Tensionada entre la protesta y la fiesta, la Marcha del Orgullo sigue siendo el único evento LGBT público y masivo, a la luz del sol, en Buenos Aires, una ciudad donde en una pizzería echan a dos gays que se besan. ¿Le falta fiesta o política a la marcha? La agenda de temas y reclamos de las lesbianas, travas y trans sigue teniendo potencia. ¿Y la de los hombres gays?



 

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Es noviembre, esa época del año en la que nos preguntamos si vamos a ir a la marcha, le preguntamos a nuestros amigos putos si van a ir a la marcha, y la respuesta es no sé, seguramente sí, pero no sé. Al final, a último momento, con un mensajito de whatsapp arreglamos para encontrarnos a la salida del subte en Plaza de Mayo, porque sino después no tenés señal del celular, no te encontrás con nadie, o te encontrás con todos esos ex que esquivás en los boliches y bloqueaste de todas las redes.

 

Seamos sinceros, salgamos también de ese placard: todos tenemos una relación con “la marcha” que es, como mínimo, complicada, disfuncional. No sé si todos, pero sí mis amigos,  y conviene aclararlo en tiempos de posverdad, donde cada vez más nos encerramos en burbujas sociales, en cámaras de ecos. Mi cámara de ecos es gay, blanca, clase media, urbana. Dentro de la segmentación “hombres gay” están los jóvenes versus los maduros, los machos versus las mariquitas, las musculocas versus los osos. ¿Por qué el “versus” de oposicional y no el “y” inclusivo? Porque así aparecen divididos los boliches / fiestas y las apps de levante. Hay boliches de osos y de musculocas, de pibitos y de maduros, y hay grupos que se mezclan mejor que otros. Ejemplo: los osos y los maduros suelen mezclarse mejor que los osos y las musculocas. De la tensa relación entre osos y musculocas he sido frecuente testigo. En una reciente fiesta electrónica escuché a una musculoca decir, señalando a un oso: “esa gorda se equivocó de fiesta”.  Y en una fiesta de osos vi a un stripper descolgarse de la tarima y huir tapándose las partes pudendas, en medio de la silbatina general, porque las partes pudendas eran lampiñas y torneadas y no peludas y curvadas, como las de un oso de pura cepa.

 

Hablo del mundo gay de hombres, pero hay otras segmentaciones. Hay boliches donde lo que convoca es el tipo de música (electrónica, reguetón, pop, latina), la “onda” (alternativa, drag, leather), y ahí se mezcla más el puto con la torta con la trava con el paki (el hetero). Son fiestas “mix”. “Mix”, el santo grial que muchos persiguen como el fin de la discriminación: todos juntos, todos mezclados. Desde el paraíso mix el boliche “gay” se ve como una antigüedad, un residuo prehistórico del gueto, ¿Por qué no podemos bolichear todos juntos, gays, tortas, heteros, travas, bis, trans? La respuesta: porque si lo que buscás es coger, y sos un hombre gay, te conviene ir a un lugar donde haya otros hombres gays con ganas de coger. Y no a un boliche mix donde casi todos los hombres sean heteros, y te la pases rebotando contra un “todo bien, pero me gustan las chicas”. Quizás la idea de “salir de levante a un boliche” sea también una antiguedad, y solo tengan sentidos los boliches mix, donde uno va a divertirse, a bailar con amigos. O quizás, y esto es más probable, el levante haya sido trasladado al celular, a las apps de levante. Cada vez se escuchan menos “¿venís siempre a este boliche?”o “¿de qué signo sos?” y se lee más “¿activo o pasivo?” o “¿qué buscás”.

 

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Muchos, y me incluyo, ven como problemática la desaparición de los boliches de levante y su reemplazo por las apps, que tienen los mismos problemas que otras redes sociales: representación excesivamente tuneada de lo que se es, destrato y maltrato, interacciones que se reducen a trámites.

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¿Qué tiene que ver esto con la Marcha del Orgullo Gay? Mucho. Hace 15 años que voy a la marcha y siempre me pasa lo mismo. Me tomo el subte hasta Plaza de Mayo y a medida que pasan las estaciones, el vagón se va poniendo cada vez más colorido: tortas y maricones, disfrazados y banderas arco iris. Cuando finalmente emergemos a la plaza nos recibe el barullo de los bombos militantes y la música bolichera, y la mezcla de olor a choripán y a porro. Freno, miro alrededor para ubicarme y me pregunto, otra vez: ¿de dónde salieron tantas tortas? Hay muchas, muchísimas, munidas de sus infaltables mochilas, que ahora llevan atado el pañuelo verde o naranja. Siempre andan en grupo, siempre agarradas de la mano en trencito de carnaval carioca, viboreando entre la multitud.

