En los años de ajuste las mayorías populares perdieron redes, recursos y quedaron cada vez más regaladas: desde la precariedad, la crisis es una catástrofe que revienta hacia adentro. ¿Qué significa una vida desorganizada? ¿Cómo leer el clima de época más allá del economicismo y el "cerco ideológico"? Un ensayo sobre los nuevos odios sociales, los ánimos de las vidas plebeyas y la pesada herencia del macrismo.



Si el macrismo ataca en todos los frentes, decíamos hace un tiempo, es imposible pensarlo y “resistirlo” desde una única y conocida columna: “El macrismo pareciera ser la suma de los odios históricos de la derecha tradicional y de los ‘nuevos odios’ de la derechización existencial en la precariedad (desde los ‘cabecitas negras’ hasta las mantenidas del plan)”. A esa suma de todas las fuerzas Anti-Todo sólo cabe oponerle un Aguante-Todo: sacrificio, disciplina y ascetismo, fiesta, agite y gedientismo; militantes de rostro serio y militantes de pura carcajada, cuerpos de pie y cuerpos acostados, vidas endeudadas y vidas sonadas, pibas a todo ritmo y doñas de vieja moral, economía popular, laburantes pillos y vagos inquietos. Que estén los ‘cuadros’ pero también las vidas heridas por el ajuste de guerra. Una ‘militancia’ que convoque a todas las fuerzas silvestres que circulan sueltas por la sociedad gorruda”.

 

Una oposición al macrismo que se sacuda de encima las falsas opciones: ‘la calle o las elecciones’, ‘lo micro o lo macro’, ‘la economía o la política’, ‘la paz social o el quilombo’. Más que una separación inofensiva organizada por esas ‘o’ que enfrían los continuos vitales sobre los que se agita, se milita, se piensa, se trata de una apuesta por alargar y poner en series las ‘y’ en las cuáles es inevitable encontrarnos, reforzarnos, y acumular ‘fuerza social y política’. Desde esas conjunciones pensamos durante todos estos años el macrismo (y el pos-macrismo que ya muestra su ‘pesada herencia’): ajuste, inflación y precariedad de fondo; FMI, recesión y endeudamiento en escala barrial y ‘personal’ y en las vidas implosionadas; protocolos para reprimir la protesta social y nuevas economías de la violencia barrial (que no son solo “potestad” de la policía); luz verde para la represión de las fuerzas de seguridad y engorramiento vecinal; despidos, verdugueo laboral y vida mula; terror financiero y terror anímico.

 

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“¿Cómo fue posible que hayan ganado y gobernado estos cuatro años?, ¿cómo es posible que hayan hecho este desastre?”, se preguntaba Cristina hace unos días en La Plata. Preguntas que son un gesto de perplejidad, menos en clave de asombro o ‘pánico moral’ ante el macrismo (y sus todavía 8 millones de votos), y más como llamado a la investigación y cartografía permanente de la sociedad en la que vivimos, de las fuerzas que pusieron a Cambiemos en el Palacio y de aquellas que lo están rajando.

 

Cristina no solo registra los odios sociales e históricos que nutrieron y nutren al sentimiento anti de todos estos años. Tanto en su libro como en los discursos que acompañan su gira/campaña de presentación, ella intuye que es en ese terreno afectivo y material, en esa economía libidinal, donde se juega gran parte de la gobernabilidad contemporánea. Las “vidas desorganizadas” –arrancadas de sus estabilidades precarias, con menos redes, menos recursos, cada vez más regaladas al terror anímico– y los nuevos odios –horizontales, transversales– son el terreno en el que nos encontramos parados.

 

Precisamente, Cristina craneó una estrategia Política que tuvo en cuenta ese complejo y difuso escenario social. Además de mantener en órbita alrededor de su figura –incluso sin ser ‘consciente’– fuerzas silvestres condenadas de otro modo a la orfandad y a la ‘invisibilidad’ política, y de ‘cohesionar’ y mantener abierto el posible electoral que devino un imprevisto acontecimiento político, entró en sintonía con ese enunciado íntimo-público del Aguante-todo; enunciado que emergía, ‘por abajo’, como reverso posible a ese mapa propio de la precariedad totalitaria –territorio inédito para gran parte del lenguaje político, militante, incluso para la teoría sociológica–.

 

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La vida mula no depende solo del trabajo y el consumo: estos años de ajuste demostraron que con menos o sin trabajo, con consumo enfriado, deudas y recesión, la vida mula sigue funcionando. Re-sentida, pero cada vez más acelerada, sigue siendo el modo de integración social contemporáneo. Siempre se trató de una categoría política, más que sociológica o económica (o una descripción del mundo y la subjetividad laboral o post-laboral).

