La muerte del libro papel, profetizada ante los cambios tecnológicos, no sucedió. ¿Pero igual Argentina camina a convertirse en un mundo sin libros? La falta de políticas culturales que promuevan su impresión, circulación y valoración amenaza a ese objeto de papel que desencadena debates, modela pensamientos, entretiene, abraza mística y estatus y propone estímulos que van a contramano de la avalancha de información diaria que satura nuestros sentidos. Alejando Dujovne fundamenta por qué es necesaria la creación de un Instituto Nacional del Libro.



Si para Borges el paraíso guardaba la forma de una biblioteca, seguramente su peor pesadilla fuera un mundo sin libros. Argentina camina, firme, a convertirse en ese infierno. Un país con pocas editoriales, escasas librerías y menos lectores. Y sin librerías que vendan libros, sin editoriales que los publiquen y sin lectores que los lean, la literatura y la discusión intelectual serán indefectiblemente más pobres, más estrechas, menos interesantes. Frente a esa posibilidad cierta, más cercana de lo que se cree, colamos en el debate público un pequeño pero ambicioso proyecto de ley para crear un Instituto Nacional del Libro. Una herramienta capaz de pensar y generar políticas públicas para un sector devastado y con serios problemas estructurales. 

 

Los autores no escriben libros, dice José Luis de Diego. Es cierto: escriben textos que, con algo de fortuna, ingresan en un largo ida y vuelta con un editor/a que los convierte en ese objeto discreto que llamamos libro. No escriben libros, pero, paradójicamente, se vuelven “autores” a través de éstos. Y si bien los cambios tecnológicos están transformando rápido las formas de escribir y leer, y por lo tanto también los modos de pensar y valorar la literatura y el ensayo, el libro papel, ahora ampliado a su versión digital, sigue formando parte importante de nuestras ideas y debates. 

 

Los folletines, los cuentos en diarios y revistas, y desde hace algunos años los blogs, las redes sociales, las plataformas de escritura tienen lectores, circulan, se comparten, recomiendan, se someten a críticas, y, en casos excepcionalísimos, hasta producen algún ingreso económico para quien genera esos contenidos, pero no tienen la función ni el prestigio social de un libro. Frente a la fugacidad de estos soportes, el libro se guarda, se colecciona, se luce. A través de los libros, los escritores pueden ingresar a las librerías, ser reseñados, traducidos, y competir por los premios que organizan y consagran en el mundo de la literatura. Y para ciertos sectores sociales, el libro leído, los libros leídos son, todavía, signos de una dedicación intelectual y temporal a contramano de la avalancha diaria de estímulos que saturan nuestros sentidos. La inminente muerte del libro papel, profetizada y reiterada en todo foro editorial hasta hace una década, no aconteció. Y según las cifras globales de los últimos años, no parece que vaya a suceder en un futuro cercano -si bien los cambios en los hábitos de lectura tienen un efecto directo sobre el consumo de libros en general, en los principales mercados mundiales la venta de libros físicos ha mostrado signos de recuperación mientras que la de ebooks ha tendido a frenarse o directamente a estancarse-.

 

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“No todos pueden publicar, hay que ser bueno para hacerlo.” Atribuimos rápido, demasiado rápido, la edición y difusión de un libro a su calidad intrínseca. “Si se vende y es reseñado es porque el libro es bueno”, y, por lo tanto, “si es bueno, entonces es natural que se publique”. Esta idea circular de sentido común tiene algo de verdad. La calidad importa. Pero eso no significa que la calidad siempre encuentre su camino hacia el lector, ni que todo lo que se publica sea guiado por ese criterio. La experiencia real y concreta de la práctica literaria enseña que las lógicas que organizan y condicionan la publicación de libros son mucho menos lineales. Y que tras el juego encantado de la literatura operan fuerzas menos espirituales: el mercado y la política. ¿Queremos hablar de literatura en la Argentina hoy? ¿Qué es escribir y publicar en nuestro país? 

 

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“No veo qué relación hay entre una moneda de cinco francos y una idea”, observaba con precisa lucidez Flaubert. ¿Cuál es el precio de un cuento? ¿Cómo se determina el valor económico de un ensayo? Imposible hacerlo, no hay relación, advierte el novelista. Sin embargo, nuestra práctica más inmediata indica lo contrario: cuando compramos una novela pagamos. Y pagamos el precio que dice el librero. No la llevamos gratis ni decidimos el precio en función de lo que creemos que vale ese libro. Cuando un texto es publicado e ingresa al circuito comercial se define un precio de venta. Este precio contempla los materiales que componen ese libro (oligopolio del papel incluido), los procesos de producción, distribución y comercialización que involucran acciones distintas y muy especializadas, los impuestos, y, también, la retribución del autor. 

