Las mujeres de clase alta circulan por un mundo estrecho en el que se reconocen por sus apellidos o por tener algún pariente en común. Estudian en universidades privadas y desarrollan carreras exitosas hasta que se casan y tienen hijos. Luego acomodan su vida a una función excluyente: ser madres. ¿Cómo aprenden ese “deber ser” aquellas mujeres que ven a Juliana Awada como un ideal? ¿Qué piensan sobre el movimiento feminista? Victoria Gessaghi escribe sobre un grupo que conserva los privilegios de pertenecer a costa de confinarse al cuidado de los hijos y ser una buena esposa.



Mañana en la plaza Vicente López, en Recoleta. Varias familias hacen fila en la puerta de la Iglesia de las Esclavas, una mujer corre con su personal trainer, dos trabajadores con tonada salteña descansan acostados sobre el pasto recién cortado, un turista brasileño pregunta cuál es el departamento de Cristina, empleadas domésticas empujan cochecitos, un señor con sombrero, bastón y saco príncipe de gales camina lento acompañado por una enfermera. Entre la multitud -que podría parecer anónima a un foráneo- se encuentran, reconocibles entre sí, las dueñas de esas cuadras. Son señoras y madres jóvenes que cumplieron su sueño.

 

–Todos mueren por vivir sobre Juncal– dice Mariana Freixas, orgullosa, desde el quinto piso de su departamento sobre esa calle, a media cuadra de la plaza.

 

El atractivo de la zona se recorta en árboles añosos, arquitectura afrancesada y negocios que venden mocasines y botas de carpincho. El área cercada de los juegos está llena de mujeres con sus “chiquitos”. También, de empleadas que visten uniformes azules. Los niños suben toboganes y trepan en los nuevos juegos que acaba de instalar el gobierno de la Ciudad. Sus madres, que los observan desde el perímetro enrejado, se saludan con confianza.

 

–¡Qué amor! Él es hijo de Agus Bustillo. Agus, la hermana de Fernando, está casada con Toto Lanusse. Él es el más chiquito– le comenta una mujer a su madre–. Matías, saludalo, él es tu primo– le dice luego al hijo. Los chicos siguen jugando imperturbables en el sube y baja.

 

Las mujeres de esta crónica se reconocen en la plaza, se saludan, viven o aspiran a vivir en las inmediaciones de la plaza. Fueron compañeras en el Michael Ham, en el Mallinckrodt o en el Sworn, y sus hermanos compartieron aulas en el Newman o en el Champa. Aspiran a que sus hijos vayan a esas mismas escuelas. Sus maridos son amigos; seguramente sus padres, madres y abuelas se conocen también desde la infancia, veranean en Punta o en Cumelén y se encuentran durante los fines de semana en el Jockey o en el Club Newman, CUBA o Fátima. Comparten un círculo de sociabilidad, el de “la clase alta” argentina: ese grupo de familias que se reconoce por sus apellidos y las relaciones de parentesco que los conectan, por sus vínculos con la producción agropecuaria, por los espacios y las instituciones por donde circulan. Son las que dispusieron de muchos de sus miembros varones para sumarse a las estructuras ministeriales de Cambiemos cuando uno de sus compañeros de colegio, Mauricio Macri, se alzó con la presidencia de la Nación. Varones; digo bien. Porque las hijas, las madres, las abuelas, se quedaron en sus casas.

 

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–Ir a una marcha no es femenino– dice Mariana para explicar por qué el 8 de agosto de 2018 no le interesó ir a la plaza a defender “las dos vidas”. Sentada en el living donde combinan afiches de películas de Fellini, cuadros heredados y fotografías de Aldo Sesa, una biblioteca repleta de escritores clásicos y muebles estilo oriental, Imperio y Luis XV cuidadosamente seleccionados por su marido, Mariana repite:

 

–Levantar el puño y gritar no es femenino.

 

Para participar en política hay que olvidarse de ser dulce, agradable, servicial. Hay que autorizarse a tener una voz. En otras palabras, hay que estar lista para sacrificar una femineidad que perpetúa el privilegio de pertenecer a la clase alta.

