“El impostor” no sólo investiga el estatuto de verdad en la literatura sino que polemiza sobre quién puede dar testimonio legítimo del horror. Enric Marco, el mentiroso que se hizo pasar por “sobreviviente” fue un personaje posible en una España que aún hoy no da identidad a sus desaparecidos. En este ensayo, la especialista en filosofía de la memoria Paula Kuffer analiza la sacralización del testigo y dice que, más allá de la denunciada industria de la memoria y quizá sin saberlo, Cercas escribió un libro sobre los sin nombre. El escritor se presentará en Anfibia el sábado a las 11 hs.



Si los héroes nos incomodan porque revelan nuestra mediocridad, Enric Marco nos avergüenza porque nos enfrenta a nuestra propia impostura. El protagonista de El impostor, una “novela sin ficción” como la llama Javier Cercas es, entre otras cosas, un reflejo de nosotros mismos. Y de todo un país que no quiso reconocer lo que fue. Y, sin embargo, Enric Marco tuvo la osadía de hacer realidad lo que tantos querrían: ser otro. El verdadero creador de la novela, entonces, no es su autor, sino su personaje: Marco, quien construyó otra vida sobre los cimientos del engaño. Su género es la épica; pero la épica, casi siempre es solo la forma de esconder un secreto. A los 50 años -casi la misma edad que tenía Alonso Quijano cuando se reinventa como Don Quijote-, dejó a su segunda mujer y a su hija y decidió urdir un relato que le permitiera ocupar un lugar en ese nuevo pasado aún por escribir que abría la Transición española después de 40 años de dictadura franquista. En un momento en que tantos aprovecharon para cambiarse de chaqueta y borrar las manchas de sangre, opresión y vergüenza, Marco encontró la ocasión perfecta para fabular una historia nueva, que no fuera tan gris y prosaica como la de los derrotados de la Guerra Civil.

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El suyo fue, quizá, un oportunismo, más que político -como el de la gran mayoría-, emocional. Pero el olvido nunca borra nada y el pasado siempre está al acecho. El caso Marco plantea, sobre todo, una pregunta: ¿cómo dar voz a todas esas ausencias? ¿y a la verdad de los vencidos que no pueden tomar la palabra? ¿Acaso un farsante -o un escritor- puede erigirse como capaz de dar o de ser testimonio?

 

Marco y la mercantilización de la memoria

 

Enric Marco se las ingenió para ajustarse al paradigma heroico de cada presente. Comentió dos grandes engaños y pecados morales. Tras la muerte de Franco, hacerse pasar por un fervoroso combatiente republicano. Y ya en los años 90 del siglo pasado, en plena efervescencia y mercantilización de la memoria del Holocausto en toda Europa, por un superviviente de los campos nazis. Pero Marco no fue un héroe sino un farsante. Con su impostura -reflejo de la propia España de la época-, se burló de la dignidad de los muertos y de los pocos rebeldes que, sin dejarse tentar por la comprensible resignación y el miedo a las represalias, se atrevieron a resistir.

 

Enric Marco resulta grotesco y despierta al mismo tiempo una fascinación irrefrenable. Cercas se plantea si revelar su vida no resulta temerario, incluso inmoral. Casi diez años después de que el falsario fuera despojado de su máscara en 2005, se pregunta si es posible escribir un libro sin pactar con el diablo porque, como repite, “la realidad mata, la ficción salva”. Pero una cosa es la ficción y otra el engaño, del que Marco sería máxima expresión. Su relato edulcorado y sentimental, decreta Cercas, solo puede tildarse de kitsch, “una mentira narcisista, que oculta la verdad del horror y la muerte”. También el propio autor confiesa su miedo a ser él mismo un impostor, y quizá por eso tardó casi diez años antes de poder escribir este libro. En algún punto todos somos Marco. Frente a ello, el autor reivindica un “arte auténtico” que nos permita comprender, aun a riesgo de que ello pueda llegar a ser -en palabras de Primo Levi- “casi justificar”. El impostor intenta presentar al falsario en toda su complejidad. “Si la literatura solo sirve de adorno -nos previene el autor-, a la mierda con la literatura.” De ahí que la literatura sea más efectiva que la historia, como no deja de repetir a lo largo del texto. “El deber del arte (o del pensamiento) consiste en […] analizar cómo funciona el mal, para poder evitarlo, e incluso el bien, quizá para poder aprenderlo.” Cercas se presenta como un ilustrado en pleno siglo XXI y sostiene que los grandes novelistas “entregan una profunda y perturbadora y elusiva e insustituible verdad moral y universal”. La verdad tiene estructura de ficción, aunque no haya, como advierte Walter Benjamin, ningún documento de cultura que no lo sea a la vez de barbarie. Entonces, ¿dónde debemos buscar la verdad de la historia, aquella que no entra en el altisonante relato épico de los vencedores?

