A comienzos de 2015, Macri imaginaba un calendario electoral en el que se irían eslabonando éxitos locales, pavimentando un camino amarillo con desembocadura en la Casa Rosada. Un triunfo muy ajustado en su bastión y una sucesión de derrotas en las provincias expusieron problemas y tensiones internas. Sin embargo, Sergio Morresi, coautor del libro “Mundo PRO”, aclara que una derrota en las presidenciales no auguraría la desaparición de esta fuerza, un partido en etapa de maduración que supo camuflar la política a la vieja usanza -con rosca, punteros, un ojo siempre en las encuestas- detrás de “los equipos”, “la buena onda” y “la gente que se mete en política”.



El triunfo por tres puntos de Horacio Rodríguez Larreta estirará a 12 años la gestión PRO en el distrito y le insufla un poco de aire al globo amarillo que, ya desde la inesperada derrota de Miguel del Sel en Santa Fe, parecía desinflarse. Es cierto que el candidato ungido por Macri trastabilló en la carrera. Hasta el último momento se contuvo el aliento porque el jefe de gabinete estuvo lejos de repetir los ballotages 2007 y 2011. La preocupación fue previa a los resultados: el candidato presidencial del PRO y su compañera de fórmula Gabriela Michetti tuvieron que dejar de lado la campaña nacional para volver a la ciudad y asegurar el bastión porteño.

 

Ahora, a las puertas de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), que ya han funcionado como primeras vueltas anticipadas, PRO cuenta con apenas unos días para seducir a los votantes argentinos que, sin ser férreos opositores al Frente para la Victoria (FPV), se dicen proclives al cambio. A su favor cuenta con la polarización entre Macri y Daniel Scioli. En su contra, el hecho de que esa polarización se produce en un marco político y económico que está lejos de ser desfavorable para el gobierno nacional. Sin embargo, y a pesar de los tropiezos de la oposición, el resultado parece abierto.

 

Si PRO consiguiera triunfar se convertiría en un gobierno nacional endeble: tendría apenas tres o cuatro gobernaciones aliadas y sería minoría tanto en la cámara de diputados como en la de senadores. Debería, entonces, actuar a la defensiva al menos hasta 2017. Si perdiera, ¿desparecería el PRO? Todo indica que el partido liderado por Macri continuaría liderando un espacio de oposición más o menos claro al FPV. Aunque hay quienes auguran un desbande en caso de derrota, lo cierto es que PRO ya mostró que es capaz de transitar y persistir desde el llano: en 2003 se mantuvo firme a pesar de haber perdido la segunda vuelta con Aníbal Ibarra. Así, más allá del resultado, parece claro que PRO llegó al escenario político para quedarse en él; no es un ave de paso, sino una parte —y una parte importante— de un nuevo panorama que él mismo contribuyó a crear. 

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El nuevo panorama de la Argentina se comenzó a perfilar tras la crisis de 2001, pero sobre todo, a partir de 2003. Ese año, no sólo nació el kirchnerismo, sino también lo que hoy es PRO, una suerte de imagen invertida del FPV. Ante el estatismo, PRO se proclamó como representante del mercado y la “tercera vía”; ante el populismo, como el defensor de las instituciones republicanas; ante el retorno de las ideologías, como un adalid del pragmatismo. También para el kirchnerismo acababa siendo cómodo ese otro que era el PRO. La identidad nacional y popular inclinada hacia la izquierda resultaba más factible cuando en la vereda de enfrente estaba Macri acompañado de figuras como el economista Carlos Melconián, el escritor Abel Posse o el ex-presidente del gobierno español José María Aznar.

 

 

En 2003, a pesar de que había recibido ofertas desde el peronismo, Macri —por entonces un empresario devenido en dirigente de fútbol— apostó a la paciencia y se dedicó a construir una fuerza política propia en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con la esperanza de que la Capital le sirviera de trampolín seguro (y propio) hacia la Casa Rosada. La elección de la CABA no fue casual: el distrito se caracteriza por su tradicional rechazo al peronismo y también por apoyar a las llamadas “terceras fuerzas” (el Movimiento de Integración y Desarrollo, el Partido Intransigente, la Unión del Centro Democrático, el Frente Grande y Acción por la República supieron hacer pie en Buenos Aires). Pero, además, la crisis de 2001 había hecho explotar a los partidos tradicionales en la CABA, dejando “disponibles” a cuadros y militantes radicales, peronistas y de los partidos liberal-conservadores que vieron en PRO un espacio en el cual continuar sus carreras políticas. Estos políticos experimentados no fueron los únicos en sumarse. Junto a ellos, se convocó a “la gente”. Así llegaron técnicos y profesionales provenientes sobre todo de las ONGs, las fundaciones, los think tanks y muchos jóvenes dispuestos a continuar con su vocación de voluntariado social en un espacio partidario. Ellos eran los que habían escuchado el llamado de “meterse en política”.

