Las consecuencias del cambio climático antropogénico se van dejando ver también en la literatura. ¿Qué formas de imaginar construyen experiencias estéticas y le dan sentido al lugar que ocupa el mundo natural en nuestra vida moderna? Gisela Heffes piensa en las obras de Luis Sepúlveda, Christina Figueres y Tom Rivett-Carnac, Italo Calvino y Jonathan Franzen. Repasa cómo lo hicieron ellos -entre el duelo, la distopía y la ilusión de un futuro verde- y se pregunta cómo se colará la coyuntura en los relatos que vienen.



¿Cómo sería un mundo sin? ¿Cómo imaginar lo que no estará? Lo que se extingue a una velocidad más acelerada de lo que nuestros sentidos pueden captar. Cómo aprehender esa suerte de fuga, de qué herramientas disponemos cuando nos enfrentamos a una realidad factual que nos agobia con variada información, emociones encontradas, recuerdos e incontables proyecciones: un conglomerado inmenso de sentimientos, de ideas, de reflexiones y especulaciones que se aúnan para darle sentido a lo que se escurre, se disipa día a día.

 

Mientras escribo estas palabras el mundo se está vaciando. Y no lo digo metafóricamente. Porque también, dadas las circunstancias actuales, se está deshabitando. Paradójicamente, mientras el mundo se empequeñece cada vez más, y nos conectamos globalmente de manera más rápida, se globaliza la amenaza ambiental que no tiene fronteras: tanto la emisión de gases tóxicos como la contaminación de las capas acuíferas, ya sea por el uso cada vez más frecuente de químicos en la industria agricultora o a través de la eliminación de sus desechos en ríos y océanos; estos son sólo algunos ejemplos. Las noticias nos agotan. Las imágenes se multiplican. Los debates proliferan, y a éstos se suman ahora las protestas como las de Rebellion Extinction, los juicios al Estado como el de Juliana et. al. versus Estados Unidos, y los paros, como los de la Movilización Mundial por el Clima.  

 

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¿Cómo imaginar, entonces, un mundo sin? ¿Cuáles son las formas de imaginar que construyen experiencias estéticas y comunicables que le den sentido, o intenten darle, al lugar que ocupa el mundo natural, y el uso –o abuso– de los recursos naturales en nuestra vida moderna? Desde la ficción y la poesía, algunos expresan aflicción y duelo: elegías por lo que el planeta ha devenido, o por lo que ya no está. Lamentaciones que registran la desaparición de las criaturas que nunca más volveremos a ver; historias que rememoran la dislocación, la agitación y el trastorno, junto a la pérdida inconmensurable de comunidades vulnerables. En su memorable Mundo del fin del mundo, el chileno Luis Sepúlveda expresó el horror de la caza indiscriminada de ballenas en el sur del océano pacífico. Y el poeta mexicano José Emilio Pacheco escribe: “ya no hay bosques / brilla el desierto en el mar de la codicia”. Mientras algunos retoman el mito del ideal pastoril –suerte de retorno a una naturaleza impoluta–, otros, en cambio, celebran futuros sostenibles, ciudades “verdes”, proyecciones felices y utópicas. Es el caso del nuevo libro The Future We Choose [El futuro que elijamos], de Christiana Figueres y Tom Rivett-Carnac, dos de los principales negociadores del acuerdo climático de las Naciones Unidas en París, en 2015. De apostar a un futuro sostenible, las ciudades podrían devenir bosques, espacios apacibles para vivir. Pero podría ser, como sugiere el escritor norteamericano Jonathan Franzen, que si nos preocupa el planeta, su destino y el futuro, nos queden sólo unas pocas opciones: o se insiste en la esperanza de que la catástrofe es prevenible, y se refuerza la frustración e ira respecto a la falta de acción por parte del mundo y las instituciones que están a cargo, o se acepta que el desastre se aproxima y comenzamos a reflexionar sobre lo que significa tener esperanzas. 

 

El efecto del cambio climático global antropogénico emerge a través de un imaginario apocalíptico: una distopía lúgubre donde sujetos fantasmales erran en un mundo de penumbras, con bosques calcinados y casas incineradas o cubiertas de agua, osos polares hurgando en los desechos y la basura, comunidades humanas y no humanas desplazadas por la maquinaria del progreso, en la que muchos, los más avaros o insensibles, aún creen. Y si no creen, qué importa. Masas de seres expulsados de sus tierras por las crecientes desertificaciones, o por la expropiación de la tierra (y la lengua) para mercantilizar sus recursos naturales. Donde se vislumbra una “oportunidad” de extraer, sea oro, plata, cobre o bronce, sea petróleo o gas, sea mármol o granito, sea agua o madera, o sea materia prima como litio –un componente crucial para nuestras computadoras y teléfonos celulares–, el costo es sin duda alto: la destrucción del paisaje y la alteración del entorno, la explotación de hombres, mujeres y chicos, y el desarraigo abrupto de familias y pueblos. 

