El #8M se instaló como una cita global y a la vez particular: recoge lo propio de cada coyuntura y propone una estrategia de intervención en medio de la crisis. En estos cinco años de paro consecutivo, puso un contenido de clase a las demandas, y señaló al poder judicial y al económico-financiero como engranajes de la violencia patriarcal. Pero además de la denuncia, nombró y produjo comprensión: el movimiento feminista confronta y no sólo padece las distintas formas de opresión. Se organiza para luchar por ingresos, por vivienda, contra la precarización de las vidas. Escriben Luci Cavallero y Verónica Gago.



El paro internacional feminista llega hoy a su quinto año consecutivo, nutriendo un proceso que se va complejizando, que requiere sostener coordinaciones transversales cada vez y que marca un acontecimiento decisivo en la historia del ciclo reciente de los feminismos masivos a nivel nacional y transnacional. Ha instalado una cita global que, en cada lugar, hace que la fecha exprese simultáneamente una experiencia internacionalista y las especificidades de cada coyuntura. Se construye  como proceso político y, por tanto, como una acumulación de fuerzas que va proponiendo agenda, profundizando debates, subvirtiendo obediencias, tramando horizontes.

 

Los sentidos que habilita el paro feminista se vinculan a luchas históricamente relacionadas al trabajo y a las condiciones de vida de las mayorías, que hoy se actualizan para dar cuenta de las formas que toma el trabajo como precariedad generalizada y a las tareas invisibilizadas y naturalizadas una y otra vez sobre ciertos cuerpos. Sentidos que, tras un año de pandemia, son urgentes porque explican con hilos más y menos evidentes las violencias cotidianas. El paro habilita hacer de estas cuestiones ligadas a la violencia estructural una estrategia de intervención política en medio de la crisis. Traza también un lazo histórico con el archivo de huelgas (de la huelga inquilina de 1907 a la huelgas fabriles en el siglo XX pasando por las huelgas en las rutas, más conocidas como piquetes), pero ahora ensanchando y llevando esa práctica a los interiores domésticos, a los territorios comunitarios y a las calles: todas las espacialidades laborales que la huelga feminista saca a la luz.

 

El paro feminista pone un contenido de clase a las demandas y a la lengua de la protesta aun si el vocabulario no es explícito, justamente porque nos pone a parar la maquinaria que posibilita la reproducción social, evidenciando su carácter estratégico y la vez permanentemente ocultado. El paro feminista, a diferencia de la huelga obrera tradicional (es decir, del movimiento obrero, masculino, asalariado y sindicalizado) no está sólo vinculado a «oficios» clasificados y reconocidos, sino a tareas que incluso se van inventando sus nombres para hacerlas palpables. Remite al mismo tiempo a la producción y a su enlace inevitable con la reproducción y explicita por qué ciertas labores corresponden a una determinada división sexual del trabajo y por qué sin mandatos de género no hay acumulación de capital. En este sentido, es a la vez paro laboral y paro existencial: muestra las zonas en que vida y trabajo se mezclan y se distinguen. En plena pandemia, el “quedate en casa” (una pirueta histórica sobre de “casa al trabajo y del trabajo a casa”) ha sido un gran laboratorio de esta indistinción.

 

La huelga para trazar el mapa completo

 

Este 2021, el 8M se mete de lleno en temas que marcan la coyuntura pero redefiniéndola con pedagogía feminista: es decir, proponiendo análisis pero también alimentando intervención programática. El paro se ocupa del señalamiento del poder judicial como un engranaje de la violencia patriarcal pero también del poder económico-financiero y la urgencia de demandas por la autonomía económica como parte inescindible de cualquier confrontación con las violencias machistas.

 

Es decir, el paro traza el mapa completo de lo que hoy está en disputa con consignas que combinan una denuncia a la impunidad judicial y policial al mismo tiempo que reclaman reconocimiento monetario y mayores ingresos para las trabajadoras más precarizadas, a cargo de las infraestructuras populares para hacer posible la vida en medio de territorios devastados. La consigna “Nos cuidan las promotoras”, por ejemplo, es elocuente en ese sentido. Es una declinación del reclamo de cuidado en clave sindical porque exige derechos y salarios. Ensambla y no divide entre trabajo y cuidados. Es una impugnación a la violencia institucional señalando a la vez una fuerza de autodefensa barrial entendida como lucha por recursos, que van desde el derecho a la vivienda a la desdolarización de los alimentos.

 

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Podríamos decir que el movimiento feminista ha politizado la denuncia al poder judicial desde abajo y, en esa politización, la demanda por justicia aparece ligada a las condiciones de vida que posibilitan salir de una situación de violencia. Sabemos que la cuestión de la justicia es de extrema complejidad. Sobran los atajos punitivistas o las frases rápidas. Sin embargo, cuando toma protagonismo en la agenda feminista, se nombra en las asambleas barriales ese poder opaco, se señala el carácter estructural de su complicidad, se evidencia su actuar racista, clasista y sexista. No alcanza con la denuncia para modificarla, pero sin dudas sacarla del encierro palaciego y del lenguaje alambicado de sus procedimientos es un logro.

