Los dos polos a los que el kirchnerismo y el macrismo reducen las opciones electorales hablan, entre otras cosas, de la salud de la democracia y del sistema de partidos. ¿Y el socialismo? Federico Lorenz analiza por qué fue quedando vacante ese lugar disruptor que supo ocupar la izquierda, y propone desafíos para que esa fuerza política pueda repensarse más allá de su presente devastador.



I

Es curioso. En el futuro, cuando algún historiador intente una mirada sobre esta época, las presidencias de Néstor Kirchner y Mauricio Macri tendrán algo en común: su apelación a la voluntad colectiva para lograr que Argentina sea un país normal.

 

El 25 de mayo de 2003, en su discurso de asunción en el Congreso, el entonces presidente Néstor Kirchner planteó a sus compatriotas el desafío de ser “un país en serio, un país normal, con esperanza y optimismo”. Desde que asumió Mauricio Macri, a finales de 2015, la referencia a la necesidad de que Argentina sea un país “normal” fue recurrente. Especialmente cuando en lo retórico su gobierno se construye por oposición a las presidencias kirchneristas, que también se propusieron antagonizar desde su fundación. Así, en vísperas de las elecciones de 2015, Macri planteaba que “en un país normal la presidenta no hace cadenas nacionales”. En diciembre de 2017, los enviados argentinos ante la OMC expresaron que Argentina era “un país normal”, pero en septiembre de 2018, el presidente nos advertía que ese objetivo aún no había sido alcanzado: “tenemos que ser un país normal, con inflación de un dígito”.

 

Los dos polos a los que el kirchnerismo y el macrismo lograron reducir las opciones electorales con posibilidades de triunfo hoy plantean la campaña como un juego de espejos: unos prometen el regreso del pasado, para lo que “falta poco”; otros muestran un colectivo sobre una calle de barro e interpelan al espectador “¿De verdad querés volver?”. “Frente de Todos” y “Juntos por el Cambio” podrían ser nombres perfectamente intercambiables por su vaguedad.

 

“Vamos a volver para ser mejores”: ¿qué significa? En principio, un enorme condicionante para una coalición que se referencia en un pasado feliz pero a la vez debe diferenciarse de ese mismo recuerdo para obtener los votos que le faltan. 

 

“Podemos entrar en la mejor época de nuestra historia o caer en lo peor que le puede pasar al país”, dijo recientemente el actual presidente y candidato Mauricio Macri. Nueva coincidencia: ambas fuerzas se plantean como la opción ante el abismo. Porque si el “Frente de Todos” mejorara, como propone, no habría entonces “caída en lo peor”. La opción sería más de lo mismo versus pasado emprolijado. Semejante escasez en las propuestas no solo habla de las fuerzas que lo encarnan al disputar la elección sino del estado de salud de la democracia y el sistema de partidos.

 

La apuesta a la polarización diluye la discusión de propuestas en el territorio de los miedos y las esperanzas. La disputa electoral es una rara mezcla de deseos, odios, miedos y añoranzas. Estos sentimientos alcanzarán para ganar una elección, para sostener una pertenencia y construir una identidad. Pero pretender que algo vuelva a ser como antes no necesariamente constituye un proyecto nacional, como tampoco lo es luchar para que un momento del pasado no regrese. Y sin embargo, a eso parecería reducirse todo. Porque los mismos actores se ocupan de aclarar que la cancha y el tipo de juego son indiscutibles. Como explicitó la ex presidente y actual candidata a vice Cristina Fernández de Kirchner al presentar Sinceramente en Río Gallegos: “Yo soy mucho más capitalistas que ellos. Conmigo en Argentina había capitalismo y la gente se podía comprar lo que quería. Que no me jodan más con lo del capitalismo. ¡Por favor! Conmigo había capitalismo”.

