Qué pasaría si lxs trabajadores precarizados asumieran su orgullo, como lo hicieron lxs afroamericanos y las feministas, y se liberaran de la urgencia de aceptar los empleos disponibles. El investigador David Casassas apuesta a la renta básica para reformular no sólo el escenario del mundo laboral sino también el de los afectos, como espacios en los que nuestras vidas adquieren sentido. Adelanto de Libertad Incondicional. El derecho a la renta básica universal.



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Este lunes 1/6 a las 11hs, una conferencia de David Casassas por Zoom con inscripción previa acá.

 

 

Extracto del epílogo de Libertad incondicional. El derecho a la renta básica universal, Ediciones Continente, Buenos Aires, 2020.

 

¿Nos atreveremos realmente a tomar el “todo” por asalto? ¿Seremos capaces de vivir fuera del zoo? Nacidos en cautividad, los animales no humanos no pueden ser liberados en la naturaleza porque no han desarrollado la capacidad de (sobre)vivir en ella. ¿Seremos nosotros y nosotras capaces de aminorar la marcha, mirar con calma a nuestro alrededor, sin vértigos excesivos, y hacernos con una cultura y un acervo de prácticas orientadas a la reapropiación del derecho a decidir nuestras vidas?

 

El mundo del trabajo asalariado se asemeja a una noria que gira y gira y no se detiene, una noria de la que, por consiguiente, es difícil bajar sin romperse la cabeza. También es difícil encaramarse a ella: sus cestas van repletas y, además, pasan por delante de nosotros a toda velocidad. Es, pues, una noria que al mismo tiempo engulle y expulsa. Por si fuera poco, quienes ruedan y ruedan metidos en las rebosantes canastas se muestran propensos a sentirse orgullosos de tener plaza en la bestia giróvaga: en el parque de atracciones, uno tiende a estar contento, incluso a divertirse. Pero es una cuestión de tiempo: pasados días, semanas, meses y años, quedar atrapados en el recinto se convierte en argumento para historias de terror y escalofríos. Sin embargo, tenemos la curiosa tendencia de aplaudir el supuesto logro de permanecer encerrados en el parque de la fatal atracción del trabajo asalariado: tal es la “falsa consciencia” que éste puede llegar a alimentar.

 

La renta básica no ha llegado para destruir parques y norias. La renta básica ha llegado para hacer saltar por los aires las puertas del recinto y, también, para permitirnos accionar la palanca de freno del infausto giro de la noria. Salir del proletariado significa eso: equiparnos de recursos para sortear la desposesión capitalista y, a partir de ahí, decidir cuándo paramos y cuándo volvemos a poner en movimiento los engranajes de las distintas formas de trabajo, remunerado o no, que podamos querer para nuestras vidas. Por ello, salir del proletariado para nada implica salir del trabajo o negarnos como clase trabajadora. Todo lo contrario: salir del proletariado, poder des-proletarizarnos, significa abrir las puertas a la conformación de una nueva clase de trabajadores y trabajadoras libres que, como tales, escogen las formas y procesos de trabajo que verdaderamente sienten como propias. Bajo el capitalismo, el gran desincentivo para con el trabajo es el propio empleo, son las condiciones bajo las cuales éste tiene lugar. Liberándonos de la necesidad de aceptar los empleos hoy disponibles, si es que realmente lo están, la renta básica nos permite recuperar y reformular los incentivos para trabajar, pues nos faculta para que lo hagamos en los espacios y de los modos que estimemos congruentes con lo que somos o tratamos de ir siendo. Los mundos del trabajo -de los trabajos- y los mundos del afecto -de los afectos- constituyen los espacios en los que nuestras vidas adquieren sentido. Que no nos amputen el deseo de habitarlos.

 