 

¿Quiénes son estas mujeres cuya imagen se refleja en la figura de Awada como un ideal aspiracional? ¿Por qué no hacen mella en ellas el clima de época y los discursos feministas y, teniendo –en apariencia- infinitas posibilidades, eligen siempre el mismo trabajo: ser las Reinas del Hogar?

 

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Te sigo eligiendo machirulo”, se lee en el globo que lleva una mujer en la marcha del 24 de agosto en apoyo a Mauricio Macri. Juliana lo acompaña en el balcón de la Casa Rosada. Le acaricia la espalda, lo apoya, lo cuida. Con su pelo espléndido, hacen notar en Twitter.

 

Como documenta la socióloga Paula Canelo, el gobierno de Mauricio Macri puso deliberadamente en escena las prácticas, usos y costumbres de la posición privilegiada de sus integrantes. Marca registrada de la propaganda de Cambiemos y del orden jerárquico que este proyecto vino a restaurar, Juliana Awada enterró los recuerdos de su infancia en el primer cordón del conurbano junto con su rol en la empresa familiar y personificó a una bella-esposa-madre-mujer que asumía dichosa una dedicación tiempo completo al cuidado de su familia. Mientras los movimientos de mujeres luchaban en las calles por sus derechos y ponían entre signos de interrogación el mandato de la maternidad, la primera dama escenificó los atributos de toda mujer de “familia bien”: fina, educada para sonreír, elegante, delgada, que habla idiomas, esmerada anfitriona, apoyo fundamental de su marido y madre devota.

 

Juliana no tiene apellido patricio, tampoco una familia de campos. Pero aprendió bien el papel que debía representar: la “buena esposa de clase alta”. Bajo el simulacro de la “igualdad en la diferencia”, su imagen junto a la familia presidencial propuso una jerarquía que no sólo naturaliza la desigualdad entre los géneros, también consolida el orden que ese ser mujer permite perpetuar: un orden de clase.

 

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Cuando una quiere curar enfermos, estudia medicina. Cuando una quiere construir una casa, estudia arquitectura, ¿no? Pero cuando una elige acompañar a su marido en una tarea con tanta responsabilidad como ser presidente, uno no estudia para ser primera dama”. Discurso de Juliana Awada, 23 de marzo de 2016.

 

Paul Willis escribió una etnografía clásica en la que se pregunta por qué los chicos de clase obrera siguen consiguiendo trabajos de clase obrera. El paralelismo es inevitable. Pero habría que ajustar la pregunta ¿Por qué las mujeres de clase alta consiguen trabajos de mujeres de clase alta? Un trabajo ineludible que se vuelve un modo de ser y parecer que se incorpora –es decir, se hace cuerpo- desde muy pequeñas y que tienen el deber de heredar a sus hijas. A sus hijos les legarán otros. Porque toda herencia económica se acompaña de los signos de estatus que una buena madre deberá transmitir: aquellos comportamientos que distinguen al “legitimo” heredero de un “nuevo rico”. No es lo mismo un Mitre, un Braun, un Bullrich que un Tinelli (aunque siempre estarán las Esmeraldas, claro).

 

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20.30 hs Juncal y Montevideo. Sofía Peña acaba de llegar a su departamento después de nadar en la pileta del Palacio Duhau. Tiene 39 años y tres hijos. Hace cuadros por encargo para decorar paredes blancas. Empezó ofreciéndolos a galerías en Punta del Este. Ahora tiene un marchand.

 

–Si alguien viene y me pide un Milo Locket no lo puedo hacer, no es mi estilo, pero tengo un portfolio y puedo poner un violeta si necesitás combinar con los sillones.

Por las mañanas Sofía se ocupa de los chicos. Y a la tarde se va al taller a pintar. Cuando el menor era bebé lo llevaba con ella; ahora lo deja con “la empleada”. Empezó la carrera de Artes en lo que, en aquel tiempo, era “la Pueyrredon” pero:

 

– No me enganché con las chicas y mis amigas me empezaron a mirar muy fuerte sólo por estudiar ahí. Como que no enganchaba. Al año me pasé a la UCA.

