Cada vez que visita la Argentina, Natalia Lafourcade toca en salas repletas de mujeres de su generación que saben, sin tapujos, sus canciones de amor romántico. Detrás de la artista: una chica fóbica que cada tanto logra escapar del éxito pero nunca de esa dulce condena llamada música. Un perfil de María Riot.



Fotos Jennifer Pochat 

 

El primer disco que tuve fue el de Natalia Lafourcade. Su canción “En el 2000” empezó a sonar en todas partes y formaba parte de ese primer disco, que grabó en el 2002 firmando contrato con Sony Music. Yo tenía 12 años y escuchaba la radio atenta con un cassette listo para grabar las canciones que me gustaban y después escucharlas de nuevo.

 

En mi casa la música estuvo presente desde siempre, con mi papá tocando la guitarra y MTV de fondo como canal principal. Sin embargo yo no conocía a muchas cantantes mujeres. La actitud que me transmitía su voz y sus letras la convirtieron en mi primera ídola. Por ella empecé mi propio camino en la música, algo que aún sigo explorando y tratando de encontrar. Me gustaba cómo cantaba desprejuiciada sobre sus deseos. Decía “sexo”, una palabra que no estaba acostumbrada a escuchar. Decía que quería a ciertos hombres: a los que vinieran de París y al actor Gael García Bernal.

 

Proclamando que ya no era una niña, fue un himno de pre adolescencia para todas las adolescentes que nos vimos reflejadas en sus letras. Sentíamos que ella era una más, como nosotras.

 

Hoy, año 2018, siguen haciendo ruido las mujeres que cantan o que demuestran sus deseos. Pero 16 años atrás -aunque no fue hace tanto-, que una mujer hablara sobre sexualidad en una canción hizo que se la considerara rebelde y transgresora. Para mí también lo era y esa fue una de las primeras razones por las que empecé a escucharla.

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Natalia tiene una cicatriz en la frente. Se le nota más que nada cuando canta o se ríe.

 

En su cumpleaños de 6 quiso subirse a un caballo a pesar de la insistencia de su mamá para que no lo hiciera. Se cayó y el animal le pateó la cabeza. Lo que podría haber sido aún más grave, para ella algo que la marcó para siempre con respeto a la música: su mamá empezó a incorporar sonidos en los ejercicios de rehabilitación para ver si mejoraba más rápido. Funcionó. Natalia se acercó cada vez más a los instrumentos que había en su casa y a las clases que su mamá les daba a otros chicos.

 

De decir que iba a ser actriz, dibujante o bailarina, empezó a armar shows para sus vecinos. Imitaba a cantantes. Jugaba con los sonidos de la aspiradora cuando su niñera limpiaba la casa. Componía canciones teniendo solo diez años. Se pueden decir muchas cosas sobre ella, pero una muy clara es que sus inicios en la música, igual que su carrera, fueron precoces pero se dieron de forma natural. No solo fue su madre la que la llevó a que la música estuviera presente desde muy chica sino también su padre, chileno exiliado en México, que también es músico.

 

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Ya más segura de su vocación, con su mamá dejaron la casa de campo en Coatepex, Veracruz, y se mudaron al DF. Entró en una academia, al poco tiempo hizo un casting que pedía chicos que supieran bailar, cantar y actuar: todo lo que ella sabía y amaba. Quedó. A los 14 años integraba Twist, una banda pre armada por productoras de TV. Sacaron un disco, salieron de gira. Pronto Natalia se rebeló, cansada de hacer playback y de que le rebotaran sus composiciones por ser poco comerciales. Cuando le preguntan sobre esa época, se ríe y pareciera no querer recordarla.

 

A los 14 años la mayoría de las chicas van al colegio y nada más. Natalia, a esa edad, estaba en los posters de las habitaciones de los adolescentes. Por eso no es raro que 20 años después, a sus 34, con discos increíbles, premios y hasta una actuación en la entrega de los Oscar -interpretando la canción de la película de Pixar “Coco”- anuncie que se baja del escenario por un tiempo.

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En el 2000 fue una canción que hice mientras estaba en la secundaria, cuando no entendía qué venía a hacer a este mundo. Mi cuerpo crecía y yo no entendía nada. En la escuela era la niña extraña que se divertía haciendo canciones. Mi pasatiempo preferido en las tardes después del colegio era estar en casa y componer para mi primer novio de la vida”, dijo en una entrevista.

