Maradona volvió a ser planta permanente del fútbol argentino y su rayo maradonizador conmueve a todxs. Los liberales lo aborrecen. Los marxistas le desconfían. Los antikirchneristas, ni hace falta escribirlo. Diego, la continuación del peronismo por otros medios. Con las vocales estiradas y los pies astillados, Maradona hace lo que hizo siempre: lo que se le canta.  ¿O habría que dejarlo en su casa, yendo de la cama al living? Escribe Alejandro Wall.



La cara de Diego Maradona cuando Matías Zaracho hizo el segundo gol de Racing, dos minutos después de que Gimnasia empatara, es para recortarla y hacerla sticker de WhatsApp. Fue una mueca de frustración, y también la confirmación de que esta aventura, un regreso a la planta permanente del fútbol argentino después de veintidós años, ahora como técnico, será un camino de espinas. Tendrá la forma con la que Diego atravesó el campo de juego desde la salida al vestuario hasta el banco de suplentes, con lentitud, quizá con dolor, pero poniéndole ganas, negándose a cruzarla en la comodidad del carrito de golf. Los hinchas de Gimnasia también deben haber confirmado que no hay fórmulas mágicas para alejarse de las tempestades. Pero que al menos queda enfrentarlas a cancha llena, con esperanza, que es la energía renovable que más se recicla en el fútbol.  

 

Ninguno de los técnicos que entraba en el presupuesto de Gimnasia hubiera dado la pócima de la felicidad que da Maradona, el ho visto Maradona, tan napolitano, tan inolvidable, reciclado ahora en el castellano de La Plata. Con los entrenadores que siempre dan vueltas, algunos con mejores antecedentes, otros como una incógnita, tendrían la sensación de renovación, de ropa nueva, el reseteo de la PC cuando el sistema se tranca. Pero Maradona es otra cosa. Aunque no sea el Diego virtuoso, espléndido, el que dominaba la pelota en el aire, de taco, de cabeza, con el muslo, con la punta de los botines negritos y desatados. Este es el Diego al que le cuesta caminar, el que arrastra la eeeeee, el que sonríe con dentadura Odol, pero que lloriquea apenas recuerda a la Tota, a Chitoro, a sus amigos, nuestra realeza sucia, nuestra realeza del barro.

 

¿Qué carajo es Maradona? ¿Quién carajo es Maradona? ¿Un jugador de fútbol, el mejor de todos? ¿Un entrenador? ¿Un fenómeno político, cultural, social? ¿La reivindicación de los villeros? ¿Un tótem? ¿Es realmente Dios? ¿Incluso para quienes no existe un Dios? Hay ensayos, cartas abiertas, canciones, jornadas académicas, tesinas, iglesias, poemas, libros, malentendidos, millones de artículos en distintos idiomas que intentan dar una respuesta a lo que ya no tiene respuesta.

 

La busco en un libro que no es sobre Maradona y tampoco sobre fútbol. Se llama “¿Por qué funciona el populismo?” y lo escribió la politóloga María Esperanza Casullo. “Los líderes populistas -escribe Casullo- hablan de sí mismos: de sus infancias, de sus valores, de sus familias; entretejen lo público, lo privado y lo biográfico de una y mil maneras. Les gusta hablar de fútbol, o hacer demostraciones de canto o referirse a su militancia juvenil. El lazo representacional entre seguidores y líder está fundamentado en esa dación de lealtad que, por su propia fuerza, transforma al líder persona en un símbolo, un significante y un programa. Y esta entrega genera la necesaria autoridad performativa en función de la cual el líder pasa a ser el único hablante con poder para narrar o alterar ese mismo mito originario”. El liberalismo y el marxismo, explica Casullo, proponen a un héroe. El del liberalismo es el héroe individual; el del marxismo, el héroe colectivo, la clase obrera. El populismo plantea un héroe dual, es el pueblo acompañado por su líder. “El líder populista -sigue Casullo- se autopercibe como un redentor del pueblo, que con coraje y abandono de sí acude a su rescate”.

 

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Maradona es el líder populista del país futbolizado. Al día siguiente de que la AFA lo retirara del Mundial 94, Página/12 tituló “Dolor”, igual que lo hizo Noticias, el diario de los Montoneros, cuando murió Juan Domingo Perón en 1974. Se trataba de la edición del 1º de julio, veinte años después del fallecimiento del líder justicialista, el sinónimo del populismo en la Argentina. A Maradona los liberales lo aborrecen. En un ensayo contra los mitos argentinos, Juan José Sebreli lo llamó “deleznable” porque es “lo que no debe ser un deportista: drogado, desordenado, no disciplinado, quien transgrede sistemáticamente la máxima ‘mens sana in corpore sano’”. 