 

Sofía no es la primera mujer universitaria de la familia. Su mamá y su abuela también estudiaron: profesorado de idiomas, secretariados, una licenciatura en Arte pero también medicina o alguna otra carrera menos asociada a la “buena educación de una dama”, como Bioquímica. Casi siempre en instituciones privadas, rara vez en la universidad pública, las mujeres de la clase alta naturalizaron desde muy temprano su paso por las aulas universitarias.

 

– Una se va a casar y tener hijos– dice Mariana – pero de los 17 a los 24 tiene que estudiar algo. A partir de los 24 andá consiguiendo el marido a quien tu padre te entrega en el altar.

 

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Después de la universidad se inicia la trayectoria laboral. A partir de la red de contactos, estas mujeres ingresan en un estudio o empresa con prestigio. Incluso desarrollan una carrera exitosa que se puede prolongar durante los primeros años de matrimonio pero que se va a interrumpir con la llegada de los hijos. Porque así es planificado.

 

–Empecé Administración de Empresas y después seguí para contadora un año más, siempre pensando en el tema de la independencia. Estudié ese otro año para poder tener una firma, si en algún momento necesitaba trabajar desde casa por tener hijos – cuenta Lourdes Achával, mientras se acomoda la pollera de tenis, un medio día en su casa de Club Newman. En una hora tiene partido con otra vecina. Aprovecha que su hija menor dormirá la siesta en la casa, los mayores estarán en la colonia del club y su marido trabajando en la multinacional. Lourdes recuerda que, después de trabajar en una importante consultora, renunció y empezó a hacer “home office”.

 

–Desde casa puedo trabajar y a la vez estar con los chicos. Manejo mis tiempos. El problema es el vecino que cree que su declaración jurada es lo más importante y te toca el timbre a las nueve de la noche porque vio tu auto y cree que estás disponible. Me escondo por si alguno me llega a ver -tengo muchos clientes en el barrio-. ¿Cómo le explico que estoy jugando al tenis pero no terminé sus impuestos?

 

Delfina tiene tres hijos y vive en Recoleta. Su marido trabaja en una empresa que da servicios para bancos. Ella estudió Psicopedagogía y desde que ingresó a la facultad trabaja como secretaria de un empresario. Hoy su trabajo de madre organiza el resto de sus actividades.

 

–Cuando empecé a tener los hijos –dice fui dejando de lado la vocación [de psicopedagoga]. Siempre mantuve este trabajo [de secretaria].  Entonces, la vida me fue permitiendo hacer mejor mi trabajo de madre. Manejo mis horarios, pero si mi jefe me llama por teléfono tengo que atenderlo. Los malabares de las madres, viste. Digo “estoy en la AFIP” –se ríe –y, en realidad, estoy en la plaza.

 

El salario de la mujer no es una necesidad para la subsistencia del hogar de clase alta. Muchos grupos familiares cuentan con un ingreso alto, con abuelos que colaboran con el pago de cuotas escolares y vacaciones, o con herencias que (aunque lleguen en el futuro) permiten vivir con holgura.

 

Descartada la necesidad económica, estas mujeres tampoco ven el trabajo extradoméstico como un espacio de desafíos y satisfacciones. No gestionan estrategias para congeniar una carrera profesional con la maternidad. La función excluyente de una mujer es ser madre: todo se acomodará a ello. El trabajo será part time o no será.

 

–Yo tengo el privilegio de no depender de un salario –dice Lourdes. Ese privilegio resolverá la tensión maternidad-trabajo que afecta a todas las mujeres en edad reproductiva. Siempre: exit.

 

Frente a la promesa incumplida de la emancipación femenina a través del ingreso en el mundo del trabajo, parece lógico resistirse a salir del hogar. ¿Para qué competir en un mercado donde no hay garantías del resultado de la contienda? Dedicarse a formar una “familia bien”, en cambio, les da prestigio en el interior de la jerarquía doméstica a la vez que colabora en la conservación de un privilegio social.