 

A ese tema se le sumaron otros que también fueron hits, tours internacionales, una banda a la que llamó La forquetina, con la que grabaron el disco “Casa”, el proyecto por el que rechazó una propuesta de Gustavo Cerati. Cerati quería producirle un disco y ella pese a admirarlo dijo que no. Porque ya no quería ser solista, la agotaba cargar con toda la responsabilidad sola.

 

La forquetina duró tres años. Después de todo ese éxito Natalia tenía 23, y decidió escapar: de una industria a la que no entendía y de una ruptura, justamente con un compañero de la banda. 

 

Se fue a Canadá a estudiar inglés y a vivir en la casa de unos amigos artistas, pensando incluso que no haría más música. Quería ser “una persona normal”. Quería poder salir de fiesta sin la obsesión por cuidar su voz. Quería desentenderse de lo que significaba haber compuesto un disco -según ella sabiendo sólo seis acordes-, que no paraba de sonar en todos lados.

 

Cuando volvió a México grabó “Las 4 estaciones del amor”. También “Hu hu hu”, el disco que cuenta con la colaboración de Julieta Venegas, a quien conoció como una fan y terminó siendo su amiga y su invitada en el Unplugged de MTV. Natalia aparece como sesionista en todas sus canciones, incluso tocando el serrucho, algo que aprendió a tocar en dos semanas a pedido de su colega.

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Escuchar la música de Natalia es un camino casi interminable. Cuando pensás que conocés todas sus canciones aparece una nueva que hizo para una película o como invitada de alguna banda que no habías escuchado. Toca y canta con otros artistas. Actúa y hace doblajes de películas, participa en obras de teatro, en colecciones de ropa y en movimientos políticos y sociales, como el #YoSoy132. Para esa movida de los estudiantes universitarios compuso “Un Derecho de nacimiento”, lanzada en el 2012 justo antes de su giro personal y artístico, de conectarse con sus raíces mexicanas. La letra fue el resultado de un tweet que publicó en su cuenta después de pensar sobre las campañas presidenciales y en tantos jóvenes que no logran ser escuchados.

 

-Si les pudieran componer una canción a los políticos de nuestro país, ¿qué les dirían?- tuiteó. Con las cientos de respuestas que tuvo, escribió la canción que permitió descargar gratis y acompañó con un video filmado en el Monumento a la Revolución en la Ciudad de México.

 

“Voy a crear un canto para poder exigir

Que no le quiten a los pobres lo que tanto les costó construir

Para que el oro robado no aplaste nuestro porvenir

Y a los que tienen de sobra nos les cueste tanto repartir”

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En un homenaje a Chavela Vargas, donde fue invitada a cantar, conoció al dúo Los Macorinos, guitarristas de Chavela. Casi de casualidad Lafourcade despertó a su origen mexicano, a sus raíces, a su identidad. El impacto de conocer a Los Macorinos y la música de Agustín Lara, la llevó a investigar sobre la música de su país, a pensar en grabar un disco homenaje.

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Barajó la idea de hacer ese disco homenajeando a Juan Gabriel o a Chavela Vargas pero terminó decidiendose por a Agustin Lara: su nombre empezó a sonarle en todos lados y se enamoró de sus canciones. Lara fue un compositor e intérprete de boleros, popular en México y en muchos otros países que marcó un antes y un después en esa cultura musical. Empezó a tocar en prostíbulos siendo muy joven, se relacionó con mujeres y aprendió a seducirlas: fueron su inspiración máxima, les cantaba sobre deseo, erotizándolas, haciéndoles sentir cosas que en esa época parecía que no tenían derecho a sentir: derecho a ser deseadas, algo que Natalia también sintió al escucharlo, tanto que hasta soñaba con él.

 

Agustin Lara fue un músico polémico: prohibido por la Iglesia por provocador, por cantarles a las prostitutas, esas mujeres de las cuales sigue siendo tabú hablar porque nuestro trabajo sigue acarreando estigmas. Salía con muchas mujeres a la vez, él ponía sus reglas, era celoso y escandaloso. Una vez una mujer llamada Estrella, una prostituta con la que había dejado de estar, le lastimó la cara con una navaja al enterarse que se había casado. También lo acusan de misógino por usar el amor romántico y tóxico para conquistar mujeres. Fue el principal artista de XWE, antigua  estación de radio; las amas de casa caían rendidas a sus pies, la leyenda cuenta que algunas se habrían suicidado por su amor.

