La bandera feminista “Mi cuerpo es mío” comienza a ser oída por la justicia. La presión del movimiento de mujeres logró la libertad de Soledad, que llevaba 33 días presa por defender a su hija de una violación y matar al agresor. El proceso judicial sigue. Su calvario no empezó esa noche ni es un caso aislado: denuncia al amor trágico, a la justicia patriarcal, y muestra que las mujeres sabemos cuidarnos entre nosotras. Por Julieta Greco.



- Así como él me tenía en mi casa estoy acá: acorralada.

 

Soledad estuvo 33 días presa en un calabozo de la comisaría segunda de Berazategui por haber matado a su marido cuando él intentó violar a su hija de 14 años. Pero el asedio de Soledad no empezó esa noche.

 

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A Soledad le gustan mucho las rosas. También las orquídeas. Las cultiva. Tiene un jardín que cuida junto con la mamá, Ladisla. Soledad tuvo a su primer hijo a los 18. Vivía con la mamá y el papá. Cuando quedó embarazada su mayor deseo era aprender a tejer para el bebé. La tía Yoli le enseñó, pero Sole dejaba siempre los tejidos por la mitad y su tía se los terminaba a escondidas.

 

Soledad trabajaba limpiando casas. Además de ayudarla a sostener a la familia, ese trabajo le había dado unas cuantas amigas. Se conocieron en el barrio y viajaban juntas: esperaban el mismo colectivo que las dejaba en la estación de Berazategui, el tren Roca hasta Constitución, ahí se separaban y cada una iba a su lugar de trabajo. Eran seis: Maru, Marina, Julia, Rosa “negra”, Rosa “blanca” y Sole. Ella era la más joven, las demás la doblaban en edad. Los fines de semana se juntaban a cenar o almorzar, hacían asados y tallarines. Sole era la más divertida, la más jodona. A la más grande del grupo, Maru, le decían la abuela: el día que cumplió 73 entre todas le organizaron una fiesta sorpresa. Marina quería que esa noche fueran solo chicas y para que ninguna se apareciera con el marido la invitación la hizo así:

 

- Es una fiesta sólo de mujeres, sin machos.

 

Y lo lograron. Pasaron toda la noche riendo y bailando entre compañeras El baile de la botella. La abuela Maru y Sole menearon como nunca.

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Soledad y Cristian Senra se conocieron hace siete años cuando él fue a hacer un trabajo de electricidad a su casa. Ella ya tenía a S., una nena de 7 y a E., un varón de 11, y el deseo de formar una familia hizo que el noviazgo fuera breve. “Conocí a mi príncipe azul”, le dijo a sus amigas. Pero cuando Sole se casó ellas no se enteraron. No hubo fiesta, sólo una cena íntima. Los primeros años fueron buenos, tuvieron una hija juntxs, pero rápidamente Cristian le insistió a Soledad para que dejara de trabajar. Algunxs leyeron ese gesto como atento, amoroso, para que Soledad se dedicara a sus hijxs. Después se negó a que Soledad viera a sus amigas, a que fuera a la iglesia evangélica de la que participaba junto a sus padres: no quería que saliera de su casa. En algún momento Cristian le empezó a pegar y los golpes, los celos, los controles se volvieron cotidianos para Soledad.

 

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Un día de marzo o abril de este año la violencia se volvió sexual. Cristian estaba obsesionado con S., su hija de 14. La amenazó a Soledad con lo que más le iba a doler: abusar de la adolescente y hacerla testigo. Era eso o violarla a ella: esa noche la amordazó, le ató las manos hacia atrás con una camiseta y la violó.

 

Todxs en la casa le tenían miedo, también el hijo varón de 18. Senra creía que el adolescente también miraba a Soledad -su mamá- con deseo e intentaba apartarlo. Entonces empezó a acosar a S. La perseguía, le controlaba el modo de vestir, los lugares a los que iba, a qué hora volvía. Una noche Cristian la amenazó, le sacó el celular, la obligó a desbloquearlo y se envió tres fotos de ella a su propio teléfono. Por la bronca, la adolescente rompió el celular y le dijo a su mamá que iba a escaparse de la casa. Senra se rió a carcajadas y amenazó a Soledad:

 

- Acordate que yo siempre hago lo que quiero.

