En 2001, cuando Alexandre Roig se instalaba en la Argentina y trataba de entender esa crisis, sus hijos aún no habían nacido o usaban pañales. Hoy les escribe esta carta para hablar de Coronavirus, este fenómeno global, esta experiencia inédita para hijos, padres y abuelos sólo comparable con el impacto de la segunda guerra mundial. Pero no es una guerra, aclara, “es otra cosa, es algo desconocido que intentamos entender usando una palabra conocida”.



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Todavía están viviendo sus primeros tropiezos y sin dudas seguirán gozando muchas alegrías. La vida es corta pero la existencia se empieza a ensanchar en estos días. Parece raro decir esto en lo estrecho de las paredes que nos separan de los abrazos, de los juegos en las plazas, de los encuentros con los amigos. Pero es así, o más bien puede serlo si aprendemos algo de lo que está pasando.

 

Causas

 

Podríamos pasar la cuarentena por el Coronavirus pensando las causas y organizar debates cotidianos. A la mañana al abrazarnos (físicamente o mentalmente) podríamos recordar lo importante que es el amor, y cantar: “All you need is love… y una vacuna”. “El consumo de murciélagos en sopas” sería un gran tema para la cena. Agregaríamos con la sal, que “claro: como los humanos van avanzando sobre ecosistemas salvajes, vamos a tener cada vez más contacto con animales que antes estaban en su mundo y nosotros los fuimos a perturbar”. 

 

En los momentos en que tenemos muchas ganas de salir a la calle, podríamos discutir “la masividad del turismo mundial”, agregando, para que el debate sea picante, que viajan 1400 millones de personas al año sobre 7.500 millones que hay en el mundo. Muy rápidamente llegaríamos a la conclusión (que en verdad es un punto de partida) de que hay privilegiados (la minoría de la cual formamos parte) y otros que no forman parte de las propagandas del mundo globalizado (la mayoría). Si jugáramos a ser cientistas sociales (ese juego a mí me encanta pero me doy cuenta que a veces a ustedes les aburre un poco) podríamos, a la noche, antes de ver una película, debatir sobre “las formas de organización neo-liberal de los flujos de personas y de cosas”. Y antes de salir con barbijo y guantes a hacer las compras, nos tomaríamos 5 minutos para repetir “¿porqué sacaron toda la plata de los sistemas de salud? ¿Será que pensaron que las finanzas mundiales inmunizaban de todos los virus?”. Ya sé que alguno de ustedes, enojado, diría: “Ojalá les diéramos una cucharadita de sopa de murciélago mal cocida a los genios neo-liberales que destrozaron los hospitales del mundo y los encerramos en su cuartito”. Eso sí, les dejamos una cama con respirador porque a diferencia de ellos no deseamos la muerte, es solo pa´ que entiendan.

  

Pasando los días nos daríamos cuenta de que las formas culturales, los afectos, los sistemas económicos, la naturaleza, la vida política, todo forma parte de la vida social. Sí, ya estoy jugando de vuelta a ser cientista social. Pero esta parte es divertida. Todo cabe en los dedos de la mano. Vamos a repetir: cultura, naturaleza, economía, afecto, política. Todes y todo conectades como en la serie “Sense Eight”. 

 

Está bueno pensar las causas para que esta pandemia no se repita. Pero el tema es que ya sabemos lo que hay que hacer. Podemos discutir el cómo, pero el qué está bastante claro. Preguntémosle en el día 17 de la cuarentena al neo-liberal con respirador encerrado en su cuartito después de tomar sopita de murciélago: “¿Amigo qué hay que hacer para que no se repita esto?”. Y van a ver que se va a escuchar atrás de la puerta entre flema y tos: “Más bienes comunes, más salud, más derechos, más conexión con la naturaleza, más afecto”. Muy bien amigo. “No te preocupes que te vas a mejorar. Eso sí, cuando salgas del cuartito, no te olvides lo que estás pensando ahora.” Porque es así, las crisis ayudan a tomar conciencia. Pero la conciencia se alimenta con memoria, acción, pensamiento y creatividad. Lo que pasa es que algunos, sobre todo los que dominan, suelen tener un tipo de anorexia y vomitan la memoria, el pensamiento y la creatividad. Así que nos toca a nosotros seguir y seguir convenciendo con lucha. 