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En lugar de la crónica de una extinción anunciada, propongo imaginar el mundo sin. Para esto, me gustaría ensayar diferentes escenarios. Viñetas de lo que podrá ser el paisaje terrestre en el futuro más inminente.

 

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Escenario #1: Paisajes deshabitados, transformados, vaciados. Un terricidio. Este es el paisaje devastado por la megaminería y el capitalismo extractivo. Es un paisaje donde familias enteras son forzadas a desplazarse a causa del continuo envenenamiento que la extracción a cielo abierto produce en el aire, erigiendo nubarrones de cianuro, o polvaredas de ácido sulfúrico y mercurio. Un paisaje invadido por la polución sonora y visual. Dado que la utilización exclusiva del agua desertifica la tierra e impide la producción de los agricultores locales, éstos pierden sus sustentos. Generaciones que solían labrar la tierra permanecen como sombras suspendidas de un abismo invertido. Sus casas vacías. Sus animales muertos. Este paisaje produce lo que me gustaría llamar una “minusvalía”. Si el imperialismo extractivo empuja las fronteras de la producción capital, deja por otro lado su “huella ecológica” en el vaciamiento, la extinción del paisaje. Un paisaje menos. La imagen es clara: un cráter artificial que, similar a un anfiteatro romano, se hunde hacia el centro de la tierra, con gradas y espectadores que jamás asistirán, porque la función, el espectáculo, es incompatible con la presencia humana –y no humana.

 

Escenario #2: Naturaleza consumida. Amazonas en llamas, Australia en llamas, California en llamas. Las políticas del consumo, junto a las políticas de la derecha y las políticas contra-ambientales. Mientras el Amazonas se consume por el fuego, el antropogenismo consume los bosques en otras variables. Vemos el fuego, vemos el humo, vemos las comunidades dispersas y las casas transformadas en ceniza. Las imágenes satelitales de la hoguera despiertan al mundo, es un grito, pero sólo temporario. Luego caen en el olvido. No vemos, en cambio, el Amazonas en llamas que viene erosionado sus limites, sus fronteras, y que va cediendo poco a poco a los buldóceres. No vemos las comunidades nativas expulsadas, los ríos atiborrados de peces que flotan envenenados, la apropiación de sus tierras, la extracción de árboles para la industria carpintera o la construcción de casas, la construcción de pisos, sillas, mesas, cucharas y puertas. La deforestación para agrietar la tierra y cederla al capital agroproductor. La reina soja. La selva amazónica en llamas como metáfora escatológica: si se consume el Amazonas, pulmón del mundo ¿podremos sobrevivir como humanidad?

 

Escenario #3: Océanos deshabitados. Imaginar un mundo sin creaturas oceánicas. Un océano vaciado de vida orgánica pero lleno, a su vez, de plásticos, metales, basura. La pesca excesiva de especies marinas, la caza de ballenas para la producción de aceite, la cacería de tiburones para el consumo global, la sobrepesca de peces, el pez remo gigante chino, el Psephurus gladius, ejemplar extinto que braceaba en el río Yangtsé. ¿Cuáles son los efectos colaterales de la sobrepesca biológica? ¿Las secuelas devastadoras sobre los ecosistemas, el impacto y la presión imposible en el medio ecológico, más allá de los efectos que se practican en las especies capturadas? ¿Cuáles son los elementos externos que ocupan ahora el lugar dejado por lo otro, lo que estaba, ese vacío orgánico y natural que es ahora reemplazado por continuos depósitos de plástico, latas de aluminio, botellas de vidrio? Objetos que yacen en el fondo del océano, flotan entre los corales blancos, atrapando tortugas marinas. Un escenario que hasta Disney registró en su película Finding Dory, de 2016. La naturalización de un espectáculo marino cuya nueva naturaleza se destaca por la saturación de materia inorgánica.

 

Escenario #4: Borradura de los glaciares. Es oficial: acaba de desaparecer el primer glaciar de Islandia, el Okjökull. Mientras los científicos se interrogan cómo o qué lleva a que un glaciar sea declarado exánime, cabe también preguntar (¿preguntarse?) qué desaparece con su desaparición. ¿Qué pasa con la tierra cuando pierde un miembro, cuando a su cuerpo se le extrae uno de sus órganos? ¿Qué aparece en el territorio mutilado? ¿Nada? ¿Crecen muñones terrestres? ¿Decrecen los bordes de los territorios aislados? ¿Se esfuman las islas y germinan sus recuerdos? ¿Qué ocurre con los animales? ¿Cómo se trasladan entre diversas zonas? ¿Las osas polares intentarán, en vano, cazar para sus crías? ¿Qué será de las focas, de las alcas, de las gaviotas marfil, de las morsas y otros mamíferos marinos? Ecosistemas deconstruidos. Paisajes perturbados. Hábitats disueltos. Otro saldo negativo. Un mundo sin. Sin glaciares –y sin el universo de flora y fauna que lo ocupa entre o bajo sus capas de hielo. Un mundo que será evocado porque será ausencia y vacío.