 

Uno de los rasgos centrales de la vida mula ajustada es el cansancio. Mayorías cansadas por la intensificación de la movilización de la vida y la ‘belicosidad’ de lo cotidiano; por sostener una vida –anímica y materialmente– sin dejar ningún elemento librado al azar. Por administrar entradas de dinero de varios lados: trabajo, changas, subsidios, préstamos. Por lidiar con la necesidad de mantener un umbral de consumo empobrecido y de ‘emergencia’ (casi todo comida, servicios, transporte público, casi nada en ropa y en celulares), junto con la educación de los pibes y las pibas en la escuela. Por bancar deudas –de financistas y de familiares– y, sobre todo, por sostener un trabajo doméstico en los interiores estallados: de su tiempo caótico, de los quilombos afectivos, de las violencias exteriores que se pliegan en los cuerpos cansados cuando atraviesan la puerta. Que haya que administrarlo todo, que haya que ganarlo todo, que haya que protegerlo todo cotidianamente con ‘alma (gorruda) y vida’, que nada esté garantizado y que todo amenace con salirse de control, hace que la vida mula no sea jamás homogénea ni igualitaria. En esta forma de integración social se dan disputas y se inauguran jerarquías; y también allí el macrismo ‘profundizó las grietas’ y las desigualdades sociales.

 

Pero también son mayorías cansadas por la ‘picantez’ de los barrios, por la implosión social, el aumento de las gestiones diarias y los desbordes que detonan cuerpos y rejuntes. Mayorías cansadas por un laburo cada vez más precarizado –más en riesgo, más campo de batalla– y por la desocupación que deviene ociosidad forzada pero no ‘tiempo libre’; regalada al tiempo muerto puertas adentro de los hogares, a la cabeza maquinando y quemando el cuerpo, a los choques con los vecinos y las vecinas en el barrio. Esa falta de trabajo, más que desocupación, es sobreocupación de un tiempo social que sigue implosionando en los cuerpos que luchan por mantenerse a flote y llegar al final de la jornada; por intentar también conjurar algo de ese terror anímico que muerde y hace que se pierda la poca energía que queda. Las mayorías cansadas son también un entramado de hábitos y afectos, de modos de vivir, sentir y gestionar la precariedad ambiente.

 

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Las mayorías cansadas tienen cada vez menos redes en donde recostarse y bajar(se) del enloquecido loop de la vida mula re-sentida. Ven sus vidas desorganizadas, como dice Cristina; vidas expuestas a la aceleración y a la caotización de vectores sociales sobrecargados que te hacen padecer un brutal e incontrolable terror anímico. Vidas sobre las que se ‘ajustan’ –o se mutilan– redes imprescindibles para la subsistencia vital y social y para conjurar la precariedad totalitaria: trabajos, dinero, subsidios, ‘derechos’. Vidas intranquilas y desesperadas: esa tonalidad afectiva es la que se percibe en la serie de gestiones cotidianas que entristecen y extenúa al cuerpo. Desde la gestión de una cena o un almuerzo con poca plata y mucha hambre –la inflación de los precios de alimentos somete a una incertidumbre cruel y a una fatiga constante por recorrer comercios y buscar ofertas, o bien, engordar las deudas con el almacén que aún fía– hasta el golpe anímico que implica recibir la factura de luz o gas. Vidas extenuadas por los micro-robos de los pibes sin calma –“ahora se roba para comer y para repartir unos pesos a tu mamá y a la mamá de tus hijas y no para romperte unas buenas remeras y zapatillas o salir a joder”–, robos solitarios, desesperados, crueles –sin el epílogo de la vida loca como gran gasto de dinero y de energía libidinal– que también intensifican las guerras barriales y sociales: pibes jugados y nerviosos –tomados sensiblemente por el vale todo– y enfrente ‘justicieros’ enfierrados dispuestos a ‘ponerle el cuerpo’ a la inseguridad.

 

Es probable que esas mayorías además de ‘con el bolsillo’ voten desde ese estado de cansancio e intensidad oscura que las toma. Es probable también que el ajuste feroz del macrismo haya implosionado la geografía anímica de esas guerras cotidianas: las trincheras, las retaguardias; todo recoveco para respirar se obturó y revienta cada vez más hacia acá. Guerras y cansancios de la precariedad son afectos que desbordan el economicismo y que también son parte –y complejizan– el casi cincuenta por ciento.