 

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–Antes que ser una segundona en una oficina gris, prefiero ser la reina del hogar –dice Mariana, que renunció al estudio donde trabajaba como contadora porque el sueldo apenas le alcanzaba para pagar a la persona que cuidaba a sus hijos. Hoy conserva algún que otro cliente, estudia otra carrera como hobbie, lee biografías, se ocupa de su marido y sus hijos. Asiste a “comidas”, visita a sus padres y no desatiende su luminoso departamento de Juncal.

 

La “reina del hogar” es una súper madre-esposa asumida y exigida. Sus dominios se alimentan de distintos discursos y saberes que, adaptándose a los tiempos que corren, sostienen que los hombres y las mujeres “somos iguales pero diferentes” o que existe una “esencia femenina” que liga biología y comportamiento. La virgen María es el modelo que ellas toman como referente: “María, madre”. Pero este ideal también es reforzado a partir de saberes médicos que promulgan que las mujeres podemos expandir nuestro territorio de deseo siempre y cuando eso no se interponga con nuestro rol natural: la maternidad.

 

–Yo lo sé por mi papá, psicoanalista. Siempre, finalmente, el problema es de la madre, ¿viste? El chico va a ir al psiquiatra cuando sea grande, y el problema va a ser mío, seguro. Hay un apego especial con la madre. Yo la verdad que agradezco poder no laburar, eh– comenta una mujer de treinta y siete años, madre de tres, ex Ingeniera en alimentos, actual estudiante del Profesorado de Catequesis.

 

La importancia de la madre devota se refuerza a partir de la necesidad neoliberal de ofrecer a los hijos ventajas comparativas en un mundo cada vez más competitivo. Al inalcanzable horizonte de tareas al que se somete a las madres contemporáneas, la sacrificada madre de clase alta incluye el trabajo de conservar los privilegios de pertenecer a este grupo social: su capital y su red de apoyos y sostenes.

 

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–Cuando voy al médico y me preguntan mi ocupación, me da vergüenza decir que soy ama de casa: invento– dice Sofía. “No trabajar”, siempre asumiendo esta definición nativa de trabajo, muchas veces es motivo de vergüenza.

 

–Siempre parece que no estás haciendo nada –dice Delfina, y muestra su agenda donde intercala el trabajo de secretaria, las actividades de hijos, las citas al médico de su madre de 80 años que tuvo hace unos meses un ACV y los trámites que demanda la administración de las propiedades familiares. –“Vos siempre en la plaza!”, te dice tu marido. Y vos: no, no, no. Estoy en el banco. Porque si no, viste, los maridos se creen que porque estás en la plaza, o estás con los chicos, no hacés nada.

 

Con frecuencia ellas sienten la necesidad de rendir cuentas acerca de qué se hace con el tiempo propio. Las mujeres nunca llegamos a cumplir con las demandas del canon de la buena madre o la buena mujer. Las de clase alta tampoco. Sus agendas están explotadas de actividades vinculadas al cuidado y la familia.

 

–Yo no hago lo que quiero, hago lo que tengo que hacer- confiesa Delfina.

 

Hacer lo que se debe no es gratis. Implica un trabajo emocional muy demandante. Muchas de esas madres toman antidepresivos o ansiolíticos, sienten un tedio soporífero o vergüenza de no trabajar. Pero construir una historia por fuera de este mandato es riesgoso.

 

Clara Reynal tiene 40 años, es actriz, estrenó varias obras de teatro, publicó un libro, realizó un hermoso documental sobre un arquitecto amigo de la revolución cubana que ganó el premio del público en el BAFICI, acaba de inscribirse en la universidad pública para hacer una segunda carrera. No se casó, no tiene hijos, no está en pareja: es la “oveja negra” de la familia. Sus padres le regalaron a cada uno de sus hermanos y hermanas un departamento. A ella no, porque “anda a saber en manos de quien termina”. No asumir el trabajo de ser una buena madre y esposa es arriesgarse al daño psicológico o a enfrentar la exclusión del grupo.

