El derrumbe del comunismo dio lugar a un presente cargado de memoria pero incapaz de proyectarse en el porvenir. Este nuevo vínculo entre historia y memoria permite redescubrir una tradición oculta, una visión melancólica de la izquierda que atraviesa la historia revolucionaria. Un fragmento de “Melancolía de izquierda” (FCE), de Enzo Traverso, que mañana dictará un seminario en la Universidad Nacional de San Martín.



El objetivo  de este  libro es investigar la dimensión melancólica de la cultura de izquierda durante el siglo pasado. La izquierda de la que me ocuparé no se define  en términos meramente  topológicos (los partidos situados en el lado izquierdo del espacio político e institucional), de conformidad con el punto de vista convencional de las ciencias políticas, sino más bien en términos ontológicos: los movimientos que lucharon por cambiar el mundo con el principio de la igualdad en el centro de su programa. Su cultura es heterogénea y abierta, en cuanto incluye no solo una multitud de corrientes políticas sino también una pluralidad de tendencias intelectuales y estéticas. Por eso he decidido analizar teorías y testimonios (las ideas políticas y filosóficas volcadas en libros, artículos, cartas), sin excluir imágenes (desde carteles de propaganda hasta pinturas y películas). Dedico, claro está, un  importante lugar al marxismo, que fue la expresión dominante de la mayoría de los movimientos revolucionarios del siglo XX. En otras palabras, este libro querría abordar la cultura de izquierda como una combinación de teorías y experiencias, ideas y sentimientos, pasiones y utopías. La memoria de la izquierda es un continente enorme y prismático hecho de victorias y derrotas, mientras que  la melancolía es un sentimiento, un estado de ánimo y un campo de emociones. Así, el hecho de concentrarse en  la melancolía de izquierda implica necesariamente ir más  allá de las ideas y los conceptos.

 

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A comienzos de la década de 1980, el crecimiento de la presencia de la memoria en el campo de las humanidades coincidió con la crisis del marxismo, que estuvo ausente del “momento memorial” característico del viraje del siglo XXI. La visión  marxista de la historia implicaba una prescripción memorial: teníamos que  inscribir los acontecimientos del pasado en nuestra conciencia histórica a fin de proyectarnos en el futuro. Se trataba de una memoria “estratégica” de las luchas emancipatorias del pasado, una memoria orientada hacia el futuro. En  nuestros días, el final del comunismo ha roto esa dialéctica entre pasado y futuro, y el eclipse de las utopías generado por nuestro tiempo “presentista” ha provocado la cuasi extinción de la memoria marxista. La tensión entre pasado y futuro se convierte en una suerte de dialéctica “negativa”, mutilada. En un contexto así, redescubrimos una visión  melancólica de la historia como rememoración (Eingedenken) de los vencidos —Walter Benjamin fue su intérprete más  significativo— que pertenece a una tradición marxista oculta. Este libro procura analizar esa mutación, esa transición de la utopía a la memoria.

 

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Durante más  de un  siglo,  la izquierda radical se inspiró en la famosa tesis XI de Marx sobre Feuerbach: hasta ahora, los filósofos se han limitado a interpretar el mundo, pero la cuestión es cambiarlo. Cuando, luego de 1989, quedamos “espiritualmente a la intemperie” y nos vimos obligados a admitir el fracaso de todos los intentos pasados de transformar el mundo, se pusieron en tela de juicio las ideas mismas con que habíamos tratado de interpretarlo. Y cuando, una década después, comenzó a circular la consigna “otro mundo es posible”, los nuevos movimientos que la proclamaban tuvieron que redefinir sus identidades intelectuales y políticas.  Para ser más preciso, tuvieron que reinventarse —reinventar tanto sus teorías como sus  prácticas— en un  mundo sin un futuro visible, pensable o imaginable. No podían “inventar una tradición” como lo habían hecho antes de ellos otras generaciones de “huérfanos”. Este paso de una era de sangre y fuego que, a pesar de todas sus derrotas, seguía siendo descifrable a un  nuevo tiempo de amenazas globales sin un desenlace previsible cobra un sabor melancólico. Sin embargo, esta melancolía no significa el refugio en un universo  cerrado de sufrimiento y remembranza; es más  bien una constelación de emociones y sentimientos que envuelven una transición histórica, la única manera en que la búsqueda de nuevas ideas y proyectos puede coexistir con la pena y el duelo por un reino perdido de experiencias revolucionarias. Ni regresiva ni impotente, esa  melancolía de izquierda no debería eludir el peso del pasado. Es una crítica melancólica que, a la vez que está abierta a las luchas en el presente, no evita la autocrítica respecto de sus  propios fracasos pasados; es la crítica melancólica de una izquierda que no se ha resignado al orden mundial esbozado por el neoliberalismo, pero que no puede renovar su arsenal intelectual sin identificarse empáticamente con los vencidos de la historia, una gran multitud a la que, a fines del siglo XX, se une de manera inexorable toda una generación —o sus restos— de izquierdistas derrotados. Para ser  fecunda, empero, esa melancolía necesita llegar a ser reconocible tras su desaparición durante las décadas anteriores, cuando la toma del cielo por asalto parecía ser la mejor manera de hacer el duelo por nuestros camaradas perdidos.

