En un contexto de crisis de civilización, la maternidad vive sus tormentas particulares. Pensarla desde el feminismo implica rescatarla de sus vaivenes y rescatarnos a nosotras mismas también. La maternidad es un terreno en disputa. Cómo politizar la experiencia en un sentido emancipador (ya es hora de dotarla de nuevos códigos). Fragmento de Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad (Ediciones Godot).



¿Qué significa ser madre? Hay tantas definiciones como experiencias. No se puede hablar de la maternidad en un sentido único. Cada vivencia depende del contexto social, las capacidades económicas, la mochila personal. No es lo mismo la maternidad biológica que la adoptiva, criar en solitario que contar con un entorno que te apoye, tener una criatura que criar a dos o tres, o volver al trabajo pocas semanas después del parto, cuando finaliza la licencia por maternidad, que pedirte una prórroga si lo que quieres es estar con tu bebé. Todo esto influye de un modo u otro en cómo vivimos la maternidad. Incluso una misma mujer puede tener experiencias distintas en función del momento vital por el que pase. Hay tantas madres como criaturas. No hay modelos universales.  

 

El mito de la perfección

 

Sin embargo, se ha generalizado a lo largo de la historia un determinado ideal de buena madre, caracterizado por la abnegación y el sacrificio. La mamá al servicio, en primer lugar, de la criatura y, en segundo, del marido. El mito de la madre perfecta y devota, casada, monógama, que se sacrifica por sus pequeños y está feliz de hacerlo, que siempre antepone los intereses de hijos e hijas a los suyos, porque se supone no tiene propios. Un mito que se nos ha presentado como atemporal, cuando en realidad sus pilares son específicos de la modernidad occidental.

 

El sistema patriarcal y capitalista, a través de esta construcción ideológica, nos ha relegado como madres a la esfera privada e invisible del hogar, ha infravalorado nuestro trabajo y consolidado las desigualdades de género. Como mujeres no teníamos otra opción más que parir, así lo dictaban la biología, el deber social y la religión. Este es el argumento del destino biológico, que ha servido para ocultar la ingente cantidad de trabajo reproductivo que llevamos a cabo. El patriarcado redujo la feminidad a la maternidad, y la mujer a la condición de madre.

 

Al contrario de lo que afirma el mito de la perfección, “fracasar es parte de la tarea de ser madre”. Sin embargo, esta posibilidad ha sido negada en las visiones idealizadas y estereotipadas de la maternidad. El mito de la madre perfecta, de hecho, solo sirve para culpabilizar y estigmatizar a las mujeres que se alejan de él. Las madres son consideradas fuente de creación, las que dan la vida, pero también chivos expiatorios de los males del mundo cuando no responden a los cánones establecidos. Se las responsabiliza de la felicidad y los fracasos de sus hijas e hijos, cuando ni lo uno ni lo otro está a menudo en sus manos, y depende más de una serie de condicionantes sociales. La maternidad patriarcal ha hecho que a lo largo de sus vidas muchas madres sintieran, como escribía Adrienne Rich en su clásico Nacemos de mujer, “la culpa, la responsabilidad sin poder sobre las vidas humanas, los juicios y las condenas, el temor del propio poder, la culpa, la culpa, la culpa”.

 

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El dilema de la maternidad

 

Los tiempos, se supone, han cambiado, pero a veces no tanto como imaginamos. En el transcurso del siglo XX, la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral, con la consiguiente autonomía económica, la generalización de un modelo de sociedad urbana con menos presión sobre los individuos, y el acceso a métodos anticonceptivos han hecho que tener criaturas se haya convertido en una elección. Pero cuando la maternidad dejó de ser un destino único, emergió el dilema de la maternidad: la maternidad como una opción y un deseo confrontados a otros, con los que encajaba muy mal. La maternidad no es sino un camino lleno de incertidumbres.

 

Desde los años ochenta, al mismo tiempo que la mujer se incorporaba al mercado laboral y a la vida pública, se produjo un auge de los discursos promaternales y profamiliares. El ideal de buena madre se hizo más complejo. Las mujeres ahora no solo debemos ser madres devotas, sino supermamás o “mamás máquina”, tan sacrificadas como las madres de siempre, pero con una vida laboral y pública activa y, por supuesto, con un cuerpo perfecto. Se trata de un “nuevo mamismo”, una maternidad inalcanzable, que de facto devalúa lo que las madres reales hacemos. El resultado es la frustración y la ansiedad. La maternidad sufre así una “intensificación neoliberal”, en la que se mezclan cultura consumista e imaginarios de clase media. 

 

Muchas mujeres de hoy siguen expresando las presiones que reciben de su entorno cuando llegan a una determinada edad y no tienen descendencia. “Se te pasará el arroz”, “te vas a arrepentir”, “si es lo mejor que hay en la vida” son algunas de las frases que tienen que oír a menudo machaconamente muchas de aquellas que deciden no tener críos, o no lo tienen claro. Hasta el punto de que si tus amistades tienen descendencia y tú no, puedes llegarte a sentir toda una outsider.

 

La opción de no ser madre no encaja socialmente. Lo señala la periodista María Fernández-Miranda en No madres: “A la mujer que tiene descendencia se la llama madre; a la que no está emparejada, soltera; a la que ha perdido a su pareja, viuda. Las que no tenemos hijos carecemos de un nombre propio, así que en vez de definirnos como lo que somos debemos hacerlo desde lo que no somos: no madres. Nos vemos abocadas a catalogarnos desde la negación porque representamos una anormalidad”.

