El miedo se ha convertido en la nueva gran pasión social de nuestra región después del fútbol, escriben Sofia Cordero y Esteban De Gori luego de entrevistar a 150 personas de Bolivia, Ecuador y Argentina. En estos tres países la pandemia escala atravesada, además, por la polarización política. Nuevos miedos públicos y privados libran una guerra en las subjetividades. El miedo como encierro y también como impulso a dejar atrás las carencias.



Los seres humanos no vivimos solo de “salud”, también vivimos de (y por el) miedo. Ésta es una de las grandes pasiones que despierta la pandemia. La última gran pasión global después del fútbol. Es el gran capital, circula entre la ciudadanía y los gobernantes (aunque no lo digan en sus discursos). 

 

Miedos públicos y privados aparecieron desde que los lenguajes mediáticos, los rumores sociales y las fantasías empezaron a poblar las ciudades y las pantallas. El norte de Italia, en algunos lugares de Estados Unidos y de España, Ecuador y Brasil son grandes proveedores de imágenes que demuestran la fragilidad de la vida y el peligro que supone un virus por ahora incurable. Pero eso no es todo. En algunos sitios, sobre todo en América Latina, el temor también se funda en la sensación de lo ingobernable. Todo se puede “desmadrar”, y la fragilidad institucional y social tan hablada se hace real.

Foto: Gino Mantovani

Foto: Gino Mantovani

El miedo posee un diálogo con el territorio y con las dinámicas políticas que allí se promueven. Argentina, Ecuador y Bolivia poseen algunos universos comunes que nos llevaron a indagar, a través de más de 150 cincuenta entrevistas esa pasión que nos tiene a maltraer en esta pandemia. La polarización política, a su manera, atravesó y atraviesa a estos países. En Argentina la misma proviene desde hace mas de una década y ha recrudecido en el ultimo tiempo. 

 

Ese ciclo imaginario de contagio, el colapso del sistema sanitario, la incertidumbre por la capacidad de cuidado gubernamental y el padecimiento en soledad se parece más a una guerra en las subjetividades que a una batalla entre ejércitos. 

 

—Siento temor, tengo cero expectativas. Estamos bajo un gobierno que no nos cuida, dice Mario, de La Paz (Bolivia). 

 

Estar solos y solas frente a ésto se vuelve uno de los mayores miedos. Miedo a volverse un individuo sin red de apoyo ante la tragedia y el drama.

 

Foto: Carlos Lo Presti

 

El Estado

 

Desde que se desató la pandemia el miedo quedó vinculado a las distintas realidades locales pero también al peso de la globalización. Vivir con temor y gobernar con la promesa de que éste puede ser “reducido” o “limitado” orientó las vidas públicas y privadas. Un miedo que son muchos miedos y que en algunos casos aparecen todos juntos. Brasil, tal vez, es la escenificación más violenta.

 

En Argentina, Ecuador y Bolivia se disparó el temor al “contagio”, a “perder el empleo” (Roger, El Alto), al “futuro” (Tatiana, Buenos Aires), a “perder el equilibrio” (Paola, Buenos Aires), a sufrir de “ansiedad” (Julián, Rosario), “a que se contagie mi familia” (Roberto, Quito). 

 

En Bolivia y Brasil apareció, sobre todo, el “temor al Estado” ya sea por el aumento de su arbitrariedad policial y militar o por su escasa capacidad para manejar la crisis. Hay miedos individuales y políticos, como “que el gobierno de Jeanine Áñez se quede más tiempo en el poder” (Lola, Tarija) o a “que me arresten”, a la “mala gobernanza”, al “abuso policial” (Tomás, El Alto). Así asoman las preocupaciones que genera que un Estado intervenga más de lo acostumbrado, mostrándonos de manera explícita que nuestro bienestar o el no morir cruelmente depende de sus decisiones. 

