Claude Lévi-Strauss escribió para el diario La Republica una serie de ensayos sobre los grandes debates de su época. En este adelanto de “Todos somos Caníbales”, compilación de Libros del Zorzal, el antropólogo retoma un problema que se plantean historiadores y etnólogos desde hace décadas: si la agricultura no fue una necesidad indispensable para la humanidad, ¿por qué apareció?



Durante muchos años nos hemos preguntado cómo una pequeña agricultura familiar y dispersa, como la que practican los actuales campesinos mayas, habría podido alimentar, en tiempos precolombinos, a los cientos o miles de trabajadores que hubo que reunir en el lugar para construir los gigantescos monumentos de México y América Central. El problema se ha agudizado aún más desde que el desarrollo de las excavaciones arqueológicas nos ha enseñado que los asentamientos mayas no se reducían a residencias reales o a centros religiosos. Eran auténticas ciudades que se extendían sobre varios kilómetros cuadrados y contaban con decenas de miles de habitantes: señores, aristócratas, funcionarios, sirvientes, artesanos, ¿de dónde provenía su subsistencia?

 

Desde hace unos veinte años, la fotografía aérea comienza a aportarnos respuestas. En la región maya y en varias regiones de América del Sur, que se creía que habían sido ocupadas por sociedades muy rústicas, las imágenes tomadas desde aviones revelan los vestigios de sistemas agrícolas de una asombrosa complejidad. Uno de ellos, en Colombia, abarcaba doscientas mil hectáreas de tierras inundables. Entre el comienzo de la era cristiana y el siglo vii, se excavaron allí miles de canales de drenaje, entre los cuales se cultivaba la tierra en taludes elevados por el hombre, de varios cientos de metros de largo, irrigados de manera permanente y preservados de las inundaciones. Esa agricultura intensiva basada en tubérculos, asociada a la pesca en los canales, podía alimentar a más de mil habitantes por kilómetro cuadrado.

 

 En la frontera entre Perú y Bolivia, a orillas del lago Titicaca, recientemente se han descubierto acondicionamientos análogos que se extienden sobre más de ochenta mil hectáreas, los cuales estuvieron en uso desde el primer milenio antes de nuestra era hasta el siglo v. A raíz de la sequía y los largos períodos de helada debidos a la altitud –cerca de cuatro mil metros por encima del nivel del mar–, hoy en día esas tierras sólo se prestan para un tipo de pastura de baja calidad. Los canales de riego paliaban, en parte, esos inconvenientes. Esa agua mantenía una humedad regular, además de almacenar el calor diurno y liberarlo poco a poco durante la noche, elevando dos grados la temperatura ambiente alrededor. Ciertos estudios han probado que esas técnicas agrícolas aún serían eficaces, y se ha logrado persuadir a varias comunidades andinas de que vuelvan a ponerlas en práctica después de unos cuantos siglos de olvido. Como resultado, su nivel de vida mejoró considerablemente. A una escala más modesta, determinadas formas análogas de agricultura intensiva existían y se mantuvieron en Melanesia y Polinesia.