 

Así, con la edición el mercado actúa y ejerce todo su peso sobre el mundo de la literatura y las ideas. Y nos enfrenta a una nueva paradoja. Si un autor decide sostener el estandarte flaubertiano y prescindir del mercado proclamando la irreductibilidad económica de su trabajo, y aventurarse, por ejemplo, en la autoedición, va a chocar rápido con la realidad de que el valor literario de su obra está estrechamente asociado al valor de mercado. La editorial, cuando funciona como tal, es bastante más que el alquimista que transforma un texto en un libro. La editorial es la que posibilita que un libro ingrese al circuito comercial de las librerías, sea visible en las plataformas de venta digitales, pueda ser reseñado. Las editoriales son las que permiten que la acción de publicar sea, en efecto, hacer público algo. Pero una editorial también es un sello, una marca que se proyecta sobre la obra. La reputación de la editorial aumenta o disminuye las posibilidades de que un libro sea leído y orienta también los modos en que será interpretado. La ilusión de la autoedición, incluso bajo un sello dedicado a ese rubro, puede acabar en una veloz y angustiante frustración si no se tiene en cuenta esa realidad.

 

Pero al mismo tiempo que el mercado actúa sobre el valor económico y literario de las obras, también ejerce su inflexible coerción. El mercado no solo define un precio y una retribución sino, tanto o más importante, decide qué se publica, bajo qué condiciones y cómo va a circular aquello que se publica. Si el mercado es pequeño, con pocas editoriales, el poder de decisión de estas sobre la cultura literaria e intelectual de un país va a ser grande. Pocas van a decidir por todos. Y si esas editoriales persiguen, además, una elevada rentabilidad destinada a satisfacer las expectativas de sus directorios y accionistas, sus elecciones tenderán a priorizar la publicación de libros estandarizados, previsibles, de rápida rotación, y en lo posible breves y en un castellano lo más neutro que se pueda. Y si el libro no vende en el breve tiempo esperado, entonces, el saldo o la guillotina. 

 

“Una revolución conservadora en la edición”, llamó Pierre Bourdieu a la agudización contemporánea de ese mecanismo. Frente a ese proceso se expande esa vasta y heterogénea zona que identificamos como edición independiente. Una zona que busca sostener la autonomía de lo literario y el ensayo, asumiendo riesgos intelectuales, estéticos y económicos. El interés que suscitan las editoriales independientes entre los “lectores intensos” y los medios culturales es inversamente proporcional a la posición que ocupan en el mercado. Abren el juego a nuevos autores y traducciones, sí, pero lo hacen en los estrechos márgenes que les dejan los grupos editoriales. Aunque sin datos precisos, puede estimarse a partir de distintas fuentes que los dos grandes grupos representan hoy en la Argentina alrededor del 40% de las ventas de ejemplares en librerías,  una cifra muy elevada considerando el número de editoriales que tiene el país.  

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Las constricciones que impone el mercado a la edición y circulación de libros en Argentina no se detienen en la concentración económica. Los problemas se agravan a medida que nos alejamos de la Ciudad de Buenos Aires. En 2016, 9 de cada 10 libros publicados por “editoriales comerciales”, es decir, aquellas con capacidad real de comercializar sus libros en librerías, fueron publicados en la capital argentina. Un escritor que vive en, por ejemplo, Jujuy, está en clara desventaja frente a alguien que reside en Buenos Aires, por el sencillo hecho de que, en la práctica, son los vínculos, las redes de amistad, los contactos y recomendaciones personales, los medios que verdaderamente allanan el camino hacia un sello más o menos profesional que garantice un mínimo de visibilidad y circulación. El envío de originales por correo electrónico para su evaluación no es, sabemos, la vía más efectiva para verse publicado. Esta fortísima asimetría regional va de la mano con los costos logísticos de distribución y con la escasez de librerías en muchas ciudades y pueblos del país. Reconocer los efectos culturales de estas condiciones materiales nos previene de la mirada paternalista que celebra el regionalismo costumbrista en la literatura como expresión esencial del interior argentino, o que asume la ausencia de polos literarios dinámicos como parte de una fatalidad histórica. El mercado, por sí mismo, no corrige esta clase de desequilibrios. Por el contrario, librado a su propia dinámica, los agrava.