 

Los Estados aparecen en sus versiones más potentes: coerción y cuidado, dos dimensiones que se retroalimentan. Orden y cuidado han tomado el lugar de la construcción de hegemonía política. Pero hay fallas. Nos cuidan a medias (ya que no tienen la vacuna ni recursos infinitos) y utilizan todo su aparato de control que, en algunos casos, se ciñe al aspecto policial. En algunas situaciones los miedos se entrelazan, y es allí donde cae la creencia en la eficacia estatal y resurgen sus dimensiones coercitivas. Temer al “control social, a la vigilancia policial y militar y a la ineficacia sanitaria” (Laura, El Alto), es un resumen de la actual situación boliviana, lo mismo que en Guayaquil (Ecuador).

Foto: Julieta Heredia

Foto: Julieta Heredia

La angustia

 

Entre el miedo a morir o a contagiarse, aparece aquel referido a la vida económica. En esa trilogía del miedo: “Al virus, a la muerte, al futuro” (Tatiana, Guayaquil) se metaboliza ese aspecto de la vida que no solo es la salud.  La “falta de recursos”, “perder el empleo” o “lo que voy a encontrar cuando termine la cuarentena” (Manuel, Buenos Aires) muestran una escenografía de la incertidumbre. ¿Qué se hace con la angustia? ¿Es administrable por lo estatal? No. A las miradas médicas y psiquiátricas se les escapa. Entra en otro orden. Registros emocionales que el Estado no puede ni quiere atender. Que la angustia se gestione de manera individual.

 

Existen miedos más allá de la gobernabilidad y de las normas que impulsan a romper la cuarentena. Microacciones, protestas, redes de solidaridad combinadas con reclamos empresariales desgastan el aislamiento. El miedo nos encierra, pero también nos puede impulsar a salir, para resolver las carencias y protestar. El miedo cohesiona subjetividades que buscan certezas o salidas conocidas. ¿Cuál es el imaginario más potente a la hora de pensar cómo salir de una crisis? Trabajar, producir. Aumentar el empleo. Un new deal del miedo (en torno a éste) une trabajadores y trabajadoras con el universo empresarial, apela al derecho al sustento frente a Estados que oscilan entre persistir en el aislamiento o responder a intereses sociales. 

 

América Latina posee una dimensión singular. Una estatalidad desmantelada, que se vuelve una de las claves para entender la racionalidad del miedo y por qué circula con tanta velocidad en las urbes y los barrios populares. En estos últimos comienza a percibirse otro miedo social: a la estigmatización, a la “ghettificación” y a ser sacado de juego por ser sospechoso o sospechosa de contagio. Impidiendo así la posibilidad de obtener recursos.

 

 

Foto: Laura Moraña

 

Los vínculos

 

Existe otro temor, el que tiene que ver con el vínculo social. Al padecimiento del cuerpo biológico se incorpora el miedo a aquello que se suscita en el núcleo de los vínculos. Existe cierta nostalgia por lo anterior. Imágenes de escenas previas a la pandemia se cuelgan en Instagram, Facebook o se representan en Tik Tok. Miedo al “encierro”, al “distanciamiento social” (Liz, Cochabamba), “al egoísmo” (Pabel, Quito), a “no coger” (Julieta, Buenos Aires), a la “soledad”, a sufrir “tristeza”, a la “impotencia” por no poder asistir a otros y a “extrañar” (Luis, La Paz). 

 

Una subjetividad individualista, paradojalmente, le teme al estar solo, a quedar distanciado, aislado. Finalmente, desconectado de un mundo que ofrece conexiones. La virtualidad, todavía, no puede resolver esa tensión entre el individuo y sus vínculos, ni aquella que se establece entre una vida aséptica (la utopía Sheldon de la serie Big Bang Theory) y otra atravesada por el intercambio de fluidos.  

 

El pico ya está acá

 

El miedo no está instalado en un solo territorio. Durante las primeras semanas de marzo, Ecuador, Bolivia y Argentina declararon la emergencia sanitaria para enfrentar el covid-19. Uno tras otro. 