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Semejantes constataciones obligan a cuestionar la distinción tajante que estamos acostumbrados a hacer entre las sociedades llamadas arcaicas y las demás. Sin lugar a duda, las primeras no son realmente “primitivas”: todas las sociedades tienen detrás una historia igual de larga. Pero nos creemos autorizados a llamar así a aquellas que subsistían todavía hasta una época reciente, ya que manifestaban como ideal el hecho de preservarse en el estado en que los dioses las habían creado, con un efectivo demográfico restringido que, por otra parte, sabían mantener, y un nivel de vida inmutable que sus reglas sociales y creencias metafísicas les ayudaban a proteger. Ciertamente, esas sociedades no estaban exentas de cambio, pero nosparece que por lo menos diferían de las nuestras, las cuales se conforman con un perpetuo desequilibrio. Entre nosotros, prevalece la idea de que hay que luchar simplemente para sobrevivir y conquistar cada día nuevas ventajas para no perder aquellas que creíamos haber adquirido; que el tiempo es un bien escaso y que nunca ganamos suficientes horas, etc. ¿Se concluirá que ambos tipos de sociedades son irreductibles? Más allá de que los campesinos y artesanos de los países llamados desarrollados tuvieron hasta no hace mucho una visión del mundo y de ellos mismos no muy distinta de aquella que se atribuye a los pueblos exóticos, la relación entre ambos tipos de sociedades es en realidad más compleja. No sabemos gran cosa acerca del largo período de dos mil o tres mil años al principio del cual aparecieron los homínidos, pero sí estamos mejor informados sobre los últimos cien mil a doscientos mil años. Ahora bien, todo indica que, durante aquel período, las técnicas no evolucionaron de manera regular. La evolución fue discontinua; grandes saltos se alternaron con largos momentos de estancamiento. Hubo revoluciones técnicas, localizadas en el tiempo y en el espacio. Durante cientos de milenios, los ancestros del hombre se limitaron a escoger cantos rodados y a hacerlos maleables y cortantes haciendo saltar esquirlas. Con lo que se ha llamado la “revolución de Levallois”, hace unos doscientos mil años, la técnica se complica. Alrededor de quince operaciones distintas se vuelven necesarias para acondicionar el bloque de sílex de modo tal que, con un martillo de piedra, se puedan obtener esquirlas aptas para la fabricación de herramientas de un tipo determinado y luego retocar esas esquirlas con ayuda de un martillo o punzón de hueso. El guijarrode sílex pasa, pues, del papel de herramienta al de materia prima para confeccionar herramientas. Las industrias “de lasca”, aún más ecónomas en cuanto al uso de la materia, coexistieron con las industrias “de troceado” o bien las reemplazaron. Por último, las propias lascas pasaron al rango de materia prima: rotas en pequeños pedazos, con ellas se formaron engastes de madera o de hueso para hacer taladros, puntas de flecha, sierras, hoces. A eso se denomina “industrias de microlitos”.

 

En Cercano Oriente se conocen sitios que fueron ocupados de manera continua durante decenas de milenios, a lo largo de los cuales las técnicas de la piedra y la forma de las herramientas no variaron. Por el contrario, en tiempos prehistóricos hubo verdaderas explosiones técnicas, tanto de índole cualitativa como cuantitativa.

 

Desde la óptica cualitativa, los adornos más antiguos que se conozcan datan de alrededor del trigésimo quinto milenio. Provienen sobre todo del sudoeste de Francia, pero se fabricaban a partir de materias exóticas, importadas de regiones que podían llegar a distar cientos de kilómetros de allí. Desde la óptica cuantitativa, en diversas regiones del mundo se conocen empresas industriales en el sentido más moderno del término, aunque se remonten a los tiempos prehistóricos, que producían en masa ciertos tipos de objetos o de utensilios para las necesidades del mercado. En el sudoeste de Francia, al pie de los Pirineos, se organizaban ferias intertribales en la época magdaleniense, hace unos quince mil años. Allí se vendían conchas importadas del Atlántico y del Mediterráneo, herramientas talladas en un sílex de procedencia no local, propulsores fabricados en serie –probablemente de acentenares– de los cuales se hallaron varios ejemplares todos de idéntico modelo en sitios ubicados a más de ciento cincuenta kilómetros de distancia.

 

En Spiennes, Bélgica, se extendía en el subsuelo una explotación de sílex sobre unas cincuenta hectáreas, plagada de pozos de mina y galerías cuya profundidad superaba los quince metros. Allí había talleres especializados, unos para esbozar groseramente los picos de minero y las hachas, otros para dar una forma definitiva a esos instrumentos. En Grimes Cave, Inglaterra, cientos de pozos permitieron extraer miles de metros cúbicos de tiza de donde se sacaban los nódulos de sílex. En tiempos protohistóricos, el centro minero e industrial Grand-Pressigny, en el sur del Loria, en Francia, abarcaba más de diez kilómetros. Exportaba hasta Suiza y Bélgica herramientas y armas, particularmente apreciadas porque el color del sílex local se asemejaba al bronce. Así pues, se producían imitaciones de armas de metal hechas de piedra, en una época en que el bronce era un producto costoso reservado a una minoría.