 

La idea de “meterse en política” es central para entender el modo en que PRO se identifica a sí mismo. Porque, a pesar de que en su interior hay muchos políticos con largas trayectorias tras de sí, el tono de la fuerza política de Macri lo da ese grupo al que se terminó llamando “Pro-puros”: los que llegaron a la política para hacerla más eficiente, más honesta y más amable.

 

La convivencia entre nuevos y viejos políticos nunca fue sencilla. Ya cuando se lanzó el partido —todavía se llamaba “Compromiso para el Cambio”— se armaron dos bloques: el grupo Nogaró, en el que se destacaban los políticos más experimentados, sobre todo del peronismo y de la derecha; y el grupo Festilindo, formado por los que debutaban en la política o venían de militancias más cercanas al progresismo.

 

Los Festilindo, encabezados entonces por Michetti y un joven Marcos Peña,  acusaban a los Nogaró de representar la “vieja política” de la rosca y los negocios. Los Nogaró, comandados por “el Obispo” Santiago de Estrada y por el peronista Diego Santilli, señalaban que sus colegas eran incompetentes y arribistas. En aquel entonces, sólo la intervención de Macri impidió que el partido estallara.

 

Todos en PRO dicen hoy haber aprendido mucho de aquellas primeras disputas. Pero lo cierto es que en 2014, cuando se hizo necesario repensar las estrategias para apuntalar la candidatura presidencial de Macri resurgieron las pugnas entre los dos estilos de PRO. Por un lado, los que bregaron por formar una alianza electoral amplia y pragmática que incluyera a todos los opositores al kirchnerismo. Sólo de ese modo, postulaba por ejemplo Emilio Monzó —que llegó a PRO después de una larga carrera en el peronismo bonaerense—, se podía asegurar un triunfo. Por el otro, los que buscaban mantener la identidad de PRO como el partido de lo nuevo que se resistía a contaminarse. Desde la óptica del asesor ecuatoriano Jaime Durán Barba el triunfo se podría asegurar manteniendo el perfil de cambio y tercera vía sobre el que se venía insistiendo desde la “Fundación Pensar”, la usina de ideas del partido.

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Votantes en una escuela de Recoleta. En la Comuna 2, el PRO obtuvo el 59,1% de los sufragios.

 

Por supuesto, las discusiones de hoy no son una extensión de las de 2003. Por un lado, porque los años no pasan en vano y muchos de los alineamientos de ayer dejaron de tener sentido. Santilli, por ejemplo, que alguna vez estuvo en las antípodas de Michetti supo unirse a ella (en una suerte iniciativa política online llamada www.legislemos.org) y volverla a enfrentar cuando Macri le pidió que acompañara la fórmula de Rodríguez Larreta. Hoy, con Michetti como candidata a vicepresidente, los rencores que pudieran haber quedado ya se olvidaron. Por otro lado, las discusiones son distintas porque si hace once o doce años se discutía sobre los modos de encarar eso que se dio en llamar la “nueva política”, ahora el debate es sobre de qué modo se puede ganar una elección que consideran crucial.  

 

En cierto modo, tanto los más políticos como los más “puristas” impusieron su criterio. Si PRO tejió alianzas con partidos y dirigentes provinciales (desde Luis Juez en Córdoba a Carlos Reutemann en Santa Fe) con la Coalición Cívica (CC) y con la Unión Cívica Radical (la UCR, que decidió aliarse a PRO en su convención nacional), se resistió a aceptar a Sergio Massa cuando la candidatura del tigrense comenzó su declive. Y si presentó una fórmula presidencial purísima y porteñísima, sus líderes no se cansan de repetir —lo dijo Macri en su discurso post triunfo de Rodríguez Larreta— que se identifican con los valores de la doctrina justicialista y que mantendrán en pie muchas de las iniciativas llevadas adelante por el kirchnerismo, como la Asignación Universal por Hijo o la estilización de Aerolíneas, YPF y de los fondos de jubilaciones y pensiones. Al fin y al cabo, parte del ADN del PRO-puro es el puro pragmatismo.

 

El pragmatismo de PRO implica que se puede hacer política a la vieja usanza (con rosca, punteros, toma y daca, con un ojo puesto en lo que marcan las encuestas y el otro en los viejos dirigentes), siempre y cuando todo ello quede detrás de “lo nuevo” (los equipos, las ganas, la gente que se “mete en política”, la buena onda). Algunos dicen que atrás de los globos de colores no hay nada. Se equivocan por partida doble. Primero, porque tras los globos está la política territorial, con dirigentes, militantes y referentes. Y segundo, porque los globos (como metáfora, claro) no son un disfraz, sino parte esencial de PRO: un partido que celebra la novedad y el disfrute y que aplica técnicas de seducción de votantes dignas de una agencia de espionaje.

