Ariel Holan llegó al fútbol como un outsider: un entrenador de hockey amante de lo tech. El star system enseguida lo etiquetó: vendehumo. Ganó una copa e hizo lo inesperado: dijo que abandonaba todo por la barra, no quería vivir amenazado y con custodia. ¿Un Quijote? Pero en 72 horas cambió de opinión. ¿Finalmente un vendehumo? ¿Por qué le exigimos a Holan más que a los demás?, se pregunta Alejandro Wall. En la decisión final del DT, la gran triunfadora de todo es la omertá del fútbol: el código de silencio que sostiene el siga siga.



La hija de Ariel Holan espera todos los días que la pasen a buscar dos policías por su casa para llevar a su hijo de dos años al jardín. Los dos van custodiados. Un agente se queda en la escuela hasta el final de la jornada. El otro acompaña a la madre para más tarde volver con ella a buscar al niño. La rutina se repite desde que hace dos meses, Pablo “Bebote” Alvarez, un capo de la barra de Independiente, le avisó a Holan que sólo viviría tranquilo si le pagaba una cuota de dinero. Fue en una autopista. Tres autos y una moto se cruzaron frente al coche de Holan, que viajaba con su colaborador, Javier Telechea. Bebote se subió al asiento del acompañante. Mandó a Telechea al asiento de atrás. Holan manejó durante quince minutos mientras escuchaba el reclamo de Bebote: si no le pagaba cincuenta mil dólares lo esperaba un ajuste de cuentas en Paraguay, donde tenía que jugar el equipo en unos días. Holan primero le negó la plata y después hizo la denuncia. Bebote está preso por amenazas y privación ilegítima de la liberad. Holan tiene custodia. La mujer con la que se acaba de casar tiene custodia. Su otra hija también tiene custodia. Si no fuera porque resulta público que Holan es un entrenador de fútbol, el movimiento policial nos haría pensar que estamos ante un arrepentido del narcotráfico, un informante de la industria del tabaco.

 

Una semana después de haber ganado la Copa Sudamericana contra el Flamengo, en el Maracaná, con un equipo que devolvió a Independiente a una infancia que parecía perdida, Holan anunció que no seguiría en el club. Una ola de pesadumbre envolvió a los hinchas. “Por primera vez en mi vida –escribió el técnico-, la integridad física de mi familia, de alguno de mis colaboradores y la mía propia estuvo en grave riesgo. Una situación que no estoy dispuesto ni a tolerar, ni a convivir y creo que ningún trabajador del club debería aceptar. La esencia del deporte es la pasión con respeto y no para usarlo como pantalla para delinquir”. Holan se iba por las amenazas de barra.

 

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Como las historias nunca tienen una sola versión, la que se contó sobre esa decisión de Holan de Independiente tampoco. Hay un trasfondo en el episodio que incluyó a dueños de grandes parcelas del fútbol: los representantes de futbolistas, Christian Bragarnik y Fernando Hidalgo. También al preparador físico, Alejandro Kohan, un hombre que trabajó con Holan durante veintisiete años. De una pequeña escena posterior a la victoria en el Maracaná por la Copa Sudamericana se puede obtener el ID de un conflicto. Kohan es entrevistado por Fox Sports y aprovecha el instante televisivo para agradecerle a Bragarnik. Holan tenía como agente a Bragarnik hasta que llegó a Independiente, donde pasó a asesorarse con Hidalgo. Kohan se quedó en la casa natal. Una grieta empezó a abrirse entre ambos. Kohan veía deslealtad en su amigo. “Siempre voy a estar agradecido a Bragarnik, nos abrió las puertas del fútbol profesional tanto a Ariel como a mí”, le dijo Kohan al regresado Fernando Niembro el mismo día de la renuncia de Holan. Ya no se hablaban.

 

Había algo más, un asunto económico, acaso sin precedentes en la distribución de la riqueza del fútbol argentino: entrenador y preparador físico cobraban un contrato fifty-fifty. Holan, empujado también por su nueva enemistad, quería una acuerdo diferenciado.

