El presidente encara el último año de su primer mandato con un país en crisis: caída de la actividad económica, aumento de la pobreza y el desempleo y dependencia “administrativa” con el FMI. Los últimos anuncios (deportar extranjeros, bajar la edad de imputabilidad, comprar pistolas taser) ponen en escena otra vez a la Argentina de los ciclos recurrentes, cada vez más cortos, que provocan inestabilidad. Sea quien sea el próximo gobernante, no la tendrá fácil. Este texto es parte de Emergencias. Repensar el Estado, las subjetividades y la acción política (compilado por Marina Cardelli y Nahuel Sosa, Editorial Ciccus), un libro de ensayos sobre trabajo, militancia, consumo, deseo, feminismos y temas contemporáneos claves.



 

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Foto de portada: Gentileza Joaquín Salguero.

 

Romper los ciclos, construir mayorías 

 

¿Cómo escribir un artículo en medio de una crisis sistémica? Cuando el lector tenga en sus manos este libro, casi con seguridad ya se habrán definido algunos de los interrogantes que este texto intenta provisoriamente responder. El gobierno de Mauricio Macri está culminando su tercer año de mandato en un contexto de crisis económica y social de carácter estructural. Desde principios de 2018 -para decirlo con más precisión, luego de aprobar la reforma previsional el 18 de diciembre del año pasado-, la administración Cambiemos ha perdido un conjunto de recursos de poder que se vislumbran como decisivos de cara a su revalidación en las urnas el año próximo.

 

La fuerte caída de la actividad económica, el aumento de la pobreza y el desempleo, la dependencia “administrativa” con el FMI, la caída estrepitosa en la imagen presidencial, la imposibilidad de recrear positivamente los vientos del cambio y una resistencia social en ascenso son efectos de una política económica concentrada en el ajuste estructural, el achicamiento del Estado y la prioridad puesta en la “bicicleta financiera”. Como una imagen que nos vuelve a los peores momentos de nuestra historia, las escenas del año 2001 parecen emerger nuevamente en la retina de millones de argentinos y argentinas. ¿Cómo pudo volver ese pasado tan rápido? ¿Qué sucedió para que el macrismo pudiera salir victorioso en las elecciones de 2015 y 2017? ¿Qué errores cometió el gobierno anterior para que esto ocurriera? ¿Qué le pasó a nuestra sociedad para que luego de una década volviera a abrazar al neoliberalismo que la hundió sin salvavidas en 2001?

 

El objetivo central de este texto es intentar dar algunas respuestas (al menos mínimas) a estos interrogantes. Para ello, comenzaremos una breve revisión del pasado, dando cuenta de los límites del modelo político y económico y la imposibilidad de transformar de raíz algunas cuestiones estructurales. Más tarde, nos concentraremos en intentar comprender al macrismo como fuerza política, económica e ideológica durante el ejercicio del poder. Finalmente, culminaremos con un análisis de los desafíos a futuro de la oposición en nuestro país y en la región en este contexto internacional caracterizado por la avanzada norteamericana en Sudamérica.

 

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El giro a la izquierda, los liderazgos presidenciales y los límites estructurales (en Argentina y la región)

 

Cuando el 4 de febrero de 1999 Hugo Chávez juraba frente a la “moribunda Constitución” venezolana, nada hacía prever que se comenzaba a abrir un proceso de transformaciones económicas, políticas y sociales inéditas para Sudamérica. En un contexto internacional de fines del siglo XX caracterizado por el triunfo indiscutible del neoliberalismo, en nuestra región brotaba un proceso de cambio que se encontraba a contramano de lo que sucedía en el siempre referente (e imitable) primer mundo. La victoria de Lula en Brasil consolidaba un giro, hasta ese momento incierto, pero sí alejado de los senderos previsibles del neoliberalismo, y las disputas electorales de Evo Morales en Bolivia, de Tabaré Vázquez en Uruguay y de un joven Rafael Correa en Ecuador atestiguaban que nuevos vientos soplaban en la región. En nuestro país, a finales de 2001, las políticas neoliberales edificaban un nuevo fracaso que daba lugar a una vuelta de página a las políticas del “Consenso de Washington”.