 

Los marxistas lo quieren y le desconfían. Prensa Obrera, el órgano de un Partido Obrero todavía unido, lo llamó alguna vez “marioneta del capitalismo”, pero en una carta de lectores alguien dijo que era lo más grande que había y en otro artículo le reclamaron que no volviera Boca para no hacerle el favor a Mauricio Macri, todavía presidente del club. 

 

Los antikirchneristas lo ven como la punta de lanza del vamos a volver. En su deriva nosocomial, dicen que todo este retorno al fútbol argentino es parte de una conspiración, que Maradona es la avanzada venezolana, el espíritu unido de Hugo Chávez y Fidel Castro, sus amigos. 

 

Ninguno lo ignora.   

 

Diego es nuestra confusión. No hay manera de encontrar un humano que se le parezca. Una cosa que se le parezca. Cualquiera que haya estado frente a él sabe cómo el tiempo se detiene a su paso, aun con el paso lento. Los jugadores de Gimnasia le contaron a sus familiares y amigos el silencio que se produjo cuando Diego se paró frente a ellos en el vestuario y los arengó. Ellos, que no lo vieron jugar. O al menos no lo vieron jugar en plenitud, como lo vimos quienes crecimos en los ochenta, los que olíamos el carbón recién encendido frente a la pantalla de Canal 9 porque ahí estaba el Nápoli. Porque ahí estaba el Mundial 86. Todos esos somos flojos con Diego.

 

El domingo en que Maradona volvió a ser planta permanente del fútbol argentino después de veintidós años, lo escuchamos estirar vocales y caminar con los pies astillados. El fabricante de felicidad también generaba angustia. Un sentido común comenzó a expresarse: Diego no está para esto, que vaya a descansar, lo están usando. Como si fuéramos nosotros los dueños de su cuerpo, como si Diego -que durante 58 años hizo lo que quiso de ese cuerpo, desde derribar ingleses hasta dañarlo con sustancias y ponerlo al borde de la muerte un verano en Punta del Este- no pudiera definir sus movimientos. El detrás de escena del domingo de asunción lo tenía a Christian Bragarnik, el representante de esta época, como el titiritero, a Matías Morla como el abogado, y también a Víctor Stinfale, que aparecía en forma de latita cada vez que Diego pegaba frente a las cámaras largos sorbos de Speed, la bebida energizante que el abogado empresario, gerenciador del club Deportivo Riestra, produce en una fábrica de La Matanza.   

 

La teoría del cerco también envuelve a Maradona. Siempre hay un cerco. La cocaína en Barcelona. La camorra en el Nápoli. El menemismo en el Sol sin Drogas. El fisiculturista Daniel Cerrini en el doping del 94. Guillermo Coppola en los años del jarrón. Carlos Ferro Viera en sus viajes a Cuba. Fidel en su tren a Mar del Plata. El Grupo Clarín en su reinvención modo Noche del Diez y by pass gástrico. Evo Morales en su ninguneo a la altura de La Paz. Nicolás Maduro en sus posteos latinoamericanistas de Instagram. Bragarnik, Stinfale y Morla en tiempos de divorcio con Claudia Villafañe, en el exilio árabe y en el regreso a Gimnasia, un Ezeiza sin balas, sin muertos.

 

Diego es su propio narrador. Y es el que nos narra. El gran narrador de la patria, como lo llama el sociólogo Pablo Alabarces, y la continuación del peronismo por otros medios, también de Alabarces. Y no es sólo su origen plebeyo. Carlos Tevez también tiene origen plebeyo, una vida con serie de Netflix, pero no llega a narrar a su barrio. Ser jugador del pueblo no puede ser sólo una enunciación. Maradona, en Buenos Aires, en Dubai o en Sinaloa, mantiene el vínculo con su clase. Hace unos días, mientras intercambiaba anécdotas con Oscar Ruggeri en 90 Minutos, el programa de Fox Sports, le preguntaron qué sentía con su llegada a Gimnasia. “En un país donde el trabajo no abunda, a mi me dieron trabajo”, dijo. Nadie podría pensar a Maradona en la problemática laboral que atraviesa la clase trabajadora. Pero su épica también es una épica de lo cotidiano. El héroe se humaniza. Junto a Ruggeri, en esa conversación, recordaron los tiempos en los que conformaron el Sindicato de Futbolistas, cómo Alfredo Di Stéfano lo rosqueó durante una asamblea para que Johan Cruyff no le saque la secretaría general, y sobre la importancia que tenía para los futbolistas con menores recursos. Un rato de movimiento y organización en el mediodía de la televisión futbolera argentina.