 

La cáscara de la verdad

 

Cercas vuelve una y otra vez, deliberadamente, sobre los argumentos y las escenas que Marco le cuenta y él contrasta, como si arrojáramos una piedra al agua, prisioneros en la visión de los círculos concéntricos que se dibujan como un eco. A medida que va quitando las capas de épica al relato de Marco -la primera parte del libro se titula precisamente “La piel de la cebolla”, y nos remite a las memorias de Günter Grass donde el autor confiesa su pertenencia de adolescente a las SS-, Cercas se percata de que toda la sarta de mentiras puesta en escena por el falsario está amasada con verdades. Es cierto que fue un joven suboficial del Ejército republicano y que militó en el sindicato anarquista CNT. Y también es cierto que, en la posguerra, fue un derrotado más, que para sobrevivir al desastre tuvo que aceptar la vida abyecta y humillante que impusieron los golpistas. Razones no le faltaban para temerle a las represalias, aunque no fuera víctima de ninguno de los castigos reservados a los republicanos. Sin embargo, no es cierto que durante la posguerra fuera un adalid de la libertad y la justicia, del honor y la decencia, sino un vencido que tuvo que soportar las vejaciones cotidianas, intentó pasar desapercibido y, como buen pícaro, buscarse la vida.

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No es cierto que regresara a Barcelona con la liberación de los campos en 1945, sino en 1943, con un permiso. Tampoco es verdad que militara en la clandestinidad. Llevó una “vida normal” hasta la muerte del dictador en 1975, cuando encontró su gran oportunidad de revestir de heroísmo una actividad política inexistente y cobarde como la de la inmensa mayoría. Y en este sentido, tampoco fue especial.  “Muerto Franco, casi todo el mundo empezó a construirse un pasado para encajar en el presente y prepararse para el futuro […] Todo el mundo lo aceptaba o lo toleraba y nadie estaba muy interesado en hacer averiguaciones sobre el pasado porque todo el mundo tenía cosas que ocultar”, escribe Cercas. Las mentiras de Marco no fueron una excepción -la Transición entera fue una impostura-, pero quizá sí fueran excepcionales. Las suyas tuvieron mucho arte. Cuando ya quedaban pocos supervivientes, llegó a la Presidencia de la Amical Mathausen, la asociación que agrupa a los exdeportados republicanos de los campos de concentración del nazismo.

 

 

Marco, ¿una labor pedagógica?

 

Reza el refrán popular que la mentira tiene las patas cortas, aunque Marco realmente consiguió ir muy lejos hasta el año 2005. Estaba en Austria para preparar las conmemoraciones del sesenta aniversario de la liberación del Lager de Mathausen, por el que sí pasaron más de 7.000 españoles y donde murieron más de 4.000 de ellos. La mayoría de los que acabaron en los campos se habían exiliado en Francia tras la victoria franquista de 1939 y sirvieron en las filas de la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. La policía de Pétain y la Gestapo empezó a detenerlos y enviarlos a los campos a partir de junio de 1940. Eran deportados republicanos, aunque no llevaban el triángulo rojo de los presos políticos, sino uno azul: el de los apátridas. Desde aquel entonces se convirtieron en parias, como media España. Para todos ellos, la liberación del campo el 5 de mayo de 1945 no significó el final de la dictadura. Treinta años más tarde, por primera vez, el estado español iba a rendirles homenaje. Marco ya tenía preparado su discurso, pero hacía tres años, desde que lo escuchó hablar, el historiador Benito Bermejo sospechaba de él. Los relatos de los supervivientes se caracterizan -si es que logran superar la barrera del trauma y el silencio- por el pudor, e incluso la vergüenza, en sus recreaciones del dolor. Jorge Semprún, por ejemplo, estuvo en el campo de Buchenwald y escribió páginas memorables sobre la dificultad de hablar de aquello. Marco era muy querido;  muchos de sus conocidos lo describen como un tipo “encantador, muy generoso, muy cariñoso, un tipo, en suma, ¡extraordinario!”. También era un apasionado que disfrutaba de manera exagerada de su propia historia, quién sabe si por ansias de protagonismo o “mediopatía”, como diagnostica Cercas. Antes de que empezaran las celebraciones, el riguroso historiador -que incluso llega a conjeturar que pueda haber sido un infiltrado de la CNT con la llegada de la democracia- demostró que no había habido ningún preso con el número 6448, el que Marco se había atribuido. Fue el final de una larga mentira pero no el de Marco, quien, a sus 84 años, defendió con ahínco su labor de transmisión, sus miles de charlas, de conferencias, de visitas a escuelas, para concientizar a los más jóvenes y evitar que la historia se repitiera. Se confesó un falsario pero arguyó haber defendido una causa justa: siguió apostando por su yo heroico.