 

II

De ser así, la discusión pasaría por definir qué entendemos por “normal” dentro de ese modelo hegemónico, ya que es evidente que el kirchnerismo y el macrismo no interpretan lo mismo al respecto. Lo que no está tan claro es que, pese a sus diferencias, ambas coaliciones más que polos opuestos quizás sean dos caras de la misma moneda. La grieta, tan mentada y funcional, tal vez no sea una barrera infranqueable entre dos Argentinas sino todo lo contrario. Antes que ficticia e inútil zanja de Alsina entre la civilización y la barbarie, es un territorio común, plano y transitable: el campo del juego político argentino delimitado a sangre y fuego desde mediados de la década de 1970, cuando un variopinto y riquísimo conjunto de actores políticos y sociales constituyó un proyecto revolucionario y una amenaza a erradicar. Su derrota fue la base para el disciplinamiento social y la democracia que llamábamos “recuperada” en 1983, transformada en la zona de confort que los sectores sociales y económicos vencedores no negocian, y defienden con uñas y dientes cuando la sienten, aunque sea tibiamente, amenazada. 

 

La derrota de los años setenta marcó brutalmente el espacio dentro del cual se puede jugar a la política. Desde esos años, coincidentes con el retroceso de la izquierda a escala mundial, no ha habido proyectos políticos que impugnen al capitalismo como sistema hegemónico. En la Argentina la represión no solo arrasó proyectos emancipatorios, sino que en el proceso limitó la imprescindible imaginación política de las izquierdas. La utopía fue reemplazada por la política como “el arte de lo posible”. 

 

Las necrológicas y retrospectivas publicadas tras la muerte del ex presidente Fernando de la Rúa, que renunció tras la matanza de diciembre de 2001, muestran las formas en las que un momento de crisis social y económica fue absorbido por la democracia de partidos, que resistió al “que se vayan todos” aunque en una larga agonía al precio de que sus estructuras partidarias se vaciaran progresivamente de contenidos. Alfonsín, en 1984, pensaba en el “tercer movimiento histórico” apoyándose sin embargo en ese sistema. La presidencia de Néstor Kirchner, en 2003 fue un momento transicional entre ese sistema clásico y una de las nuevas formas de la política, que tanto Cristina Fernández, que lo sucedió, como Cambiemos, encarnaron a la perfección; un sistema electivo en las que definitivamente se vota a personas más por afinidades emotivas que por cuestiones partidarias. No se trata de que no haya diferencias ideológicas, sino que las fronteras entre las fuerzas, al reducir la discusión a nombres y apelar a colectivos a los que a priori nadie se opondría (cambiar, crecer, juntos, todos, etc.) se vuelven porosas, hasta promiscuas a veces. 

 

III

Néstor Kirchner (nacido en 1950) asumió como presidente a los 53 años. Macri (nacido en 1959), a los 56. Crecieron políticamente en la Argentina democrática post 1983. Los casi diez años de diferencia entre ambos hicieron que Kirchner transitara como un joven militante los setentas al igual que su sucesora, compañera y esposa, Cristina Fernández. El actual compañero de fórmula de CFK, Alberto Fernández (60 años de edad) es un político que también se formó en ese contexto. En el largo plazo, estos actores aparecen como exponentes de los límites y posibilidades de la democracia de partidos que sucedió a la dictadura. La democracia, digámoslo así, edificada sobre los cimientos que la dictadura excavó. La democracia delegativa y del sistema de partidos, híper presidencialista, donde el espacio para las voces disruptoras es marginal en tanto impugnaría el mismísimo juego que todos juegan.

 

La polarización macrismo –antimacrismo, o kirchnerismo – antikirchnerismo, expresa el statu quo alcanzado por el sistema político desde 1983. ¿Son lo mismo? Por supuesto que no: el proyecto neoliberal de Cambiemos es más moderno en tanto acorde y funcional a los tiempos de capitalismo hegemónico. Su mayor carta de triunfo estriba precisamente en su timing.  

 

El capitalismo con costado humano kirchnerista, de innegable cuño peronista, es anacrónico en cuanto al clima dominante. Pero su costado social lo convierte al menos en condición de posibilidad para el desarrollo de alternativas al capitalismo. No lo enfrenta, pero en su indefinición por lo menos habilita zonas grises desde las cuales construir y sostener la posibilidad de proyectos que imaginen una sociedad diferente a la actual. A diferencia del macrismo (que es un gran proyecto ordenador dentro del triunfo neoliberal), el kirchnerismo es un terreno fértil para la utopía, aunque la haya resignado dentro de su propio repertorio. Pero tan cebados están quienes han vencido que el más tenue de los grises es visto como una amenazante bandera roja.