 

Después la encerró en el baño y la violó otra vez.

 

Al día siguiente, el sábado 1 de septiembre, Cristian volvió de trabajar y avisó que había encontrado un lugar para alquilar. La situación de violencia ya era insostenible. Le pidió a Soledad que le preparara la ropa, y ella la guardó en bolsas de consorcio. Durante esas horas volvió a preguntarle por S., y la amenazó con matar a su familia si no la entregaba. Finalmente cargó las cosas en el auto y se fue. En los cinco minutos que duró su ausencia Soledad respiró e imaginó que ahora sí iba a poder estar tranquila con sus tres hijxs. Pero Cristian la llamó por teléfono y volvió para pedirle hablar con S. Salieron juntas a esperarlo y cerca de la medianoche Senra las obligó a subir al auto, S. adelante y Soledad atrás. Cristian prendió un cigarrillo y le dijo a la adolescente:

 

- Vos tenés la culpa de haber destruido esta familia por meterte en mi cabeza, quedate tranquila que [el abuso] lo vas a poder superar.

 

S. se mantuvo en silencio mientras él la acariciaba. Soledad creyó que las iba a matar. Se imaginó a las dos tiradas en un descampado. No sabe de dónde sacó la fuerza, pero se arrancó el cordón de la capucha de su campera y lo asfixió. Sólo quería apartarlo de su hija, no se imaginó que lo había matado.

 

Cuando lo vieron desvanecido Soledad le dijo a S. que se quedara tranquila y la acompañó a la casa de los abuelxs. Después se entregó en la comisaría segunda de Berazategui. Desde ese día estuvo presa, acusada de homicidio agravado por el vínculo y con un pedido de prisión preventiva del fiscal Carlos Riera. El delito por el que se la acusa prevé una condena a perpetua. Pero el juez Damián Véndola hizo lugar a la libertad por falta de mérito solicitada por la defensa de Soledad y por el movimiento feminista, en las calles, los medios y las redes sociales. Sin embargo, el proceso en su contra continua.

 

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El caso de Soledad no está aislado. Es contenido y tejido por las representaciones que desde hace siglos circulan en torno al amor y que desde el mismo momento lo unieron estrechamente a la violencia de género. El amor romántico encuentra en la modernidad un fundamento: la transformación del cuerpo de las mujeres en un objeto y su transición a la categoría de propiedad. La tragedia que históricamente ligamos al amor (desde Shakespeare hasta Cortázar) naturaliza los celos, los golpes, la posesión y posterga o anula la posibilidad de denunciar o salir. Es en los cuerpos de las mujeres en donde el amor trágico se inscribe y deja sus marcas. Así lo vivieron Reina Maraz, Cristina Santillán, Idalina Gamarra, Daiana Fernández y Delia Moyano cuando se defendieron de sus agresores.  

 

El relato del hostigamiento en la vida de Soledad y sus hijxs no sorprende. De las 87.320 denuncias que recibió la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema en los últimos diez años, el 92 por ciento son por violencia dentro del hogar. El 89 por ciento de las denunciantes son mujeres y el 91 por ciento de los denunciados son varones. En el 83 por ciento de los casos el victimario es su pareja o ex. La violencia contra las mujeres no es un fenómeno atípico, pero que la justicia dé una respuesta a tiempo es una excepción. Las denuncias no escuchadas, las resoluciones judiciales que exoneran a los violentos no sólo construyen un imaginario acerca de lo que está permitido y lo que no dentro de los vínculos familiares, sino que fortalecen la idea de que el ámbito de la familia, del hogar, de lo privado, es un universo libre de violencia. En 2017 se registraron en el país 251 femicidios: en el 60 por ciento de los casos los femicidas eran parejas o ex parejas. El 80 por ciento fueron cometidos en ámbitos privados.  Las mujeres que matan a sus agresores como respuesta a la violencia son una minoría. Sin embargo, son los casos de mujeres que matan los que se vuelven más visibles: de Nahir Galarza sabemos hasta cómo va a envejecer en los 35 años que pasará en la cárcel.