 

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El testimonio, un imposible necesario

 

La noticia recorrió los medios e hirió profundamente la tierra del profeta más que ningún lugar. Todo el mundo se preguntaba cómo había podido engañar a tanta gente el erigido gran predicador de la verdad histórica. Vargas Llosa habla de su repugnancia política por el personaje, aunque confiesa admiración por la prodigiosa destreza fabuladora “a la altura de los más grandes fantaseadores de la historia de la literatura”. Lo llama contrabandista de irrealidades y le da la una cálida e irónica bienvenida a la mentirosa patria de los novelistas. Hubo también quien, como Claudio Magris, atendió al propio argumento del falsario: es cierto que, por más que no hubiera vivido en carne propia la experiencia del campo de concentración, se había comprometido con la transmisión de la barbarie que fue el Lager. Era, al fin y al cabo, un mentiroso que decía la verdad.

 

Para contrastar el incómodo argumento, Cercas se pregunta si mentir es moralmente lícito. Sabe que hay grandes autores como Platón o Voltaire, que han defendido la mentira a lo largo de la historia si esta sirve para hacer el bien. Pero Cercas rechaza tajantemente la mentira de Marco, porque su relato contiene errores e inexactitudes. Un solo dato ficticio convierte un relato real en ficción y puede contaminar de ficción todos los relatos que se derivan de él, dice. Pero aunque los datos factuales fuesen verdad, argumenta, se sustentan sobre una mentira previa y fundamental, que es la propia estancia de Marco en un campo nazi. Por lo tanto, concluye, “los supervivientes de los campos nazis son los únicos que conocen de verdad el horror incalculable de aquel experimento diabólico”.

 

Sin embargo, el propio Primo Levi, en Los hundidos y los salvados, rebate con énfasis tal sentencia cuando declara: “No somos nosotros, los sobrevivientes, los verdaderos testigos […] Los que hemos sobrevivido somos una minoría anómala, además de exigua: somos aquellos que por sus claudicaciones, o su habilidad, o su suerte, no han tocado fondo. Quien lo ha hecho, quien ha visto a la Gorgona, no ha vuelto para contarlo, o ha vuelto mudo […] Nosotros hablamos por ellos, por delegación.”

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Giorgio Agamben desarrolla su fenomenología del testimonio a partir de la obra de Levi y concluye: “Quien asume la carga de testimoniar por ellos sabe que tiene que dar testimonio de la imposibilidad de testimoniar. Y esto altera de manera definitiva el valor del testimonio, obliga a buscar su sentido en una zona imprevista.” Desde este punto de vista, parece difícil caer en la “sacralización del testigo” o “chantaje del testigo” que Cercas reprocha justamente a la época. Más bien, se impone un nuevo imperativo de la memoria que, a diferencia del adorniano, no pasa por recordar, sino por imaginar, a pesar de todo. Entonces, ¿hay verdad o no hay verdad en la ficción de Marco? ¿podemos considerarlo un testimonio bien intencionado? ¿sería imposible que lo fuera aún si en los hechos hubiera sido un sobreviviente?

 

Para Cercas, las inadmisibles mentiras de Marco no son altruistas, sino narcisistas. La literatura, en cambio, “es una forma socialmente aceptada de narcisismo”. Quizá por eso dedica el único capítulo de ficción de la obra a poner en boca de un Marco, que por única vez solo existe en la fantasía del autor, las posibles objeciones que podrían hacérsele: “Usted es un cínico. Usted no escribe para salvarme; lo escribe para forrarse, para hacerse rico y famoso, para salir en la foto, como usted dice de mí […] Usted se benefició tanto como yo de eso que llama la industria de la memoria […] Le da pánico que descubran que es usted un mentiroso y un farsante. Un mentiroso tan bueno como yo, o casi.” El pacto de verdad, o de ficción, funciona en las novelas, pero no en la vida, de ahí que su transgresión impresione tanto. Marco nació en un manicomio el 12 de abril de 1921 -y no el 14 de abril, como le gustaba decir, por su coincidencia con la fecha de la proclamación de la Segunda República española diez años después. Vivió una infancia de desolación emocional y una adolescencia atravesada por una guerra fraticida.