 

 

La victoria de Néstor Kirchner en abril de 2003 abrió también un nuevo ciclo en Argentina: el del camino de las políticas mercado internistas, concentradas en un rol más activo del Estado como garante de un proceso de reindustrialización, de estímulo al consumo y de redistribución del ingreso. Asimismo, las políticas de derechos humanos basadas en el proceso de memoria, verdad y justicia y la regeneración del poder judicial con la renovación casi completa de la Corte Suprema marcaban hitos fundantes de los primeros años de la gestión kirchnerista. La adhesión al módulo nacional, popular y democrático del gobierno argentino se extendió a la concreción de armados regionales, como fueron el fortalecimiento del Mercado Común del Sur (MERCOSUR) -con la incorporación de Venezuela- y la construcción de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) como principales iniciativas de política internacional. En el mismo sentido, y en línea con el resto de los países sudamericanos, la apertura de nuevos mercados, con China y Rusia como exponentes fundamentales, resultaba ser otro de los componentes distintivos de esta nueva orientación geopolítica de Argentina. Las políticas del kirchnerismo durante los 12 años de gobierno redundaron en un aumento impactante del empleo, un importante descenso de la pobreza, la incorporación de nuevos jubilados al sistema, un descenso de la desigualdad social medida por el coeficiente Gini, un engrosamiento de la clase media y una disminución evidente de la conflictividad social. Sin embargo, la estructura social y económica propia de una región subdesarrollada no se modificó. Los déficits estructurales de la economía argentina inhibieron una mayor distribución social, un aumento del trabajo formal y el descenso de los índices de pobreza superiores al 25%. Las limitaciones propias del esquema económico kirchnerista y la resistencia de los sectores del capital hacia una mayor profundización de las principales aristas del modelo, imposibilitaron la transformación de raíz de un conjunto de cuestiones basales de nuestra economía. No se trata de un fenómeno exclusivamente nacional. Tras un crecimiento “a tasas chinas” y el ingreso de millones de habitantes a las clases medias, Brasil se topó con la recesión más profunda y extensa de su historia y con un subsiguiente deterioro de los indicadores sociales. El camino que va del “giro a la izquierda” al “giro a la derecha” comenzó a recorrerse.

 

La Argentina de los ciclos recurrentes

 

Numerosos investigadores, académicos y analistas han reflexionado, desde hace ya varias décadas, sobre los recurrentes “ciclos” políticos y económicos de nuestro país. Años de bonanza, crecimiento y distribución de los ingresos -cuando no de la riqueza- se ven interrumpidos por procesos de crisis económicas que destruyen lo avanzado y hacen retroceder esos indicadores. No casualmente, los ciclos de progreso están encabezados por gobiernos que, con sus matices y diferencias, se pueden encuadrar dentro del campo nacional, popular y progresista. Tampoco casualmente, los ciclos regresivos son protagonizados por gobiernos que, más allá de sus narrativas discursivas, encarnan una visión política liberal-conservadora o, peor aún, directamente reaccionaria.

 

Este fenómeno, que también puede ser analizado desde el concepto de “empate hegemónico”, aún está entre nosotros. Y la asunción de Mauricio Macri en 2015 es su última expresión. Ahora bien, cabe aquí realizar algunas precisiones, o mejor aún, plantear algunas hipótesis: creemos que, al igual que con otros fenómenos de carácter global, cada uno de estos ciclos son de menor duración, más rápidos y, al mismo tiempo, más profundos en sus avances y retrocesos. En síntesis: cada uno de los ciclos pareciera ser más veloz, más efímero, más radical. Una de las consecuencias obvias de esta dinámica es la acentuación de una característica muy propia de nuestro país: la inestabilidad. Y si bien las reiteradas crisis han, de algún modo, inoculado ciertas autodefensas sociales para enfrentarlas, cabe preguntarse si esta nueva modalidad de “ciclos” más cortos no generarán, a su vez, nuevas expresiones, modalidades e impactos en la esfera pública y en el tejido social: más temores, más desconfianza, más decepciones, más “depresiones”, parecieran ser alguns de ellas (insistimos en este punto: si bien nuestro caso tiene características propias, “nacionales”, no puede obviarse que muchos de estos fenómenos tienen hoy una emergencia que recorre el globo).