 

En Ecuador el virus llegó con fuerza y devastó a Guayaquil hasta convirtirla en LA ciudad del miedo. Pobre Guayaquil: de ser modelo de progreso por la administración del Partido Social Cristiano a ser territorio de muerte, temor e incertidumbre. Su alcaldesa, Cynthia Viteri, también del PSC, el 19 de marzo grabó un video para anunciar que ella y su esposo se habían contagiado. Al final, levantó un cartel: “Hijos los amo no vengan, papá y yo estaremos bien”. A las pocas semanas la alcaldesa volvió al Concejo de Emergencia Cantonal (COE) pero en abril los hospitales habían colapsado. El intento de administrar el miedo le valió poco. Mientras tanto, en otras ciudades ecuatorianas se desataron escándalos de corrupción y la presión para obtener recursos por parte de la ciudadanía aumentó. A titulares que hablaban de “la pandemia de la corrupción” se sumaron las palabras de ciudadanos que indicaban que “aunque tengamos miedo, tenemos hambre” (Hernán, Guayaquil). Lenin Moreno, el actual presidente, se encuentra asediado por el impacto social de medidas de austeridad, en un contexto de ampliación del gasto en otros Estados para enfrentar la crisis. La conflictividad desatada por el miedo y la necesidad están en marcha.

 

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En Bolivia el miedo, la incertidumbre y la crisis ya se habían instalado a partir del golpe policial-cívico-militar que puso fin al gobierno de Evo Morales y de la cruenta represión que le siguió. El nuevo gobierno transitorio de Jeanine Añez no sólo había llegado con la biblia en una mano y las armas en la otra, sino con la promesa de convocar a elecciones para el 3 de mayo. Durante la cuarentena, la campaña electoral quedó olvidada (el candidato del MAS tenia mayores adhesiones), y la única que ocupó la escena desde entonces fue la presidenta. Ésta mandó a ayunar y orar en familia “ayunemos y oremos, que estaremos a salvo… para Dios nada es imposible y estando con él vamos a vencer esta pandemia”. La represión quedó en manos del Ministro de Gobierno Murillo, quien advirtió que “A los que están buscando desestabilizar… la muerte puede tocar la puerta de sus casas… Encontrarán la muerte por el virus o por la cárcel”.

 

El miedo al virus y a morir por represión estatal se tornaron dimensiones de un laboratorio emocional que se está construyendo en Bolivia. Pero la combinación de ayuno y represión no han logrado calmar a las necesidades sociales. En K’ara K’ara, una zona popular al sur de Cochabamba, como en el Alto se iniciaron reclamos por la flexibilización de las medidas para poder trabajar y pidiendo la renuncia de la presidenta y del ministro de gobierno. Desde el 1 de junio Bolivia retomó las actividades, mientras que las regulaciones pasan a estar a cargo de gobernaciones y alcaldías. 

 

El temor al virus se relativiza cuando los peligros vienen desde el Estado, como cuenta Lola, de La Paz, “Tengo miedo a ser atendida en el precario sistema de salud por el covid o por cualquier otra cosa. Es mejor no enfermarse de nada, no hacerse heridas y no tener que ir a ningún sistema de salud, porque una podría no salir con vida de ahí”. Se suma el temor “a que el gobierno de Jeanine Áñez se quede más tiempo en el poder” (Paúl, La Paz). La propia presidenta está construyendo, paradojalmente, una escena anticuarentena cuando no logra atender necesidades y la represión aumenta. Las exigencias de flexibilización también pueden ser leídas como protestas a la centralización y represión estatal. Sortear el control. Una rebelión silenciosa parece en marcha mediada por el miedo.

 

Foto: Julieta Heredia

 

En Argentina, la presencia estatal fue una de la claves para la contención del virus y para mostrar el músculo estatal. El miedo se circunscribió al contagio y a aquello que pudiese pasar en el territorio de los vínculos sociales. Con el paso de las semanas las necesidades económicas y cierto rechazo a la continuidad del aislamiento han movilizado a la ciudadanía. Junto al miedo a contagiarse apareció el temor a la caída social, pero también, otro miedo comienza a gestarse: a la discriminación y a la ghettificacion de los barrios populares. Quedar dentro del GPS del contagio puede acarrear mayores problemas para sectores que viven del día a día. La intervención sobre barrios populares en la Ciudad de Buenos Aires y la Provincia de Buenos Aires rediseña otra visualidad sobre la pandemia, y pone en escena el refuerzo de las jerarquías urbanas y sociales.

