Hace un año, las élites golpistas de Brasil actuaron dentro del Estado de derecho para no tener que legitimar en las urnas el programa neoliberal. Movilizaron el poder judicial, encarcelaron a Lula y lo proscribieron como candidato. ¿Qué derecha representa el gobierno de Bolsonaro? “El asombro ante estos fenómenos debe servir para producir saberes políticamente útiles y no caer en la parálisis de que las cosas que vivimos sean “aún” posibles en el siglo XXI”, dice Diego Sztulwark en este adelanto de La ofensiva sensible (Caja Negra).



¿Puede volver el fascismo? Ni Trump, ni Le Pen, ni Bolsonaro repiten el fascismo histórico. Probablemente sea más acertado hablar de un fascismo posmoderno, un tipo específico de vitalismo que se afirma en cierta esencia o pureza étnica, de clase o nacional por medio de una violencia intolerante y a través de la inferiorización de poblaciones enteras, se trate de migrantes, negros, mujeres u homosexuales. La pregunta por la actualidad del fascismo supone un ejercicio de caracterización de fuerzas y circunstancias políticas e históricas.

 

Desde el punto de vista del debate marxista sobre el Estado y la política, el fascismo histórico no podía asimilarse a cualquier gobierno de rasgos autoritarios o conservadores, sino que respondía a una cierta coyuntura en la que el gran capital centralizado activaba en su favor a los sectores medios, con el objetivo de desplazar a aquellos círculos de las clases dominantes que bloqueaban su expansión y afirmar así su dominación sobre el conjunto. Para Ernesto Laclau, el fascismo (que engloba también al nazismo) es un fenómeno de movilización de la sociedad contra la amenaza socialista obrera y contra algunas capas del viejo bloque de clases dominantes que, como sucedía en Italia y Alemania durante la década de 1930, obstaculizaban el despliegue de la hegemonía capitalista. En el Estado fascista, la ideología racista, nacionalista y militarista, la politización de la pequeña burguesía y la interpelación de lo popular resultan entonces indisociables de la dirección estratégica y de la necesidad de expansión del gran capital.

 

Siguiendo a Georges Sorel, quien teorizó acerca del fascismo como agente de un mito movilizador, el peruano José Carlos Mariátegui percibía una suerte de juego de espejos entre fascismo y bolchevismo, ambos portadores del mito movilizador, en detrimento de la democracia parlamentaria. Ya Walter Benjamin, en un texto clásico de la década de 1930 −“La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”−, advertía este juego de espejos invertidos en términos de la relación entre estética y política: a la politización bolchevique del arte, que cuestionaba las diferencias de clase, le respondía la “estetización de la política”, que apuntaba a una espectacularización belicista que mantenía intocadas las relaciones de propiedad y de producción. Años después, cuando el fascismo ya había triunfado sobre buena parte de Europa, Benjamin volvió sobre la cuestión del fascismo, esta vez para denunciar los mecanismos que a la hora de enfrentarlo condenaron a la socialdemocracia a la impotencia. En la tesis VIII de “Sobre el concepto de historia”, texto escrito en 1940, puede leerse lo siguiente:

 

La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello. Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. La oportunidad que este tiene está, en parte no insignificante, en que sus adversarios lo enfrentan en nombre del progreso como norma histórica. El asombro ante el hecho de que las cosas que vivamos sean “aún” posibles en el siglo XX no tiene nada de filosófico. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser el de que la idea de la historia de la cual proviene ya no pueda sostenerse.