 

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El macrismo: último capítulo de una larga tradición

 

Cuando Mauricio Macri resultó ganador del ballotage presidencial de 2015, inauguró el último de estos recurrentes ciclos por los que atraviesa nuestro país, por lo menos hasta el momento, poniendo fin a un proyecto político parido por la peor de las crisis que conociera Argentina en el siglo xx, la crisis de 2001. En aquel escenario, al borde de la disgregación nacional, con escalofriantes índices económicos y sociales, con una país sumido casi en la anomia, fue “la política”, la misma que era corresponsable de ese estado de cosas, la que supo hacer pie y darle una salida institucional al descalabro generalizado que atravesaba cada rincón de nuestro país. Es de aquel “estado de emergencia” del cual es hijo el kirchnerismo que llegaría al poder. Y es en aquel momento también, como en el yin y el yang del taoísmo, que comenzaba la prehistoria de lo que luego de más de una década de laboriosa construcción también llegaría al poder: el macrismo.

 

Es tal vez precisamente por tener un origen temporal común con el kirchnerismo no suficientemente reflexionado que la emergencia del macrismo resultó sorpresiva. Y como todo lo que sorprende, su impacto en el campo de las ideas y los análisis políticos fue fecundo. Había, como con todo “lo nuevo”, que estudiarlo, entenderlo, comprenderlo (hasta hubo casos en los que se pretendió justificarlo, pero esa autopsia es propia de otro texto). La tarea de analizar concienzudamente a la flamante fuerza política era más que necesaria, especialmente para aquellos que pretendían, ya desde sus comienzos, combatirla.

 

Para dificultar aún más la faena, los ropajes con los que el macrismo se presentó en sociedad -incluso desde su llegada al gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 2007, pero con mucha más intensidad y precisión desde el momento en que decidieron “ir por la Nación”-, supieron tener toques novedosos y disruptivos en relación al electorado: mostrarse a-ideológicos, “modernos”, “cancheros”, no confrontativos. De modo políticamente inteligente, la campaña macrista supo dar cuenta de un tipo de ciudadano/a -ellos dirían “persona”, o mejor aún, “vecino/a”- que el capitalismo global alumbró en las últimas décadas: un/a ciudadano/a que incorpora entre sus aspiraciones para realizarse al hedonismo, al “vivir bien”, a la búsqueda individual del placer y la satisfacción. Un sujeto que vuelca sus deseos de realización hacia una especie de “interioridad”, una espiritualidad individualista. Y si una importante parte de nuestra sociedad tiene este tipo de anhelos, ¿cómo no podría cambiar su relación con lo público, con el Estado, con la política? ¿Cómo no habría alguien con la disposición de “representarlo”?

 

Esto, y sólo esto -que no es poco- fue lo novedoso del macrismo: leer un clima de época e investirla de “política de la buena onda”. En todo el resto, no fue más que una nueva versión de una larga tradición política e ideológica argentina: la de los conservadores-liberales, incluyendo en sus márgenes una fina lluvia de reaccionarios como acompañamiento.

 

Quienes fracasan al triunfar

 

A riesgo de establecer una conclusión en medio de un proceso aún inacabado, podemos afirmar sin dudar lo siguiente: así como hay todavía un margen de incertezas acerca del futuro de la “experiencia política” Cambiemos, no cabe duda alguna que su “experiencia de gobierno” ha fracasado. En relación a sus promesas de campaña -“pobreza cero”, “derrotar el narcotráfico” y “unir a los argentinos”-, alcanza con decir que la actual crisis económica ya ha elevado la indigencia y la pobreza sobre los niveles en que recibieron el gobierno en 2015, que las acciones contra el narcotráfico no pasan de armados escenográficos para su publicidad en las redes sociales y que la única estrategia política consistente desde su asunción ha sido, precisamente, tratar de capitalizar el mayor tiempo posible “la grieta” social y política de los últimos tiempos.

 

Pero este fracaso excede, y por mucho, los límites de un análisis que asumimos parcial y no-neutro. Así como desde una perspectiva y un posicionamiento nacional, popular y progresista podemos afirmar que todas las medidas tomadas por el gobierno macrista significan un fuerte retroceso en términos de justicia social, distribución y calidad de vida para la mayoría de la sociedad argentina, lo relevante es que Cambiemos ha fracasado incluso “en sus propios términos”, incluso en su propio cuadrante ideológico: no supo vertebrar un nuevo esquema de negocios capaz de articular sectores económicos ni supo concretar cambios estructurales que le dieran margen de maniobra para llevar adelante su proyecto de país en el largo plazo. La discursividad del “gradualismo” es, en este análisis, una manifestación de sus propias limitaciones mucho más que una táctica deseada. Y endeudar drásticamente al país ha sido el único recurso, mientras fue posible, que permitió enmascarar estas limitaciones propias de su ineptitud para gobernar.