 

Desde hace unos años, el PRO aplica lo que llaman “microtargeting político”: el desarrollo de una política casi personalizada a partir de una inmensa y complejísima base de datos cruzada con una indagación territorial. Dos fuentes del partido del Macri lo explican así: se acercan a las sociedades de fomento o bibliotecas de un barrio; si son, por ejemplo, socialistas, no van. Pero si son más independientes, se acercan. Eso que parece un mapeo típico de un puntero –detectar las demandas de los referentes barriales- luego se cruza con otras variables, como las bases de datos gubernamentales y las bases de datos de redes sociales. Un data center gigantesco que permite perfilar no casa por casa pero casi cuadra por cuadra. “Eso nos permite saber que en tal cuadra nos odian, en tal otra son receptivos a nuestro mensaje”, explica una fuente del PRO. Desde hace unos meses, el microtargeting cruzó la General Paz y llegó al primer cordón del conurbano. Un alcance considerable, pero limitado faltando tres semanas para las PASO presidenciales.

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Hasta ahora los resultados obtenidos en las elecciones locales (que no siempre pueden tomarse como anticipación de las nacionales) no han sido malos, pero tampoco todo lo buenos que los estrategas de PRO habían imaginado. A comienzos de 2015 —en el medio de las negociaciones para formar un frente con la UCR— se había imaginado un calendario electoral en el que se irían eslabonando éxitos locales que pavimentaran un camino amarillo con desembocadura en Balcarce 50. No obstante, ya desde en la primera escala del recorrido, las urnas mostraron un resultado distinto al previsto: en Salta —donde los encuestadores pronosticaban un “cabeza a cabeza”— el candidato que despertaba simpatías en las filas de PRO perdió por 14 puntos. Ese primer tropiezo no fue vivido como un trauma porque al fin y al cabo también servía para correr a Massa del centro de la escena y terminar de instalar a Macri como la única alternativa al kirchnerismo. Poco más tarde, PRO recuperó el aliento al imponerse (junto a la UCR) en Mendoza.  Pero recibió un baldazo de agua fría al perder por el canto de una uña en Santa Fe.

 

La derrota de Miguel del Sel y el repunte del FPV en una provincia a la que consideraban opositora al gobierno nacional, sumada a un desempeño por debajo de lo esperado de la “triple alianza” cordobesa llevó a muchos dentro de PRO a replantear sus expectativas. El triunfo nacional que algunos habían imaginado seguro al comienzo del año parecía difuminarse. Además, la caída de la candidatura de Florencio Randazzo (cuya presencia —se especulaba— iba a dejar a Macri como el candidato más votado en las PASO) y el hecho de que Martín Lousteau consiguiera forzar un balotaje en la CABA no ayudaban a “pensar en positivo”. Porque, más allá de que todos están seguros de que una eventual derrota en la primera vuelta no implicará la desaparición de PRO, también son conscientes de que un nuevo triunfo del peronismo (para colmo en una versión menos proclive al conflicto ideológico) les hará las cosas muy difíciles en el futuro, tan siquiera porque es más fácil tratar de llegar a un sillón que no tiene un dueño definido que sacar a alguien de un puesto que todavía puede seguir ocupando.

 

Hoy por hoy, el bastión porteño está seguro otra vez, aun a pesar de la impresionante performance de Lousteau que —con la sumatoria de votos progresistas, radicales y del FPV— llegó a estar muy cerca de arruinar la fiesta amarilla. Con los ajustados resultados finales, volvieron las sonrisas y las coreografías al son de la cumbia y el rock. Gobernar es escuchar, dice el nuevo Jefe de Gobierno de la ciudad. Es la hora de la nueva política, sostiene el candidato a presidente.

 

Al PRO y a sus aliados les queda poco tiempo para imponer su idea de cambio y novedad. El microtargeting político que se mostró tan exitoso en Buenos Aires no llegará a desplegarse a tiempo en el resto del país. Ni las alianzas tejidas con otros partidos ni la ayuda de referentes locales más o menos célebres parecen poder asegurar el triunfo. En muchas provincias la figura de Macri es tan conocida como distante. Por eso, mientras la celebración se apagaba en Costa Salguero, ya se percibía el clima febril de una campaña que insiste en no resignarse ante el avance de la ola naranja.

 

En el búnker de PRO los invitados cantaban “se siente, se siente, Mauricio Presidente” mientras caían los globos. Frente a las cámaras todos exudaban optimismo, pero por lo bajo algunos reconocían que las chances, hoy, son bajas. Lo interesante es que incluso aquellos que confiesan sus dudas se muestran dispuestos a continuar la marcha. Por convicción o por resignación algunos aluden a la muy republicana idea (que recordó Lousteau al reconocer el triunfo de PRO) de que en las democracias el pueblo no sólo elige a un ganador, sino también a un opositor para que lo controle, lo corrija y esté listo para reemplazarlo en caso de que falle.


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