Los dos siglos del nacimiento de Marx sirvieron este año de excusa para repensar la historia y presente del comunismo y las izquierdas. El pensador italiano Enzo Traverso propone convertir la nostalgia metabolizada de un mundo que no fue, o ha dejado de ser, en pulsión renovadora. Frente a las avanzadas de las ultraderechas en Europa y América Latina, ¿cuáles deberían ser las estrategias de las izquierdas?



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Noviembre de 1969. Una fina capa de lluvia insiste en caer sobre un grupo de trabajadores en la entrada de Lingotto, el monstruo de cemento que la Fiat mandó a construir en Turín como prueba surrealista del poder industrial. La fábrica parece languidecer bajo la bruma y los obreros que simulan ganar tamaño. Las consignas se van sumando. Nuestro Vietnam es la fábrica, dicen los retratos de esos días en los que se pide por los contratos colectivos de trabajo, pero también se reclama contra una burocracia sindical que ya no ofrece respuestas. Todavía seguían sonando los ecos del Mayo Francés. Aunque las movilizaciones que comenzaron a extenderse por las ciudades fabriles de Italia ofrecían una fisonomía propia, la de un obrero joven que había cortado raíces en el sur atraído por las promesas del norte más rico y que ya no se dejaba convencer por el mandato de las tradiciones.

 

Enzo Traverso tenía diez años y vivía en Turín. La Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales y la Universidad de Cornell aún estaban muy lejos, y el futuro parecía cifrarse sólo en términos de victoria. Las masas gritaban en las calles. Basta de convenios, decían convencidas. Como prenda se llevarán el Statuto dei lavoratori, considerado por muchos como una de las normas laborales más progresistas de ese momento. Aquel noviembre de 1969 era otoño, y en Italia lo llamaron Otoño caliente. Las masas gritaban en las calles. La lucha continúa, decían. Todo parecía posible.

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“Antes que nada pido disculpas por la tortura lingüística. Más a quienes encima están al fondo y deben escucharme sin verme”.

 

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Enzo Traverso toma el micrófono y ensaya una tímida sonrisa. Todos lo escuchan, como se escuchan a quienes dicen grandes verdades. Nada parece distraer el silencio en el blanco salón de un segundo piso donde uno de los principales historiadores del pensamiento contemporáneo ha venido a dictar un seminario sobre comunismo. La cita, pautada por la Universidad de San Martín y el Cedinci, tiene título: Historizar el comunismo. Traverso plantea la pregunta: ¿cómo recuperar las utopías sin que nos acusen de una somnolencia nostálgica? La cosa parece difícil. Después de sonreír y disculparse, ensaya una primera advertencia: “Vivimos en un mundo sincronizado, donde la discrepancia ha desaparecido. Estamos ante una temporalidad unificada, una sincronización que vive encerrada en el presente y que nos deja un mundo que solo parece ser una fuente de miedo”.

 

Reconocido por sus estudios sobre la izquierda y la naturaleza de los fascismos como la violencia totalitaria, Traverso se ha convertido en una referencia ineludible para pensar la historia del siglo veinte. Más cercano al operaísmo de Mario Tronti y Toni Negri que al comunismo disidente de Il Manifesto, mantiene, sin embargo, una posición propia y una mirada crítica sobre algunas de sus premisas, entre ellas lo que define como un uso instrumental de la violencia: “El operaísmo surge como una estrategia cuyo eje es la clase obrera industrial en la era del fordismo. Hacia mediados de los ’70, esta idea entra en crisis y comienza a buscarse una salida al paradigma clásico. La violencia, en este contexto, no aparece para Negri como proyecto en sí mismo pero se la plantea con la virtud de poder provocar una crisis del estado que abre nuevas posibilidades. Es una lectura que me plantea grandes dudas”.