 

Una última cuestión para resaltar en este balance de Cambiemos: si logramos establecer una distancia crítica con respecto a su escenificación post-ideológica, son numerosísimas las marcas discursivas que revelan, precisamente, un componente fuertemente ideológico que emerge en fisuras y brechas de su accionar: el macrismo pretende una rejerarquización de las relaciones sociales en nuestro país. Esta rejerarquización es rotundamente reaccionaria, ya que anhela el regreso a una supuesta “edad dorada” en la cual quienes mandan son quienes tienen que mandar y el resto, todo el resto, debe obedecer y someterse a sus designios. En este marco, incluso, Cambiemos ha tenido atisbos de “poner en debate” algunos consensos básicos establecidos en nuestro país post 1983. Por citar un par de ejemplos, el rol de las fuerzas armadas en la seguridad interna o la legitimación de la violencia institucional como garante del orden.

 

También hay que decir que esta tradición conservadora que se intenta restaurar choca de frente con otra tradición que tiene el mismo arraigo nacional y se remonta incluso a los tiempos fundantes de nuestra Patria: el plebeyismo. La Argentina plebeya, construida en una relación dialéctica entre la propia sociedad y las expresiones políticas que supo construir -la de los caudillos federales, la del radicalismo, la del peronismo, las de las corrientes progresistas- resiste hoy al macrismo montada en una sociedad civil movilizada, vigorosa y potente, aunque dispersa políticamente.

 

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Hacia otro ciclo popular

 

Cuando el actual oficialismo culmine su mandato, las consecuencias de sus políticas de gestión serán tremendamente nocivas para el futuro gobierno que lo suceda, sea cual sea su orientación. Nada indica, en este presente, que el macrismo llegue a los comicios de 2019 con indicadores positivos. En la mejor de las hipótesis, lo hará con una economía retraída, en recesión, con caída del PBI, con un aumento por sobre el dígito de la desocupación, con el poder adquisitivo de los salarios licuados por la inflación y una pobreza y una indigencia en niveles aún mayores que los actuales. Quizás, y si logran atravesar la crisis cambiaria de 2018, puedan llegar a reducir en algo la inflación, que este año seguramente llegará al 40 por ciento o aún más. Al mismo tiempo, el país se encontrará otra vez con una gigantesca deuda externa y numerosas demandas sociales por atender. Insistimos: sea quien sea el próximo gobernante, no la tendrá fácil.

 

Los sectores que tengan la voluntad de reconstruir un proyecto popular en Argentina, pero a la vez tengan como horizonte romper con una persistente dinámica de ciclos que, insistimos, se hacen más rápidos, más corrosivos, tendrán que apelar a rescatar identidades pero también a valorar e incluir las diferencias. Se trata de concertar una cita con la memoria, pero también otra con la imaginación, buscando en la historia lo mejor de lo colectivamente aprendido, pero también un conocimiento que nadie ha producido aún.

 

Es muy diferente tener un diagnóstico que nos hable de una tarea inconclusa que debe ser completada, que señalar que poder realizar las demandas de millones de argentinos y argentinas requiere romper con una dinámica de ciclos recurrentes, ciclos que siempre terminan frustrando -a la corta o a la larga- los sueños de los sectores populares.

 

Sin orgullo por nuestra historia, por nuestros aciertos y nuestros errores, no podemos saber quiénes somos hoy. Después de todo, como el protagonista de la película “Memento”, los que componemos proyectos populares, reiterada y recurrentemente, solemos olvidar quiénes éramos y somos “nosotros” y quiénes eran y son “ellos”. Pero sin una rebeldía que nos lance hacia adelante de nuevas maneras, sin un curso de acción diferente al que tenemos tatuado en el cuerpo y escribiendo un nuevo destino, las grandes mayorías no encontrarán las respuestas que tanto anhelan. Esas que orgullosamente anhelamos nosotros.

 


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