Por primera vez en la historia, una persona logró que la categoría sexo de su DNI quede en blanco, sin hacer juicio. El caso de Caro Gero mostró la potencia de la Ley de Identidad de Género en tiempos de la avanzada anti ESI. El fin del binarismo y del sexo como categoría jurídica. Por Blas Radi.



 

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¿Cambió de género? ¿Cambió de sexo? ¿Sexo y género son lo mismo? No, no son lo mismo. Pero la confusión tiene sentido. Mucha gente asume que sólo existen dos sexos, dos géneros, y que entre ambos hay algo así como una relación de correspondencia biológica. Estos supuestos parecen reponer una versión contemporánea del dualismo sustancialista cartesiano. El sexo es pensado como un dato objetivo, físico, corporal y se identifica con los genitales. El género, por su parte, es entendido como un fenómeno mental, subjetivo, una vivencia interna vinculada con la manera en que la gente se identifica. Por último, el vínculo entre ambos es resuelto por un modelo causal que hace del género una consecuencia de ciertas características físicas. Así, en nuestro país se asigna un sexo a las personas recién nacidas (en función de una inspección genital) y el género parecería seguirse con necesidad de esa asignación.

 

Estas creencias no son caprichosas. Para nada. Forman parte del sentido común. La mayoría de nuestras instituciones están comprometidas con ellas y son una parte fundamental del currículum (oculto y explícito) de los planes de estudios. Esto explica que, aunque sepamos que en realidad el sexo no se reduce a los genitales, que hay una gran variedad de cuerpos y que la gente se identifica como quiere, adoptemos la dogmática del sexo y el género como si se tratara de una verdad autoevidente que debe ser defendida.

 

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“Pero yo salgo a la calle y sólo veo hombres y mujeres”, sostiene alguien, con un gesto suspicaz, como si estuviera aportando evidencia clave a las discusiones. Pero claro, mirá vos. Yo salgo a la calle y veo que la Tierra es plana. Te digo más: veo que la Tierra está en reposo y el sol se mueve a su alrededor.

 

A menudo “la biología” forma parte de la conversación, como si se tratara de un interlocutor –uno que, por lo general, articula todas las opiniones del sentido común-. El prestigio y la autoridad de la ciencia (una que por lo general resulta desconocida para quienes la invocan) debería funcionar como base irrefutable. En rigor, distintas disciplinas (incluso aquellas consideradas “ciencias duras”) ofrecen recursos de sobra para desmontar la ortodoxia del sentido común sobre sexo y género que, sin embargo, forman parte del evangelio secular de lxs apóstoles de twitter.

 

* * *

 

La ciudad de Buenos Aires acaba de ser sede del Congreso Mundial de Salud Trans (WPATH, por sus siglas en inglés). La organización Global Action for Trans* Equality, dirigida por Mauro Cabral, organizó una preconferencia con más de cincuenta activistas trans* e intersex de todo el mundo, apoyando su inscripción en el Congreso como asistentes y expositorxs. La clave de la despatologización marcó las discusiones acerca del papel de la medicina en las definición de las experiencias trans* e intersex.

 

Algunos de los temas más debatidos en ese marco fueron el desencuentro entre prácticas médicas y estándares internacionales de derechos humanos, y las tensiones entre las investigaciones presentadas y los códigos de ética vigentes. Eleonora Lamm estuvo allí también, y ofreció una conferencia sobre la deconstrucción del sexo, el género y las relaciones, cuya conclusión fue un llamado elocuente a avanzar hacia “un mundo sin sexo legal, que promueva y conlleve la existencia de tantos géneros como personas”.

 

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Eleonora Lamm es la subdirectora de Derechos Humanos de la Suprema Corte de Justicia de Mendoza. Fue ella quien presentó la solicitud para que en el documento de Caro Gero el campo del “sexo” quedase en blanco. El proceso de trabajo comenzó en julio y se desarrolló de manera articulada con la asesora legal del registro civil, Julieta Mazzoni. Es la primera vez en el mundo que se adopta una medida semejante mediante un recurso administrativo.