 

Corren los ’80. En efecto, en Italia son días de militarización, represión, confusión y miedo. Es así como luego de estudiar historia en la Universidad de Génova, Traverso viaja a Francia en 1985 para obtener su doctorado, con Michael Löwy como director de tesis. Como él mismo se encarga de remarcar, París moldeará definitivamente su pensamiento. Un pensamiento que se forja en el marxismo y la Escuela de Frankfurt pero también en Ernst Bloch, Sigfried Krakauer y Hannah Arendt. Un pensamiento que se nutre de la izquierda y el exilio latinoamericano, pero también de la revisiones demoledoras de intelectuales como François Furet y de la desilusión que para ese entonces marcaba el pulso del socialismo francés tras ocho años del gobierno de Mitterrand.

 

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Cómo revivir a una izquierda que se reconozca en el pasado sin quedar atrapada en las trampas del mesianismo o la nostalgia resumen, en este sentido, una de las preocupaciones que recorren su desarrollo teórico, en tiempos donde, además, la memoria comienza a emerger como categoría de reflexión a la par, ¿o como correlato?, de que esta idea de revolución va entrando en crisis. Frente a ello, en 2012 publicará uno de sus principales trabajos, La historia como campo de batalla. Nuevamente, la caída del muro y la configuración de un mundo que deja de estar cifrado entre dos enemigos concentran sus preguntas, esta vez orientadas hacia el debate abierto en el campo historiográfico. Cinco años después, la situación no parece haber cambiado mucho. Su último libro, Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria, retoma la cuestión, aunque con un mensaje claro: no todo estará perdido si se logra convertir la nostalgia metabolizada de un mundo que no fue, o ha dejado de ser, en pulsión renovadora. En la introducción, Traverso lo resume con una sencillez hermosa: “La obsesión por el pasado que da forma a nuestro tiempo es resultado del eclipse de utopías. Un mundo sin utopías mira inevitablemente hacia atrás”.

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—¿Cómo lograr una capitalización crítica de la melancolía después de tantas derrotas?

 

Traverso escucha y se acomoda sobre un sillón en la habitación de un hotel céntrico. Como es habitual, viste de negro y tiene puestos sus característicos anteojos de pasta. Lleva sus manos a la pera durante un segundo. Inmediatamente recupera el histrionismo y toma la palabra.

 

—En los momentos más trágicos de la historia de siglo XX, pertenecer a un movimiento que creía poseer el futuro, que trascendía la vida individual, constituía una idea y una ilusión con una fuerza extraordinaria. Esa fuerza hoy no la veo más. En cierta manera, es uno de los rasgos antropológicos del mundo neoliberal, esta lógica donde todo es efímero, precario o líquido, por utilizar imágenes frecuentes. Creo que eso explica en parte por qué los movimientos sociales terminan resultando tan precarios.

—¿A qué se refiere?

—Veamos los ejemplos de 15M u Ocuppy Wall Street…Parecen una nueva forma de experimentar la vida social durante uno o dos meses, con horizontalidad, con mecanismos sumamente creativos de democracia directa, y todo parece extraordinario. Y, sin embargo, transcurridos esos dos meses, no queda nada.

—Tal vez en esa tensión con la institucionalidad radica la potencialidad de estos movimientos. Un caso interesante puede ser el de Podemos, que ha encontrado una expresión partidaria y legislativa. No obstante, resulta muy difícil pensar cómo sería su evolución, por ejemplo, desde un lugar de poder o asumiendo el aparato del Estado.

—Su ejemplo resulta muy interesante pero, es cierto, también muestra que cuando se construye un partido y entra objetivamente en la obligación de hacer política dentro de un marco institucional, se reproducen muchos de los rasgos tradicionales. Frente a ello, la respuesta debería pasar por insistir en su vínculo con los movimientos sociales.

¿Se puede en este marco guardar la ilusión de alguna alternativa?

—No creo que la izquierda pueda renacer sin una visión del mundo, pero tampoco sin una visión del futuro. El capitalismo hoy es una forma de dominación que no pasa por los campos de concentración.