 

Por eso, no solamente hay que pensar en las causas. Hay que ir analizando los efectos. Eso es más complejo porque está ocurriendo, y siempre es más fácil reflexionar después. Pero tratemos de pensar algunas cosas. 

 

Efectos…

 

Si miramos hacia atrás, cuando fue la crisis argentina del 2001 ustedes no habían nacido o estaban mirando dibujitos animados. Las imágenes de la caída del muro Berlín tienen el color de otro siglo, es que de esa época son (1989, sí, hace muuuucho tiempo). El 24 de marzo hacemos memoria reclamando verdad y justicia. Sin embargo, estamos viviendo algo que nunca atravesamos los que pasamos los 40 años, y tampoco los abuelos que tienen más de 70.

 

Imagínense: desde la segunda guerra mundial que no hay un fenómeno tan global, un fenómeno que nos afecte a todos, de lejos o de cerca, pero a todos. O sea, esta pandemia es la primera experiencia común desde hace 75 años. 

 

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Tal vez por eso muchos usan la palabra “guerra”. Es para hacernos tomar conciencia de la gravedad, la excepcionalidad y justificar las limitaciones que tenemos y tendremos. Y está bien que las tengamos, desgraciadamente es la única forma (por ahora) de cuidarnos y cuidar a los otros. Pero ésto tal vez se parezca a una guerra, pero no lo es. Y hay que tener cuidado con las palabras. Porque vemos imágenes de camiones en Italia transportando sus muertos, pero no cayeron en batalla. Vemos tanques y gendarmes en las calles del mundo, pero no es para matar, es para proteger. Esto es otra cosa. Tal vez por que es algo desconocido se usan palabras conocidas, para poder entender algo, para poder explicar algo. Pero convengamos, los médicos no son soldados. Las compañeras que distribuyen comida en los comedores no son soldadas. Trabajan para dar vida. Y otra cosa. El virus tendrá corona, pero no es un sujeto político. No tiene voluntad, no ambiciona dominar, simplemente hace lo que hace un virus: se viraliza. No es como aquel Rey de El Principito, que espera a alguien para dominar. Eso hacemos los humamos, no los virus. Y a los humanos también nos gusta que haya alguien que sea responsable, alguien de carne y hueso a quien podamos castigar. Porque eso refuerza la idea de tener el control sobre la naturaleza y sobre los otros -bueno, sobre el mundo en general-. Hay un filósofo del siglo XVI que se llama Descartes que justamente planteaba ésto en sus libros. Ponele que no sería un éxito de ventas en este contexto. 

 

Lo que sí hay es desasosiego. Otra palabra compleja pero tan precisa. El desasosiego es cuando se pierde la calma, la tranquilidad. Y es raro estar en nuestras casas y no tener calma. Sobre todo si nos dicen que es una guerra que tenemos que llevar adelante estando quietos… imagínense, Harry Potter encerrado en su cuarto, lejos de sus amigos y guerreando contra Valdemort, en una suerte de “teleguerra”. ¡No da!

 

Si llegáramos a saber que alguien implantó el virus entonces el virus sería un arma, el que disparó el arma de un enemigo (además de un reverendo tuuuuuut). Casí que tranquilizaría a los cartesianos (así se llaman los adeptos del susodicho Descartes), la causa estaría en la voluntad de alguien (malo) y los efectos sería en este mundo maravilloso (bueno). Pero no, adeptos de los binarismos simples, esto no es amigo-enemigo, bueno-malo, lindo-feo. Esto acontece y revela un sistema que claramente no está hecho para la vida. 

 

Lo que sí está ocurriendo es una lucha por la dominación. Los vemos cómo compiten para sacar la vacuna, para ver quién se queda con los respiradores, para ver quién tiene menos muertos, para ver cuál economía aguanta más. “Que mal estos italianos”, “qué bien los alemanes”. Andamos repartiendo caritas tristes y caritas felices, haciendo listas de países menos o más eficaces para aterrorizarnos o esperanzarnos. Son las dos caras de la misma moneda. Es la mismísima lógica de la “eficiencia” la que llevó a desmantelar los sistemas de salud ahí dónde existían, en lugar de desarrollarlos cuando no los teníamos. Predominó la lógica del recorte del gasto (en salud y en todos los servicios sociales) y resulta que es justamente esto lo que tiene tanto costo hoy.  ¿Tremendo no? 

