Como en 2003, 2008 o 2010, momentos de reparación, conflicto y multitudes en las calles, entre las dos vueltas electorales cientos de miles de personas sintieron en sus manos la potencia de construir política. ¿Cómo entender la derrota, justo en el momento en que nos descubrimos fuertes?, se pregunta María Pía López. El desafío de narrar la década sin los atajos de la traición o el despecho.



Fotos de interior: Santiago Cichero,Maria Eugenia Cerutti

 

En estos días, atravesamos algo de insomnio, de pesadilla, de sorpresa. Circuló en redes, teléfonos, conversaciones, el rumor de que los números en el recuento definitivo se estaban invirtiendo y que Scioli ganaba, ajustado, la elección. Escuché ese rumor como síntoma de un estado de ánimo: el que conminaba a declarar inexistente por inverosímil el triunfo de Macri. La historia está plagada de ejemplos de esa sensación. No hay más que recordar al Borges que se apresuró a declarar al peronismo como ilusión cómica y simulacro, mientras decía que su mucha credulidad no bastaba para creer que alguien fuera peronista. Muchos estuvimos aquejados por el mismo mal, tentados de borrar lo sucedido con un twitter o un whatssap. Síntoma, digo, que se puede interrogar.

 

Uno de los motivos es inmediato. Proviene del enfático activismo entre una y otra vuelta electoral. Miles de personas movilizadas, actuando por propia decisión, encontrándose, imaginando volantes, actos, escenas de convencimiento, tácticas picarescas, conversaciones, rumores callejeros, una suerte de pelea cuerpo a cuerpo del voto que obligaba a hablar con vecinos, amigos, familiares. La cuenta honorífica de los convencidos por cada uno era a la vez cuenta del rosario salvífico. Cada quien sentía en sus manos la potencia de construir política. Lo que pasó fue extraordinario, incluso con los resultados a la vista.

 

Recordó los momentos agónicos en los que el kirchnerismo se inventó y se reinventó. El 2003 cuando surgió como lector de la crisis, hermeneuta astuto que supo leer en el desastre los signos de una oportunidad: refundar los pactos, producir políticas reparatorias, desnivelar a favor del mundo popular la balanza estatal, crear para las instituciones públicas una nueva legitimidad, surgida de los juicios al terrorismo de Estado. El 2008, cuando se hizo política del conflicto, pasando del orden de las reparaciones a la lógica de los derechos y se encararon los más arriesgados proyectos de transformación: desde las retenciones agrarias hasta la ley de medios. Se reinventó allí como identidad política, rostro de la confrontación y de la agitación social. En el 2010 con la fiesta del Bicentenario y el duelo por la muerte de Néstor Kirchner se presentaba en la faz de multitudinaria amalgama callejera. Si las calles habían sido la del combate y la discusión, ahora encontraban su nuevo signo festivo.

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Palimpsesto es la época misma, porque cada situación iba dejando actores, sujetos y prácticas. La alianza con los organismos de derechos humanos y los movimientos sociales viene del 2003; el surgimiento de grupos que abonaron la identidad kirchnerista –desde Carta abierta a La Cámpora- se hizo evidente desde 2008; las fiestas populares muchos más amplias y los ritos callejeros –que incluirían a Tecnópolis como sitio- quedaron del 2010. La elección del 2011 sería el momento de la concentración y articulación, hasta volverse casi monolítico el lugar de enunciación: por un lado con Unidos y Organizados como espacio de confluencia; por otro, con la idea de batalla cultural como ariete para cerrar filas en nombre de la defensa del proyecto. La figura del soldado llegó para saldar las discusiones pendientes y se imaginó que una fuerza política disciplinada era más potente que la que surgía del espontaneo florecer que la primavera había prometido.

 

Temimos los efectos de ese dispositivo que politizaba a la vez que despolitizaba. Que al tiempo que volvía enfáticos y visibles los signos de la identidad política, quitaba de la circulación cotidiana la discusión o la conversación política, porque había un único lugar de enunciación legítimo. Aun los que lamentábamos ese derrotero pensamos que tenía su racionalidad: era respuesta a una encerrona surgida de un ataque persistente, que había hecho trizas la esfera pública, y que ponía a los adherentes a las políticas oficiales en el riesgo permanente de ser puestos al servicio de los ataques. Pero en tanto respuesta defensiva, no dejaba de incorporar en sí misma los trazos de la fuerza ajena. El ámbito público fue, como nunca, excusa para la captura de la palabra por potentes maquinarias mediáticas. El resguardo en metáforas bélicas aportó a la mengua y al despojo, dejando hilos, apenas, de lo que había sido la más contundente apuesta política a la heterogeneidad.

 

El kichnerismo desplegó el discurso agonístico de la pelea mientras gobernaba en el sentido de generar mediaciones entre las partes conflictivas del antagonismo social. Podría haber evitado esa bifurcación entre palabras y hechos, porque era tan contundente lo que hacía que no requería de esas metáforas que traía de la épica batalladora y que sus opositores desdeñaban como relato. El cierre obturó las posibilidades de una discusión franca y una interpretación creadora de lo que sucedía. Eso es lo que estalló entre una y otra vuelta electoral, cuando la urgencia de la situación produjo una politización general, en la que cada cual armaba su trozo de ideas y armaba una estrategia de difusión. Ante esa voluntariosa e imperativa asunción de la política y la irradiación de sus efectos en los entornos inmediatos, es que se volvió increíble la derrota electoral: ¿cómo entenderla, justo en el momento en que nos descubrimos fuertes, en que teníamos la política en nuestras manos?

