El clásico del crítico Julio Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina, es un libro sobre el final del siglo XIX latinoamericano. Pero su horizonte está en sintonía con la situación actual de la literatura y el periodismo, del intelectual y su intervención en la esfera pública, analiza la académica Alejandra Laera, quien esta tarde conversará con el autor, en una charla abierta en Revista Anfibia.



Fotos: Alejandro Guyot

 

“En esta marejada turbulenta no aparecen las corrientes naturales de la vida. Todo está oscurecido, desarticulado, polvoriento, no se puede distinguir, a primera vista, las virtudes de los vicios. Se esfuman tumultuosamente mezclados.” No es un temporal ni un maremoto, no es un sermón ni un comentario bíblico. Tampoco son versos ni el comienzo de una novela. Con la imagen de una catástrofe inminente, el poeta cubano José Martí les contaba a los lectores de sus crónicas cómo era la ciudad moderna de comienzos de la década de 1880. Desde Nueva York, donde estaba viviendo, Martí componía poemas y soñaba con la revolución, pero también escribía crónicas para periódicos de la Argentina, de México, de Colombia. Y en ellas, entregaba las imágenes contradictorias de una ciudad donde la confianza en el progreso -con sus cambios vertiginosos, con toda su tecnología- provocaba sorpresas tanto como anunciaba un futuro de posibles desastres. La crónica le servía para procesar una experiencia, la de la modernidad, y ponerla al alcance de un público que solo por ese medio podía acceder a ella, acortando distancias que de otro modo parecían insalvables.

 

Cien años después, el investigador portorriqueño Julio Ramos eligió esas crónicas de José Martí, a las que los estudios literarios les habían prestado poca atención hasta el momento, para tramar Desencuentros de la modernidad en América Latina. El libro, publicado en México en 1989, se convertiría en un clásico de la crítica latinoamericana. A diferencia de casi toda la tradición crítica previa y en particular de aquella dedicada a estudiar la figura de Martí, Julio Ramos siguió un camino que probaría ser cada vez más fructífero. En lugar de entrar a la literatura por las grandes obras y por los libros, lo hizo por el costado, lateralmente. Desde allí, desde una forma que solía ser considerada menor, observó la situación de las letras en las dos últimas décadas del siglo XIX, analizó su lugar en la prensa, sus relaciones con la política, sus paradojas en el marco de un capitalismo creciente, y nos convenció de que la crónica finisecular era una “vitrina de la vida moderna”.

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Si la crónica encontró en Julio Ramos una suerte de descubridor tardío de su poder de captación, Ramos encontró en la crónica el prisma ideal para explorar las condiciones de la modernidad en América Latina. ¿Qué hizo posible ese encuentro tan productivo? Por lo menos, tres condiciones fueron necesarias para que se diera. La primera es el propio Julio Ramos: un crítico sensible, curioso, atento a aquellos fenómenos, objetos, figuras o episodios que fueron desatendidos, soslayados. Nacido en Puerto Rico a mediados del siglo XX y formado en la academia norteamericana, donde llevó adelante su actividad intelectual, aprendió las lecciones de los mejores maestros, como Pedro Henríquez Ureña, Ángel Rama, Ricardo Piglia, Sylvia Molloy y Josefina Ludmer: lectura entrelíneas y rigurosidad histórica, actitud crítica y sofisticación argumentativa. Sus siguientes libros, entre ellos Paradojas de la letra, evidencian, a lo largo de los artículos reunidos, las mismas disposiciones. Ni hablar de Por si nos da el tiempo: un mix de ficción, autobiografía y análisis cultural que dio por resultado un texto, entre ensayístico y narrativo, que el propio Ramos decidió calificar como “poscrítica”. Que en los últimos años, además de seguir escribiendo ensayos, se haya iniciado como documentalista, confirma el tipo de búsqueda que realizó desde el comienzo: sus cortos Rivera’s Detroit, sobre el episodio protagonizado por el artista mexicano Diego Rivera al ser contratado para pintar con sus murales uno de los edificios de la fábrica Ford en la ciudad de Detroit a principios de los años 30, y Retornar a la Habana con Guillén Landrián, sobre la vida del cineasta cubano exilado en Miami y renegado por la historia oficial, exhiben el interés de Ramos por entradas aparentemente laterales a la historia latinoamericana, que le permiten explotar al máximo las tensiones entre arte y política.

