El domingo, en el Southbank Centre de Londres, se presentó la antología África39: una despareja compilación de los mejores escritores africanos menores de 40 años. Para este ensayo, el escritor y traductor Salvador Biedma, leyó y entrevistó a los autores. Un recorrido por las letras de un continente cuya literatura no suele cruzar el Atlántico.



En 2007, cuando Bogotá fue la Capital Mundial del Libro elegida por la Unesco, el Hay Festival organizó Bogotá39. Una selección de 39 escritores latinoamericanos de hasta 39 años de edad. Junot Díaz, Guadalupe Nettel, Alejandro Zambra, Adriana Lisboa, Andrés Neuman y Rodrigo Hasbún, entre otros, integraban la selección. Se publicó una antología, se organizaron diversas actividades y esos autores, en muchos casos ya prestigiosos, tuvieron cierta proyección internacional o la aumentaron.

 

El domingo, en el Southbank Centre de Londres, se presentó la antología África39. A pesar del nombre, los autores seleccionados no provienen de todo el continente africano, sino del “África negra”, los países al sur del Sahara, y su diáspora (nacieron allí y emigraron o incluso nacieron en otras regiones del mundo, pero tienen origen africano).

 

De los 39 autores que participan en la selección, 9 son nigerianos. Si bien la narrativa nigeriana siempre se ha destacado dentro de África, parece mucho. Entre los 17 países incluidos en la selección, hay también seis keniatas, cuatro sudafricanos, tres escritores de Ghana y tres de Uganda.

Participan autores que escriben en inglés, francés y portugués, pero también en algunos idiomas “no europeos”, como el lingala o el suajili. Recaredo Silebo Boturu, de Guinea Ecuatorial, es el único de lengua castellana. Hasta ahora, al menos, casi no se lo conocía como narrador, sino en su faceta teatral, como director, actor y dramaturgo, y en menor medida, como poeta.

 

Ellos se emborrachan,

beben los pilares del puente

que une el norte con el sur,

y yo sin vergüenza,

nosotros les sonreímos.

[…]

Y ellos nos meten en pateras.

 

La selección parece interesante en tanto reúne a autores muy poco conocidos –el propio Recaredo– con otros que ya tienen un nombre a nivel internacional. El nivel de los textos (cuentos y fragmentos de novelas) es un tanto desparejo, algo que tal vez resulta inevitable en una antología tan amplia.

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Margaret Busby, que formó parte del jurado, aclaró en un artículo publicado en The Guardian que la lista no es “tan” definitiva, que estos 39 escritores son simplemente “algunos de los mejores” del África subsahariana y su diáspora. Resaltó también que quizá lo más interesante de esta iniciativa es que no hay un único ganador y que constituye una oportunidad para celebrar y alentar a una nueva generación de autores.

 

Wole Soyinka, el primer africano en ganar un Nobel de Literatura, escribió la introducción de la antología. No habla sobre los textos elegidos, sino que pone el foco en la libertad creadora y la contrapone a la censura. “La función primaria de la literatura es captar y ampliar la realidad. Resulta inútil, entonces, tratar de circunscribir el territorio creativo de África, menos que menos según la conformidad a una ideología literaria que aspira luego a ser la cola que mueve al perro”.

 

El escritor y editor Shadreck Chikoti, de Malawi, también pone el énfasis en la libertad, pero desde otro punto de vista. “Aquí hay una idea de liberación, de romper con la etiqueta de una ‘literatura auténticamente africana’. Los autores estamos aventurándonos ahora con temas y géneros que se consideraban ‘inafricanos’, como la ciencia-ficción o el fantasy. Queremos que nos tomen como escritores africanos simplemente porque somos de este continente, no porque escribamos de una manera particular o sigamos ciertas normas”.

 

Chikoti ha insistido ya otras veces sobre el valor de lo “inafricano” o, en inglés, un-African. La selección incluye un fragmento de su novela inédita Azotus, the Kingdom, que ganó el Peer Gynt Literary Award. La obra transcurre en África, en un futuro lejano, dentro de cinco siglos: “Durante muchos años Kamoto no había pensado en salir afuera. El mundo de afuera no le ofrecía nada que no pudiera encontrar dentro de los confines de su propia casa. Siempre había tenido suficiente aire para respirar y comida para alimentarse”.

