La ola verde que reclama aborto legal, seguro y gratuito convive con sanciones e insultos de los sectores antiderechos. Pero las pibas ya lo saben: la exigencia de educación sexual en las escuelas, el pañuelo como bandera y los cuerpos ocupando el espacio público son las batallas ganadas desde que comenzó el debate, sostenidas en una ética feminista. Eleonor Faur reafirma el valor de la ​ESI​​ ​​​como política que interpela de raíz el orden de género establecido. Esta es una de las 20 notas para celebrar los 20 años del IDAES a través del pensamiento de sus investigadores sobre los temas calientes de la coyuntura.



En 38 décimas de segundo Google arroja 2.220.000 resultados para la búsqueda “escuelas, pañuelos verdes”. Son noticias en medios locales, nacionales y extranjeros, crónicas que enhebran la potencia de una causa que atraviesa el umbral de las escuelas y, allí donde circulaban susurros y secretos, instala símbolos e himnos paganos (“educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”, lema de la Campaña).

 

La ola verde convive con sanciones e insultos de los sectores antiderechos. Una directora les dijo “asesinas” a sus alumnas de San Miguel del Monte. Una escuela religiosa de Santiago del Estero hizo desfilar a los estudiantes con el pañuelo celeste al estilo de The Wall, 36 años después de la película de Alan Parker que musicalizó Pink Floyd. En colegios católicos de zona norte del conurbano bonaerense reparten propaganda prediluviana, en la que se critican los anticonceptivos como parte de una “mentalidad anti-hijo”, a estudiantes secundarios. Lxs asolescentes resisten: en Ranelagh les pidieron que pegaran carteles pro-vida y fueron a la escuela con pañuelos verdes. La hermosa crónica de Manuel Becerra ilumina los intersticios de la experiencia popular de los secundarios del Conurbano. El aborto es un tema ineludible, pero lo es de manera diferente en distintos colegios.

 

 

La marea arrastra hacia la costa fetos de madera, marchas fascistoides y piezas desvencijadas. También, semana tras semana, crece el activismo social, y se multiplican las demandas de lxs chicxs: los centros de estudiantes exigen ESI (Educación Sexual Integral), toman colegios para demandar la legalización del aborto, las chicas mantienen la vigilia al frente del Congreso. Todo junto y revuelto como sucede cuando las revoluciones se caldean, diría el gran Eric Hobsbawm, “desde abajo”.

 

Si ya eran muchxs lxs estudiantes que pedían educación sexual, lxs que militan el aborto legal son millares.

 

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Les quiero decir a los maestros que ellos, los que tienen vergüenza en comunicar a sus alumnos de la sexualidad, que no tengan vergüenza… Tenemos algo muy especial en el cuerpo, eso genera una revolución en las mujeres… también tenemos ganas (y también los varones) pero nosotras nos tenemos que cuidar… porque nosotras con todo el tema de Ni una menos, de los femicidios en Buenos Aires, de las violaciones en los casos que nos matan, nos violan, nos drogan… nos tenemos que cuidar. (Los maestros) tienen que poner mucho… tienen que estar atentos a los alumnos y enseñarles.  

 

El testimonio es de una niña jujeña de 12 años que conocí en septiembre de 2017. Llegué a su escuela gracias a un trabajo para el Ministerio de Educación y UNICEF. Queríamos comprender lo que hacen, cómo lo hacen y qué logran las escuelas que enseñan ESI. Cuando me iba, la niña  me detuvo, quería decirme algo pero no se había animado a hablar en público. La escuché fascinada por las derivaciones subjetivas que ocurren cuando circula la palabra. Percibí cuan profundo había calado #NiUnaMenos y cuánto perforó los muros de las escuelas, celebré la potencia de esta nueva generación que se niega a someterse a designios ajenos a sus realidades, sus deseos y sus inquietudes.