 

Natalia habla de Agustin Lara con brillo en los ojos. La conmueve, dice, su sensibilidad femenina. Se enamoró de sus canciones y de cómo hablaba de un amor de la cual hoy podemos ser críticos pero quizás también en el fondo añoramos que alguien nos dedique una canción así.

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El amor, pero también el desamor, es el corazón en las composiciones -y en la vida- de Natalia. Durante el tour de “Mujer divina”, como tituló al disco en el que homenajea al compositor, escribía canciones en las servilletas de los hoteles y procesaba el duelo de la ruptura con su pareja, ingeniero de sonido de ese entonces. Así compuso gran parte de “Hasta la raíz”.

 

Con el lanzamiento de ese disco terminó de consolidar su carrera y de demostrar que ya no es una niña que tararea sobre amores adolescentes sino que hoy canta sobre sus orígenes y vivencias desde otro lugar.

 

En uno de sus pasos por Buenos Aires, en noviembre del 2014, visitó al peluquero Oscar Roho y le pidió un cambio radical. El resultado fue un pelo muy corto que le daba aires a la cantante Elis Regina y con el que sorprendió a todos.

 

Escanear su carrera es observarla crecer. Es conocerla, saber de su humanidad cuando cuenta, por ejemplo, de los nervios de groupie que sintió mientras esperaba que le abrieran la puerta, la primera vez que fue a visitar a Juan Gabriel a una de sus casas. Juntos grabaron canciones, tocaron en vivo y comieron curry. Lafourcade ganó premios, los músicos la adoran, llena estadios, es tapa de revistas y las hijas de sus fans llevan su nombre. Pero ella invita a sus shows con frases como “Los espero, no me dejen sola” y agradece el espacio que le dan cada vez que la entrevistan.

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Las mujeres son importantes en su vida: están su mamá, sus hermanas chilenas –a las que conoció hace pocos años-, sus amigas y sus musas: Bjork, Patti Smith, Frida Kahlo, Pina Bausch, Rocío Sagaón, Eugenia León, Remedios Varo, Leonora Carrington y Joni Mitchel.

 

Cuando le preguntan si alguna vez se sintió discriminada por ser mujer dice que no.

 

“No me considero feminista, pero respeto a las defienden los derechos de la mujer –dijo en una entrevista-. Me encantan las que adhieren a esa lucha, la vuelven un motivo de vida y se empoderan. Creo en la igualdad de género, y que la energía femenina y masculina son necesarias para evolucionar como humanidad.”

 

Leer su respuesta me hizo pensar. No la representa denominarse feminista pero a la vez deja claro que “lo es” justificando por qué dice no serlo… Me pregunto por las personas que dicen no ser feministas pero viven como tales, y si solo son feministas aquellas personas que así se consideran. También pienso sobre la construcción de los ídolos, mucho más en el momento que atravesamos, y que gracias a Internet sabemos más de quienes escuchamos, leemos o admiramos. Y se caen las caretas de muchos que descubrimos racistas, machistas, abusadores. Me gusta dejar de tener ídolos para tener inspiraciones, pensamiento crítico para apreciar la música sin caer en la adoración.

 

Recordé una entrevista en la que, a la hora de las preguntas del público, una nena de 8 años agarra el mirófono y le pregunta emocionada:

 

-¿Qué les aconsejarías a las chicas que quieren ser como tú?

 

-Que no quieran ser como yo.

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Hoy termina un ciclo, lejos de esa banda donde la obligaban a hacer playback y de aquel Vive Latino donde le tiraron con piedras para que no tocara.

 

Está en Argentina presentando sus discos Musas I y II, que grabó junto con Los Macorinos, un homenaje al folklore latinoamericano, con el que agotó dos teatros Gran Rex.

 

Natalia Lafourcade dice que está soltera y feliz, y que tal vez vaya a vender cocos a la playa para sobrevivir durante estos años sabáticos que anunció que va a tomarse. Planea volver a Veracruz, donde la espera su perra Frida y su casa, que construyó durante estos últimos años pero donde no logró estar más de veinte días por los constantes compromisos, tours y recitales. Quiere dedicarse a disfrutar todo lo que logró, ahora que es la artista que quiere ser.

 

Informe periodístico: María Mansilla


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