Si en 2002 las movilizaciones podían interpelar y poner en suspenso la legitimidad de los partidos, las personas que se manifestaron días atrás en Plaza de Mayo abogaron por el sueño del orden. En este ensayo, la socióloga María Pia López señala que la clase política disputa hacerse cargo del temor ajeno expresado en las calles, y luego interpretado por el aparato mediático, para convencer a quienes no estuvieron allí pero pueden incidir en las encuestas y los cuartos oscuros.



Las movilizaciones callejeras son poderosas. Constituyen escenas, momentos de reconocimiento de la pertenencia común o del acuerdo, una discursividad propia aunque se quiera silenciosa y, a veces muestran tendencias más generales. El acto de presentarse en la calle parece representar a muchos otros que no están allí, pero que en su quietud hogareña se identificarían con los marchantes activos. Por eso las discusiones numéricas: no solo implican a los que están sino que se proyectan, se amplían y se pretenden tendencia electoral. Una pata en la calle y la otra en las encuestas. Y entre uno y otro número el supuesto de que hay correlación pero que ninguna sociología conoce el secreto de esos cálculos: pone al lado de los números provistos por la policía, los que arrojan las encuestas. Dejando sospechar que entre el movilizado y el votante hay una relación. Sartre, por el contrario, veía en uno y otro acto la inversión: si el que se movía como sujeto político en la calle debía tomar una decisión práctica, el votante se limitaba a un acto seriado, previsto por todas las rutinas institucionales. Nuestra hipótesis es inversa: entre calles y cuartos oscuros hay relación. No necesariamente representativa, si no de otro orden. La calle produce fabulosas escenas que un aparato mediático y publicitario puede expandir como argumento para convencer a los que no estuvieron allí ni hubieran estado en el momento anterior. También porque la movilización mueve algo más que cuerpos: agita estrategias para tratarlos, los sitúa, los clasifica, los somete a una interpretación.

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Se podría ver la política argentina de 2002 y 2003 como un conjunto de estrategias para comprender e interpelar a una multitud heterogénea que había mostrado su poder de movilización y presión: desde los raudos motoqueros que pelearon con piedras hasta los ahorristas que reclamaban contra la defraudación de sus activos, pasando por un movimiento de desocupados que no cesaba de desfilar por rutas y ciudades. La crisis tuvo la hondura innegable de poner toda legitimidad en suspenso, los partidos políticos debieron aprender a hablarle, con los balbuceos del caso, a esa multiplicidad. El kirchnerismo se constituyó en esa lidia, como interlocución sagaz de la novedad de ese sujeto social. Constituyó su legitimidad con políticas que a la vez que enunciaban que no podía haber represión de la protesta social ponía nuevas condiciones para la gobernabilidad. Muchas de sus decisiones fueron toleradas por los sectores de poder en el clima del miedo que los agitaba ante el recuerdo inmediato de las movilizaciones callejeras.

 

Durante los años siguientes, las movilizaciones parieron distintas actitudes. Las más recordadas, vuelvo a mencionar. En el 2004 la convocada por Blumberg, a unas semanas de una de las mayores marchas conmemorativas del 24 de marzo. En la que pedía seguridad había unanimidad de almas y una única consigna, en la anterior la sucesión de varios actos y ocupaciones callejeras mostraban las tensiones de nuevo tipo entre las minorías activas: ¿qué hacer cuando desde el Estado se retoman valores y políticas que venían siendo sostenidas de modo autónomo? La movilización securitista fue un desafío a las políticas estatales, mientras éstas buceaban renovadas fuentes de legitimación en la cuestión de los derechos humanos. Los que reclamaban seguridad dijeron que las libertades eran excesivas y que no debía haber derechos para los delincuentes. El gobierno reaccionó ante esa movilización haciendo lugar al reclamo, cambiando leyes penales, reiterando un modo de operar que venía practicando con otras demandas sociales. Sólo que allí la respuesta fue, como la calle pedía, de derecha. En cierto sentido, quiso seducir a la multitud que sostenía pequeñas velas encendidas.

 

No ocurrió así con la siguiente gran movilización que tuvo signo opositor: la que en 2008 se erigió en las rutas del país contra la movilidad de las retenciones agrarias. La reacción del gobierno fue la opuesta a la de 2006: lejos de conceder ante la protesta endureció sus posiciones e intentó ganar la batalla en el Parlamento. También disputó las calles. El kirchnerismo como identidad política singular y como conjunto de militancias nació en esa confrontación. Es decir, en el modo en que dejaba de ser el articulador general, que escuchaba todas las voces, situarse como parte de una batalla. Allí recogió almas y movió voluntades. Frente a una multitud callejera surgió un movimiento político: porque si ya actuaba componiendo fragmentos de otras identidades y tradiciones, restos de los partidos arrasados por el maremoto anterior, en el 2008 le dio a todo una nueva costura y llevó al territorio de la política a muchos que le eran ajenos.