 

En otras palabras, si la izquierda europea no fue capaz de derrotar al fascismo se debe “en parte no insignificante” a su creencia en una “norma histórica” fundada en la idea de “progreso”. En lugar de partir de la tradición específica de los oprimidos –un saber de la excepción como única norma–, se dejó confundir por la tradición de los opresores –una temporalidad lineal de tipo evolutiva–. El marxismo, reducido a discurso de las fuerzas productivas (más fábricas, más obreros, más votos a los partidos socialistas, etc.), corre el riesgo de adoptar la norma propia de la tradición de los opresores. El precio a pagar por la adopción de un punto de vista “antifilosófico”, es decir, por asombrarse ante la aparición aparentemente anacrónica del nazismo, es patente. Para Benjamin, es necesario concebir la historia desde un punto de vista que permita extender la excepción al entero campo social. El asombro ante fenómenos como el de Bolsonaro, en Brasil, debe servirnos para producir saberes políticamente útiles, que no queden estancados en la parálisis filosófica ante el hecho de que las cosas que vivimos sean “aún” posibles en el siglo XXI. Pensar el fascismo de ayer y de hoy supone, por lo tanto, mantener la guardia en alto con respecto a lo que cada época propone como evolución normalizada del estado de cosas.

 

En Las nuevas caras de la derecha, Enzo Traverso caracteriza el ascenso de las derechas en Europa y en los Estados Unidos con el término de “posfascismos”. Se trata de una categoría a la que se le puede reprochar imprecisión –solo indica un “después” del fascismo–, pero que a cambio tiene la ventaja de habilitar un análisis concreto de las mixturas de rasgos racistas, autoritarios y xenófobos de estos movimientos que denuncian a las élites de las finanzas, sin dejar de entablar, no obstante, vínculos estrechos con ellas. Con la expresión “posfascismo” se intenta nombrar un complejo de continuidades y discontinuidades –a establecer para cada caso en particular– con respecto al fascismo histórico, que invariablemente se distingue de este último en un aspecto fundamental: no representa una movilización del campo popular ni tampoco la conformación de una fuerza social nueva.

 

Esta formulación se vuelve particularmente interesante si la llevamos al contexto de la discusión sobre cómo caracterizar a la derecha que llegó con Macri al gobierno de la Argentina. ¿Es legítimo o, más bien, es políticamente útil emparentar a Macri con la dictadura? En las numerosas movilizaciones contra su gobierno esto se hizo una y otra vez bajo la forma de canticos y consignas. Pero cantar en la calle no es caracterizar con precisión un fenómeno complejo, sino en todo caso sacudir una historicidad en el cuerpo; y las dos cosas son por igual necesarias.

 

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El problema está a la vista: ¿es posible caracterizar una derecha moderna que triunfa electoralmente en una línea de continuidad con el terrorismo de Estado, cuyo protagonista central fue el partido militar que no ganaba elecciones? Afirmarlo sin más supondría una caracterización errónea, en la medida en que el arribo de Cambiemos al poder se hizo dentro del marco del Estado de derecho. Pero no hacerlo implicaría, en cambio, negar toda continuidad entre procesos históricos diferentes. En la historia argentina, el fascismo no se dio nunca como forma dominante. Ciertos sectores de la izquierda y del liberalismo intentaron fallidamente adjudicárselo al movimiento que inició Juan Domingo Perón. Pero, como lo explicaba León Rozitchner, Perón no expresó la opción de un dominio por la vía de la guerra abierta, sino por la de la tregua. Esto es, por medio del tiempo y no por la sangre. El asesinato y la tortura como modos de reestructurar las relaciones de poder fueron medios utilizados por militares muy diferentes. En 1977 el almirante Emilio Eduardo Massera, por entonces miembro de la junta militar, ofreció un discurso en la jesuítica Universidad de El Salvador en el que se explayó sobre las motivaciones que impulsaban la cruzada occidental cristiana y el plan que se ejecutaba en la oscuridad de la ESMA: la defensa de la propiedad contra la ideología marxista, la defensa de la familia contra la perversión freudiana, la defensa de valores absolutos contra la relatividad einsteniana. Las prácticas de exterminio en los centros clandestinos de tortura y en los vuelos de la muerte, el catolicismo integrista de muchos de sus cuadros y los lazos indisociables con las jerarquías de la Iglesia católica, junto con la defensa a rajatabla de la familia convencional y de la propiedad privada, fueron los elementos que hicieron del Estado terrorista argentino –categoría forjada por el historiador Eduardo Luis Duhalde– el mejor heredero de la violencia fascista en nuestro país.