 

Hay más hilos que deja ver esa batalla. La complicidad que había construido Kohan con los jugadores, algo de lo que Holan nunca gozó durante el año que habitó en la Avellaneda roja, y el próximo mercado de pases, en el que Holan ya sentía el crepitar de las brasas prendidas por su viejo representante. El fútbol son noventa minutos y una rosca sin tiempos. Todos la juegan. Holan también, como se escuchó en el audio de WhatsApp que le mandó –y se filtró- hace un año a Guillermo Marconi, secretario general de uno de los sindicatos de árbitros además de hincha de Independiente. En ese audio de ¡4 minutos 45 segundos! Holan expone un breve plan para sacar adelante a Independiente, cuenta sus años de socio del club, rasca la cascarita de los técnicos anteriores y le agradece a Marconi que pueda ser un puente con Hugo Moyano. Así llegó a Independiente.

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Aterrizó en el primer entrenamiento con drones, ipads, laptos, gps, filmadoras, un router, un software especial y un cuerpo técnico de veinte personas: ayudantes tácticos, ayudante de campo, preparadores físicos, entrenador de arqueros, encargados de monitoreo y gps, analistas de video, coordinador de utilería, kinesiólogo, masajista, médico y jefe de prensa. Ese amor tech lo arrastra desde que era entrenador de hockey. Un día vendió el auto para comprarse una Mac y hacer correr el software que un amigo había creado para trabajar con sus equipos. La tecnología fueron las migas de pan que lo llevaron en su transición del hockey al fútbol, cuando fue colaborador de Jorge Burruchaga y Matías Almeyda. Con los dos terminó peleado. Hasta que se convirtió en un trabajador autónomo, en Defensa y Justicia, su primera experiencia como entrenador de fútbol profesional.

 

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Esto no es un perfil psicológico de Holan. Tampoco su biografía. Tres días después de haber presentado su renuncia indeclinable al cargo de DT de Independiente por Twitter, considerando innegociable la situación que atravesaba su familia y él mismo, Holan apareció otra vez en las redes sociales fotografiado junto a Hugo y Pablo Moyano, presidente y vicepresidente de Independiente, y a Héctor Maldonado, secretario del club, mientras posaba firmando su contrato por otro año. La otra parte que se contó, por fuera de las fuentes oficiales, fue que Holan se había deshecho de Kohan, el preparador físico.

 

Una de las reacciones de los hinchas de Independiente al tuit que Holan envió como su despedida podría resumirse así: “Gracias, pero no te perdono que te vayas en este momento”. Otros le lanzaron una de las palabras que es trending topic en las tribunas: “Mercenario”. Se trató de una minoría, sobre todo refugiada en redes sociales, lo que convierte a esa minoría en una minoría intensa. Hubo muchos agradecimientos incondicionales, algunas lágrimas virtuales y se pudieron leer otras reflexiones. Holan no sólo diseñó un equipo campeón, sino que llevó a que ese recorrido fuera un placer para sus hinchas, y también para otros que no lo son. “Más allá de las versiones sobre su salida, lo dramático del fin de la era Holan en Independiente es el riesgo de retroceder en el proyecto de reconstrucción de nuestra identidad”, tuiteó el periodista Fernando Soriano, autor del libro Será siempre Independiente, junto a José Bellas. “Hay algunos que le dicen vende humo a un tipo que agarró a un plantel hecho bolsa y nos sacó campeones contra el Flamengo en el Maracaná. Con el Zurdo López hicimos algo parecido. Prefiero agradecerle, pedir que la barra nunca más y mirar al futuro con dignidad”, escribió en su cuenta de Twitter el escritor Luciano Olivera, autor de Aspirinas y Caramelos. Con ingenio, otro periodista, Diego Mancusi, teatralizó así la reacción de algunos hinchas:

“- Holan vendehumo, no te vas por la barra, te vas por guita.

- ¿Cómo sabés eso vos?

- Y, es re evidente, pfff.

Realidad: lo leyeron en un tuit random por ahí y eligieron creer y sostener eso”.

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La figura del vendehumo viene de lejos pero el fútbol se la apropió. El periodista Lucas Parera contó meses atrás en el diario La Nación que en el Derecho Romano el venditio fumi era aquel de las promesas falsas, por las cuales obtenía favores de funcionarios públicos. El diccionario de la Real Academia Española define “vendehúmos” como la “persona que ostenta o simula valimiento o privanza con un poderoso para vender su favor a los pretendientes”.