 

Es el Estado el que tiene la capacidad para revertir las asimetrías que produce el mercado del libro y superar sus limitaciones. Pero “capacidad” es apenas una posibilidad. Para que un gobierno tome medidas primero debe entender a la doble concentración del libro, económica y regional, como problemas que atentan contra una producción diversa, democrática, federal, de calidad. Eso, claro, no sucede. Y difícilmente suceda cuando ni siquiera está dispuesto a reconocer como problema la situación límite que está atravesando el sector editorial en este momento, con el cierre de imprentas, editoriales, librerías, y la multiplicación de despidos en toda la cadena. Frente a la crisis, las respuestas oficiales oscilan entre la relativización de la gravedad (“el sector atravesó muchos momentos difíciles”), el elogio a la resiliencia de los editores, y la invitación al emprendedorismo. La no política es, aunque parezca lo contrario, una política. 

La importancia que un gobierno atribuye a un aspecto de la realidad social debemos buscarla no en su retórica, sino en las políticas y regulaciones que lleva adelante, en la posición que detentan los funcionarios responsables de esa área, en los cambios en las estructuras institucionales, y en los recursos económicos que destina. La degradación del Ministerio de Cultura a Secretaría, el paso fugaz de responsables del área del libro y la literatura, la eliminación de políticas como los planes nacionales de lectura, el achicamiento de los presupuestos de áreas como CONABIP y la reducción a su mínima expresión de algunos programas, por mencionar solo lo más evidente, dejan pocas dudas acerca del valor que el actual gobierno le atribuye al libro y la lectura. No es desidia ni incomprensión, es la decisión política de dejar librados al mercado la producción, circulación y acceso al libro. Esto es, qué se produce, cómo circula, y quiénes acceden.

 

Desde una concepción opuesta, y tomando en cuenta las cada vez más urgentes demandas de los distintos actores de la cadena del libro, a inicios de 2018 el diputado nacional Daniel Filmus, como presidente de la Comisión de Cultura de la Cámara, decidió avanzar en una serie de proyectos legislativos orientados a salvaguardar, fortalecer y democratizar al libro y la lectura en Argentina. En ese marco, Heber Ostroviesky y yo fuimos convocados a participar en el diseño de los distintos proyectos de ley. Entre las iniciativas, la más ambiciosa por las posibilidades de transformación de largo plazo que puede producir, es la creación del Instituto Nacional del Libro Argentino, el INLA. La idea no es nueva en Argentina, hubo versiones anteriores que por distintos motivos no llegaron a sancionarse. Tampoco es nueva respecto de otros países con tradiciones editoriales e intelectuales análogas (como el Centro Nacional del Libro francés, el Centro para el Libro y la Lectura italiano, o el Instituto del Libro polaco). Este proyecto parte de esas experiencias, las revisa, y adopta una fuerte mirada sistémica y federal del sector. No solo comprende la especificidad de las funciones, prácticas e intereses de cada uno de los eslabones, sino que entiende que todos participan en un mismo sistema de producción y que, por lo tanto, los cambios en una de sus partes tienen efectos sobre el conjunto. Y lo hace, además, entendiendo las marcadas asimetrías regionales y la necesidad de generar mejores condiciones para que el mercado del libro pueda ampliarse, fortalecerse y diversificarse. El diseño del proyecto supuso más de un año y medio de reuniones y conversaciones con representantes de prácticamente todos los rubros que componen el amplio mundo del libro: escritores, traductores, editores, ilustradores, talleres gráficos, distribuidores, libreros, cámaras gremiales y sindicatos. El del libro es un sector complejo, con miradas e intereses divergentes y por momentos contradictorios. Esa realidad fue contemplada e integrada en un proyecto que logró un amplio consenso. Y que recibió el apoyo abierto y decidido de miles de personas relacionadas de un modo u otro con el mundo del libro. (Acá pueden acceder a los apoyos, las notas de prensa y al proyecto en sí: www.tiny.cc/INLA).

 

En este momento el proyecto está siendo debatido en la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados. Si bien la iniciativa obtuvo las firmas de prácticamente todos los bloques, incluido el oficialismo, en la actualidad existen serias dudas acerca de cuál será la postura de este. En los últimos días, los principales actores del sector manifestaron su inquietud ante la posibilidad de que el gobierno, sin oponerse abiertamente, busque aprobar a través de sus diputados un proyecto alternativo meramente formal, sin recursos. Esto es, sin capacidad real de acción, y por lo tanto sin efectos. De aprobarse un proyecto carente de presupuesto no solo sería frustrante para un sector en emergencia, sino preocupante porque limitaría la posibilidad de volver a discutir un proyecto de esta naturaleza en el futuro. Si queremos seguir hablando de literatura contemporánea en Argentina, de nuevos escritores y escritoras, si pretendemos que nuestras editoriales recuperen algo del terreno perdido en el ámbito de la lengua castellana, si creemos que las librerías tienen un papel importante en nuestra cultura, si seguimos considerando que el libro y la lectura tienen algún valor para nuestra sociedad, entonces es necesario volver la mirada y prestar atención a lo que sucede en el mercado y la política. 

 

 


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