 

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Escenario #5: Ciudades bajo el agua. Se proyecta que para el año 2050 un número importante de ciudades desaparecerán. Houston, por ejemplo, se está hundiendo. Venecia padeció una inundación histórica el pasado noviembre. Jakarta, en Indonesia, se hunde 17 centímetros por año. Lagos, en Nigeria, Dhaka, en Bangladesh, Bangkok, en Tailandia. New Orleans, en Estados Unidos, Rotterdam, en Holanda. Todas comparten un destino en común: desvanecerse. A las extinciones del mundo natural se le agregan las extinciones del mundo construido. Los espacios socionaturales que comienzan a hundirse, se esfuman a la par que los niveles del agua suben. Ciudades costales, ciudades sumergidas, como la Atlantis, bajos los efectos extremos de las lluvias. Lluvias que no cesan. Lluvias torrenciales. Un mundo sin ciudades costales, un mundo con diluvios. Como sugirió Italo Calvino al introducir sus “ciudades invisibles”, la crisis de la ciudad demasiado grande, la megalópolis, es la otra cara de la crisis de la naturaleza. Construir es destruir. 

 

Escenario #6: A estos cuadros distópicos, se suma uno nuevo: el de un fenómeno extraordinario, invisible e intangible, que nos acecha como otro fantasma más, y nos obliga a permanecer puertas adentros. No sólo el mundo natural se vacía, sino que las ciudades, los espacios habitados se vaciaron. Otra contradicción de este presente enrarecido: la globalización, en este caso del virus COVID-19, nos está dejando cada vez más aislados. Calles vacías, oficinas clausuradas, colegios cerrados, universidades cuyas clases se postergan infinitamente. Paralizados, frente a la pantalla minúscula de la computadora, intentamos darle sentido a la presencia de un microrganismo que nos acecha, se multiplica, se amplifica. Un microorganismo que fue capaz de hacer lo que la voluntad humana no pudo ni quiso hacer para salvar, recuperar el planeta. No sólo en China se redujeron las emisiones de gases contaminantes, los que contribuyen al cambio climático, un 25%, sino también en Venecia, las aguas de los canales se volvieron cristalinas, pliegos de luz que se hunden hacia el fondo, dejando ver peces nadando en lugar de basura arrojada por los turistas. La desaceleración de la vida cotidiana, con reducciones masivas en los usos de vehículos terrestres y aéreos, el detenimiento de la producción industrial, y de los desechos que acompañan el consumo masivo, tiene un impacto más que positivo en el aire que respiramos. En China, mueren más personas de enfermedades respiratorias debidas a la polución y contaminación del aire, que del coronavirus. Este cuadro, sin embrago, alimenta otras imágenes menos felices. La humanidad encerrada seguro tendrá un impacto psicológico en las personas. En principio, es la extinción de la vida social, de la sociabilidad, y del contacto y afecto humanos, tan necesario para nuestra sobrevivencia.

 

Distintos cuadros de extinciones. Desapariciones acompañadas por múltiples efectos: desde tormentas y huracanes catastróficos que se vuelven cada más frecuentes; sequía y desertificación; incendios forestales; acidificación de la lluvia y los mares; emblanquecimiento de los corales; polución del aire y contaminación de los ríos; especies marinas depredadas ya sea por la maquinaria de sobreexplotación que alimenta el incesante consumo global o por la continua deposición de desperdicios que envenenan poblaciones enteras, enredan especies con material plástico, o facilitan la ingesta de productos tóxicos. Ejemplos, modelos, paradigmas. Un mundo sin abejas, sin pájaros, sin jaguares ni elefantes. Sin mariposas. Ni leones, ni lobos o coyotes. Quizá, como sugiere Franzen, es hora de repensar y revaluar el sentido de anhelar. La expectativa de que algo de lo que tanto amamos quede, y que no sea sólo pérdida, vaciamiento. 

Si la inminente extinción masiva amenaza eliminar al menos la mitad de las especies vivientes en el planeta, ¿cómo organizar nuestros deseos por preservar lo que se escurre? Hilos de organismos humanos y no humanos que se deshacen, se van evaporando como en un movimiento inverso: esos dibujos filmados y luego proyectados en su revés, hacia atrás. Pero no en cámara lenta. En fast forward. Se me ocurre que, para revertir el saldo negativo de la destrucción climática global, es hora de apelar a la imaginación, pero no para vislumbrar el sin, sino para imaginar un futuro alternativo, sostenible y plausible que restituya la acción funesta e incesante del Antropoceno. Imaginar y desobedecer. Pensar más allá de la presencia de un microrganismo para detener la maquinaria que nos incita hacia una práctica de lo cotidiano alienante por su ritmo vertiginoso. Provocar una desobediencia verde, una que, haciéndose eco del llamado de Thoreau, resista la devastadora voracidad del capitalismo extractivo, como así también de las múltiples formas de expropiación que se benefician de sus mecanismos ilegítimos. Imaginar un mundo sin significa imaginar un mundo sin terricidios ni (no)humanicidios. Un mundo con.


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