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Para ello, el orgullo es imprescindible. Pero no erremos a la hora de proyectarlo. No podemos mostrar conformidad y hasta entusiasmo por pertenecer a la clase de las gentes proletarizadas por el paso del rodillo de la desposesión capitalista. La población afroamericana que se levantó y se levanta para reclamar derechos civiles, la población femenina que se organiza para romper cadenas adquieren, la una como la otra, un “orgullo de pertenencia” que se entiende no porque sea un mero canto referido a una vulnerabilidad compartida que se estima insuperable -ello ahogaría cualquier intento de hacer oír esas voces-; ese “orgullo de pertenencia” se explica porque existe la perspectiva dinámica no, por supuesto, de dejar de ser población afroamericana o femenina, sino de dejar de ser población subalterna, minorizada, por razones de etnia o de género. Donde hay dominación, no hay orgullo de grupo posible sin un horizonte de expectativas que apunte a la propia autodisolución como grupo atropellado por el despotismo y la subalternidad. Lo mismo ocurre con la población proletaria, que lo es porque la desposesión no ha dejado otra alternativa. Rozaría el patetismo si alimentáramos el orgullo de ser ovejas encerradas en el redil, animales enjaulados en los zoos que abarrotan el mundo, mareados moradores de las cestas de la noria; en último término: esclavos a tiempo parcial. En cambio, el orgullo de clase adquiere todo el sentido del mundo cuando va acompañado del abierto descaro de quienes aspiran a abandonar rediles, zoos y norias -esto es, a “deshacerse” como clase proletaria- para ocupar espacios de trabajo arraigados en el nervio y la musculatura del poder popular -esto es, para “hacerse a sí mismos” como clase de trabajadores y trabajadoras efectivamente libres-.

 

Porque no podemos vivir con el “frenesí propio de los desesperados” del que hablaba Adam Smith. Porque es falso que, como dejó dicho von Mises, trabajadores y capitalistas se necesiten con el mismo nivel de urgencia, sin que medien asimetrías de poder, sin que nadie nos obligue a nada. Porque, en cambio, sí es cierto que las vidas dañadas por la proletarización -así lo vio la tradición de los Gramsci y los Pasolini- vienen marcadas por la pérdida del control sobre todo tipo de saberes, empezando por los que atañen a lo que hacemos cada día en nuestro puesto de trabajo: produciendo “con el frenesí propio de los desesperados” -o intentándolo-, haciendo equilibrismo encaramados al borde de la cesta de la noria, olvidamos la diferencia entre una col y un guisante, entre un gallo y una lagartija, entre el invierno y el verano, entre clavar un clavo y hacer una muesca, entre encendido y apagado, entre el viento violento y el humo de motores, entre programar y que te programen, entre alzar la mirada y caminar con la cabeza gacha. Y perder el control de lo que se sabe, dejar que caiga en el olvido, equivale a dejar escapar una vida entera.

 

Por ello, es imprescindible y urgente que tomemos conciencia del lodazal en el que nos encontramos, que siega posibilidades y posibilidades de vida. Y que nos armemos de formas y mecanismos de solidaridad y de rebelión para que, todos y todas, podamos hacer y cuidar mundos en los que convivir perdurablemente. La renta básica, como otras medidas de carácter incondicional, no ha venido para que vivamos de arriba, sino para que podamos disponer de recursos con los que tejer una interdependencia compatible con la libertad. Sin ir más lejos, el poder de negociación dimanante del carácter incondicional de la renta básica nos capacita para hacer y cuidar mundos en los que quepan los mercados y la propiedad, pero en los que mantengamos la capacidad de determinar, todos y todas, cuándo y cómo queremos que emerjan y se desplieguen los mercados, si es que lo deseamos en alguna medida, y qué formas específicas de propiedad reservamos para nuestras relaciones sociales. La posibilidad de realizar trabajos escogidos y de articular mecanismos para corresponsabilizarnos para con todos ellos depende de un modo crucial de que ello pueda ser así.

 

La renta básica no conduce inevitablemente a escenarios sociales de naturaleza post-capitalista. Pero la renta básica se muestra capaz de desactivar uno de los principales mecanismos disciplinantes que hallamos en las sociedades capitalistas, incluidas las que incorporan mecanismos bienestaristas: el carácter obligatorio, forzado, del trabajo asalariado. De ahí las potencialidades de la propuesta en términos de lucha contra la dinámica desposeedora-mercantilizadora del capitalismo. En efecto, la naturaleza obligatoria del trabajo asalariado ha bloqueado y bloquea toda una miríada de entornos (re)productivos de factura autónoma que sólo pueden emerger cuando el trabajo y los ingresos se desacoplan y recursos incondicionalmente conferidos desencadenan todo tipo de formas y proyectos de vida. No son pocos los movimientos sociales que lo están viendo así y que nos animan a agarrar nuestro tiempo por las solapas para sacudirlo hasta hacer visible lo que permanecía oculto o irremediablemente borroso: que en un momento de agudos malestares inducidos por el giro neoliberal del capitalismo, con un viejo pacto fordista que ha sido roto unilateralmente por las élites y con una indignación enraizada en un hondo sentimiento de traición que alimenta ambiciones sociales y políticas sin precedentes en las últimas siete décadas, propuestas como la renta básica pueden ayudarnos a trascender la disciplina de los mercados capitalistas y a dar a luz a formas de trabajo y de vida indudablemente más libres.

 

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