 

 

El fútbol argentino le dio una nueva vida al término y aunque lo personificó en Ricardo Caruso Lombardi también lo usó para quienes muestran un valor distinto al resto: Holan es un vendehumo con sus drones y también es un vende humo cuando dice que se va por la barra. En Independiente, incluso, Holan completaría una trilogía roja inaugurada por Antonio Mohamed y continuada por Javier Cantero. Mohamed también fue campeón de la Copa Sudamericana con Independiente, en 2010. Menos de un año después, dijo que se iba porque lo echaba la barra, que después de una derrota con Boca le tocó la marcha fúnebre en la puerta del vestuario. Hubo otros factores acaso más decisivos para su salida, pero la barra estuvo ahí. Mohamed, para muchos hinchas, también fue un vende humo. Fue tanto el hartazgo hacia dentro del club que a un sector de la tribuna se le dio por darle la espalda durante un partido. Parecía que algo se gestaba desde abajo hacia arriba porque lo que siguió fue la victoria de Cantero en las elecciones. Ahí llegó el segundo capítulo. Cantero y su pelea con los barras, su mano a mano con Bebote. El final de esa experiencia resulta más o menos conocido: Independiente se fue al descenso, la comisión directiva se partió, hubo sillazos en una asamblea y Cantero tuvo que irse antes de que el equipo ascendiera, al año siguiente. Buena parte de los hinchas, también muchos que lo habían votado, terminaron repudiándolo. Cantero, por supuesto, tuvo mucha responsabilidad en el desenlace, causado también por errores propios y no forzados. A los tres, Mohamed, Cantero y Holan, con distintas dosificaciones, se les inoculó el venditio fumi. Vendieron humo en su pelea con la barra. No son héroes, no son quijotes, no son ejemplos de nada. Son todos iguales. Que todos sean iguales genera alivio. Pero lo que quedó, en cada caso, es la sensación impotente de que con la barra no se puede. Que hay reglas que son así y el que no las cumple se tiene que ir. La lectura que alivia –otra lectura- es que esas reglas la cumplen todos, sólo que algunos hacen como que no. Son los vende humo.

 

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Discutí mucho por estas horas con amigos hinchas de Racing y de los otros acerca de la renuncia de Holan. Como existían otros motivos de los que el entrenador contaba, me decían básicamente que Holan era un mentiroso. Un vendehumo al que una parte del periodismo le había comprado el producto. Yo era esa parte. Entendía que, más allá de que efectivamente existían otros asuntos, tal como también me lo habían contado fuentes del club, había que creerle a Holan. Estaba lo irrefutable: que vivía con custodia. Y estaba lo otro irrefutable: lo había dejado en una carta, hablaba de su familia, de lo innegociable, de convicciones. Cuando el destino parecía otro, empecé a escribir esta nota y escribí esto: “Esas guerritas con representantes, intereses y discusiones contractuales –incluso la chance de que Holan termine en algún equipo del exterior o tome una selección- actúan como tranquilizante para ese país a escala que es el fútbol. Si Holan no se va por las amenazas de la barra, si Holan oculta otras miserias, nos quita también algo de nuestra responsabilidad”. Apenas se supo que continuaría recibí el mensaje de WhatsApp de un amigo: “¿Viste lo de Holan? Un chanta”.

 

Queremos creer. Algunos queremos creer. Y no porque no nos ajustemos a la realidad, a los hechos, a lo que pudo haber pasado con Holan. Pero a la maquinaria del fútbol le silenciaron las notificaciones y cuando algo suena nos tiramos de cabeza ahí, a lo que pueda romper con la hegemonía de la boca cerrada. Hace poco un entrenador me confesó que le empezaba a molestar bastante que hablaran de él casi como un excéntrico, como el que cita algún autor lejano al fútbol, una película, que incluso lo confundieran con un sociólogo. “Evitan hablar de mis equipos, jueguen bien o mal, pero soy eso, un técnico y nada más”, me dijo. La queja era hacia los periodistas. Intenté una explicación que no sonara corporativa: que si lo buscaban para eso era porque todo el tiempo tratamos de encontrar al que nos pueda sacar del pantano de las obviedades. Pueden decir que para qué queremos eso, si lo que importa es el juego, lo que se ve en la cancha, el ganar, el perder. Pero otra dimensión habita el fútbol. Llámenle dimensión moral, aunque podría ser también una dimensión ideológica, desde donde se pueda romper con el sentido común impuesto, viralizar una idea, mostrar otro camino. También una ética.