 

La segunda condición de posibilidad para el descubrimiento de las crónicas resultó la propia modernidad que ostentaban. ¿No fue acaso el debate entre modernidad y posmodernidad el gran protagonista de la escena cultural latinoamericana desde finales de la década del 80 hasta mediados de la siguiente? ¿Fin de una era y advenimiento de otra, o se trataba en cambio de un proyecto aún incumplido? Hubo traducciones de los ensayos más importantes sobre el tema que venían publicándose en Europa occidental y en Estados Unidos desde hacía más de diez años, difusión de las discusiones en suplementos y revistas culturales, compilaciones locales en las que cada figura convocada tomaba posición a favor o en contra. Ese es el contexto en el que debe pensarse el libro de Julio Ramos. Y agregarle las razones coyunturales de la demora en desatarse el debate: los retornos a la democracia de mediados de los 80 propiciaron las condiciones para volver a pensar la situación específica y diferencial de América Latina respecto de los centros de poder económico y cultural. Pero, al poco tiempo, la confianza en la promesa democratizadora de la modernización entra en crisis y, con ella, también fracasa el gran relato de la modernidad, tal como ocurría en el mundo occidental en general. Ramos advierte el escaso interés que en el umbral de los años 90 sigue teniendo ese debate y ensaya una respuesta: en América Latina la modernización ha presentado un carácter desigual.

 

Esa modernización desigual repercutió, entre tantos otros aspectos, en la emergencia conflictiva de un sujeto literario moderno cuyo deseo de autonomía y profesionalización parecían frustrarse una y otra vez. Pensado casi siempre como falta y no como diferencia, ese rasgo resultó ineludible en el contexto de la publicación del libro de Julio Ramos para volver a pensar en la situación política y cultural de la región. Las reflexiones sobre la posición diferencial de América Latina respecto de las regiones consideradas centrales no fueron aisladas. Un año antes, Beatriz Sarlo había publicado Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920-1930, y un año después, Néstor García Canclini daría a conocer Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, dos libros que estimularon las discusiones intelectuales hasta, por lo menos, los primeros años del siglo XXI.

 

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Gonzalo Aguilar, José Emilio Burucúa y Julio Ramos en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires.

 

En el libro de Julio Ramos la reflexión sobre la desigualdad de la modernización es el punto de partida para el reencuentro con la política: Martí, nos enseña Ramos, es ese héroe moderno que se juega, en la escritura y con el cuerpo, para suturar la conflictiva fragmentación de la República de las letras a través de la política. Es cierto: Desencuentros es un libro sobre el final del siglo XIX latinoamericano, pero su horizonte está siempre en el presente, en sintonía con la situación actual de la literatura y el periodismo, del intelectual y su intervención en la esfera pública. La crónica, esa vitrina de la vida moderna finisecular, le permite a Ramos, como antes a Martí, exhibir todos esos pasajes.

 

Y es justamente la naturaleza de la crónica la tercera de las condiciones de posibilidad de una lectura como la que nos propone Desencuentros. Formatos de masividad creciente como el periódico y formas mixtas y heterogéneas como la crónica se revelarían también a partir de esos años como archivos privilegiados de la experiencia del pasado. El libro de Ramos participa de la estela diseñada junto con las investigaciones de la ensayista venezolana Susana Rotker (La invención de la crónica, 1992) y de la argentina Graciela Montaldo (La sensibilidad amenazada. Fin de siglo y modernismo, 1994). Descubrir la crónica periodística desarmó una jerarquía entre formas “altas” y formas “menores” que había impedido leer un material que nos entregaba una mirada diferente sobre el pasado, un registro inmediato de lo contemporáneo. Ramos nos muestra que las crónicas habían sido, para una visión canónica y normativa, formas indisciplinadas, impresentables y, por lo tanto, sometidas a la invisibilidad. Sin embargo, según ya sabemos, fueron el lazo principal de escritores como Martí o Rubén Darío con el nuevo público de los diarios, que esperaba leerlas semana a semana. Fueron muchas veces, también, laboratorio de su escritura y sus ideas. Y sin dudas, el lugar donde puede recuperarse la percepción que tuvieron de su tiempo.

 

El interés en la crónica aumentó en los últimos años, ya sea para estudiarla o para escribirla, y volvió a mostrar su capacidad enorme para alojar lo heterogéneo, lo diverso, lo oculto, lo silenciado. Julio Ramos lo captó increíblemente en Desencuentros de la modernidad en América Latina al describir el final del siglo XIX: “posibilita el procesamiento de zonas de la cotidianeidad capitalista que en aquella época de intensa modernización rebasaban el horizonte temático de las formas canónicas y codificadas”.

 

Acaso lo hizo entonces, como ahora, cuando hay zonas de desborde que solo la versatilidad de un género como la crónica, que se mueve entre varias aguas, puede albergar.


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