 

A la introducción de Soyinka le sigue una nota de la editora, la zimbabuense Ellah Wakatama Allfrey, que plantea que 39 autores “sólo pueden ofrecer una instantánea de las potenciales ofertas en un vasto continente de cuentistas”, pero que “esta antología es un buen lugar para empezar”. Y recurre a una idea que la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie expuso en una charla TED: dice que la variedad en la selección elude “el peligro de una única historia”.

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Es cierto que en la antología conviven textos de temáticas y estilos muy diversos. Desde el cuento de Recaredo Silebo Boturu, sobre un chico llamado Alú al que burlan sus compañeros de clase, todos de nombres cristianos, hasta una obra de ciencia-ficción como la de Shadreck Chikoti o “Two Fragments of Love”, un relato conformado por dos textos en los que el narrador o narradora le habla a su pareja o ex pareja, de Eileen Almeida Barbosa.

 


 

El Hay Festival se inició en 1987 en la localidad de Hay-on-Wye (Gales). Luego se fue haciendo en otras ciudades: Cartagena de Indias, Xalapa, Segovia, Budapest y sumaron nuevas propuestas. Los organizadores del festival y los de la Capital Mundial del Libro se asociaron para poner en marcha la iniciativa Bogotá39. Reincidieron en la idea tres años después, con Beirut39. En ese caso, el proyecto no reunía a autores de un continente o subcontinente, sino del mundo árabe, hubieran nacido en Marruecos, Irak o Francia. Aunque se publicó en árabe y en inglés, lamentablemente la antología no se tradujo al castellano.

 

Cristina Fuentes La Roche, directora del Hay Festival en América, dice que si esta vez no se tomó en cuenta al Norte de África fue porque los autores de esa región ya habían sido englobados en Beirut39. “Los organizadores de la Capital Mundial del Libro de la Unesco nos ofrecieron organizar esto con ellos y nos animamos a celebrar la literatura de esa región. La literatura africana está en un momento muy interesante, por la diversidad de voces y temas, la energía y la contemporaneidad tan arrolladora. Creo que a la literatura del continente le ha llegado su gran momento”.

 

Aunque lo último quizá suene un poco excesivo, sin duda desde hace unos años la literatura africana está atravesando un momento de gran riqueza. Podríamos marcar algunos hitos en la historia, pensar cómo se llegó a este punto, tomando en cuenta que desde países de habla inglesa y francesa (e incluso portuguesa), más relacionados con la “colonización” del continente, se le ha prestado mayor atención a esta literatura.

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Durante la década del ’60, en África se vivieron cambios políticos muy importantes. En apenas un año, 1960, diecisiete países proclamaron su independencia. Al mismo tiempo, se vivió cierta efervescencia cultural que, en el ámbito literario, excedió la capacidad de publicación de las pocas editoriales que existían. En buena medida, eso explica el surgimiento en 1962 de una colección pionera en Inglaterra y el mundo: la African Writers Series, de la editorial Heinemann, que resultaría esencial para el conocimiento sistemático en lengua inglesa de la literatura africana. A su vez, se fundaron nuevos sellos como, en 1963, CLE (Centre de Littérature Évangélique), considerada como “la primera editorial del África francófona”.

 

En la década siguiente, esta tendencia creció, surgieron más editoriales (en el ámbito francófono, es inevitable mencionar a Nouvelles Éditions Africaines), revistas literarias y concursos.

Predominaban los textos vinculados directamente a la realidad política y social, marcados a principios de los ’60 por la esperanza que trajeron las independencias y, casi enseguida, por la subsecuente decepción. La narrativa estaba muy ligada a la tradición oral y al teatro.