 

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Como dice la historiadora Graciela Queirolo “a partir de los años 20 la mujer siempre fue moderna, solo había que precisar sus límites y características”. La moderna señora de la clase alta se apropió de los cambios en los modos de ser mujer a lo largo del siglo XX y retradicionalizó su rol: eludió toda renuncia y ahora lo hace todo. Es madre, trabaja medio tiempo o tiene un emprendimiento, está espléndida cuando llega el marido y su hogar merece un lugar en las páginas de una revista de decoración. Dentro y fuera de la casa, la mujer moderna hace todo en un grado superior de perfección. La mujer moderna es Maru Botana.

 

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La pareja acompaña, apoya. Siempre en un solo sentido: cuando ellas deciden dejar de trabajar. Maite Larguía tiene un marido que quiere que ella sea feliz y que haga lo que quiera. Cuando dejó su puesto de directora en Molinos Rio de la Plata para cuidar a los chicos, él la apoyó. Ahora ella está buscando cómo continuar su carrera laboral.

 

–Él quiere que yo sea feliz, que me desarrolle como persona. Todo el discursito: hacé lo que quieras, gorda, nadie te obliga. Perfecto. Pero al mismo tiempo me dice: no te vas a meter en algo que no tengas vacaciones. Porque, claro, él trabaja y tiene sus horarios. Él me puede decir, hoy en día: che, nos vamos afuera una semana. Y claro, si yo no tengo nada que hacer, obvio, yo feliz también me voy. Él no quiere que se corte eso.

 

Las mujeres de clase alta solo se preocupan por la falta de un ingreso en caso de divorcio o viudez. Aunque muchas de ellas cuentan con ingresos de las actividades productivas de sus familias de origen. Con ese dinero negocian de manera más equitativa la distribución de las tareas del hogar.

 

Además de vender sus cuadros, Sofi Peña administra el campo familiar. Su marido es docente en una escuela inglesa:

 

–Lo hace porque le gusta. Pero no gana mucho, no es que vivamos de eso. Al aportar, yo le puedo decir “bueno, vos trabajás docente part-time, ocupate más de los chicos”. A veces llego a casa tipo cinco y media, es un día divino y están los chicos viendo tele. Le pregunto: “¿No era que los ibas a llevar a la plaza?”. Por ahí, en otra posición, no sé si se lo diría.

 

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No estamos en presencia de un discurso edulcorado de la maternidad. Estas mujeres describen con pesar el sacrificio que significa atender a los hijos, al marido, a los mayores de la familia, los esfuerzos por estar bien:

 

–A la mañana me ocupo más de los chicos, a la tarde es como que tengo más trabajo. A veces aparezco en casa tipo siete de la tarde y es un quilombo: uno no se quiere bañar, el otro está encerrado en un baño porque se ofendió con la hermana, y la hermana mirando Youtube. Y vos decís ¡¡¿Qué es esto?!! ¡¡¡Esta no es mi casa!!! Y empezás a gritar, y pensás: bueno, por suerte mi marido no está, porque si te ve en esta situación de loca, ¡¡por ahí te abandona!! Entonces, no, no: cuando él llegue tenés que estar divina -cuenta Delfina.

 

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–De diciembre a marzo hay que atravesar el desierto –dice Mariana.

 

No se refiere al calor de febrero en un barrio cerrado de la zona norte del Conurbano donde, en Octubre de 2015, en los accesos y en el club house, se repartían boletas del PRO para llevar al cuarto oscuro. Desde que volvió de Punta del Este, Mariana está instalada en la casa de fin de semana de sus padres cuidando a sus hijos. Su marido se queda en el departamento de Recoleta, cerca de su oficina y se les une los sábados y domingos.

 

–Los chicos se meten en la pileta o van a la colonia. Yo me quedo en la casa mirando un punto fijo en la pared.

 

Mariana describe el sopor de una vida diaria confinada al cuidado de los hijos pequeños y a ser una buena esposa. Pero Mariana no quiere estar en ningún otro lugar. El prestigio de ser madre y de transmitir una herencia justificarán el sacrificio personal: pertenecer a un grupo privilegiado será la recompensa. Las mujeres de la clase alta tienen mucho que perder en esa jerarquización doméstica pero fundamentalmente mucho para ganar: como Serena Joy, en el Cuento de la criada, ellas se subordinan para dominar.


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