hacemos otra cosa que pensarnos siempre muriendo más adelante. Mucho más adelante. Compensamos la inminencia de la muerte con su postergación infinita: nunca es tiempo para morir. Y desde esta perspectiva, en la serie El colapso la distopía futurista revuelve una vez más la sucesión de los tiempos: el fin del mundo ya está ocurriendo, pero no lo estamos percibiendo. O peor; lo estamos percibiendo, pero construimos, como con la muerte, mecanismos de postergación indefinidos para no hacernos cargo. 

 

Cuando Derrida nos ofrece la experiencia del temblor como forma de hacer filosofía, nos invita a deconstruir el temblor que nos causa el poderoso cuando ejerce su poder, para habilitar nuestros cuerpos en su precariedad temblorosa ante la presencia del otro. Temblar frente al otro para salirnos de nosotros mismos. “¿Cómo no temblar?”, se llama su conferencia. ¿Cómo no temblar frente a El colapso? Se nos anuncia en pocos minutos en el primer programa que una crisis terminal sobreviene y vamos viendo a lo largo de la serie que la crisis se manifiesta como desabastecimiento generalizado de alimentos y recursos varios. Se trata tal vez de una de las clásicas preguntas existenciales cuya imposibilidad de respuesta nos arroja desde el temblor hacia el horror: ¿qué pasaría si lo que hasta ahora viene funcionando, dejase de funcionar? ¿Qué sucedería si se quebrase el pacto de funcionamiento, la ilusión del orden, el acuerdo tácito y crediticio de un mundo que por alguna razón todavía confía y cree?

 

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Nietzsche dice que el origen de la filosofía no está en el asombro sino en el horror. Nos asombramos de que la cosa funcione, pero nos horrorizamos cuando deja de funcionar. No hizo falta más que se rompiera algún nexo de alguna cadena para que el mundo colapsara y conseguir un poco de agua potable, un pedazo de pan o alguna conserva en una lata se volviera el único sentido de lo posible. En la serie vamos viendo cómo a través de las semanas y los meses, la hecatombe de desabastecimiento provoca el único epílogo consabido para el lazo social: la rotura indefectible de todo lazo. Como con nuestra pandemia de todos los días, aquí también lo que irrumpe es una atomización exacerbada del sálvese quien pueda: el retorno al estado natural hobbesiano es un hecho. O peor; solo nos cabe asumir después de tanta deconstrucción inocua que al final Hobbes se había quedado corto: hasta los lobos, después de ver la reacción de los humanos en El colapso, nos van a resultar hospitalarios.

 

¿Pero es el único camino posible o una vez más podríamos animar algún registro de lo imposible? Quiero decir; ¿tenemos que admitir que todo se encuentra tan engrampado por ataduras tan endebles que todo puede volverse nada en cuestión de segundos; o podemos vislumbrar esa nada como una fisura que nos abre posibilidades hasta ahora nunca vistas? O dicho en un tono más apocalíptico: ¿qué ilusiones aun efectivas retienen el fin del mundo, cuando un desajuste en las estructuras provoca que nada de lo que jamás hubiéramos hecho, se vuelva nuestra conducta cotidiana? Incluso los pocos intentos de un salvataje semi colectivo fracasan. Es que una cosa es hacer comunidad en pos de un proyecto y otra cosa es amucharse los sobrevivientes para aprovechar los recursos. Igualmente ya sabemos que si el único fin de la comunidad es la supervivencia, no hay Leviatán que aguante.

 

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Si en tiempos pandémicos la solución parece estar en el quedarse en casa, en la serie El colapso la única salida parece exactamente la contraria: quemar las casas y huir hacia el campo. Si el colapso se produce ante la explotación desaforada de la naturaleza, el destino parece estar en la redención de lo natural: no hay más comida industrial disponible, pero está la tierra. El éxodo es hacia los campos, casi como en una especie de retorno romántico a lo originario. Claro que parecería que para que el esquema funcione, el ser humano debería despojarse de su ser más propio; o sea, de su ser humano. Todo intento que vamos observando a través de los capítulos de la serie, choca con el mismo obstáculo: lo humano. En el libro Lo abierto, Agamben nos presenta los tiempos mesiánicos como tiempos de un retorno a lo animal. Diógenes, el cínico, solo veía la salvación en un despojamiento absoluto de todo lo que no fuera natural en el ser humano. Hay una cosmogonía de los indios hopi que narra que al ser humano por su soberbia lo condenaron a sufrir eternamente y que el castigo fue el más duro posible: nos condenaron a pensar.  

 

El mysterium tremendum finalmente no se encontraba en lo numínico ni en lo oceánico, sino en la fragilidad de nuestro orden más cotidiano. Lo inconcebible es la normalización de nuestras prácticas cuando todo está a punto de derrumbarse de modo inminente. Recuerdo cuando niño que me resultaba incomprensible que todo encajase tan bien donde tenía que encajar. Ahora me resulta exasperante la espera a que todo se desencaje. Y no importan los alertas. Todo aquel que clame acerca del derrumbe se parecerá cada vez más al Zaratustra nietzscheano anunciando en el mercado la muerte de Dios y del último hombre. La gente se le reía a carcajadas. La gente, que no es el pueblo, sino aquella construcción mediática que ríe de los falsos profetas y los extremiza en el lugar de lo psicopatológico.

 

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Pero en la serie El colapso no hubo que esperar a la historia para redimir a los profetas. Un profeta es siempre falso en su tiempo, pero aquí la inminencia hizo eclosión. La gente que se reía de los activistas ambientalistas que denunciaban el colapso, rápidamente se volvió un resto desparramado en busca de la supervivencia. Resto de restos ya que la gran mayoría de los débiles van sucumbiendo programa a programa: los muy mayores, los desarmados, los que no poseen formas de traslado. Pero el tufillo apocalíptico es desesperante. Cuando en el capítulo 6 asistimos a la muerte inducida de los pacientes de un geriátrico frente a la falta de comida, sabemos que ese destino nos va a llegar a todos en algún momento. Es que la gran clarividencia de la serie El colapso es justamente esa: ¿no está ya la cosa colapsada y no nos estamos dando cuenta? ¿Cuántos mueren, hoy mismo, de hambre en el mundo? ¿Cuán destruida se encuentra ya la naturaleza? ¿Quiénes son los que indefectiblemente van a poder salvarse?


Si algo faltaba para que El colapso nos colapse es que además de asistir una vez más al rechazo de los falsos profetas que portaban la justa, las peores teorías conspiracionistas se hacen realidad: hay un arca de Noé, pero el arca es para los más ricos. Si de última la catástrofe nos arrasa a todos, el lamento no conoce fronteras ni desigualdades. Pero lo más angustiante de la serie es que aunque todo nuestro mundo se derrumbe, aquello que nunca se va a derrumbar es la evidencia de que los mismos responsables del colapso son los que finalmente no colapsan. Aquí el temblor se vuelve terror. Lo tremendo no es que el mundo haya colapsado, sino que sigamos sin darnos cuenta de ello. O que sigamos asistiendo al espectáculo de un derrumbe que como todo espectáculo suponemos que una vez finalizado el programa, apagaremos el artefacto y nos dispondremos a cenar en familia. Claro que un día ya no habrá más con qué preparar la cena… 

 

 

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