Entre la indiferencia y el calor de los conflictos sociales: así es recibido el Papa Francisco en su actual visita a Chile y Perú. Pablo Semán analiza por qué sus viejos amigos son sus nuevos enemigos, y sus antiguos censores, sus fans. La desacralización del catolicismo y una institución que acepta que es hora de afrontar sus propios escándalos y bajar el copete como forma de reparación histórica.



En la ola de opiniones que se intensificó con motivo de la visita papal a Chile y Perú se exhibe segura y altisonante una subjetividad anti Francisco que hace unos años hubiese sido inesperada por su intensidad y su amalgama. Anclada en viejas posiciones liberales, en nuevos deseos de autonomía, también toman fuerzas de la dinámica de odio de clases que alimenta nuestra coyuntura política y habla, por default, de los destinos reales de la supuesta centralidad del catolicismo en la vida social. Pero habrá que ver, además, que la puesta en cuestión de la legitimidad de las acciones de Francisco, lejos de ser algo relativo a la idiosincrasia de los argentinos y a “la grieta” tiene un contexto social e internacional que hace de ella una muestra más que una excepción.

 

La llegada de Francisco al papado conmovió tanto al oficialismo como a la oposición de Argentina de un 2013 ya lejano: la hostilidad que por diversos asuntos, entre ellos el matrimonio igualitario, había mantenido Bergoglio con el kirchnerismo hizo suponer a los entonces oficialistas que sus infortunios y enemistades se multiplicaban ad infinitum y que Bergoglio Papa venía a ser la gota que desbordaba el mar de los cuestionamientos que crecían desde 2007 y sólo se habían interrumpido por la muerte de Néstor Kirchner. Los opositores de aquel entonces imaginaron que el Papa sería el ariete de un gran salto electoral o un poderoso argumento político para movilizar una oposición que en ese momento parecía no tener más salida que alentar el caos: de una manera o de otra la cruz vendría a darle un habitante digno al sillón de Rivadavia. Para los “republicanos” la republica llegaría, en parte, a sotanazos. Para Macri jefe de Gobierno de la CABA, para la presidenta Cristina Fernández y para muchos actores relevantes de la política, el catolicismo y las que se esperaba que fuesen sus modulaciones dominantes por el hecho de que Bergoglio se transformaba en Papa parecían ser cruciales para la vida de la democracia en curso.

 

No ocurrió nada de lo que se esperaba. Ni Bergoglio actuó como se esperaba, ni sus comportamientos fueron tan determinantes para la política argentina como se esperaba.

 

Un Papa a contrapié de los diagnósticos

 

Desde el inicio del papado, los “gestos de Francisco” se ofrecieron a lecturas que, en gran medida, invertían los diagnósticos iniciales: distancias y rencores retrospectivos con Macri, cuidados y comprensión con Cristina Fernández de Kirchner conmovieron una estructura de expectativas que no sólo era la de los políticos. Los formadores de opinión e incluso parte de las audiencias políticas se vieron tan sorprendidas cómo transformadas y llegamos a un punto en que pocos años después de iniciado el papado de Francisco buena parte de la izquierda, incluso la de raíz laicista, apuesta al líder mundial del catolicismo como parte de la reacción social contra el neoliberalismo, mientras que la derecha, históricamente ligada al catolicismo y devota de la autoridad papal, se ha vuelto, asombrosamente antipapista.

 

Entre las filas de quienes desde diversos ámbitos apoyan al actual gobierno argentino surgió poco a poco una conciencia que adquirió diversas formas de oposición contra el camino elegido por el Papa, contra el Papa y muchas veces contra diversos aspectos del catolicismo. Veamos algunos de los jalones en que se expresa privilegiadamente esa conciencia diversa en raíces y motivaciones.