Siempre hubo mujeres en la marcha, pero en los últimos años cada vez más, y se percibe no solo en el  número, sino también en fuerza y en protagonismo de puño levantado. Lo mismo pasa con trans y travas, que gritan cada vez más fuerte su reclamo: dejen de matarnos, queremos trabajar. Los hombres gays, después de conquistado el matrimonio igualitario, aparecen desdibujados. No parecen tener reclamos propios que no sean los históricos, y no parecen plantear nuevos temas de discusión. Un tema llamativamente ausente del debate es el del PREP. El PREP (o profilaxis pre-exposición) es la estrategia de prevención de HIV en que una persona HIV negativa toma medicación contra el virus para evitar contagiarse. El PREP se usa ya en muchos países (incluyendo Brasil), y es una herramienta para reducir el contagio de HIV (aunque no el de otras ETS) en algunos grupos. El PREP podría discutirse como opción de salud pública, quizás, mientras se insiste con la necesidad de asegurar la buena provisión de medicación retroviral por parte del Estado.

Pero uno no va a la marcha solo a pedir cosas para sí mismo. Es la antipolítica la que quiere reducir la militancia al de reclamo de un cliente. Quiero esto, anote el número de reclamos y en unos días lo llamamos. Uno va para acompañar otros reclamos transversales, para ponerle el cuerpo a la idea de que el mundo podría ser menos cruel.

En la plaza hay mucha gente yendo y viniendo, y están como siempre, las cámaras de televisión. La de Crónica TV siempre fascinada con el desfile de travestis hiper producidas, glamorosas, escandalosas. Muchos se quejan de que “eso no nos representa”, olvidando que la revuelta de Stonewall, en 1969, en Nueva York, el puntapié inicial de toda esta historia fue de travas, tortas, mariconas y taxiboys iracundos, no de prolijos chicos gays de jopo engominado. La marcha que se ve por TV tiene mucha trava descamisada pero la que se camina tiene más tutifruti, y es más interesante y energizante.

 

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Cuando baja un poco el sol la gente entra en embudo a la Avenida de Mayo, y los camiones rodeando por la turba que baila: el puto glitter, la torta bombero, la trava top model, y cualquier permutación de sustantivos y adjetivos, envueltos en nubes lisérgicas de porro y choripán. Siempre que peleamos lo hicimos con el cuerpo, hacia el placer, transpirados y besándonos, y con el sol pegándonos en la carne, calentándonos la sangre.

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Salimos a mostrarnos una vez por año en la marcha y no alcanza, y por eso es crucial seguir insistiendo. Pienso en cuán visibles somos de verdad, no en el discurso, no con este actor o cantante saliendo del ropero, sino abrazados, de la mano, dándonos un beso, en el día a día. Poco, y por eso sigue siendo un riesgo. Si tenés “demostraciones de afecto en público”, te cagan a palo en un Mac, te echan a golpes de una pizzería. No es raro entonces que la vida gay social en Buenos Aires sea mayormente nocturna, en sótanos, en boliches. No hay, en una ciudad plagada de parques, cafés, librerías, cervecerías, un lugar, a la luz del sol, donde nos convoquemos, cara a cara. No hay “puntos de encuentro”, como sí los hay en otras ciudades. Corrijo: el único evento público gay a la luz del sol, masivo, en una de las calles principales de Buenos Aires, es la marcha del orgullo. No es una razón irrelevante para seguir yendo.

Durante siglos los putos acatamos un pacto implícito. Nos iban a dejar vivir, pero teníamos que vivir callados y a escondidas. El puto no era puto asumido, sino el tío solterón o el artista excéntrico, a veces casado con una mujer puramente decorativa, que se moría triste y solo. El pacto se rompió en 1969: basta de escondernos en nuestros roperos, y vivir solos y morir tristes. La palabra que se usó para resignificar “homosexual” fue gay, o sea, “alegre”, “despreocupado”, por contraste.

 

Eso fue lo que tomó Jáuregui para armar la primera marcha: hacerse visible, en la calle. Una vez al año, el abedecedario LGBTQI mezclado en una sopa de letras y de cuerpos que se muestran. Con travestis montadas, plateadas o doradas, tortas en tetas, musculocas en tetas. No se puede volver a meter todo esto en un ropero; ese genio desbocado no vuelve a la lámpara. Y ese desfile multicolor es otra militancia necesaria: contra la solemnidad beige, tan argentina.

 

Las reacciones alrededor de la marcha que avanza por Avenida de Mayo son ilustrativas. Hay bares que cierran sus puertas, asustados por el tsunami de papelitos, bombos y cuerpos. Otros hacen lo contrario: sacan mesas a la vereda, y los mozos, hipnotizados con el desfile, tardan un montón en traerte la cuenta. Algunos habilitan los baños para los que marchan. Otros pegan carteles en los vidrios que dicen “el baño es de uso exclusivo de los clientes”.

 

Hay otra queja recurrente. La marcha está “demasiado politizada”. Los que dicen esto, quieren decir que es “partidista”. O, mejor dicho: es zurda, es K. La organización de la marcha, a cargo de la Comisión Organizadora de la Marcha del Orgullo (C.O.M.O), está conformada por más de 40 agrupaciones, no todas K, no todas zurdas, y cualquiera puede participar de las reuniones. La consigna central de la marcha se consensúa, y también las subconsignas. Incluso las que parecen no ser reclamos específicamente LGBTQI, como la legalización del aborto o la liberación de Milagro Sala.