 

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La otra razón es menos inmediata: tiene que ver con la apuesta a la racionalidad popular. Por primera vez una derecha explicita su programa y llega al gobierno mediante elecciones. Las anteriores experiencias redistributivas y populares se habían terminado, en Argentina, con la violencia de los golpes de estado. Esta vez, de las urnas surgió una decisión que elige a un gobierno cuyo anunciado gabinete muestra la decidida exacerbación del conflicto social: ya no mediación sino gerencia empresarial. O sea: implementación de las necesidades del capital en el mundo social. De un Estado que protege el ejercicio de la ley –por ejemplo, evitando despidos o generando condiciones reparatorias- se pasa a una concepción en la que lo que importa es garantizar las condiciones de la acumulación. Se trata de una reestructuración de la economía nacional, para que salga de ciertos nudos críticos por la vía de un nuevo shock de acumulación y una redistribución inversa a la que se venía produciendo. En ese sentido, se vota la acentuación del antagonismo. Lo hicieron, también, algunos de los que serán víctimas de la nueva y real crispación. Sólo que amparados en las retóricas triunfantes de la conciliación, la fiesta y la cordialidad.

 

La victoria la obtuvo el marketing, la capacidad publicística de vaciar las palabras hasta convertirlas en puro equivalente general. “Cambiemos” es ese tipo de palabra: puede asociarse con cualquier sentido, pero tiene una resonancia positiva: ¿quién no querría cambiar algo en su vida, o en el modo en que funciona una sociedad, o en el devenir de las cosas? ¿quién no se prenda de las promesas de cambio –mañana empiezo la dieta, no voy a tomar más, no miraré a otra, no vuelvo a caer ni a mentir ni a creer- o piensa que todo debe permanecer como está? La palabra tolera cualquier contenido pero en ella resuena el rintintín del bien.

 

¿Qué oración no es conjugable con la idea de cambio? Durante la campaña se procedió al transformismo de cada significado que se le adosa: con una mano se llama al Opus dei y con la otra se palmea al ideólogo ecuatoriano que declama que quien quiera abortar que aborte; al minuto dicen que demasiados feriados pero para decir luego que lo más relevante es el turismo. Sus adversarios, muchas veces, quedaron prendados de denunciar el vaivén, pero es el vaivén lo que funciona como garantía de éxito, porque recuerda que las palabras pueden significar cualquier cosa, si se las vacía con esfuerzo. Nombran el cambio para decir que el cambio es su estación permanente, la razón cínica que orienta el destrato hacia toda argumentación y sentido. La victoria la obtuvo un manual de procedimientos y discursos erigido como lengua monolítica de la campaña: nadie podía sacar los pies del plato de esa retórica, ni mostrar las hilachas internas, esas que llevaban a la poco redentorista apelación al ajuste, los despidos, las amnistías, los linchamientos, el gatillo fácil.

 

La victoria parece que la ejecutarán los CEOS. Una nueva gerencia surgida de las empresas, expertas en preguntarse por rendimiento y disciplina, se hará cargo del gobierno. ¿Qué saber es ese, qué saber se descarta, qué ideas se ponen en juego? La crítica y el desmenuzamiento de sus lógicas serán necesarios. Lo son, para evitar la encerrona de considerarlos sin más un retorno de los noventa o interpretar el securitismo actual como vuelta militarista. Esta derecha será más nueva que vieja.

 

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Sale de la esfera privada, de los cursos de coaching, de la administración de empresas, de la idea del éxito individual y los premios a la productividad. A veces pueden ser católicos y respetuosos del orden tradicional de las instituciones; otras, cancheramente transgresores porque tiene onda romper lanzas con el progresismo. Los une una experticia, o una actitud frente al mundo. Quizás quienes limitaron durante estos años su crítica al poder a aquello que surgía del estado, deban considerar lo estrecho de esa posición, cuando aparece esta apuesta a la gobernabilidad que muestra de dónde surge la fuerza. Durante la década kirchnerista esos poderes estaban más diferenciados que articulados, como puede verse en el conflicto por la ley de medios. Hoy confluyen.

 

¿Podemos llamar a esto derrota cultural? ¿No estamos ante una mutación más profunda, que ahora se pone en evidencia: la afirmación de una subjetividad correspondiente a las lógicas de acumulación del capital? Frente a eso, durante toda la década hubo un empeño en producir, a la vera y con el recuerdo de la crisis padecida, un tipo de sensibilidad distinta, centrada en valores nacionales, en una narración compartida y una idea de derechos universales. Se perdió la elección presidencial y con ella el control de todos los resortes del gobierno. Aunque nos resistamos a creerlo. Aunque andemos a tontas y a locas tratando de decir que no fue tanto y que es casi un empate. Queda por delante un camino arduo: narrar la década, incluso en las bifurcaciones por las cuales puede explicarse la derrota, narrarla sin los atajos de la traición, el robo o el despecho; hacer la lectura crítica de lo que surge, de la gobernabilidad que se prueba el traje en Argentina para hacer la promesa de su expansión a la región; construir, digo, una nueva disputa contra la derecha que nos aqueja –y no con la que imaginamos que retorna.


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