 

El teléfono de Eleonora no dejaba de sonar. Periodistas de todos los medios querían cubrir la noticia y deseaban entrevistar a Caro Gero. La experiencia de la palabra, no obstante, parecía tejer las preguntas con las mismas fibras que trataba de separar.

 

- ¿Me das el teléfono de él?

 

- No. No es él.

 

- Bueno, de ella.

 

- Tampoco es ella –respondía Eleonora una y otra vez.

 

* * *

 

Entonces, una resolución administrativa del Registro Civil otorgó a Caro Gero la posibilidad de no tener sexo en el DNI. ¿Pero no era que la ley de identidad de género obligaba a las personas a elegir una categoría de un conjunto de dos posibilidades? Detengámonos aquí un momento. Desde el año 2012 hasta ahora hemos escuchado cientos de veces que la ley de identidad de género argentina no es satisfactoria dado que “reproduce el binario”. El binario parece ser un enemigo público pero ¿de qué estamos hablando? ¿Qué quiere decir “el binario”? ¿Hacia dónde apunta esta crítica?

 

Binario se dice de muchas maneras. Hay quienes consideran que ese binario que critican consiste en la persistencia de las letras “M” y “F” en los documentos de identificación. Dado que la ley de identidad de género no añade nuevas categorías al repertorio de posibilidades para completar el campo del sexo en el DNI, algunas personas han sostenido que esto implica forzar a las personas a elegir entre dos únicas alternativas. Desde este enfoque, los límites normativos del género podrían verse tensionados sólo si se añaden nuevas opciones. Si sumáramos la letra J, por ejemplo, nuestro trabajo estaría hecho.

 

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Desde otro enfoque hay quienes han señalado que los problemas del binario no son burocráticos y, por lo tanto, no se resuelven con un mero agregado terminológico en los documentos de identificación. “El binario” representa aquí la organización normativa que encadena sexo y género sobre la base de la diferencia sexual –es decir, la creencia en una diferencia bioanatómica que distinguiría universalmente machos y hembras, generizados como varón y mujer respectivamente-.

 

La Ley de identidad de género rompe esta cadena normativa porque define “identidad de género” como una vivencia interna que no depende del sexo asignado al nacer, de los datos consignados en sus documentos de identidad y de sus características físicas. Por este motivo, muchxs activistas que tomamos parte activa en el proceso legislativo que condujo a la ley de identidad de género, hemos señalado que aunque la ley no tenía por objetivo desmontar el binario, de hecho sí lo hace y enloquece sus categorías. Por supuesto, dado que la porfía vale más que las razones, la misma crítica no ha dejado de surgir.

 

Hace unos años, en una mesa de discusión, un ser de luz -para quien aparentemente el binario no había existido antes de la Ley de Identidad y no existía sino solamente en esa ley- se lamentaba de su suerte: “La ley me obliga a elegir entre dos casilleros”, sostenía. “No, la ley no te obliga a elegir nada -le respondió Mauro Cabral-. Si querés que te reconozcan de otra manera, hacé la prueba.” En lo que a mí respecta, he conocido más personas con ganas de criticar la ley de identidad de género (aun sin haberla leído) que de cambiar sus documentos; así que, hasta ahora, esa posibilidad era una vía inexplorada.   Confirmamos que nuestro marco legislativo no fuerza a las personas a elegir entre dos únicas opciones. ¿Será esta noticia evidencia suficiente para dar por terminada esta discusión?

 

* * *

 

¡Momento! ¿La identidad de género es una experiencia subjetiva? Sí. Y la pregunta inmediata es: “¿Es posible, entonces, suprimir el sexo como categoría jurídica?”. La respuesta es afirmativa. De hecho, mantener esta categoría hoy, con un marco legislativo como el nuestro, es una incoherencia legal.

 

 

 

 


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