Yo no muero, ya no más es la nueva intervención performática de Fernando Rubio. Se estrenó en Buenos Aires en el marco del FIBA y seguirá recorriendo distintos espacios abiertos por el 8M. Todo pasa en de una caja de cristal: actores y actrices en una habitación con paredes transparentes, escenas que abordan la violencia de género puertas adentro, donde lo personal es político.



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En la casita de Fernando Rubio las paredes son transparentes. Las espectadoras y los espectadores podemos ver lo que pasa ahí adentro. En ese recinto hay actores y las actrices que entran y salen. Recrean una sensación opresiva que es parte también de lo que en la familia tipo entendemos como hogar: el espacio es chiquito -a veces asfixiante-, estamos todos juntos, hay una puerta por la que en teoría podemos salir pero salir no es tan fácil.

 

En Yo no muero, ya no más, la caja de cristal pone en escena la hipótesis de que las violencias son culturales y están en todos los ámbitos. Entre esta representación y lo real hay una diferencia clave: lo que sucede en las casas de las personas, en general, no lo vemos.

 

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Por momentos, en la obra de Rubio lo que vemos se hace insoportable: forcejeos y golpes en vivo, un varón persiguiendo y tirando al piso a una mujer en la cajita transparente y diminuta. La escena te toca una fibra en el estómago que ningún saber racional hace vibrar así. La presencia de la actriz Andrea Nussembaum embarazadísima, como una especie de intrusión de lo real en la obra, es como un recuerdo permanente de la vulnerabilidad de los cuerpos: ese ser de carne, de sangre, de piel y de huesos que nos hace al mismo tiempo capaces de sentir y capaces de ser rotas. Vemos que la gente que entra a la caja se golpea, se empuja, se lastima; con cuidado, pero se lastima. Andrea entra, también, a la caja, y la posibilidad remota, sabemos, pero siempre presente de que algo salga mal aprieta otra vez en el estómago.

 

No se trata sólo de lo que vemos, porque la obra maneja dos dimensiones: el adentro de la caja de cristal y el afuera, el de los actores y las actrices que comentan eso que ven, lo narran, se lo preguntan. Un hombre con un arma, una mujer sentada de espaldas, una chica amordazada. No solo vemos lo que siempre suele estar oculto: oímos la narración -con neutralidad al principio y más emoción después-, eso que jamás solemos escuchar contado más que en pasado, cuando ya es tarde.

 

Rubio nos invita a saborear la impotencia: los actores pueden relatarnos lo que pasa, pero no pueden intervenir. Vemos y escuchamos en tiempo presente algo que en el fondo es evitable pero que así, protegido por el blindaje de lo doméstico, de la vida privada, aparece -aunque cada vez menos- como una catástrofe natural frente a la que nada podemos hacer. Rubio podrá subrayarla y llevarla a un paroxismo, pero esa impotencia es parte de nuestra vida cotidiana: solo tenemos permiso para olvidarnos porque, a diferencia de la casita de Rubio, muchas casas todavía están hechas con materiales opacos.   

 

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Esta nueva intervención performática de Fernando Rubio, con producción de la Comedia de Montevideo, se estrenó primero en Uruguay, en el marco del FIDAE 2017 (Festival Internacional de Artes Escénicas de Montevideo). Se acaba de presentar en el Festival Internacional de Buenos Aires (con nuevas fecha para el 2 y 3 de febrero a las 7 pm en el Patio Cubierto del Centro Cultural San Martín). Más allá de su paso por el FIBA (Festival Internacional de Buenos Aires), durante los días cercanos al 8M Rubio llevará esta producción a distintos espacios públicos de CABA, y luego trasladará la intervención a otras ciudades del país.

 

Rubio es director, dramaturgo, artista visual, actor y gestor cultural. Vive un poco en Buenos Aires y otro tanto en Río de Janeiro. Llevó sus obras a festivales de teatro, cine, a museos, galerías y a lugares abiertos, de Hungría a Singapore y de Uruguay a Corea. Sus textos fueron traducidos a nueve lenguas. Todo lo que está a mi lado fue la “obra móvil” que viajó alrededor del mundo y que en Argentina se presentó en el CCK. Su propuesta, transgresora e inolvidable. Consistía en desplegar ocho camas en las que el espectador era invitado a recostarse y una actriz, le narraba un texto, en la intimidad.

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Hace unos días, la diputada mexicana Ana Miriam Ferraiz causó furor en internet al proponer que se aplicara a las mujeres un toque de queda para evitar femicidios. La estrategia implicaría que ellas no salieran de casa después de las diez de la noche. La polémica propuesta toma el guante: es en la calle donde nosotras estamos en peligro. Nos persiguen en la calle, nos violan en la calle, nos matan en la calle. No andes sola por la calle. No andes de noche por la calle. No viajes sola, no camines sola, tarde, por una ciudad desconocida. Quedate en tu casa, con alguien, y con “alguien” queremos decir un hombre que te proteja y te acompañe a tomar el colectivo.

 

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Yo no muero, ya no más toma su reverso: muestra a las mujeres acorraladas por ese varón que las acompañó a tomar el colectivo. El sentido de la performance de Rubio no termina ahí. La interpelación al tema de las violencias y el diálogo entre la escena y lo real -y viceversa- continúa a otro nivel. Satelitando la casita de cristal, el autor deja buzones de cartas para que las espectadoras depositen testimonios propios o ajenos, de violencia de género, de forma anónima.


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