 

La situación se presenta bajo una luz muy diferente cuando prestamos atención hoy al ala modernizante del gobierno macrista, cuyo discurso se ilustra en las referencias que hemos hecho al trabajo de Alejandro Rozitchner, esa particular mezcla de neocapitalismo, estética rockera y de budismo, que no se deja asimilar de manera lineal al fascismo. ¿Se sostiene o no, entonces, la tesis de la existencia de una “nueva derecha”, esencialmente diferente a la del terrorismo de Estado? La cuestión volvió a plantearse durante el año 2017, a partir de la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado en el contexto de la represión estatal en territorio mapuche, y de la victoria oficialista en las elecciones de medio término. En ese contexto, fue el periodista y politólogo José Natanson quien procuró contribuir a la discusión con su libro ¿Por qué? La rápida agonía de la Argentina kirchnerista y la brutal eficacia de una nueva derecha. Allí se refiere a una derecha “democrática” –sin dudas una novedad histórica– a la que habría que comprender en nuevos términos, y en eso tiene razón. Sin embargo, el asesinato por la espalda del militante mapuche Rafael Nahuel, poco tiempo después de la aparición del cuerpo de Maldonado, confirmó lo ya evidente: la defensa de la tierra como mercancía, en el marco de una redefinición estratégica del horizonte extractivista del capitalismo local, establece nuevos enemigos del Estado y promueve no solo la práctica del aniquilamiento físico, sino también su legitimación. Y esta situación no es fácilmente caracterizable bajo la idea de una derecha “democrática”. La ventaja de la hipótesis de Traverso –no una “nueva” derecha, sino “nuevas caras” de la derecha– es que permite captar simultáneamente continuidades e innovaciones históricas, sin perder de vista el contenido abiertamente reaccionario del conjunto. Ni fascismo, ni nueva derecha democrática, al menos por sí solos, resultan entonces términos apropiados.

 

La lección de Brasil

 

Para empezar a comprender los fenómenos conservadores y posfascistas en el Cono Sur del continente americano, y en particular en Argentina y Brasil, es necesario hacer un balance de lo ocurrido en estos países durante los gobiernos llamados progresistas. En su artículo “Limitaciones de los gobiernos de Lula y Dilma”, Rita Segato enumera los principales puntos débiles de la gestión del Partido de los Trabajadores (PT) como derivados de la ruptura con su propio origen. A pesar de haber nacido como una organización mixta, en parte movimiento social y en parte partido político, cuando llega al gobierno –y sobre todo luego del escándalo del caso por el pago de coimas del denominado “mensalão”– el PT adopta las formas convencionales de la política, lo que lo hace perder pluralismo interno y reducir sus metas a sostenerse en el poder. La principal consecuencia de este cierre es el debilitamiento de las estructuras colectivas no estatales que se encontraban aún vigentes, “malla de relaciones y ayuda mutua que todavía existía en jirones de comunidad por el país”,1 y que hubieran podido morigerar la orientación equivocada de muchas de sus políticas.

 

A causa de este encierro, el PT cayó, según Segato, en una confusión conceptual entre la ampliación del consumo y la ampliación de la ciudadanía. Esta confusión redundó en una dinámica negativa en la que a la ampliación del consumo acabó por corresponderle una reducción de la ciudadanía, fenómeno inevitable cuando se priorizan “las aspiraciones de consumo como meta central”, mientras que se descuidan o se rompen aquellos vínculos comunitarios “que podrían llevar a una real politización” por la vía de una profundización del debate, de la conciencia de la comprensión crítica “de los valores propios de la teología del capital”. Esta situación se ve agravada, además, por dos razones. Por un lado, dicha ampliación del consumo no surgió de una distribución de la riqueza estructural, sino de un incremento en la exportación de commodities –soja, hidrocarburos, minerales– que permitió un mayor bienestar social sin que existieran tentativas firmes de intervenir de manera directa sobre los procesos de concentración de la riqueza. Y por otro, porque este modo de acumulación implica “el despojo y el desarraigo comunitario y territorial de pueblos, con su forma de vida alternativa y sus metas divergentes con relación al proyecto histórico del capital”. Durante la gestión del PT, recuerda Segato, “murieron asesinados más indígenas y líderes comunitarios que en todos los gobiernos democráticos anteriores”.