El imperativo de consensuar todas las decisiones tiene también sus inconvenientes. Griteríos, portazos, peleas, rencores. Durante la lucha que culminó en la sanción del matrimonio igualitario, la marcha reflejó también estos tironeos. Por ejemplo, en el debate interno que se dio entre unión civil  y matrimonio . Algunas organizaciones (entre ellas la CHA) pedían la unión civil, una nueva institución; otras, en cambio, insistían con que negar el matrimonio a las personas LGBT era en sí discriminatorio, y que había que ir “por todo”. Hubo muchas discusiones y es llamativo que durante los años que se peleó, la consigna central de la marcha nunca incluyó la palabra “matrimonio”.  Se negociaron consignas más tibias, indirectas, hasta crípticas: “Queremos los mismos derechos”, “Voten nuestras leyes”. ¿No es sintomático que leyendo las consignas de las marchas, desde la primera, de 1992, a la última, de 2018, no aparezca mención alguna de matrimonio igualitario?

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Ya se está haciendo de noche, y entramos en la Plaza Congreso. El alumbrado público titila, se prende. La marcha siempre la encabezan los principales referentes de las organizaciones, en una bandera que cubre el ancho de la calle, donde se lee la consigna de cada año. Detrás viene un compacto grupo de militantes, los bombos, las banderas, y después los camiones. En los camiones se mezcla a veces una organización con un boliche, seguramente para compartir el gasto del alquiler. Esa mezcla es específica de la marcha del orgullo: se marcha mientras se baila, protestamos (por lo que nos falta) y festejamos (haber sobrevivido) al mismo tiempo.

Pero ese equilibrio entre reclamo y festejo es inestable. En otros países la “joda” se comió el reclamo, y la marcha pasó a ser puro carnaval, vaciado de política. Los organizadores quieren que el evento siga siendo político, pero muchos de los que van a la marcha (entre ellos una parte importante de los hombres gays de clase media urbana), van a festejar, no a protestar.  Para los chicos que solo quieren divertirse, la marcha tiene un potencial pedagógico, se enteran de los reclamos del colectivo: los camiones (¿las carrozas del desfile?) mezclan la música bolichera con el cantito de protesta. Aunque esa mezcla no funciona siempre bien. La columna que avanza hacia el Congreso tiene una primera sección más política, que avanza a paso rápido hacia el palacio, mientras que los camiones más “fiesteros”, que cierran el desfile,  avanzan más lento. El resultado es que pasan las horas, la cabeza de la marcha se separa del cuerpo, y queda una marcha decapitada, una cabeza sin cuerpo.

 

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Y cuando finalmente desembocamos todos en el Congreso, y en el aire se sienten las ganas de seguir bailando, festejando, yendo y viniendo, se corta la música, y empiezan los discursos que bajan desde el escenario atronadores. Muchos aprovechan para ir a comer algo, o ir al baño. Otros se acomodan frente al escenario. Otros preguntan dónde sigue la joda. El punto más alto de la marcha, la llegada a plaza Congreso, es torpe, cortamambo, confuso.

Se me ocurre pensar que la propia dinámica de la marcha parece una metáfora de la historia del colectivo. Empezamos todos juntos, amontonados en la plaza, nos ordenamos para avanzar con nuestros reclamos, y en el devenir de ese avance empiezan las diferencias, los que quieren ir más rápido y los que quieren ir más lentos, los que protestan y los que festejan, y así llegamos a otra plaza, desorientados y desparramados, cansados.

El año pasado no hubo escenario, no hubo discursos. Fue muy raro llegar, transpirados pero vitalizados, y quedarse esperando, sin saber bien qué hacer. Sería bueno que la marcha sostenga su equilibrio inestable hasta el final: seguir con la música e intercalar mensajes cortos, puntuales, quizás dichos por los músicos, en vez de largas parrafadas gritadas, que la mayoría no escucha.  

 

Este año los problemas parecen haberse agravados. Hubo discusiones respecto a las consignas y el recorrido de la marcha, algunas organizaciones se retiraron de la Comisión Organizadora y convocaron a un festival en Plaza de Mayo el 10 de noviembre (la marcha es el 17). Y por otra parte el Gobierno de la Ciudad, organizó un festival del Orgullo, en los alrededores de la plazoleta Julio Cortázar, en Palermo. Empezó en la calle, y siguió en los boliches de la zona, con un público mayormente clase media. Si la fiesta se va de la marcha y se la lleva el gobierno de la Ciudad, con la rúbrica del orgullo pero vaciada de contenido político, también perdemos.

Todos tenemos una relación complicada con la marcha, y quizás eso no sea en sí algo malo. Es una marcha construida como un mosaico de colores chillones, y los contrastes son tan flúo que provocan, Moria dixit, un infarto de retina. Nos cuesta ponernos de acuerdo incluso en cuestiones básicas, y nuestras opiniones son nuestra identidad, y es difícil negociar desde la víscera. Si sentís que la marcha no te representa es porque en una marcha por la diversidad el único que te representa sos vos. No te quedes afuera, no nos dejen afuera. Hay que defender lo que conquistamos,  hay que seguir peleando, todos juntos, ahora.


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