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La escritura, que apareció en el sur de la Mesopotamia hacia el año 3400 antes de nuestra era, durante un milenio sólo sirvió para registrar existencias de mercancías, recaudación de impuestos, contratos de arrendamiento de tierras, listas de ofrendas. Fue recién hacia el 2500 antes de nuestra era que se empezaron a transcribir mitos, acontecimientos históricos o textos que llamaríamos literarios. Todos esos ejemplos demuestran que una mentalidad productivista existió durante diversos períodos de la prehistoria y de la protohistoria y que no pertenece exclusivamente al mundo contemporáneo.

 

Entonces, incluso los pueblos que consideramos arcaicos o atrasados fueron capaces de producir en masa, en campos tan variados como el utillaje de piedra, la cerámica, la agricultura, y de obtener resultados que a veces superan los nuestros. Pero no se trata aquí de una evolución progresiva, orientada siempre hacia el mismo sentido. Con el paso del tiempo, las fases de innovación rápida se sucedieron a otras, escalonadas, y, a veces, ambas también coexisten. No hay uno sino diversos tipos de evoluciones.

 

Para comprender este fenómeno desconcertante, nos podemos inspirar en las reflexiones de ciertos biólogos que recusan las hipótesis según las cuales la evolución de las especies se haría de manera lenta y progresiva, reteniendo de una multiplicidad de pequeñas variaciones sólo aquellas que ofrecen una ventaja selectiva al eliminar a las demás. Algunas especies vegetales o animales pueden permanecer inmutables durante cientos de miles y hasta de millones de años. Las variaciones individuales en el seno de una población no influyen en esa estabilidad: se compensan y finalmente se anulan. Por el contrario, los cambios que interesan a las especies, cuando advienen, son muy rápidos (siguiendo la escala de los tiempos geológicos, se entiende); se producen tal vez cuando algunos individuos se hallan aislados del grueso de su especie en un nuevo medio al cual deben adaptarse. La evolución biológica, como la evolución técnica, se va haciendo por cimbronazos. Los largos períodos de estancamiento se ven puntuados (de ahí el nombre de “puntualismo” que recibe esta teoría) por cortos intervalos durante los cuales intervienen cambios masivos. Y eso no es todo; porque lejos de tener un carácter homogéneo, la evolución se presentabajo aspectos muy diferentes según la perspectiva donde uno se ubique: en el seno de una población se manifiesta a través de variaciones lentas y graduales; en el seno de la especie, a través de transformaciones cuyo valor adaptativo es incierto; a escala de los grupos de especies, bajo la forma de una macroevolución, aun si cada especie considerada por separado no sufre cambio alguno durante períodos prolongados.

 

Hoy en día se admite que el hombre moderno –Homo sapiens sapiens– apareció en Cercano Oriente (probablemente venido de África) hace alrededor de cien mil años. Pero sus primeras expresiones estéticas (adornos, esculturas, piedras y huesos grabados), en el estado actual de nuestros conocimientos, parecen no surgir sino sesenta a setenta mil años después; y surgen todas juntas. Acaso corresponda ver ahí un ejemplo de esta evolución puntual a la que se refieren los biólogos. Lo mismo sucede respecto de la aparición hace quince mil a veinte mil años, en el sudoeste de Europa, de un arte parietal de una deslumbrante perfección, tal como lo ilustran, entre otras, las cuevas de Altamira y de Lascaux.

 

Si fuera legítimo transponer la hipótesis puntualista a las sociedades humanas, entonces se debería admitir que sus relaciones con el medio, tal como reflejan sus capacidades productivas y sus expresiones estéticas, no siempre son del mismo tipo. Habría que renunciar a distribuir las sociedades humanas en una escala única, a clasificarlas como más o menos desarrolladas: estas derivarían más bien de modelos heterogéneos. Ahora bien, exactamente a esa conclusión están conduciendo los debates actuales en torno al origen de la agricultura.