 

Para intelectuales y audiencias vinculadas a Cambiemos, desde los filamentos liberales del progresismo que no sólo no se volcaron al kirchnerismo sino que recompusieron su fórmula, Francisco es un adversario fácil: sólo se trata de re-editar algunos viejos anatemas anti-católicos. En La Nación, por ejemplo, se le da visibilidad y valor a las posiciones de un laicismo tan rancio como el catolicismo ultramontano. La figura casi arquetípica de Sebreli es invocada por Jorge Fernández Díaz para subrayar el carácter conservador de Bergoglio y el problema que supone la “opción por los pobres” en tanto supuesta celebración de la miseria. Hay que reconocer que en este punto Sebreli “innova”: sus observaciones pretendidamente originales tienen al menos 20 años de existencia entre los testigos académicos del mundo religioso. En todo caso, debe señalarse que en esta inflexión el antipapismo emergente se ungüenta con la pátina del progreso y el combate a la pobreza.

 

De esa misma vertiente que podemos definir como vinculada a las clases medias surgen, modernizadas, con otra capacidad de interpelación, expresiones que intentan explorar y capitalizar desde un ángulo liberal el desafío a banderas caras al catolicismo. En este rubro puede computarse, por ejemplo, el recordado desafío de Jaime Durán Barba al Papa pocos días antes de la elección presidencial y coqueteando con la idea de que Macri podría aprobar la despenalización del aborto despreciando explícitamente la influencia electoral del catolicismo y de una eventual queja papal. Desde ese mismo ángulo se ataca al Papa reivindicando un espíritu transgresor: el filósofo Alejandro Rozitchner, uno de los asesores del presidente, criticó al Papa por su selectividad para plantear sus preocupaciones por el desempleo en la Argentina y se expresó con una ironía respecto de su papel histórico y político. Su afirmación de que Francisco “es demasiado católico para mi gusto” presupone otra: que la política de Cambiemos se despliega por fuera de las pretensiones normativas que sostiene el catolicismo a las que considera, no sin alguna razón, desprovistas de gravitación histórica. Y esto no sólo vale para aquellas normas que discutiría alguien que, como Rozitchner dice de sí mismo, proviene “del rock” y discutiría entonces la normatividad sexual, la falta de pluralismo, sino también para los aspectos económicos y sociales para los cuales el catolicismo sería un lastre.

 

Pope Francis meets President Mauricio Macri

 

Durante este período también apareció la frustración de algunos de los dirigentes de Cambiemos que se jactaban otrora de sus buenas relaciones con Bergoglio. Así luego de la foto que subsiguió a la breve reunión que tuvieron Macri y Bergoglio en 2016, Gabriela Michetti manifestó públicamente su amargura: “Me dolió no ver al Papa con una sonrisa”. Su revelación da el tono y la arquitectura del sentimiento complejo que tuvieron varios miembros del gobierno y al que tuvieron que sobreponerse. Para la vicepresidenta los hechos de esa visita generaron “una sensación interna muy difícil de explicar porque realmente [el Papa] es una persona que yo respeto, que fue muy trascendente en mi formación tanto religiosa y política como intelectual”.

 

Pero luego, de una forma menos defensiva apareció y se popularizó el señalamiento de parcialidad que intenta erosionar el aura universalista del Papa: en el medio de la radicalización de los planteos que tienden a demonizar al peronismo, a Elisa Carrió le resultaba productivo y estratégico señalar, como si ese fuera un defecto capital, que el Papa era peronista y que obraba políticamente desde el Vaticano. Menos notorios, pero prueba de la amplitud y la eficacia de ese movimiento, son los comportamientos de los lectores de La Nación que más que acompañar esos pronunciamientos ayudan a parirlos apoyándose en equivalencias para ellos obvias: el Papa es nefasto porque es peronista, pero también porque defiende a los pobres (que son peronistas) o por que promueve la pobreza (el peronismo).

 

La cuestión no es para nada inocente. La equivalencia que se establece “peronismo” y “defender a los pobres” como “errores” de Francisco se apoya en un sentido común emergente (entre los tantos consensos enfrentados que posee nuestra sociedad): para los defensores de las supuestas virtudes del supuesto mercado libre, defender a los pobres en la perspectiva de una crítica de la sociedad en su conjunto es “peronismo”. Y para estos mismos enunciadores es obvio que el peronismo es solamente la promoción de los intereses ilegítimos de sujetos ilegítimos (peronismo es, desde esta perspectiva, la promoción de los pobres que no abjuran de la protesta que es “violencia” y que no respetan la sociedad y que pese a todo lo que le cuesta a esa sociedad asume su tutela y aun así sufren sus amenazas).