 

Ser su propio narrador -a diferencia de quienes son narrados por otros- hace un sinsentido el reclamo bendito de que un otro lo cuide, sea el cerco o seamos nosotros, el pueblo futbolero. Como si al mismo tiempo tuviéramos que ser sus diagnosticadores y sus acompañantes terapéuticos. Diego no sólo hace lo que quiere. Igual que dentro de la cancha, afuera también fue un escapista. Nadie pudo retenerlo, ni siquiera las personas que fueron parte de sus plegarias, las que se repitieron como un mantra cuando todo ardía, la Claudia, la Dalma y la Giannina. ¿Y qué sería cuidarlo? ¿Darle la espalda? ¿Negarle la multitud de los últimos domingos, la que lo abrazó como si hubiera nacido en La Plata, en Gimnasia, la que le dijo te amo al primer beso? ¿Cuál puede ser el daño de ese amor? ¿Habría que dejarlo solo, en su casa, yendo de la cama al living? Diego, que lleva una vida acompañado por multitudes, siendo alabado por miles sin diferencia de idiomas, en cualquier parte del mundo, les dijo a esos hinchas que eso que le brindaban era el paraíso. Desinhibido de sus emociones, controladas por un cóctel de pastillas los últimos años, lloró como no se lo veía llorar desde que en la Bombonera dijo una de sus citas más frecuentadas: “La pelota no se mancha”.   

 

Que a su alrededor, además de oportunistas, se despliegue un dispositivo de negocios es parte de su historia. Maradona fue antes que ningún otro jugador una sociedad anónima: Maradona Producciones, la creación de Jorge Cysterpiller, su primer representante, el primer cerco. Pero quienes se amparan en el negocio para criticar lo que haga Maradona no les molesta el negocio, les molesta Maradona. Porque no es diferente lo que orbita en otros lugares del fútbol, en otros equipos, en otros jugadores, en otros técnicos. Bragarnik no es un invento de Maradona.

 

Después está el señalamiento a sus comportamientos, a los hijos que no se reconocen, o que aparecen tardíamente, a la violencia, a su relación con las mujeres, con la Claudia, con sus hijas. Todo desde el panóptico en el que seguimos su vida. En el que la juzgamos. En el que, a imagen y semejanza de frases como “a mí la política no me interesa” o “los políticos son todos unos ladrones”, se repite el “me gusta como jugador, no me gusta como persona”, la clase de separación en dimensiones que olvida que el jugador condiciona a la persona y la persona hizo al jugador. Una división que pretende lijar las impurezas, planchar las contradicciones; que las contradicciones, tan humanas, no existan. Y así estar purificados de los trazos gruesos maradonianos. Porque queremos su felicidad, pero que la entregue limpia, pasada por algún filtro de Instagram.

 

A los ídolos no se los disculpa por sus miserias, los fans las acepten. Diego ya no es sólo un ídolo. Es una fantasía. Sus nuevos hinchas no sólo no lo vieron jugar más que en videos de You Tube, tampoco lo vieron polemizar con vitalidad, lanzar su catálogo de metáforas que ahora son parte del diálogo general; no crecieron con las navidades maradonianas de la famiglia unita, con Mi Enfermedad de Fabiana Cantilo o el Dale alegría a mi corazón de Fito Paez musicalizando todo, con las mil recaídas, con las vigilias en las clínicas y los cambios de looks. Y sin embargo, esos chicos de once años, de doce, de veinte, viven a Diego sin nostalgia. Ven a ese señor al que le cuesta caminar, con los RPM del habla por el piso, una construcción de palabras dificultosa, impreciso para las respuestas, y sin embargo se emocionan. Con Charly García pasa algo parecido, pero Charly sigue en el camino: Charly toca, saca discos. Diego ya no juega. Y no le hace falta jugar para emocionar a los millennials. Diego lanza su rayo maradonizador y conmueve. A la masa de Gimnasia, a la masa futbolera, una emocionalidad que pone a prueba hasta a los cartesianos.  

 

Con la picarezca intacta. Lenta, quizá triste, pero intocada en la creatividad. Como cuando Gabriel Pellegrino, el presidente de Gimnasia, vio que Diego tenía los cordones sueltos y se agachó para atarlos. “¿Qué hacés? ¿Estás loco?”, lo frenó Diego. “¿No viste un video mío? Yo jugaba con los cordones desatados”, le explicó. Y lanzó su gracia: “Pensé que me querías robar las zapatillas”. La escena terminó entre risas, pero mucho más que eso, lo que entregó fue información. A los 58 años, con las rodillas enclenques, con la barriga tan parecida a la de su padre, Diego usa los cordones desatados como cuando era una gacela con la pelota. Diego es nuestra fantasía, pero también es su propia fantasía.

 

 


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