 

El ángel del hogar o la superwoman

 

Las mujeres en la actualidad nos enfrentamos a una doble presión. Por un lado, la de ser madres como dicta el mantra patriarcal y serlo de una determinada manera, con un manual completo, muchas veces contradictorio, de lo que se espera de nosotras. Por el otro, siguiendo el abecé del capitalismo neoliberal, debemos triunfar en el mercado de trabajo y tener una carrera exitosa, aunque en la mayoría de los casos toca sobrevivir como se puede, con un empleo más o menos precario, sin renunciar, eso sí, se supone, a tener hijas e hijos.

 

Ser madre queda reducido y normativizado a dos opciones, la de ángel del hogar o la de superwoman, que son los modelos que encajan en el sistema y que se espera que reproduzcamos indistintamente. La maternidad es prisionera de “discursos normativos bipolares y estereotipados” de corte patriarcal y capitalista, que nos condenan a ser tachadas de profesionales facasadas si no estamos cien por ciento disponibles en el trabajo, o de malas madres si no dedicamos el tiempo suficiente a cuidar a los pequeños. La culpa es siempre nuestra.

 

Triunfar o subsistir en el mundo laboral es casi incompatible con tener descendencia. Solo hace falta preguntar a todas aquellas embarazadas o madres que han sufrido mobbing o acoso maternal y han acabado incluso perdiendo el empleo, a las mujeres en edad de tener criaturas a las que por si acaso ya ni se las contrata, o a las que cobran un salario de miseria y ni se pueden plantear tener pequeños. Un 18% de las trabajadoras denuncia que en su lugar de trabajo se presiona a las mujeres que son madres, y un 8% de las que sufren acoso señala que es consecuencia de su maternidad. No es fácil despedir con la ley en la mano a una mujer que está a punto de parir, pero hay varios subterfugios que lo hacen posible o que facilitan hacerle la vida imposible. La destrucción de los derechos laborales, tras décadas de neoliberalismo, tiene un impacto directo sobre las madres y las mujeres que quieren serlo.

 

Si tienes criaturas, sobrevivir en el mercado laboral no es fácil. ¿Cuántas mujeres han tenido que renunciar a su vida personal y familiar en beneficio de la carrera o justo a la inversa? Ante el fracaso de la conciliación, hay empresas que incluso ofrecen incentivos económicos a sus empleadas para que congelen sus óvulos y retrasen así la maternidad. Grandes multinacionales como Facebook, Apple, Google, Yahoo, Uber o Spotify lo han hecho. En el Estado español, otro perfil de empresas, como las que se agrupan bajo el Club de Primeras Marcas en Valencia (Arroz Dacsa, la bodega Vicente Gandía o Caixa Popular, entre otras), han llegado a acuerdos con clínicas de fertilidad para proporcionar descuentos a las trabajadoras que quieran acogerse a un tratamiento de congelación de óvulos.

 

Sin embargo, ¿qué mensaje se manda a las empleadas? ¿Que es mejor retrasar la maternidad para poder ascender profesionalmente? ¿Que su trabajo es incompatible con tener criaturas? ¿No sería más lógico invertir en conciliar maternidad y empleo? Y un tema que no se tiene en cuenta: ¿qué pasa si cuando quieres utilizar dichos óvulos la cosa no funciona? Tal vez entonces no haya más oportunidades.

 

Al rescate

 

La maternidad, en un contexto de crisis de civilización, también vive sus crisis particulares. Lo vemos en las dificultades que cada vez más mujeres tienen para quedar embarazadas, el aplazamiento o incluso la renuncia forzada de la maternidad, los malabarismos para conciliar la crianza con el empleo, las tensiones con el proyecto de vida, la imposibilidad de tener el número de criaturas que se desea, la insatisfacción de la propia experiencia materna y la autoculpabilización. He aquí algunas muestras de las crisis múltiples, invisibles y no nombradas, de la maternidad. Pensar la maternidad desde el feminismo implica rescatarla de sus crisis, y rescatarnos a nosotras de las crisis de la maternidad.

 

El patriarcado recluyó la maternidad en el hogar, en un puesto subalterno, y la utilizó como mecanismo de dominio sobre las mujeres. Pero ¿tenemos que resignarnos a este significado? Quien nos aparta de la esfera pública, niega libertad e impide nuestra autonomía personal no es la maternidad en sí, sino el carácter que se le ha dado. Aceptar la maternidad patriarcal como la única posible implica renunciar a dar una perspectiva feminista a la experiencia materna. Negarla conlleva dar la espalda a las mujeres madres, a las que lo hemos sido y a las que lo serán, dejarnos huérfanas de discurso y de referentes, seguir normativizando el hecho de ser madre bajo los preceptos del patriarcado.

 

La maternidad es un terreno en disputa. Si tomamos el principio feminista de que lo personal es político, el objetivo consiste en politizar la maternidad en sentido emancipador. No se trata de idealizarla ni de tener una visión romántica, sino de reconocer su papel fundamental en la reproducción social y otorgarle el valor que le corresponde: ya va siendo hora de que nos dotemos de nuevos códigos. Hay que liberar la maternidad del patriarcado. Las mujeres conquistamos el derecho a no ser madres, a acabar con la maternidad como destino; ahora el desafío reside en poder decidir cómo queremos vivir esta experiencia.

 

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