 

En noviembre de 2017, se tomaron las pruebas del operativo Aprender en todo el país, diseñadas por el Ministerio de Educación. 309.000 estudiantes de 10.000 escuelas respondieron a la evaluación: multiplicaron y dividieron, sacaron porcentajes, respondieron “multiple choice” y demostraron sus competencias lectoras. De sopetón, sorprendieron con un reclamo: 8 de cada 10 señaló que la escuela debe ofrecer educación sexual y no lo hace. Aún no había comenzado la “marea verde”, pero hacía rato que la mar no estaba serena.

 

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Si para lxs adolescentes y jóvenes #NiUnaMenos representó una puerta de entrada al feminismo, para el gobierno de Mauricio Macri marcó parte de su agenda de género. El movimiento surgido en 2015 impactó en que se designara a Fabiana Tuñez al frente del Instituto de las Mujeres y en el diseño de un plan de trabajo para las políticas contra la violencia de género. Derivó también en que se buscara garantizar en las escuelas una Jornada Anual sobre Violencia de Género, según estableció la Ley 27.234, aprobada en 2015. En 2017, el gobierno elaboró un  Plan Nacional de Reducción del Embarazo No Intencional en la Adolescencia y reconoció a la ESI como uno de sus pilares fundamentales. De manera paradojal, la implementación de la Ley 26.150 que garantiza la educación sexual como un derecho se contrajo: el presupuesto del programa nacional que lo implementa se redujo, la capacitación docente se diluyó (en 2017 se capacitaron 1000 docentes de manera presencial, en 2015 fueron más de 55.000) y lo mismo ocurrió con la producción, reimpresión y distribución de materiales (ODH, 2017).

 

En medio del debate en el Congreso, el Ministerio de Educación tomó una decisión importante para repuntar la ESI a través de una resolución del Consejo Federal de Educación aprobada en mayo. Los detalles son varios, pero se destaca la inclusión de contenidos sobre el aborto en el nivel secundario. ¿De qué manera se incluyen estos contenidos? La Resolución dice textual: “Distintas miradas sobre el aborto (como problema ético, de salud pública, moral, social, cultural y jurídico, etc.)”. La formulación es, por lo menos, controversial y llega en medio de las posturas enfrentadas que se escuchan durante los plenarios de comisiones que debaten el aborto legal en el Congreso.

Librado a las fuerzas de la sociedad civil y a los contenidos indefinidos el debate agudiza las controversias. En el medio, hay una legalidad y un derecho que no debería tensionarse. Hoy todo el mundo todo habla de la ESI, más de unx asegura –sin evidencias- que con ESI no habría abortos. Pero, ¿de qué ESI hablan unos y otros?

 

Los movimientos feministas y LGTTBI parten de una concepción amplia de sexualidad y promueven los enfoques de género, diversidad y derechos. Los sectores conservadores, vinculados a las jerarquías de la Iglesia, rechazan de plano el concepto de género (“la ideología”, dicen) y defienden una mirada binaria de los sexos, a la que consideran “natural”.

 

La puja entre dichas concepciones ha sido siempre desigual. Durante décadas –sino siglos- la Iglesia Católica fue la única institución que, sin decirlo, educó en sexualidad de manera sistemática. Contó con material didáctico y con un ejército de docentes (confesionales y laicos) que replicaban sus tres principios básicos: abstinencia, fidelidad y heterosexualidad. El disciplinamiento de los cuerpos y de las voluntades procuró sostener un modelo de sujeto y de familia en el cual el matrimonio regulaba la temporalidad y la finalidad de la sexualidad: la procreación. Por fuera de estos preceptos, nada. Dentro de ellos (los desfiles de niñxs, los fetitos plásticos distribuidos en escuelas, las constituciones provinciales como la de Salta que desafiaban la Carta Magna) toda estrategia parece legitimarse. Ninguna ha sido cuestionada por las cúpulas religiosas pero, de manera llamativa, tampoco lo fue por la clase política de los partidos mayoritarios.