 

Ambas fuerzas piensan a la sociedad dentro del capitalismo y comparten una mirada sobre la Argentina que es la del dominado. Es porteña. El puerto sigue organizando la política nacional de manera subterránea. El macrismo se ha “peronizado” en su retórica y en sus formas;  se ha vuelto personalista y parecido a “la vieja política” que dice repudiar (el vuelo lamentable de Pichetto disfrazado de estadismo churchilliano es una prueba). Por su parte, cuando el kirchnerismo busca alejar los fantasmas que el oficialismo agita sobre él (“yo voy a elegir a mis ministros”, tranquiliza Alberto Fernández), se acerca al macrismo en su apariencia. El resultado es un juego de suma cero para la sociedad. La “normalidad” es convivir con la inestabilidad de avances y retrocesos que se inician cada vez desde un piso más bajo. 

 

El soldado Paul Baumer, el protagonista de Sin novedad en el frente, la formidable novela de Erich María Remarque, murió a retaguardia, un día tan tranquilo que eso es lo que informó el Estado Mayor alemán; “Im Western nicht Neues”. Pero la guerra de trincheras seguía su curso. ¿Cuánto de eso tienen las elecciones? Los soldados pueden morir, aunque no estén en la primera línea. Eso es, precisamente, la guerra de posiciones. Una engañosa quietud mientras los enemigos se agazapan esperando la orden de asalto, de repliegue, el bombardeo. Mientras sigue muriendo gente.

 

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IV

Cualquier salida de este estado de cosas requiere la imaginación de un futuro y del desarrollo de herramientas conceptuales y políticas adecuadas para dar la pelea por él. Es decir, replantear la posibilidad de que hay otras formas de hacer política, porque dentro de las actuales está claro que las mayorías han partido en una gran (y creciente) desventaja.

 

Hasta el último cuarto del siglo XX ese lugar disruptor lo ocupaba el socialismo en sus distintas formas. No solo la disputa por la hegemonía, sino la propuesta de un modelo contra hegemónico, de reglas del juego de diferentes. Disputa y propuestas que fueron aplastadas y/ o fracasaron. ¿Eso significa que desde esta rica corriente de pensamiento hay que resignar ese lugar, no ya contestatario, sino de alternativa de poder?

 

Arriesgo una hipótesis: la derrota del campo popular a manos de la dictadura militar (el golpe de estado significó un salto cualitativo en la represión iniciada durante el gobierno constitucional de Perón y su viuda y, más ampliamente, del proceso de enfrentamiento iniciado a mediados de siglo) aún no ha sido procesada de manera completa y eficaz por los derrotados. Confluyen en ese proceso trunco una cantidad de factores: la profundidad de ese fracaso, que traducido a su enorme costo en vidas no es el menor de ellos. Pero esa constatación no se resuelve diciendo que “cayeron los mejores”, que es una forma autocomplaciente de enmascarar discusiones más estructurales. La derrota encarna en pérdidas y supervivencias individuales. 

 

Pero un proyecto político colectivo se evalúa en sus resultados también colectivamente. 

 

Es necesario ser justos analíticamente y señalar que quienes sobrevivieron a la matanza se encontraron habitantes de una democracia que sostuvo el discurso condenatorio sobre la militancia revolucionaria construido por la dictadura, es decir: que les negó su identidad política previa. Aún hoy no es posible reivindicar públicamente un linaje político que entronque con aquellas organizaciones que sostuvieron la lucha armada, y que desde sus distintos frentes (sindicales, estudiantiles, y no solamente militares) constituyeron una amenaza para el poder. De allí que muchos de quienes sobrevivieron a ese proceso encontraron dos caminos para seguir actuando; su reconversión política en fuerzas democráticas, su militancia en el campo de los derechos humanos, o una alternancia o combinación de ambas. En todo caso, el lugar común a cualquier recorrido desde 1983 era la veda para mentar su experiencia e identidad política previa. No se trataba, claro está, de una prohibición explícita. Aún hoy tales identidades no son reivindicadas más que bajo genéricas apelaciones a la “militancia social” y “popular”, o, en los primeros 80, de “víctimas” o “compañeros de las víctimas”. Esa vaguedad no es diferente a las alternativas que se proponen para revertir un cuadro cada vez más complicado para las mayorías, pero es funcional a una reapropiación superficial de símbolos que en los años setenta expresaban proyectos políticos concretos alternativos al capitalismo. Anclarse en retóricas auto complacientes en su épica puede ser una tácita aceptación del statu quo.