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Durante largos años se creyó que, exceptuando la Revolución Industrial que se inició en el siglo xix, jamás la producción de bienes de consumo aumentó de forma tan veloz y tan masiva que con la invención de la agricultura. Se cree que gracias a la agricultura los grupos humanos pudieron volverse sedentarios y asegurarse un abastecimiento regular conservando las semillas. La población aumentó y, al disponer de un excedente, las sociedades pudieron permitirse el lujo de mantener a individuos y clases: jefes, nobles, sacerdotes, artesanos, que no participan en la producción alimentaria y cumplen con funciones especializadas. En el lapso de cuatro o cinco milenios, el impulso dado por la agricultura y mantenido por ella habría conducido a los hombres de un modo de vida precario, constantemente amenazado por la hambruna, a una existencia estable, primero en comunidades aldeanas, luego en ciudades Estado y por último en imperios.

 

Tales eran los enfoques prevalentes hasta una época reciente. Hoy en día, esta reconstrucción simple y grandiosa de la historia humana es atacada con firmeza. Ciertas investigaciones detalladas sobre los pueblos sin agricultura, que estudian el tiempo de trabajo, las cantidades producidas, el valor dietético de los alimentos, demuestran que la mayoría de ellos lleva una vida confortable. Medios geográficos que creemos desfavorecidos, por ignorancia de los recursos naturales, encierran para quienes los pueblan una profusión de especies vegetales muy adecuadas para la alimentación. Los indios de las regiones desérticas de California donde, en la actualidad, una pequeña población blanca subsiste con dificultad, conocían y consumían varias docenas de plantas silvestres de ungran valor nutritivo. En Sudáfrica, incluso durante los años de grandes sequías, se ha observado que millones de nueces de tipo ricinodendron, de las cuales los bushmen extraen una parte de su alimentación, se pudrían en el suelo porque una vez que las necesidades nutricionales estaban satisfechas nadie se tomaba el trabajo de recogerlas.

 

Se ha calculado que, entre los pueblos que vivían principalmente de la caza y la recolección de productos silvestres, un hombre cubría las necesidades de cuatro o cinco personas, o sea, una productividad superior a la de numerosos campesinos europeos en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Eso es tanto más cierto cuanto que el tiempo dedicado a la búsqueda alimentaria no excede en promedio las dos o tres horas por día, para una producción alimentaria que supera las dos mil calorías por persona (promedio que incluye a niños y ancianos) y está muy bien equilibrada. Una tribu indígena de la selva amazónica consume a diario más del doble de las proteínas y calorías requeridas por las normas internacionales, ¡y seis veces más vitamina C! Si a eso añadimos el tiempo dedicado a la cocina y a la confección de los objetos de uso, concluimos, en relación con varias poblaciones de América, África y Australia, en un tiempo de trabajo que no excede las cuatro horas diarias. En realidad, cada adulto activo trabaja durante seis horas, pero tan sólo dos días y medio por semana, y ocupa el resto del tiempo en la actividad social y religiosa, el descanso y el ocio.

 

Nada obliga a pensar que esas condiciones de existencia brinden una imagen de aquellas que conociera toda la humanidad en vísperas de los tiempos neolí- ticos. Dejando de lado a los australianos y a algunosotros, la mayor parte de los cazadores-recolectores observados por los etnólogos contemporáneos quizá sean el producto de una evolución regresiva. Tampoco estaban al amparo de períodos difíciles. Ciertamente, sabían mantener su producción en equilibrio con el medio natural, gracias a las reglas de matrimonio y a diversas otras prohibiciones que limitaban la densidad demográfica a aproximadamente una persona cada dos kilómetros cuadrados. De ahí no se deduce que todos los individuos sacaran igual provecho.

 

Sea como fuera, esas condiciones de vida explican, por lo menos en parte, que esos pueblos no tuvieran ni la necesidad ni las ganas de cultivar la tierra y criar ganado, por más que conocieran determinadas técnicas preagrícolas a la perfección.

 

Los pueblos sin agricultura saben quemar campos de plantas silvestres al final de la temporada, para asegurarse una mejor cosecha el año siguiente. Acondicionan cerca de sus viviendas jardines de alimentos predilectos con especímenes trasplantados. Crean para esas especies hábitats originales, tal como una pila de basura, senderos, cenizas Muchas plantas que serán cultivadas más adelante son afines a esos suelos transformados y adquieren allí rasgos morfológicos deseables: gigantismo, desarrollo de las partes comestibles, maduración precoz. Esos pueblos propagan también de manera voluntaria las plantas alimentarias, dejando caer al suelo una parte de su cosecha. Conocen las plantas, saben ayudarlas a sobrevivir.