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En los años siguientes hubo cacerolazos y ruidosas caminatas, destinadas más bien a impedir que ese gobierno pudiera afianzar algunas políticas pero fundamentalmente que apostara a una reforma constitucional. La reforma fue impedida y el kirchnerismo gubernamental quedó abocado a la preservación de los resortes institucionales para gestionar hasta el fin del mandato. Se podría decir que acentuó sus tendencias: apostar al desarrollismo económico, ampliar derechos y sostener lógicas soberanas con relación a la deuda. Gestionar, por momentos como si el escenario electoral estuviera cerrado y ni siquiera fuera necesario discutir candidaturas y continuidades. Hasta que llega el año de la elección presidencial y comienza con una movilización nuevamente adversa en las calles. El 18 de febrero, como bien sabemos, convocada por algunos fiscales de oscura trayectoria, una multitud de clase media salió a reclamar justicia, o a gritar contra la impunidad de la cual supone beneficiarios a los funcionarios de gobierno.

 

Se trata de una multitud del miedo y de la ficción. De las pasiones agitadas por un tipo de relato. Y nadie dice aquí que el miedo no sea verdadero: lo es, atraviesa y agarrota el cuerpo, quita el aire, indigna a los sensibles, paraliza o dispara. Está activado por una ficción. La de que hay un gobierno capaz de matar al fiscal que denuncia, montando una escena de falso suicidio, para frenar las declaraciones posteriores del hombre. Que el relato sea fantástico no es óbice para que no sea creído. Se establece sobre la base de napas y napas de narraciones, que van constituyendo una matriz interpretativa que lo vuelve verosímil. Así, si un guionista pudo imaginar una bóveda o el peso del dinero en una valija, para volver creíble la denuncia en un programa de televisión, y tamaños ardides no hicieron revolcar de risa  a los espectadores sino que a muchos convencieron, ¿cómo no iba a funcionar esta máxima ficción, que ponía el crimen en el centro del Estado y a la presidente como agente última del episodio? La multitud, entonces, surgió del miedo a ese poder omnímodo que le habían narrado por todos los medios posibles, con todas las argucias que en ningún taller literario se terminan de aprender, porque requieren más bien la sagacidad en el conocimiento del corazón del público que tienen los estrategas publicitarios o los grandes guionistas de Hollywood. Una breve anécdota: cuando ocurrió el atentado a la Embajada de Israel, yo llegaba a visitar a una tía. Vi la noticia y su interpretación: fueron los árabes. ¿Ya se sabe? No, pero en todas las películas es así. No hacía más que explicitar con ingenuidad un mecanismo conocido: comprendemos el mundo con anteojos que surgen de las narraciones que se maceran en nosotros.

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Esta multitud tiene antecedentes y a la vez es muy nueva. Porque está el linaje histórico –y allí, las fuertes tramas del antiperonismo, desde la Marcha de la constitución y la libertad en 1945 hasta la del Corpus Christi una década después-, esas semejanzas que provienen del orgullo con el que se distancian de lo plebeyo y lo condenan –circuló una explicación: no pisamos el césped, no nos pagaron, no nos trajeron en micro, etc, porque somos gente- y el supuesto de que esa distancia les otorgaría más derechos cívicos que los merecidos por los sectores populares. Está ese linaje, pero a la vez esta multitud surge de un estado de los medios de comunicación, de un tipo de puesta en escena en la que el desmontaje de las diferencias entre realidad y ficción –como supo analizar alguien que la hubiera festejado: Eliseo Verón- ya ha sido plenamente producido y tiene efectos políticos concretos. Y la propia movilización trae sus pedagogías para el resto de los actores políticos.

 

El gobierno, el sospechoso para los movilizados, elige la acentuación de la partición. Como ocurrió ante las disputas con los sectores rurales en el 2008, enfatiza su propia condición de parte y denuncia a los organizadores como partido judicial. Al hacerlo refuerza la identidad propia, mientras le sigue hablando al resto –a los no militantes en cualquiera de las facciones- en la lengua de la gestión. El resto del arco político –con la evidente excepción del frente de izquierda- corre presuroso a festejar el nuevo sujeto callejero y proponerse como su representante electoral. Si el macrismo parece destinado a triunfar en esas lides, no menos ansiosos de representarla están incluso los que tuvieron un origen popular y con tonalidades izquierdistas, como Libres del sur o un tenaz cineasta. Importa, más que señalar una u otra actitud, la disposición a reconocer en una minoría activa la potencia de rediseñar el espacio político, los programas y las tendencias electorales. Así como en el 2003 parecía haber un miedo generalizado de la clase política frente a una calle con fuertes marcas plebeyas y populares; aquí la clase política disputa hacerse cargo del miedo ajeno. Se subordina pero es diferente aquello a lo cual se subordina. Distinta también la potencia democrática de uno u otro momento, las fidelidades que reclaman, y el actor que toma el centro. La multitud de estos días presenta en la calle el sueño del orden. Reclama obediencia o verdadera representación. Coincide con los sectores de poder en que la oposición debe deponer sus disidencias para representarla en su conjunto. Pretende que su unanimidad –el no al kirchnerismo- sea unanimidad de posiciones electorales. No se sabe si lo logrará.


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