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A su buen equipo, Holan lo conjugó con una denuncia contra la barra brava, una actitud contracultural para el fútbol argentino. Cuando ya era campeón de la Copa Sudamericana, metía un upgrade: anunciaba que ya no podía seguir en un trabajo que le implicaba vivir bajo custodia y casi que hasta hacía un llamado a que otros trabajadores no permitieran una situación similar. Podíamos relativizar todo lo otro porque lo central estaba ahí, en el apriete, en la denuncia judicial, en el patrullero que pasaba a buscar a Holan todas las mañanas para llevarlo a las prácticas de Independiente. No es que Holan fuera un héroe. No es que fuera un ejemplo de nada. Holan era –es- una víctima del sistema barra que había dado el paso hacia la denuncia. ¿Había que exigirle más pruebas a la víctima? ¿Había que señalarle la pollerita corta? ¿O por ahí había que entender que dentro de todas las variables de su despedida fallida una de ellas era muy grave y había que atenderla?

 

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La atendimos. ¿Nos comimos la curva y los mensajitos de “ahí tenés, gil”? Puede ser. Pero la causa por privación ilegítima de la libertad, extorsión y amenazas sigue ahí. ¿Qué hacemos con eso? Porque una cosa es lo que haga Holan y otra cosa lo que haga el fútbol. Festejado por los hinchas de Independiente porque, en definitiva, todo lo que querían era que no se fuera y no se fue, Holan quedó rengo para el resto. Aunque le haya agradecido en otro tuit a Moyano y a Cristian Ritondo, ministro de Seguridad bonaerense y ex vocal de Independiente, por haber asegurado la tranquilidad de su familia, aunque haya retuiteado a Juan Manuel Lugones, titular de la Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte, que lo felicitaba por la decisión, nadie podría decir que la situación de Holan cambió en tres días, en una reunión exprés después de su casamiento, en algún mensaje de WhatsApp. Holan y su familia ya tenían custodia. Bebote ya estaba preso. Noray Nakis, el dirigente que hacía negocios con Bebote, también ya estaba preso. Otros barras ya estaban presos. Si eso no alcanzaba, ¿qué más podía ofrecer el Estado para su garantizar su seguridad? ¿Cómo convirtió Holan lo innegociable en algo reparable en 72 horas?

 

Crucificamos o perdonamos según cómo nos caiga el sujeto en cuestión. Opinamos según la cercanía. Retuiteamos por afecto. Esas cosas. Se volvió a decir esto ahora que agarraron a Jorge Sampaoli peleándose con un agente de tránsito después del casamiento de su hija, diciéndole eso de que gana cien pesos por mes, gil. La frase –el desprecio por lo que gana el otro- entra en el género de lo repudiable. Más allá de la frase, de que fue filmado a escondidas en un contexto que, además, desconocemos, el a favor y en contra se medía según las simpatías por el técnico. Con Holan y su contradicción pasó lo mismo. Caruso Lombardi, por ejemplo, hubiera sido un payaso, un ridículo. El éxito también te salva del cadalso.

 

Quizá buscamos héroes sin capa donde no los hay. O donde no debería haberlos. El ida y vuelta de Holan opera de manera diversas. Alivia al medio, al que le permite la igualación. Vos no sos mejor que nadie, Holan. Los que le creyeron son unos pobres inocentes, unos ingenuos que se comieron el verso. Son todos lo mismo. Y a la vez, lo humaniza como las lágrimas después de algún triunfo épico. Es cierto: Holan posiblemente sea uno más. Un técnico terrenal al que los hinchas de Independiente aman. Un técnico. ¿Hay que pedirle más? En su decisión final la gran triunfadora de todo es la omertá del fútbol: el código de silencio que sostiene el siga siga.


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