 

Faltó, además, una comprensión de la importancia de avanzar judicialmente sobre el negacionismo de la dictadura y, al contrario, se fortaleció el punitivismo jurídico, del cual Lula terminó siendo una víctima. No hubo una comprensión real del aumento del crimen organizado y de su impacto en la economía, ni tampoco de la magnitud del vínculo entre la acumulación, las oportunidades en la política y la actividad criminal (siendo que el crimen organizado es, en cualquier país, una de las formas principales de ataque a la posibilidad de democracia). En política internacional, primó un cierto nacionalismo que impidió, por ejemplo, que Brasil “acompañara a la Argentina en su proyecto de ley de medios, o que tornara Telesur accesible, aunque sea por cable, al telespectador brasileño” y, finalmente, “por encima de todo, no se tocó el orden patriarcal”, pilar del orden político represivo, colonial y fudamentalista contra toda politicidad comunalista.

 

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Segato reprocha al PT su encandilamiento con la ocupación de las instituciones, sin percibir hasta qué punto el Estado de derecho en Brasil sigue siendo un conjunto de estructuras neocoloniales más o menos externo a la reproducción de la vida de pueblos enteros. Esta apuesta tan lineal a la toma del Estado aisló al PT de los vectores de avance que requería la movilización popular, y lo encegueció con respecto a las estrategias que las derechas más fascistas desplegaban de modo directo sobre el campo social. Ese giro hacia el copamiento del Estado resultó en última instancia despolitizante, puesto que finalmente no condujo ni a la apropiación del Estado, ni a una transformación desde arriba, ni a la reconstitución de la sociedad.

 

Durante el Primer Foro Mundial del Pensamiento Crítico, organizado por CLACSO en 2018, Rita Segato agregó que la derrota de los gobiernos como el del PT se produjo por la acción directa de las fuerzas reaccionarias sobre el campo social: “demasiadas fichas al Estado”, demasiado pocas a la inteligencia colectiva y a las tramas comunitarias. En cuanto síntesis neocolonial de la sociedad estratificada, los Estados no son ni lo suficientemente democráticos ni lo suficientemente expresivos de las dinámicas populares como para creer que su mera apropiación conllevará transformaciones favorables. Del mismo modo, las maniobras tácticas no necesariamente profundizan el debate ni ejercitan la inteligencia de las multitudes. Se atendió poco a la estrategia fascistizante con que se suele acorralar a la democracia, a través de un auténtico complot de doble pinza que consistió en la instauración de un fundamentalismo cristiano (católico o protestante) en todo el continente y en el incremento intencional del crimen organizado, como un modo paramilitar del control de la vida. Fundamentalismo y paramilitarismo son operaciones de guerra contra las aspiraciones populares, basadas en el reforzamiento del “mandato de masculinidad”, es decir, en el desprecio de los cuerpos feminizados y de los territorios comunalizados. La vida, como dice Segato, no se cambia desde el Estado sino desde la sociedad:

 

Yo creo que el camino es anfibio también en la política. Dentro del Estado, que siempre acaba traicionándonos, buscar las brechas, las fisuras, para convertirlas en clivajes capaces de romper el cristal institucional, siempre colonial en América Latina, es decir, siempre exterior en su gestión de la vida de los pueblos y territorios. Pero no olvidar que el cambio se hace en la sociedad y lo hace la gente. Y eso es lo que ha fallado: no se trabajó la conciencia colectiva, no se cambió la gente, a pesar de que se mejoró la vida de las mayorías. 2

 