 

No obstante, los aborígenes australianos, que vivían sin agricultura, eran, si se me permite, cultivadores metafóricos: celebraban ritos complicados para proteger a las plantas silvestres, alentarlas a crecer ya multiplicarse, alejar los parásitos y las calamidades atmosféricas. Acaso haya que ver en un mito del cual se conocen numerosos ejemplos en todo el mundo una primera imagen de la domesticación de los animales, metafórica ella también. Ese mito tiene como héroe a un personaje dotado de poderes sobrenaturales, que apresa los animales salvajes en un corral o en una cueva, y sólo los deja salir uno por uno para abastecer a los suyos, o incluso los retiene a todos para provocar una hambruna. Hace quince o veinte mil años, los cazadores magdalenienses quizá hacían una cría simbólica cuando agrupaban figuraciones de animales muy diversos en el restringido espacio de esas cavernas cuyas paredes decoraban.

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En definitiva, todas las disposiciones mentales y la mayoría de las técnicas que suponen la agricultura y la domesticación de los animales estaban presentes en estado germinal antes de aparecer. No se puede ver en ellas el resultado de descubrimientos repentinos. Si los cazadores-recolectores no cultivan la tierra, cuando en realidad son perfectamente capaces de hacerlo, es porque con o sin razón creen que viven mejor de otro modo. Es más, en la mayoría de los casos, conocen el tipo de vida agrícola que practican las poblaciones aledañas. Pero se niegan a imitarlas porque, según ellos, cultivar la tierra exige demasiado trabajo y deja muy poco tiempo de ocio. Y ese es un hecho que las investigaciones de campo han confirmado profusamente: aunque se lo practique de forma rudimentaria, el trabajo de la tierra es más largo y más penoso que la caza y la recolección, y no por ello rinde más.

 

De ahí el problema que se plantean los historiadores y los etnólogos: si la agricultura no fuera ni necesaria ni deseable, ¿por qué apareció? El tema se discute con pasión desde hace unos treinta años, y parece que allí donde otrora se veían consecuencias de la revolución agrícola, ahora se ven más bien causas, a saber: la presión demográfica, la sedentarización, la diversificación de la estructura social.

 

Hubo pueblos sedentarios que no conocían la agricultura. Los ejemplos más famosos fueron, en el este de Japón, los pescadores de la época Jômon, varios milenios antes de nuestra era; y hasta principios del siglo xix, en Canadá, los indios de la costa del Pacífico, que también vivían de la pesca, habitaban grandes aldeas y tenían una organización social complicada. Asimismo, pareciera que en algunos lugares de Cercano Oriente la vida en las aldeas permanentes precedió las economías agrícolas.

 

Una seductora teoría explica el origen de la agricultura por medio de los esfuerzos que habrían tenido que llevar a cabo pequeños grupos de personas, desplazadas a un hábitat diferente del propio, para mantener en ese lugar, a pesar de las condiciones desfavorables, las técnicas preagrícolas que ya practicaban. De este modo, encontraríamos, en el orden de la cultura, las condiciones postuladas por los biólogos puntualistas a los que me he referido, para explicar la aparición de nuevas especies naturales. También se ha señalado que, en sus comienzos y durante mucho tiempo, la agricultura parece haberse limitado a producciones accesorias, destinadas a colmar ciertas lagunas estacionales de la caza y la recolección.

 

Pero considerando las cosas desde un ángulo más general, hay consenso en reconocer que ni la agricultura ni la domesticación de animales tuvieron comocausa la satisfacción de necesidades puramente económicas. Los animales domésticos fueron un lujo, un signo de riqueza, un símbolo de prestigio –lo cual aún se observa en India y en África–, mucho antes de que se viera en ellos una fuente de nutrición o de materia prima. En Cercano Oriente, la domesticación de la oveja se remonta a alrededor de once mil años; recién cinco mil años después se hace uso de la lana. En América y en el sudeste asiático las primeras plantas cultivadas lo fueron menos por su valor alimentario que porque eran productos de lujo: condimentos, plantas manufactureras, especies raras de las que se localizaban especímenes aislados que había que proteger. Es lo que sucedió con el pimiento y el sisal en México; el algodón y la calabaza en América del Sur; el girasol, el Chenopodiumalbum y el saúco acuático en el este de América del Norte; el betel y la nuez de areca en Tailandia. Los hombres se propusieron incrementar la cantidad de plantas raras, en lugar de propagar las plantas alimentarias, suficientemente abundantes en estado silvestre como para satisfacer sus necesidades.