 

Estos mensajes se multiplican y desafían la legalidad del país, se interponen a la implementación de la ESI, interceptan sus contenidos. La puja es desigual, decimos, porque la Iglesia cuenta con una institucionalidad inmensa, recibe subsidios estatales, detenta incidencia política al más alto nivel, co-gobierna miles de escuelas propias a través de una jerarquía que impone lo que se transmitirá en aulas, capillas y parroquias.

 

Por su parte, el movimiento feminista, la marea verde y la revolución de las pibas saben que la ESI interpela de raíz el orden de género establecido, no para imponer comportamientos específicos, sino para desandar la normatividad preexistente que nada contribuyó a la disminución de los abortos. La ESI, esta ESI, no busca adoctrinar, sino escuchar, atender, acompañar y responder a las necesidades de chicos y chicas, habilitar el placer, afianzar sus cuidados, proteger sus derechos. Esta es la ESI que hoy es Ley en la Argentina. La que busca, como reza el slogan de la campaña, ampliar la educación sexual para decidir.

 

Esta suerte de himno pagano enhebra procesos concatenados: educación sexual, anticonceptivos y aborto legal. Ninguno sustituye a los otros dos, como pretenden los discursos dogmáticos. No son declaraciones caprichosas: son las medidas que mostraron evidencias positivas en aquellos países que realmente redujeron los embarazos no intencionales y la mortalidad materna.

 

En Argentina, la ESI no es una opinión, sino una política estatal. Hace varias décadas, Oscar Oszlak y Guillermo O’Donnell indicaban que las políticas estatales se producen dentro de una determinada “estructura de arenas” en la cual participan y se “interpenetran” diferentes actores estatales y de la sociedad civil.

 

En esta estructura de arenas, la Iglesia tiene intereses más profundos que el de defender sus creencias: la permanencia de su doctrina constituye la base de su legitimidad como institución. Resquebrajarla o permitir que se filtran nuevos mensajes constituye, en este interjuego, el derrumbe de las Catedrales simbólicas. Nada de eso ocurre con los movimientos sociales, donde la capacidad de incidencia depende sólo de la posibilidad de amplificar sus demandas y de tocar fibras e intereses de los gobiernos, donde no hay jerarquías ni instituciones poderosas ni lobbys en las más altas esferas.

 

Pero hay algo que no se ve en los argumentos en pugna, que se pone en acto en los cuerpos. Durante la noche del 13 y la madrugada del 14 de junio, en la vigilia frente al Congreso, los cuerpos de las jóvenes verdes se abrazaban, se entrelazaban, bailaban, celebraban y reclamaban su autonomía. Eran cuerpos luminosos, estallados de glitter, cuerpos individuales que conformaban un nuevo corpus feminista.

 

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Hoy la ESI presenta una tensión estructural y un desafío coyuntural. Desde el punto de vista estructural, es una política que busca proteger derechos y responder a necesidades vitales, pero tropieza con férreas resistencias precisamente de quienes dicen defender “la vida”. Como política contracultural, la ESI requiere transformaciones institucionales y subjetivas, cuyos ritmos suelen ser lentos. Mientras tanto, la demanda social instala un sentido de urgencia. Y en el medio está la legalidad.

 

En última instancia, la posición que asuma el gobierno –cada gobierno que se suceda- será gravitante en el resultado de esta puja que hoy estalla entre las jóvenes y las instituciones que buscan imponer, a punta del terror, mensajes de muerte y represión. Es probable que cuando el Presidente habilitó el debate sobre la interrupción del embarazo no imaginó la contundencia de sus derivaciones. En el medio, apareció, la fuerza vital de la generación Glitter. Una generación cuyo Himno es el slogan de la campaña, cuya institución son sus cuerpos, cuyas vidas no son dos, sino millones, cuya ética no es la de las cruces, sino la del cuidado popular. Una ética feminista, traccionada por la sororidad y empujando los umbrales de lo imposible para ampliar derechos.

 


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