 

El gobierno de Alberto Fernández se encuentra en un momento difícil. Se debate entre pobreza y muerte. El pico de la pandemia se sitúa en el mismo momento en que la cuarentena sufre desgaste y está asediada por protestas que exigen trabajo. Las medidas económicas, muy amplias, no han podido clausurar la incertidumbre y el miedo a un descenso social que parece inevitable. El discurso médico infectológico que ha guiado la racionalidad albertista ha encontrado sus limitaciones en calmar las angustias existenciales y económicas.

 

Las diferentes realidades en Ecuador, Bolivia y Argentina están atravesadas por emociones y necesidades comunes. Pese a una estandarización del discurso pandémico, los gobiernos deben batallar con realidades donde el peso de lo estatal, su músculo sanitario y su capacidad de cuidado definirán sus trayectorias a futuro. Lenin Moreno se debate entre el riesgo de protestas incontrolables provocadas por el desempleo y la crisis, Jeanine Añez no pudo sostener más la cuarentena a riesgo de una explosión social, Alberto Fernández parece tener mayores posibilidades de sobrevivir, pero la pandemia ha puesto tantas cosas entre paréntesis que los destinos pueden trastocarse.

 

Foto: Laura Moran

Foto: Laura Moraña

 

El imaginario del futuro

 

El tiempo es otra cuestión que se introduce en el vademécum del miedo. El “no saber cuándo termina” (Catalina, Córdoba), pese a que los gobiernos colocan fechas y etapas. Así el futuro como imaginación entra en escena y desbarata expectativas. Después que la fisonomía visual del mundo se ha modificado lo que vendrá se presenta como algo demasiado abierto. Se abre una carretera para la imaginación. Una “incógnita” y una “total incertidumbre” (Fander, Quito). Hay futuros sombríos “al final todos vamos a contraer el virus” (Carlos, Buenos Aires), “nada será igual, no podremos volver a la misma dinámica y estilo de vida” (Nadia, Cochabamba), “casi todos seremos más pobres” (Andrea, Guayaquil), “un futuro desolado” y “más desigual, más violento” (Walter, El Alto). (El escenario Mad Max).

 

Las miradas de lo que vendrá no solo advierten sobre aislamiento y desempleo sino sobre una batalla en el campo de las subjetividades. “Los egoísmos se harán más visibles” (José, Tarija). Para algunas personas, esta pandemia es un paréntesis en sus vidas y luego todo retornará a lo mismo, “todo volverá a la normalidad, es cuestión de tiempo” (Lourdes, Buenos Aires) será “mejor”, “creo que encontrarán una cura” (Lorena, Quito), “que recuperaremos otras formas de vida más conectadas con la tierra, con el otro y con nosotros mismos, un mundo menos consumista, más cuidador de la Pachamama” (Lola, La Paz). 

 

El futuro no escapa a una perspectiva sobre la política. Ella aparece como parte de esa imaginación futurista. “En Ecuador es claro que la clase política no se ha dado cuenta de la gravedad de la situación, no es capaz de lograr un acuerdo político para salir adelante” (Santiago, Guayaquil). El ojo y brazo de la política pueden augurar “una humanidad más controlada y los gobiernos más dictatoriales. Mi expectativa es que la gente abra los ojos y siga la voluntad de Dios” (Juan Francisco, La Paz). Sólo queda ver las circulaciones literarias para observar el peso del Big Brother de G. Orwell, La Peste de Camus y otros artefactos literarios. La política que siempre aspira a crear “cierta” normalidad o regularidad se encuentra en el momento dilemático de la promesa de futuro. Allí es donde puede reforzarse o naufragar.

 

Las imágenes esta nota son parte de Fotoperiodismo en Cuarentena, una cobertura colaborativa de lxs estudiantes de aRGra Escuela sobre la pandemia y sus consecuencias diarias: una práctica de la mirada entre muchxs, una reflexión, un registro de nuestro momento histórico.


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