Una bruma oscura avanza sobre nuestro continente: en dos meses la pandemia reinstaló el miedo en el centro de la vida cotidiana; vivimos nuevamente con miedo al otro, a la muerte, a la exclusión social. ¿Qué podemos pensar desde Latinoamérica? ¿Nos bastan las narraciones de los intelectuales de los países desarrollados o necesitamos una perspectiva global desde nuestras realidades? El sociólogo Fernando Calderón reflexiona sobre la necesidad de combinar de manera creativa Estado, sociedad y tecno-economía para salir de esta coyuntura. Y dice: “quizás sólo articulando lo individual con lo colectivo en lo “local-público” podamos encontrar una mayor fuerza, una esperanza”.



Latinoamérica experimentó en los últimos 20 años una serie de crisis, inflexiones y cambios de manera asincrónica, según los países y los momentos globales. Y con ellos la sociedad latinoamericana, en su diversidad, se transformó. Hoy, en medio de una compleja multi crisis global, la pandemia del Covid-19 complejizó y aceleró aún más las brumas oscuras de la kamanchaka de nuestro continente. Se trata de un fenómeno fantasmagórico, único, incierto, anómalo, que actúa en una lógica del azar a nivel mundial pero que afecta la vida cotidiana de las personas, sus sociedades y los Estados nación.

 

Como hecho global la pandemia necesita ser tratada globalmente pero dada la crisis multidimensional solo recibió, hasta ahora, un tratamiento a nivel nacional, caracterizado por Estados e instituciones sociales por lo general muy débiles, sobre todo en los planos social y cultural. Uno de sus principales impactos fue haber reinstalado un fenómeno que nuestras sociedades han conocido en otros momentos históricos: el miedo en el centro de la vida cotidiana a escala global. Vivimos nuevamente como bajo el fantasma de las dictaduras, con miedo al otro, a la muerte, a la exclusión social, al sin sentido. Las personas y sociedades específicas necesitan y exigen políticas públicas exitosas que ningún Estado puede proveer.

 

Las respuestas son variadas. ¿Cómo están respondiendo los débiles y colapsados Estados latinoamericanos a este fantasma pandémico? ¿Qué escenarios están en juego hoy en el plano de lo socioeconómico, el desarrollo, la interculturalidad, los ciudadanos y sus derechos humanos y de una vida digna? ¿Será un colapso como en el siglo XVI? ¿Será posible la emergencia de un nuevo modo de desarrollo informacional centrado en la vida de las personas? ¿O se reinstalará la lógica puramente economicista y ultra individualista del mercado y el Estado que sabemos que por sí solos no funcionan? ¿Emergerá un Estado descentralizado de lo público? ¿Nacerá una cultura de solidaridad global? ¿Qué pasará con el medioambiente y la naturaleza? ¿O todo será un absurdo catastrófico donde el poder seguirá preocupado porque no se ensucie el sillón de La “Metamorfosis” de Kafka? Al final Discépolo tendría razón y su tango Cambalache será más universal que nunca. Y también la tendría el sociólogo Gino Germani, que decía que la modernización tiene intrínsecamente una carga totalitaria.

 

En términos más occidentales se puede visualizar una suerte de competencia entre dos “tipologías ideales”. La primera es el “rational choice”, que argumenta que el remedio es peor que la enfermedad, que no se puede sacrificar la racionalidad de la economía en nombre de las personas porque al final terminarán pagando las propias personas y deteriorándose aún más la economía. La segunda es la “humanista”, que argumenta que la vida debe primar sobre la economía, que luego y a través de esfuerzos y pactos colectivos se podría reconstruir.

 

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¿Qué se puede pensar desde Latinoamérica? ¿Nos bastan las narraciones de los intelectuales de los países desarrollados o necesitamos una perspectiva global desde nuestras realidades, donde la complejidad y la densidad abigarrada de sus sociedades están pobladas de complejas yuxtaposiciones socioculturales globales? En Latinoamérica no solo están las diversas sociedades originarias, o de origen africano, europeo o asiático, con complejas estructuras de diferenciación social y funcional, donde desgraciadamente prima la desigualdad. De alguna manera en la región está todo el mundo. Buenos Aires se puede mirar en Europa y el gran Buenos Aires, en el resto de América Latina, o Rio de Janeiro, Bahía o Cartagena en África. Para no hablar de la naturaleza, donde la Amazonía junto con la Cordillera de los Andes, una enorme red de ríos y dos océano gigantescos organizaron la vida por miles de años. Claro, la Amazonía es la reserva ecológica de la humanidad, pero ¿qué sabemos realmente de su vida, de sus hojas, de sus ríos, de sus mitos trashumantes, de la coca, la yuca y de millones de seres vivos que la habitan, mientras los mares se contaminan y la Cordillera de los Andes y el sur Patagónico se descongelan?

 

Quizás ya es hora de que los latinoamericanos construyan un paradigma ecológico humanista para todos. En todo caso, en esta coyuntura la cuestión central es la del manejo del tiempo: el “tiempo de la pandemia”. Y allí tres variables parecen clave: la capacidad del Estado de transformar palabras en realidades, sobre todo en el plano de la salud; la capacidad tecnológica comunicacional y científica y su valorización pragmática en cada sociedad y el Estado; y el comportamiento individual y colectivo de las sociedades. Es decir, si un Estado tiene la capacidad práctica para  navegar contra el viento y enfrentar los temas de la pandemia a partir de una pedagogía científico-tecnológico y comunicacional y las sociedades también integran esa pedagogía en su vida cotidiana, las chances de obtener resultados serán mejores que si sucede a la inversa. Quizás sólo articulando lo individual con lo colectivo en lo “local-público” se pueda encontrar una esperanza, una mayor fuerza, pues en la medida que toda acción colectiva sea el resultado de un consenso individual y la acción individual pueda ser valorada en el plano colectivo en espacios públicos compartidos los resultados serán más efectivos. En suma, ¿se podrá combinar de manera creativa Estado, sociedad y tecno-economía? Es decir, ¿se podrá “navegar mejor contra el viento” en los tiempos del virus?

 

Como escribió García Márquez al final de El amor en los tiempos del cólera, cuando la mujer amada pregunta: “¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?”. Y él responde: “Toda la vida”.


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