 

En su programa de radio y a raíz del caso de Soledad, Ernesto Tenembaum dijo: “Qué ganas de volver el tiempo atrás y que ella ante la primera agresión se hubiera ido, o lo hubiera echado o lo hubiera denunciado”. ¿Qué se le pide Soledad? ¿Qué debería haber hecho? ¿Escapar de su marido? ¿Salir corriendo con su hija? ¿Dejar que Cristian abusara de S.? ¿Era posible denunciar estando amenazada de muerte ella, sus hijxs y sus padres? ¿Hay a dónde escapar cuando tu pareja te obliga a abandonar el trabajo, las amigas, la iglesia? ¿Hay margen para echar, para denunciar? ¿Todo se resuelve en la justicia? ¿Qué clase de heroísmo se nos exige a las mujeres? El deseo de hacer correr el tiempo atrás, a simple vista ingenuo pero punitivista, es un engaño: las mujeres no tenemos a donde ir cuando el “príncipe azul” traza el mapa de nuestro mundo.

  

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Soledad mató al marido para defender a la hija de una violación. Lo hizo con lo que pudo, con lo que tenía cerca, el cordón de su campera. El artículo 34 del Código Penal describe cuáles son los delitos no punibles: la defensa será legítima en tanto y en cuanto lo defendido sea la propiedad privada. Pero las feministas levantamos una bandera: mi cuerpo es mío. En el caso de Soledad hay una superación de ese lema que denota cuán lejos nos encontramos las mujeres de querer hacer de nuestros cuerpos un objeto de propiedad individual: nuestros cuerpos son nuestros. Y nuestras luchas intentan escapar a la disputa entre garantismo misógino y punitivismo victimizante.

 

El sistema penal es un dispositivo de extracción de discursos y construcción de verdades. Sus insumos son declaraciones, relatos, ficciones, estereotipos. Lo cierto en concreto es que  jueces,  juezas, fiscales, peritos, defensas y otros actores del sistema penal se disputan el valor de verdad de los hechos y se centran en los modos en que esas verdades se obtienen. Por lo general las verdades en los procesos penales son palabras dichas y escritas. No hay lugar para lo que no se dice o para lo que no se puede decir y el modo de indagar a las víctimas está frecuentemente permeado por los estereotipos de género que el propio sistema construye. Las preguntas ¿por qué se subió a la camioneta con su hija si sabía que la quería violar? ¿Por qué no se escapó? ¿Por qué no lo denunció? omiten el carácter patriarcal de esta historia y el carácter de víctima de Soledad.

 

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¿Qué valor tiene la palabra de las mujeres? ¿Cómo escucha el sistema penal a una mujer víctima que mata a un hombre para defender a su hija de una violación? El lugar de Soledad es ambiguo. Es una víctima tratada por el sistema como victimaria, como víctima que optó por el camino incorrecto ante “otras posibilidades”. ¿Qué se nos pide a las mujeres  cuando nos defendemos? ¿Cuán habilitadas estamos para defendernos en el imaginario colectivo y en el discurso penal? Soledad declaró, también lo hizo su hija. Soledad imaginó su cuerpo y el de su hija tirados en un descampado y actuó. ¿Qué más puede pedirle el poder judicial a una mujer sumida en la violencia?

 

Resulta urgente que las indagatorias, las investigaciones judiciales pongan el foco sobre las dinámicas relacionales de las personas y ponderen el contexto de violencia en el que vive una mujer que mata. La perspectiva de género no puede ser accesoria, sino la lente constante con la que se lean estos casos. En este contexto que las mujeres nos defendamos de que nos violen o nos maten, a nosotras o a otras, no es legítimo. No es legítimo para la justicia, no es legítimo para el fiscal, no es legítimo para Soledad.

 

 

*Esta nota fue escrita con la colaboración de la abogada feminista Sofía Véliz.

 


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