 

El diagnóstico feminista de las violencias, que incluye el engranaje judicial, confronta además el morbo mediático que opera para congelarnos en una posición de víctimas perpetuas y de conteo necropolítico de femicidios. Sin dudas el impacto de la violencia como experiencia cotidiana es una cuestión que tiene mucho que ver con la ampliación de una sensibilidad feminista que nombra, denuncia y produce comprensión sobre sus raíces. Pero sobre todo porque este movimiento permite confrontarla y no sólo padecerla. Organizarse para luchar por ingresos, por vivienda, para derogar legislaciones represivas, contra la precarización de las vidas, contra el racismo institucional son formas concretas de mapear ese enjambre de violencias y definir tácticas en los territorios donde esas violencias se condensan y se refuerzan. En esa saga, el paro pone en evidencia que también somos productoras de valor, trabajadoras y creadoras de mundos y de formas de sociabilidad aún en condiciones de extrema precariedad. El paro feminista, en ese sentido, levanta un afán programático y no solamente denuncista.

 

Por eso es que en este paro el reclamo por mejores ingresos y por reconocimiento de las tareas invisibilizadas toma un rol central incluyendo la exigencia por la aprobación de la ley de cupo laboral travesti-trans. Porque reclama a partir del reconocimiento realista de quiénes componen la clase trabajadora en la actualidad empezando por quiénes se le ha negado históricamente el privilegio del salario cis-heterosexual.

 

¿Cómo paramos contra el poder inmobiliario y financiero?

 

Contra la idea de una suspensión que pareció instalarse en la pandemia, el poder inmobiliario y financiero nunca se detuvo. Por eso la importancia de seguir ampliando la imaginación de lo que significa parar: ¿cómo nos sustraemos de la extracción permanente de rentas financiera e inmobiliarias? ¿Cómo las paramos y confrontamos? ¿Qué tipo de alianzas políticas requieren?

 

El reclamo por vivienda se convirtió en este año de pandemia en un punto crítico. Abarca desde un diagnóstico de lo que significa alquilar siendo mujer y jefa de hogar con hijes a cargo, lesbiana, marica, travesti y trans con las condiciones imposibles de alcanzar que imponen propietarios e inmobiliarias, pasa por la denuncia por el incumplimiento de la ley de alquileres y de la prohibición de desalojos y el reclamo por su extensión y reclama por una política de desendeudamiento para las deudas acumuladas en pandemia. Esto también es una denuncia de las redes de asambleas villeras de la Ciudad de Buenos Aires, donde se explicita que las urbanizaciones no tienen en cuenta las demandas feministas, donde denunciar a un violento significa quedarse sin casa o, como en el caso de la villa 31 y 31 bis, donde la urbanización larretista se realiza en base a un endeudamiento que implica un desalojo futuro y legalizado por acumulación de deudas. Pero también se discute y se debate cómo confrontar la renta del agronegocio que priva de alimentos a la mayoría de la población y los dolariza. En este paro, las demandas de las mujeres campesinas por tierra y por un modelo de producción agroecológica también toman una centralidad nueva, haciendo del verdurazo feminista una modalidad paro.

 

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Sindicalismo feminista, la mejor vacuna contra la pandemia

 

Contra ciertas operaciones de la prensa hegemónica, que buscan reducir el feminismo a un recuento frío de femicidios, el paro feminista habilita otros sentidos capaces de hacerse cargo del dolor sin encapsularlo en el victimismo. Habilita decir cada nombre y gritar justicia en voz alta, produciendo fuerza colectiva para sostener una pancarta que señala con certeza una pregunta: “quién nos cuida de la policía”.

 

En el caso de Argentina, hay que remarcar que el documento de demandas consigue reunir la firma de las cinco centrales sindicales del país. Es una rúbrica de transversalidad que tiene marca feminista, que se sintetiza con la frase “Trabajadoras somos todas” y que escribe un hecho histórico, refrendado en las conferencias de prensa que han elegido el escenario callejero del monumento al trabajo para reunir a mujeres dirigentes de todos los gremios, incluyendo a la economía popular ( Las demandas del 8M).

 

Pero el sindicalismo feminista es lo que también excede a los sindicatos. Es un modo de organizar reivindicaciones tomando en serio la ampliación del concepto de trabajo que hace el feminismo y poniendo la lupa sobre la reproducción social. Los diagnósticos feministas de la pauperización de las condiciones del trabajo asalariado, doméstico, migrante, bajo procesos acelerados de precarización, en la pandemia son los más certeros, tanto porque amplían la noción de trabajo como porque piensan estrategias gremiales para intervenir en esa ampliación. Evidenciar la multiplicación de jornadas dentro de un mismo día, el cansancio que implica ponerle el cuerpo a la crisis, el teletrabajo en simultáneo con las tareas escolares dentro de las casas, los malabares que se hacen con los ingresos que se achican al ritmo de la inflación, el reemplazo de tareas del estado a cargo de redes superexigidas y con recursos nunca suficientes, expande el campo de luchas, señaliza el trabajo gratuito, disputa reconocimiento y recursos que incluyen y a la vez desbordan el salario.

 

Si al inicio de la pandemia nos preguntamos si no estábamos en presencia de una reestructuración de las relaciones de clase al interior del ámbito doméstico, que intentaba hacer de los hogares un laboratorio para el capital, hoy tenemos muchísimos elementos para cartografiar esa disputa.

Levantar de nuevo el paro feminista sirve, acá y en el mundo entero, para confrontar en ese plano. La pregunta es cómo se sigue construyendo un sindicalismo que desborde el marco de la demanda de las trabajadoras asalariadas, para llevar la agilidad y la astucia de la lucha reivindicativa a los terrenos de la reproducción social: vivienda, salud, educación, cuidados, seguridad barrial. En alianza con lxs trabajadorxs de cada sector pero al mismo tiempo alcanzando una agenda que va más allá porque incluye a vecinas, usuarias, inquilinas, trabajadoras precarizadas. Es una pregunta-horizonte que surge porque cuando paramos también producimos el tiempo para la invención política.

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