 

V

Esto no está escrito desde una mirada nostálgica, sino insatisfecha e introspectiva. ¿Cómo volver a pensar una genealogía política, un linaje de luchas sociales que se ubique en su época pero que no se alimente solo de la impugnación coyuntural a un presente adverso y la mirada hagiográfica sobre el pasado?  Vale la pena detenerse en algunas de las reflexiones que traza el historiador italiano Enzo Traverso en Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria (Buenos Aires, FCE, 2018). Plantea el año 1989, el de la implosión de la Unión Soviética, como un verdadero parteaguas para las izquierdas: “cuando el comunismo se derrumbó, la utopía que durante casi dos siglos lo había sostenido como un ímpetu prometeico o una justificación consoladora ya no estaba disponible; se había convertido en un recurso espiritual agotado (…) La melancolía nacida de la derrota no pudo encontrar nada que la trascendiera; permaneció sola frente a un vacío. Lo llenaría la ola neoliberal por venir, tan individualista como cínica” (página 107). 

 

Frente al vacío, el repliegue en el pasado, mientras el antagonista consolida su triunfo, refuerza su muralla y con un poco de la cal que le sobró de las fosas comunes marca aún más los límites del campo de juego. A la derrota política del “socialismo real” a nivel mundial en el caso argentino se le agrega la de las fuerzas que desde distintas vertientes de la izquierda buscaron tomar o construir el poder (¡vaya discusión!) en la Argentina, desde aquellas de cuño marxista puro a otras que desde el peronismo lo releyeron. Está claro que para los sectores dominantes, in toto, a la hora de combatirlas, fueron lo mismo.  

 

Para los argentinos, al igual que para muchos otros países, a la derrota internacional del socialismo se agregó el duelo individual y social, prolongado al infinito por la metodología de la desaparición forzada de personas. Duelo y melancolía. ¿Cómo es posible redireccionar las energías de esos procesos en la imaginación de un futuro?  Según Traverso: “un marxismo correspondiente a nuestro régimen de historicidad –una temporalidad retirada en el presente, privada de una estructura prognóstica- adopta inevitablemente una tonalidad melancólica. Amputado de su principio esperanza –al menos en la forma que este tomó en el siglo XX, cuando el comunismo encarnó la utopía de una sociedad liberada-, internaliza un revés histórico. Su dimensión estratégica no consiste en organizar la supresión del capitalismo sino, antes bien, en superar el trauma de un derrumbe sufrido. Su arte radica en la organización del pesimismo: extraer lecciones del pasado y reconocer una derrota sin capitular frente al enemigo, con la conciencia de que un nuevo comienzo tomará ineludiblemente nuevas formas, caminos desconocidos” (página 155). 

 

No son buenas noticias. “Organizar el pesimismo” significa esperar, significa que la “alegría” es pasajera, aunque vuelva provisoriamente, mientras no sean pensadas alternativas a las condiciones estructurales dentro de las cuales se actúa. Significa imaginar un futuro, condición necesaria para resistir un presente devastador y que se autoproclama como irreversible.

 

VI

El actual clima cultural no permite distinguir pasado de presente y futuro. El desarrollo tecnológico, la virtualización de la política genera una conectividad entre las personas que no deviene necesariamente en acciones colectivas, sino en una sintonía a golpes de click. El presentismo, tal vez el principal adversario del pensamiento crítico, se alimenta de las dos variables imprescindibles para pensar históricamente: tiempo y espacio. Ahora mismo, frente a la pantalla, puedo acceder a una infinidad de “comunidades”; pero la red, que comunica, potencialmente también desmoviliza. Es verdad que es precisamente a través de las redes que muchas de las movilizaciones más eficaces alcanzaron masividad, pero creo que es lícito y necesario plantearse los límites para la acción política que esta capacidad de movilización también plantea. Porque moviliza e inmoviliza a la vez, en el sentido de que en ocasiones basta con visibilizar la reivindicación. Una confusión de medios y fines, quizás porque no nos damos tanto tiempo para pensar los fines.  