 

Las tribus indígenas de California comerciaban entre ellas, no para obtener productos de consumo corriente, sino artículos de lujo: minerales, obsidiana, plumas, rodajas de conchas marinas, etc. Por lo demás, es notable que los descubrimientos técnicos que se hallan en el origen de las grandes artes de la civilización, como la cerámica o la metalúrgica, no sirvieran al principio más que para fabricar ornamentos y adornos. La combinación química más antigua de tipo industrial realizada por el hombre fue tal vez la del fosfato tetracálcico, hecha en varias etapas, pero no con fines económicos. Se ladebemos a los pintores magdalenienses, quienes hace unos diecisiete mil años buscaron obtener un pigmento de un matiz particular. Estaban movidos por preocupaciones estéticas.

 

No tratemos de reducir todos los tipos de desarrollo social a un modelo único, y reconozcamos que las sociedades humanas han concebido de distintas formas su actividad productiva. Los pueblos que viven principalmente de recoger productos silvestres, los cazadores-recolectores, los agricultores, no ilustran las etapas de una evolución que podría imponerse a todos. Desde varios puntos de vista, la agricultura constituyó un progreso; produce más alimentos en un espacio y en un tiempo dados, permite un crecimiento más rápido de la población, una ocupación más densa del suelo, agrupamientos sociales más extensos. Pero, vista desde otras perspectivas, la agricultura ha representado una regresión. Ha degradado el régimen alimentario, ahora limitado a algunos productos ricos en calorías pero pobres en principios nutritivos: de unas mil plantas conocidas por ser o por haber sido recursos alimentarios, la agricultura apenas ha retenido unas veinte. Y eso no es todo; ya que al restringir la gama de su producción, la agricultura se exponía al riesgo de convertir una mala cosecha en un desastre. Asimismo, exige mayor labranza, e incluso podría ser, junto con la domesticación, la responsable de la propagación de enfermedades infecciosas, como sugiere la coincidencia, en África, tanto en el tiempo como en el espacio, de la difusión de la agricultura y de una forma de anemia, la drepanocitosis, cuyo gen, si es heredado de un solo progenitor, ofrece unaprotección contra la malaria, la cual ha progresado al ritmo de los desbroces de terrenos.

 

Semejantes fenómenos no pertenecen al pasado. La Segunda Guerra Mundial incitó a la Argentina a ampliar el cultivo del maíz para exportar a Europa. A raíz de eso, proliferaron las ratas de campo, vectores de un virus de fiebre hemorrágica, así como los casos de enfermedad. Por estos días otros virus favorecidos por las operaciones agrícolas están actuando en Bolivia, Brasil, China, Japón. Porque los vectores de las enfermedades infecciosas prosperan en nichos ecológicos creados por el hombre, tales como las parvas de basura, los desbroces de terrenos, las aguas estancadas, etc.

 

Para nuestras grandes sociedades modernas, prescindir de la agricultura sería un lujo que ya no pueden permitirse: tienen decenas o cientos de millones de bocas que alimentar. Si nuestros ancestros hubieran prescindido de ella cuando todavía podían, la evolución de la humanidad hubiera sido diferente. Comparado con nuestro efectivo demográfico, el de los cazadores-recolectores aparece como irrisorio. ¿Se puede afirmar, empero, que el fantástico incremento de la población a lo largo y a lo ancho de la Tierra ha representado un progreso? Las diversas formas que ha cobrado la actividad productiva con el correr de los milenios constituyen distintas opciones entre otras posibles. Cada una de ellas ofrece ventajas de las cuales cabe pagar el precio, consintiendo en sufrir sus daños.


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