 

En ese contexto interesa citar un matiz específicamente agresivo contra el Papa. Andres Oppenheimer lo expresó de forma al mismo tiempo paradigmática y agudizada: si por un lado Francisco es una figura en extremo productiva dada su intervención interreligiosa y pacificadora en el plano del diálogo entre las culturas y las tradiciones religiosas, por otro, es el representante de un atavismo económico tanto más perjudicial cuanto mayor es su peso. Así explica que el apoyo de los católicos argentinos a Macri, menor en promedio que el que le otorgan los católicos de otros países, se debe justamente a que la postura del Papa y su alianza con grupos opositores al liberalismo y al gobierno no sólo lleva a prolongar el atraso económico, sino que también consuma un acto que es “políticamente erróneo y moralmente despreciable”.

 

 

Pope Francis meets President Mauricio Macri

 

El antipapismo de distintas expresiones del liberalismo tiene, no casualmente, su punto de condensación y su apoyo más fuerte en una contraposición de lecturas de la sociedad. Y no podía ser de otra manera: estas son más importantes que los dogmas religiosos que pueden esperar su reelaboración futura o, simplemente, el relevo de Francisco por un Papa más razonable.

 

Es claro: esto no es lo único que ocurre con Francisco en Argentina, ni el catolicismo se reduce a estos movimientos que comentamos. Es obvio, por ejemplo, que además de lo que se teje entre el catolicismo y el peronismo (que sería motivo de otra nota) cabe tener en cuenta que el gobierno de Macri y la iglesia Católica mantienen en muy alto nivel “relaciones permanentes” en las que la actividad social de la Iglesia, que es requerida como baqueana o como avanzada donde el Estado no llega, resulta correspondida con la consideración que se le ofrece a las posturas del catolicismo en áreas de salud y educación (es sólo ver lo que ocurre la ley de Educación Sexual Integral para ver hasta donde funciona ese cambio de favores).

 

Esa misma política de intereses permanentes es la que, en un nivel más elevado, pone al catolicismo como garante y parte de acuerdos que le permitieron al gobierno capear las incertezas del fines del año 2016, especialmente despiadado para con la economía de los sectores populares.

 

Pero todo esto no debe hacer olvidar que una de las consecuencias del despliegue de la “gestión” de Bergoglio en el Vaticano expuso al catolicismo al fuego de la polarización social y tiene la consecuencia de haber disparado caminos inusitados: en el seno de una alianza que congregó, entre otras corrientes, las más variadas de las derechas, surge con poder de fuego una sensibilidad que por el camino de la crítica a Bergoglio habilita formas de catolicidad en disidencia con el papado, exploraciones laicistas y potencia las derivas religiosas que desde hace décadas insisten en extraerse del ya raído predominio religioso del catolicismo (que durante las últimas décadas es más supuesto que real).

 

El Papa y el catolicismo están desnudos

 

Esto último es clave y exige tener en cuenta un escenario más amplio en tiempo y espacio para entender lo que sucede. Habría que ver si este viaje del Papa caracterizado por una recepción dividida entre la frialdad y los conflictos no resulta en algún grado representativo de los avatares cruciales del catolicismo frente a las manifestaciones de una situación global que lo arroja, aunque no se lo hubiera imaginado, al mismo rincón al que se ven destinados los derechos humanos y sociales a los que el siglo XX había dado una expresión parcial y tibiamente legitimada. Razón por la cual se entiende que sus viejos amigos sean nuevos enemigos y que sus antiguos censores sean ahora sus fans. Las transformaciones sociales que modifican las premisas de las relaciones posibles entre sociedad, Estado y catolicismo le plantean a nivel mundial, y específicamente latinoamericano, desafíos exigentes y cruciales. Esta situación, pone al catolicismo en esfuerzos que por un lado no conforman a nadie y por otro exhiben y agravan el acotamiento relativo de su espacio de acción histórica.