Toni Negri hizo otro aporte fundamental a la hora de comprender el ascenso de Bolsonaro. En su artículo “Un fascista del siglo XXI”, destaca como novedades principales de dicho proceso la táctica del golpe de Estado dentro del Estado de derecho, y la conexión entre el neoliberalismo en crisis y el posfascismo como su prótesis. A diferencia de los golpes militares del pasado, el golpe contra Dilma Rousseff, señala Negri, fue una operación llevada a cabo desde el interior del proceso constitucional. Detrás de la poco verosímil retórica moralista de los medios y operadores políticos se escondía un programa de ajuste, “la aprobación inmediata, por parte del Congreso, de algunas leyes características de un régimen neoliberal”3 (entre ellas, la prohibición del aumento del gasto público por un largo período). Lo primero que le interesa a Negri es resaltar cómo las élites golpistas actúan dentro del Estado para evitar la necesidad de legitimación popular del programa neoliberal. La debilidad electoral de esas élites las llevó a movilizar el poder judicial, que terminó encarcelando y proscribiendo a Lula como candidato. Lo segundo que le interesa es preguntarse por el posterior proceso electoral, que fue realizado bajo la amenaza –proveniente del interior mismo del proceso institucional– de una intervención del ejército nacional en el caso de que la izquierda triunfara. Las elecciones en las que resultó electo presidente un “fascista del siglo XXI” instauran, a posteriori, la legitimación democrática del poder, revistiendo de legitimación la actuación de las élites en la destitución de Dilma y durante el gobierno provisional.

 

El posfascismo brasileño es, por lo tanto, una apropiación pervertida de la democracia: “La democracia directa es de hecho asumida, de manera masificada y mistificada, por estos líderes fascistas, siendo transformada de modo de gobierno en figura de legitimación del gobierno”.4 Las redes sociales y los medios institucionales se vuelcan voluntariamente sobre esta función de legitimación. El desastre brasileño es el de la cancelación democrática de la democracia, que se concreta en “la adjunción de la libre expresión al poder” y la aniquilación de toda esfera expresiva autónoma. El razonamiento de Negri lo lleva a concluir, en primer lugar, que es la incapacidad del neoliberalismo para proponer modelos consistentes de equilibrio político e institucional, “de sostenerse a sí mismo en medio de la crisis, ante niveles crecientes de resistencia”, lo que conduce a dislocar el dinamismo constitucional y a apoyarse en “una fuerte recuperación del soberanismo”. De modo que el neofascismo contemporáneo podría entenderse, ante todo, como una “fase dura” del neoliberalismo, propio de un período en el cual este último se choca “con dificultades máximas, o donde sus dispositivos se quiebran, o mejor, donde enfrenta la emergencia de fuertes resistencias”. Y, en segundo lugar, que este posfascismo actual, a diferencia de las técnicas totalitarias que empleaba el fascismo histórico, utiliza mecanismos flexibles tanto para la transformación autoritaria del Estado como para el salvataje del programa neoliberal. Esta flexibilidad –que se corrobora tanto en los Estados Unidos como en Europa o en América del Sur– se corresponde con una época en la que la multitud ocupa el centro de la lucha de clases como protagonista de los procesos históricos. El fascismo posmoderno es inseparable de un fenómeno de implosión inmanente de esta misma multitud “en términos de inseguridad económica o ambiental y de miedo al futuro”, de un fuerte repliegue sobre la “defensa de la identidad”.

 

La intolerancia homofóbica y la agresividad militarista contra las formas de vida se exhiben sin pudor en la figura de Bolsonaro, incapaz de otro proyecto que no sea el de arrasar con lxs negrxs, las personas trans, las feministas, lxs indígenas, y aplicar un programa antisocial contra lxs pobres. En estas condiciones, una política del síntoma pasa por crear alianzas entre estas figuras criminalizadas, enlaces que seguramente no estarán a cargo de una izquierda ya agotada y que, según Negri, no sucederá sin la chispa de los movimientos feministas.

 

 

1. Rita Segato, “Limitaciones de los gobiernos de Lula y Dilma”, Buenos Aires, Le Monde Diplomatique, noviembre/diciembre, 2018.

2. Ibíd.

3. Antonio Negri, “A 21st Century Fascist”, Verso, 19 de enero de 2019, disponible en versobooks.com; traducción en castellano disponible en Lobo Suelto.

4. Ibíd.


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