 

Un espiral inflacionario o un “estallido” final de la economía intensificaría aún más esa implosión social que ya está ocurriendo (más allá de eventuales ‘saqueos’). De allí que la crisis (y cada variación o amplificación, cada nuevo shock al ánimo y al bolsillo), vivida desde la precariedad totalitaria, es una verdadera catástrofe; bomba (no tan) silenciosa que se encarniza sobre vidas, barrios, instituciones, rejuntes que ‘no dan más’. Cuesta, desde aquí, evocar la crisis como apertura política e indeterminación (imagen que sí ha funcionado en otros momentos históricos, donde había otras redes barriales, militantes, en los trabajos, en los desocupados, en la calle) o investirla de ánimos expectantes. Todo indica un último tramo del año muy denso y angustiante. El link con situaciones históricas análogas (89, 2001, etc.) es más bien por su lado oscuro.

 

Durante estos años escuchamos: “¿Por qué el pueblo no reacciona ante el ajuste?”, “¿Cómo pudieron desde el gobierno hacer lo que hicieron?”. Esas preguntas están más encadenadas a un sistema de expectativas, a un cierto lenguaje militante anquilosado, pero sobre todo a un problema perceptivo. Aquel que no ve que la implosión social –que incluye los interiores, que se puede ‘llevar puesto’ un hogar, un barrio, una institución o una vida– es una ‘conflictividad’ ardiente y muchas veces huérfana de imágenes políticas, y que ‘sobrevivir’ hoy en día y mantenerse a flote en la precariedad implica de por sí una gran movilización, aunque de otro signo a las “esperadas” por los lenguajes y expectativas militantes.

 

Los análisis rápidos pos-electorales que celebran el ‘anti-neoliberalismo’ de nuestra consciente sociedad (¡ahora sí ‘el pueblo’ luchó eligiendo la vía del sufragio!) pueden ser peligrosos al momento de lidiar con la pesada herencia porque continúan con el sesgo o problema perceptivo. Los resultados electorales no modifican automáticamente ese plano de derechización vital mayoritario de la sociedad –un modo en que se organizan los afectos en la precariedad totalitaria de la época–, pero sí dan un gran oxígeno a esas pequeñas y grandes disputas –actuales y por venir– por conquistar y bancar otros realismos. Dan fuerza para continuar agitando y disputando esa derechización existencial y alertan sobre la verdadera pelea que en esta vuelta no hay que perder de vista: ese fondo de precariedad que va marcando el tono y la densidad de la ‘conflictividad social’. Y si bien este acontecimiento electoral no es atribuible a ‘la calle’ o la ‘militancia’, sí da aire social y fuerza vital a todas las insistencias, a las vidas heridas que mantuvieron y mantienen abierta esa trampa cazadora de acero que es hoy en día ‘lo social’. Por eso la dicha no es cosa alegre y el alivio ante el cambio de escenario macropolítico no nos lleva al celebracionismo ni a la confirmación de expectativas y percepciones propias de microclimas, sino a intensificar las fuerzas reales que aguantaron estos años de ajuste y engorramiento y a afinar estrategias, redes y alianzas que no pueden no incluir lo estatal, segmentos del realismo barrial y las insistencias sueltas y que en plena soledad política vienen militando en y desde la implosión.

 

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En las primarias también se ganó por el voto de los interiores. No se trató solo de fallo o arreglos de los encuestadores: esa data sensible que devino fuerza que reventó las urnas no está ‘en la calle’. O si lo está, no es en las imágenes de calle que habitualmente se manejan en los discursos políticos. Cuando hablamos de interiores e implosiones nos referimos a pibes y pibas sub-20 con la SUBE en saldo negativo –o el tanque de la moto sin combustible–, el celular sin carga y sin dinero para la ropa o para la peluquería, laburantes con menos changa y más deudas, a comedores y escuelas rebalsados y detonados. Barrios ajustados, rejuntados y estresados en los que todos los estallidos que ‘antes’ ocurrían por diferentes zonas de la geografía urbana y suburbana ahora lo hacen en cada vez menos metros cuadrados: todo parece pudrirse cada vez más acá. Y esto incluye disputas cuerpo a cuerpo, entre vecinos y vecinas, incluso cuerpo adentro (los órganos se ajustan y también revientan: estómagos destrozados, adicciones y depresiones que sin redes económicas son pequeñas muertes; el macrismo además de arruinar formas de vida, es arruina vidas biológicas).