 

En 1986, por primera vez recibió el Premio Nobel de Literatura un africano: Wole Soyinka (nacido en Nigeria en 1934), autor en lengua inglesa, que trabaja diversos géneros y es también un activista político, como muchos de los escritores de su generación, y sufrió la cárcel a fines de los ’60. Dos años después, la Academia Sueca le otorgó el premio al egipcio Naguib Mahfuz. En 1991, mientras caía lentamente el sistema del Apartheid, ganó el Nobel la escritora sudafricana Nadine Gordimer. O sea que, en apenas cinco años, África pasó a tener tres Premios Nobel de Literatura (y los tres habían publicado en la African Writers Series de Heinemann). El cuarto, en 2003, fue J.M. Coetzee.

 

A partir del año 2000, el Caine Prize, el más prestigioso premio literario de África, comenzó a destacar el trabajo de notables cuentistas. Y la generación nacida a partir de 1970 mostró un claro progreso, una apertura, una ampliación de recursos y de temas con respecto a la literatura de generaciones anteriores, a la vez que logró ampliar las formas de difusión (mediante publicaciones apoyadas en la web), siempre con predominancia del idioma inglés y, en segundo término, del francés.

 

Sin dejar de lado la tradición narrativa del continente, el trabajo de estos autores tal vez sea más “accesible” para un público internacional. La palabra “energía”, utilizada por Fuentes La Roche, parece muy adecuada: al leer a estos escritores, uno siente su fuerza, su potencia.

 

Varios de los pioneros de esta nueva etapa ya pasaron los cuarenta años y no entran en la lista de África39. Por ejemplo, Brian Chikwava o Binyavanga Wainaina. Este último viene trabajando para difundir a autores actuales y, de hecho, estuvo a cargo del equipo de preselección de la antología, que les entregó a los tres jurados más de cien textos.


 

La segunda novela de la nigeriana Chika Unigwe, editada originalmente como Fata Morgana en neerlandés, ha tenido éxito en distintos países. Se publicó en inglés, en italiano y este año la Editorial Oriente, de Cuba, la tradujo al castellano. Se trata de la historia de cuatro mujeres africanas que se prostituyen en Amberes (Bélgica). Para escribirla, la autora hizo una compleja investigación.

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Chika, que nació en Nigeria, vivió largos años en Bélgica y en 2003 emigró a Estados Unidos, dice que “hay un sostenido interés por la (nueva) literatura de África desde hace unos diez años” y señala que ahora son muchos más los autores africanos que publican en editoriales de Europa y Estados Unidos, firman con influyentes agencias literarias y ganan premios internacionales. ¿Se siente parte de una nueva generación? “Sí, de una generación que va más allá del grupo de África39: los escritores que publican y son leídos a nivel internacional después de Chinua Achebe, Wole Soyinka, Flora Nwapa…”, contesta por mail.

 

Desde Costa de Marfil, Edwige-Renée Dro señala, en línea con Unigwe, que la literatura africana ya estaba siendo reconocida internacionalmente. Sin embargo, piensa que con esta iniciativa se abre el juego a otras voces, a “nuevas historias contadas por autores establecidos en el continente, que conocen la dura realidad de la vida aquí”. Como ella indica, en la literatura africana que circula en el mundo predominan los autores que viven fuera del continente.

 

Está claro que en los países de idioma castellano todavía no se conoce mucho sobre la literatura de África. Ha habido algunos proyectos (editoriales españolas como El Cobre o Alpha Decay lanzaron sus respectivas colecciones Casa África y Alfaneque), pero parecen gestos aislados.

 

Aunque en América Latina convivimos con la cultura africana, presente en la lengua, en la música, en distintos aspectos religiosos, no hay un vínculo fluido con la literatura de ese continente, como ocurre en buena medida en Inglaterra y Francia.

 

El sello Bloomsbury, que publicó la antología en inglés, está buscando editoriales interesadas en traducirla a diversos idiomas, incluido el castellano, pero, según parece, aún no hay candidatos formales. Mientras esperamos, podemos disfrutar leyendo a los pocos autores de África39 que están traducidos a nuestra lengua, como Ondjaki (varios de sus textos se publicaron en distintos países hispanohablantes y, entre ellos, Argentina) o la multipremiada Chimamanda Ngozi Achidie (sus cuatro libros ya están disponibles en castellano).


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