 

Cercas, como tantos otros, se pregunta si está loco. Quién sabe si Marcos, para olvidar la miseria de su vida, para recuperar un amor y una atención que nunca tuvo, inventó un relato embellecedor y folletinesco, que le ayudara a sostener y olvidar la crudeza de su vergonzante realidad. Como en el mito de Ovidio, nos recuerda el escritor, Narciso vivirá -ignorando la consigna délfica-, siempre que no se conozca a sí mismo. Es decir, en la ficción salvadora. Para Cercas, Marco es un “charlatán desaforado, un liante único”. Sus ensoñaciones quijotescas, en algún punto, son reflejo de “la gran mentira colectiva” sobre la que se fundó la democracia española. Cercas se pregunta si esta habría podido construirse de otro modo, si “el país entero hubiera podido reconocerse o conocerse a sí mismo sin por ello sucumbir frente a su propia imagen como Narciso”. De nuevo, la mentira como fundamento. Cercas sostiene que no hubo un pacto de olvido, aunque reconoce que se eligió “no hacer del todo justicia a cambio de construir la democracia” y que “las víctimas de la dictadura fueron el precio de la Transición”.

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Una topografía actual llena de fantasmas

 

Cercas no se cansa de repetir: “Ya sabemos que el pasado no se supera o es muy difícil superarlo, que el pasado no pasa nunca, que ni siquiera -lo dijo Faulkner- es pasado, que es solo una dimensión del presente.” ¿Dónde está entonces el pasado en un país donde el dictador murió tranquilamente en la cama? ¿en un país donde no hubo juicios sino una Ley de Amnistía (1977) esgrimida por los jueces para no abrir investigaciones penales sobre los crímenes del franquismo? Uno de los pocos que lo intentó, el juez Baltazar Garzón, acabó inhabilitado en el 2012.

 

En este contexto parece muy difícil hablar de justicia sin asumir las afrentas padecidas ni el daño perpetrado, sin una memoria compartida. En esa para muchos “modélica” transición, que eludió que se rindieran cuentas y permitió que se olvidaran los delitos, no entró en escena la justicia, quizá atrofiada tras 40 años de dictadura. Hoy, cuando la Casa Real y el Partido Popular están implicados en escándalos de magnitudes insospechadas, cuando todavía quedan signos franquistas en plazas y calles, cuando el próximo 1 de julio entrará en vigor la Ley de Seguridad Ciudadana -la conocida “ley mordaza” que entre otras muchas cosas castiga, y sin intervención judicial, participar en manifestaciones alrededor del Congreso con multas de hasta 30.000 euros-, parece sin duda que el pasado no ha pasado. La propia ONU ha reprendido al Estado por el trato a las víctimas de la dictadura después de la promulagación en el 2007 de una Ley de la Memoria Histórica (derogada de facto por la falta de partidas presupuestarias) según la cual se relega el proceso de exhumación de las fosas a la iniciativa de “los descendientes directos de las víctimas que lo soliciten”. El Estado elude toda responsabilidad en el proceso de localización y dignificación de todos los muertos, dejándolos desaparecidos. Sin un verdadero trabajo de duelo (Trauerarbeit) que nos permita relacionarnos con todos los invisibles que pueblan nuestros paisajes y exigen dignidad y reconocimiento bajo el crepitar de cada paso, sin una topografía capaz de acabar con su condición de fantasmas, aunque sea tanto tiempo después, parece difícil la reconciliación.

 

Quizá sin saberlo, Cercas no ha escrito un libro sobre Marco, ni siquiera sobre sí mismo sino sobre todos aquellos que no pueden decir, los sin nombre de la historia que nos van rondando a cada página y nos instan a leer aquello que nunca fue escrito. Son ellos quienes exigen, como si las generaciones pasadas estuvieran esperando a que llegáramos de una maldita vez, que hablemos, sin robarles, obviamente, la palabra. Para descubrir, como diría Paul Ricoeur, el enigma de la presencia en la ausencia, en un gesto de rememoración que nos llevaría, sin duda, mucho más allá de la industria de la memoria denunciada por Cercas. Y nos adentraría en un verdadero discurso público donde los muertos, el dolor y el vacío que dejaron entre nosotros encontraran un lugar. Una lección pendiente, todavía, en España.


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