 

Lejos de la muerte o el fin de lo social, la gradual exposición a la precariedad, la vida mula, las mayorías cansadas, muestran que lo social está ensanchado y recargado; lo social está más vivo que nunca e incluye hoy también a esos interiores y sus diferentes modos de rejunte y repliegue. Lo social hoy en día es más terreno de la implosión que de la invención: es quilombo, caos, saturación, densidad. Es esa materialidad que mencionamos con respecto a la vida mula aceitada. Si lo social es más estructuralmente padecimiento y garrón no hay lugar ni tiempo para la imaginación política: nadie tiene tiempo para ‘la política’ y gran parte de la militancia ni siquiera se asoma a esas vidas heridas. Teniendo en cuenta este mapa, la apuesta a lo electoral era y es central (como tantas veces en la historia de las vidas populares en nuestro país): un golpe electoral, un golpe de suerte electoral que abra y haga respirar lo social y que empodere a quienes piensan otras formas de gobernar esos terrenos y vienen militando en y desde la implosión (en movidas barriales, instituciones-rejunte, organizaciones, militancia y agites sueltos). Esa excesiva vitalidad de lo social la conocen los funcionarios, las dirigencias y las militancias pillas y quienes están fatalmente tomados por esas brumas. Y es desde esas coordenadas (ambiguas, amorales) desde donde se disputan las aperturas; el Aguante-todo es grito de guerra en y desde la precariedad totalitaria y desde las conflictividades sociales que allí se dan. A los realismos –el del ajuste macrista, en este caso– los terminan de clausurar (¿y fisurar?) los cuerpos cansados.

 

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Solemos descreer de la ‘toma de la palabra’ de quienes no están heridos, de las lecturas e interpretaciones que no toman en cuenta esos conflictos –y laceraciones– sociales cotidianas de la precariedad. Sólo ignorando esas heridas es posible ‘ideologizar’ el resultado de la votación, cercarlo y alejarlo de las ambigüedades, la amoralidad, la mugre y el tufo de las fuerzas reales. Ese cerco ideológico –casualmente armado por muchos y muchas que suelen subestimar la instancia electoral– fue el que leyó el 2015 como “derechización ideológica de la sociedad argentina”, sin percibir la precariedad totalitaria, el enfriamiento libidinal, el devenir oscuro de la vida mula, la ‘derechización afectiva’. Desde ese mismo cerco y alejados cada día más de los ánimos de las vidas populares, se interpretan ahora los resultados de las primarias como ‘giro a la izquierda’ o como ‘conciencia social masiva’ o ‘triunfo de la resistencia callejera al macrismo’ expresado en las urnas.

 

La noche del 11 de agosto festejamos sabiendo que en estas elecciones se juega la supervivencia de esa alma plebeya –también made in Argentina– que tanto revanchismo y deseos de disciplinamiento suscitó: ese viejo anhelo de ‘la derecha’ con acento argento de modificar la morfología social y ‘gobernar con la mitad de la población afuera’. Pero desde esa noche del domingo hasta la mañana siguiente –en que el terror y la mafia financiera nos aplicó el vuelto– más que festejo fue de respiro: con la placa de la aplastante victoria del Frente de Todos en la pantalla; respiramos.

 

El Aguante-todo mantiene abierto e indeterminado ese realismo del cansado y permite militar y pensar el escenario cada vez más jodido que nos toca vivir. Un enunciado que tiene la amplitud de ir desde la intimidad sufriente e inquieta que rechaza los ‘cierres de época’ y sigue insistiendo, a ese peronismo que continúa perdurando como una opción vital para rechazar de a muchos y muchas la docilidad y la sumisión total. Fibras históricas que muestran la salud de una inoxidable pasión alegre, esa que nos moviliza desde la dignidad, el agite, el desborde y la negritud (de formas de vida y no solo de piel). Ese peronismo silvestrizado que no agoniza –ni larga ni súbitamente– y que no hay que buscar solo en armados políticos y en identidades, que es antes que nada sensibilidad que rechaza y se ofrece como fondo virtual para volar por el aire esos enunciados realistas cuando se vuelven intolerables y asfixiantes: ‘no hay alternativa’, ‘no hay atajos’, ‘es esto o el caos’. Ese peronismo silvestre que no es gesto pop o culturalismo clasemediero está obligado por su historia a disputar la precariedad totalitaria –y no únicamente “batallas culturales” o agendas progres– que lastima a las vidas populares. Para los difíciles tiempos que ya se están viviendo será central que se puedan leer esos mapas de nuevos odios sociales, que se ausculte a esas multitudes cansadas y muleadas y que se quiera ‘gobernar con el aguante todo adentro’.

 


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