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Horacio Tarcus fundó el Cedinci, uno de los archivos más ricos de la izquierda que se pueda consultar por estas latitudes. Docente, investigador y autor de numerosos trabajos sobre el marxismo y sus intelectuales, ofrece algunas claves para entender el pensamiento de Traverso, con quien comparte, además, las raíces italianas: “Creo que toma un modo de leer la historia ‘a contrapelo’, como quería Walter Benjamin, más allá de la historia visible y manifiesta. Löwy, por ejemplo, había buceado sobre una dimensión trágica que no era perceptible a simple vista, y Traverso hace su propia lectura del marxismo buscando una dimensión reprimida, podríamos decir, que remite a la derrota, al duelo y la nostalgia. Esta cuestión le llega a través de la obra de Daniel Bensaïd. Aunque va más allá…

 

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¿Cómo?

—Recuperando toda una genealogía de momentos de duelo y derrota que estaban reprimidos y sublimados en la historia de las izquierdas. Hasta aproximadamente 1991, la izquierda creía y sentía que la historia marchaba a su favor.

¿Y cuál es el principal aporte de su pensamiento?

—Creo que consiste en confrontar a las izquierdas con aquello que se resisten a entender y aceptar: que hay un ciclo histórico que se clausuró en 1989. Y que es necesario repensar ese ciclo de dos siglos. Creo que es un intelectual crítico de este presentismo sofocante, de esta celebración deshistorizante de la memoria, de la asimilación de los valores neoliberales por parte de la historiografía y del pensamiento contemporáneo, pero no suscribe las tesis de la “poshistoria”. Entiende que las luchas sociales y políticas del presente son relevantes, y las sigue con atención.

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“La izquierda no tiene buen gusto, ni siquiera con las mujeres”. Corre el 2008. Italia ha tenido que convocar elecciones anticipadas en medio de una profunda crisis de gobierno. Unos días antes de los comicios, Silvio Berlusconi hace gala de su natural brutalidad. Italia estalla ante sus declaraciones. Él les responde con su clásica sonrisa de dientes ultrablancos. No le importa. Berlusconi forma parte de esa nueva especie, la de la no- política, o política-espectáculo; la política hija de sí misma, que no reclama herencias y se vuelve peligrosamente impredecible.

 

Berlusconi gana la elección con una diferencia de diez puntos.

 

En Las nuevas caras de la derecha Traverso analiza, justamente, el papel de las nuevas derechas y también de lo que denomina como pos-fascismos, es decir una nueva versión de la derecha autoritaria que no tiene la forma clásica que estos regímenes asumen en los años ’30. No buscan derribar el estado de derecho, lo que en algún punto los vuelve más peligrosos porque buscan operar desde adentro. Traverso cita el ejemplo del lepenismo en Francia, una fuerza que no sólo creció notablemente desde su nacimiento en 1972, sino que además ha venido marcando la agenda de la política francesa durante los últimos años. Y no es el único, los casos se multiplican. Basta con mirar a Brasil.  

 

Traverso dice que no todos son lo mismo. Desconfía de algunos términos, de aquellos con los que se pretende nombrar de la misma manera a cosas que son muy distintas. Lo mismo le ocurre con el populismo. Dice Traverso: “Es una categoría que califica más a quienes la utilizan que a quienes suelen verse descriptos por ella. No es más que un arma de combate político que apunta a estigmatizar al adversario. Una categoría con la cual intentan inmunizarse las élites políticas cada vez más alejadas del pueblo”. En este sentido, allí podría estar la respuesta, la clave para hacer retroceder la amenaza de los pos-fascismos. Es decir, en “un populismo de izquierda, ni xenófobo ni regresivo; un populismo que defendiera el bien común contra los privilegios de una élite voraz que ha remodelado el mundo a su imagen”. Durante el seminario en el blanco salón de un segundo piso, lo define sencillez poética: “En aquellos intentos de un camino posible, que hoy asoman como pequeñas islas de resistencia”.


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