 

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Desde el punto de vista de los conflictos y prioridades que asolan al catolicismo y a la conciencia que tiene el Vaticano de ello, el papado de Francisco tenía que responder a desafíos cruciales y simultáneos: la crisis interna por los escándalos financieros y sexuales al interior de la iglesia, la erosión de la grey católica en extensos y diversos grupos sociales que por razones a veces convergentes y a veces opuestas se inclinan a las mil y un posibilidades de la nueva era o de la fe evangélica. El problema es que la solución de estos desafíos esta ligada a situaciones que se le imponen al catolicismo y lo obligan a asumir no solo cambios sino una humildad histórica que hace siglos que no vive.

 

La impugnación interna y externa a los escándalos sexuales no solo se debe a que estalló la acumulación histórica de los casos en la cámara sellada de las complicidades y los privilegios que sume al catolicismo en un microclima tóxico. Está potenciada porque enfrenta una ola en la que por los más diversos caminos los sujetos toman control de sus cuerpos y su subjetividad, y disponen de estrategias y recursos que permiten no solo ponerles tope a esos abusos sino poner en cuestión las bases ideológicas y organizacionales de los mismos. Que muchos curas eran unos degenerados se sabía. Que eso saliera al aire libre y que el catolicismo pagase todo tipo de costos es la “novedad”. El Papa pide disculpas pero el pueblo que era de Dios ya está para otra cosa (entre otras, integrar otras comunidades religiosas).

 

La situación y evolución histórica de la grey católica en América Latina también es el resultado de los efectos de la individualización y la autonomización crecientes combinados con al menos dos factores decisivos en que esa autonomía se torna disolvente de la extensión y la densidad de las identificaciones con el catolicismo.

 

En primer lugar, los efectos no deseados de las políticas pos conciliares que desarrollaron una opción por los pobres que, en parte, terminó en que los pobres optaran por otras iglesias. El estilo pos conciliar, bien intencionado socialmente pero modernocéntrico y clasista, desconoció las religiosidades populares, esa misma que los evangélicos supieron congregar en una estrategia de crecimiento que tiene más eficacia en el boca a boca que en la supuesta omnipotencia de la televisión (la Iglesia Universal del Reino de Dios en Argentina no abarca ni al 10% de los pentecostales, que en su mayoría se congregan en las pequeñas iglesias que en la periferia de las grandes ciudades crecen a razón de una por manzana).

 

En segundo lugar el catolicismo enfrenta en el propio campo religioso la transformación de algo más que las bases culturales a partir de las que su oferta es o no aceptable: la de los dispositivos de agenciamiento de las creencias que permite que las organizaciones religiosas descentralizadas (evangélicas o de la nueva era según los segmentos socioculturales) hagan un mejor uso de todas las posibilidades habilitadas por las “culturas populares”, las apropiaciones de las industrias culturales clásicas (las editoriales, la televisión, etc) y las que surgen del combo que se arma entre digitalización, autonomía para la formación y la predicación. En un garaje de Burzaco, un discípulo autónomo de Claudio María Domínguez monta un taller de meditación que tiene una convocatoria asombrosa y no tiene que pedirle permiso a nadie para encarar un emprendimiento religioso autónomo, que es una de las realidades creciente de ese campo.

 

Pero hay algo más importante y decisivo aún. La polarización social que retroalimenta la polarización política se nutre de una transformación fenomenal que de ninguna manera es exclusiva de la Argentina. Vivimos en un mundo en que el trabajo, que es una de las vías ideológicamente consagradas de integración social, es blanco de una ofensiva mundial contra el “empleo redundante” y en el que las iniciativas destinadas a socializar mínimos amparos a los sujetos excluidos se atacan como si fuesen la versión camboyana del comunismo.  

 

Vivimos en un mundo en el que la concentración del ingreso y la exclusión hacen una regresión a los parámetros que existían a inicios del siglo XX cuando no había sindicatos ni límites democráticos a los designios del capital. Es un mundo en el que como dice Achile Mbembe: “La denigración de virtudes como el cuidado, la compasión y la generosidad va de la mano con la creencia, especialmente entre los pobres, de que ganar es lo único que importa y que quién gana –en virtud del medio que sea necesario– es en última instancia el que está en lo correcto”. Y en el que el catolicismo, que en mala hora para su suerte se ha conciliado con el humanismo, cae junto con este.  

 

Aquí no se salva ni Dios, lo asesinaron- cantaba Paco Ibañez con poesía de Blas de Otero: 


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