 

La acción política prospectiva enfrenta dos enemigos poderosos. La realidad se ha reducido al presente. El presentismo instala la idea de un presente permanente, donde la barrera entre el presente y el pasado no existe. De esta manera, no se puede pensar la historia críticamente ni para evaluar el pasado y, mucho menos, para imaginar un futuro.

 

En segundo lugar, son los tiempos de la posverdad. Hoy importan más las opiniones asociadas a las preferencias, a los sentidos, que el argumento, la evidencia y la razón. Es el reino de las noticias falsas dispersadas en segundos gracias a las redes; de la efímera “visibilidad”. El presentismo y la posverdad se ven favorecidos por el desarrollo de las redes y por dos de sus características: el “instantaneísmo” (todo sucede muy rápido y a la vez es efímero) y su condición de constituirse como único ámbito de lo real. Así, un conflicto puede “resolverse” en ese espacio, sin por ello incidir en el mundo de lo material.

 

Contra todos nuestros deseos, una derrota profunda cuyas consecuencias alcanzan al presente refuerza una obviedad, y es que las cosas llevan tiempo. Escuchar demanda tiempo. Ponerse de acuerdo, también. A escala humana, en el cotidiano, el tiempo es helicoidal y la realidad tiene volumen, aristas, y rispideces; cualquier proceso se despliega en círculos que se abren, y en ese camino nos ponemos en contacto con los demás. La posverdad y el presentismo, por el contrario, anulan esa dimensión y reducen a cada uno de nosotros a ser un punto en la trama de una red plana. 

 

¿Hemos encontrado un techo? ¿Está todo dado? La confusión de lo verdadero y lo falso, la posverdad, tiende a fortalecer esta sensación. “Lo que me gusta” es individual, y efímero, porque está alimentado por la lógica del mercado, que ha triunfado (provisoriamente). Lo que quiero, lo que imagino, es algo que forzosamente debe ser pensado colectivamente. 

 

Si de genealogías se trata, el desafío de una izquierda que quiera disputar el estado de cosas actual pasa por repensarse desde la derrota. Ser capaces de “desconectarse” para pensar, para encontrarse en la disconformidad ante un estado de cosas que sólo nos ha dejado el refugio de los aniversarios y algunos nombres con los que nos identificamos, pero cuya tarea continúa inconclusa. 

 

VII

La disconformidad será incómoda si la llevamos al punto de pensar cuánto del pensamiento y el modelo que decimos enfrentar nos ha domesticado. Pero es la tarea.  

 

Mientras tanto, tenemos buenas noticias. Más allá de la derrota, aún a partir de esta, hay perseverancias que son patrimonio del pueblo argentino y que obligan éticamente a agudizar el ingenio. Hay colectivos que construyen otros juegos políticos, otras herramientas de la mano de reivindicaciones que tanto tienen su origen en la derrota del pasado como en viejas luchas resignificadas por las nuevas generaciones. En un extremo, la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo: cada identidad restituida es una evidencia de lo fructífero de la perseverancia tanto como un recordatorio de que los métodos que empleamos también definen la sociedad que imaginamos. Los H.I.J.O.S., en los noventa, dieron la batalla allí donde institucionalmente todo parecía cerrado a cal y canto. Más recientemente, en el otro extremo, las nuevas generaciones, se reapropian y resignifican banderas históricas del feminismo: los pañuelos verdes de 2018 son el emergente de procesos profundos sostenidos a lo largo del siglo XX. Son solo tres ejemplos de luchas, en contextos adversos, más allá de los trolls y del sistema de partidos, en la calle.

Se abre la pregunta acerca de los límites del autonomismo y los movimientos sociales: de si esos horizontes que se plantean son dentro o más allá de los límites que el capitalismo hegemónico marco. Son reacomodamientos dentro de una realidad dada, o apuestas políticas a la conformación de otro tipo de sociedad?

 

En todo caso, el escenario, dentro de la lógica de la democracia de partidos, es limitado frente a desafíos más profundos y estructurales. La tarea, si de genealogías se trata, sería algo así: más allá de las elecciones, volver a imaginar la revolución.  


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