 

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En fin, en todo caso ojalá esta cuarentena nos dé tiempo para pensar, aunque sabemos que el mundo no va a mejorar porque sí, porqué la humanidad “tomó consciencia”. Las cosas cambian cuando cambian las relaciones de fuerza. Claro que ser más concientes ayuda pero no alcanza. Porque los intereses más básicos son lo que realmente importan, esos que caben en los dedos de una mano: los culturales, los políticos, los económicos (en particular éstos), los afectivos, los que tienen que ver con la naturaleza. No creo que salgamos de esta crisis con los trabajadores con más poder, las mujeres más emancipadas y con más respeto por la naturaleza. Es muy probable que salgamos con más voluntad de control, con más concentración de la economía en pocas manos, con más lógica machista, esa que lleva a hacer la guerra. Es muy probable que muchos busquen la culpa en alguien.  Si digo ésto, entenderán que no pienso que se va a terminar el capitalismo y que nos vamos a despertar después de la pandemia en un paraíso igualitario abrazados a Koalas que corren libres por el mundo. La historia, en general no funciona así.

 

Por ahora lo que vivimos es la falta. La falta de movimiento, la falta de insumos, la falta de recursos, la falta de los seres queridos. En algunos barrios populares, lavarse las manos es un riesgo tan grande como el coronavirus. Cuando se trabaja en el día a día y justamente de la circulación de personas, es imposible ganarse la vida, es imposible tener plata para comer. Esto es la falta. Cuando la falta crece, se ven las contradicciones que ya estaban pero que se agudizan. Porque cuando falta mucho, sobra enojo, sobra impotencia, sobran los sentimientos de injusticia.  

 

¿Esto significa que tenemos que quedarnos quietos, asumir que no hay posibilidad de cambio? “Pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad”, decía Gramsci, un gran pensador que pensaba justamente desde una cárcel, preso por los fascistas italianos proponiendo cambiar el mundo que hoy nos encierra. Veamos en qué puede devenir. Eso requiere creatividad, y lo mejor para crear es la música, el canto y la poesía (pequeño comentario nerd: “poesía” viene de poïesis, que significa “crear”). 

 

 

Azares…

 

Vamos con esta canción de Silvio Rodríguez: 

 

“Cuando acabe

Este verso que canto

Yo no sé, yo no sé,

Madre mía,

Si me espera uno

A paz o el espanto; 

Si el ahora o el todavía

Pues las causas

Me andan cercando

Cotidianas, invisibles

Y el azar

Se me viene enredando

Poderoso, invencible”

 

¿Les gusta? ¿Lindo, no? Es medio de viejo militante, pero Silvio no pasa de moda. ¿O sí? Bueno no importa, nos sirve para el momento. Porque vaya que las causas no siguen cercando. El tema es cómo salir del cerco. 

 

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Hay mucho que tiene que ver con el azar. El “acontecimiento” dirían mis doctos colegas (docto es que tienen doctorado, pero de esos doctorados que no sirven para curar un virus, de esos que pueden servir para pensar (a veces) una mejor vida en común ). Hay otro tanto que tiene que ver con Estado y con nuestro gobierno que claramente, y por gran sentido histórico, decidió que la salida es intervenir en la economía. Ojalá esto no decaiga después de la crisis y lleguemos a largo plazo a someter la lógica del capital o la lógica social. Que no se te acelere el corazón, amigo neo-liberal encerrado en tu cuartito, vas a vivir mejor, vos con menos plata seguramente, pero vamos a vivir todos mucho mejor, vas a ver.  Pero hay mucho que tiene que ver con la sociedad organizada, con aquella parte que está dispuesta no solamente a resolver un problema (encontrar la vacuna sería un buen inicio) pero también a transformar la sociedad. Eso implica cambiar las relaciones de fuerza, y es una historia que va más allá de los límites de una vida, por lo menos de la de quienes tenemos más de 40. 

 

Por eso les escribo a ustedes, para que esta experiencia común del “aislamiento social” no implique salir del cerco más solos, más dominados, más desanimados. De esto salimos juntos, concientes, con la alegría de saber que el camino es otro. No suponerlo porque alguien nos los dijo. Saberlo porque hicimos la experiencia de lo que implican las reglas del mundo en el que vivimos. A abrazarnos cuando salgamos, que los azares son nuestros y el futuro es de ustedes.

 


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