 

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De tal  modo, la ambición de este libro es repensar la historia del socialismo y el marxismo a través del prisma de la melancolía. Al explorar un pasado a la vez familiar y “desconocido” (por haber sido objeto de una represión), trataré de conectar los debates intelectuales con las formas culturales. Las huellas de la melancolía de izquierda pueden reconocerse y aprehenderse con  mucha más  facilidad en  las múltiples expresiones de la imaginación socialista que en las  producciones doctrinales y las controversias teóricas; además, estas últimas revelan nuevos significados cuando se las reconsidera a través de la imaginación colectiva que las acompañaba.

 

En consecuencia, el libro pasa una y otra vez de los conceptos a las imágenes y de estas a aquellos sin establecer ninguna jerarquía entre ellos, puesto que los supone igualmente importantes en la formación y la expresión de la cultura de la izquierda. Desea conectarlos y captar sus resonancias, mostrando lo que muchas obras clásicas marxistas comparten con pinturas, fotografías y películas. En síntesis, trabajaré con  una diversidad de fuentes que analizaré como “imágenes que  piensan” (Denkbilder), según el concepto de Benjamin. No me guía la intención de construir un monumento ni escribir un epitafio, sino la de explorar un paisaje de la memoria multiforme y a veces contradictorio. A diferencia del humanitarismo hoy dominante, que sacraliza la memoria de las víctimas y en su mayor parte pasa por alto o rechaza sus compromisos, la melancolía de izquierda siempre se concentró en los vencidos. Percibe las tragedias y las batallas perdidas del pasado como un  peso y una deuda, que también son una promesa de redención.

 

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Los siete capítulos que  componen el libro exploran esta constelación melancólica desde diferentes perspectivas: mediante el esbozo de los rasgos de una cultura izquierdista de la derrota (capítulo I); la descripción de  una concepción marxista de la memoria (capítulo II); la construcción de una visión  del duelo a partir de pinturas y películas (capítulo III), y la investigación de la tensión entre el éxtasis y la pena que da forma a la historia de la bohemia revolucionaria (capítulo IV). Algunos capítulos se concentran en figuras específicas  que  resumen diferentes formas de melancolía de  izquierda. De Marx a Benjamin, pasando por Gustave Courbet y el joven  Trotski exiliado en Viena, el intento de “conquistar para la revolución las energías de la embriaguez” —así Benjamin sobre el surrealismo— se fusionó en una singular ósmosis con la desesperación de la derrota y la existencia paria de marginales estéticos y políticos. Los últimos tres capítulos se ocupan de encuentros productivos, conflictivos, tardíos o malogrados entre pensadores marxistas, y revelan los caminos a través de los cuales cobró forma la melancolía  de izquierda. Por  un  lado,  la melancolía de Benjamin trató de enunciar una nueva visión  de la historia como catástrofe con  una reinterpretación mesiánica del marxismo como agencia política y posible redención; por  otro, la pena de Adorno —“ciencia melancólica”, según sus  propias palabras— adoptó simplemente una postura contemplativa de crítica dialéctica resignada al advenimiento de la reificación universal (capítulo V). En  ruptura con  una visión  eurocéntrica, hegeliana y marxista de Occidente como destino del mundo, C. L. R. James estuvo atento a las  señales de una revuelta creciente contra el colonialismo, mientras Adorno contemplaba estoicamente las ruinas producidas por la “autodestrucción de la razón” (capítulo VI). Para terminar, este libro sigue  las huellas del incandescente encuentro intelectual  entre el filósofo  francés Daniel Bensaïd y Walter Benjamin, una fructífera y creativa “reunión” que revela una resonancia entre dos  cruciales puntos de inflexión del siglo XX —1940 y 1990—, a través de una visión  de la historia basada en la idea  de rememoración (capítulo VII). Tras  la caída del Muro de Berlín, los rebeldes que  quedaban de los años sesenta y setenta dieron con  una visión de la historia engendrada por  las derrotas de los años treinta, un encuentro que tuvo  lugar bajo  el signo de la melancolía política.

 

París e Ithaca (Nueva York),  diciembre de 2015

 


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