Desde que se supo que Alberto Nisman estaba muerto, se elucubraron posibles escenarios de asesinato, complejas hipótesis basadas en intuiciones persecutorias. Analistas políticos, médicos y turistas en traje de baño: todos arriesgamos teorías y creencias sobre la muerte del fiscal. Flavio Rapisardi analiza mucho de lo escrito y escuchado en esto días y dice que quien “construye” conspiraciones suele proyectar sus miedos, y a veces su idiotez, su impotencia o su soberbia.



Foto de portada: Victoria Gesualdi

 

Esta semana, una palabra se instaló en la cultura argentina: “conspiración”, que no se relaciona con la complejidad de lo real (esto siempre podrá desenmarañarse). Nada no deja huellas, porque el mundo es escritura, rastros. Quien “construye” conspiraciones proyecta: sus miedos, su idiotez, su impotencia o su soberbia.

 

Estos días, en los diarios argentinos se asociaron fallecidos que, por alguna razón, murieron en forma “dudosa”; se dijo que “aquí sucede lo de siempre”, se editorializó mucho y se imaginó aún más. Así, analistas políticos, editorialistas, redactores, comentaristas, mozos, taxistas, gente en ropa de baño, todos, nos sumamos a continuar relatos, escrituras de esta muerte, apelando a la creencia.

 

En el libro “La gravedad y la gracia” Simone Weil busca, por momentos tormentosamente, armar una especie de epistemología de su devenir: judía convertida en cristiana que no aceptaba entrar a la Iglesia aunque juró defenderla con su vida. Escribió mucho, pero en este libro, de manera fragmentaria, establece dos “principios” entre los que pivotea no solo su creer, sino lo que para ella y para nosotr*s es la posibilidad de salir de la tautología del brutal empirismo. La  “gracia” es para Weil como ese desapego que nos acerca no sólo a Dios (a los que creemos en él), sino a la posibilidad misma de no convertirnos en un canto rodado que en su vida de piedra nunca será más que eso: la gravedad de existir en un sí mismo macizo.

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Foto: Claudio Fanchi/Telam

En camino similar, Julia Kristeva también se pregunta desde la lingüística y el psicoanálisis a qué responde, desde un punto de vista laico, “Esa increíble necesidad de creer”. Allí, apelando a sus lecturas de Freud y Lacan nos muestra que no hay subjetividad sin fe, sin alguna forma de  creencia: en el amor familiar (aunque no exista), en el amor a otr* (aunque te dejen), en la palabra ajena (aunque sea falsa) y en que la comunicación es posible como transparencia.

 

En tiempos distintos, Kristeva y Weil, una laica y otra cristiana, nos traen una reflexión coincidente: no hay sujeto, comunidad, convivencia, justicia y amor sin la creencia, sin un salto, vuelo o desprender, aunque no a cualquier costo.

 

¿Qué vida piensan ustedes sería posible sin creer aún en esta pregunta? Y es en esa brecha que nos constituye y nos colamos a la vida, a esa maraña de sentidos compartidos y en disputa. A los malentendidos, los acuerdos de circunstancia, las afirmaciones arriesgadas, las estrategias con las que decidimos vivir, con sus pérdidas y ganancias, lo sepamos o no.

 

Así vivimos. Entre creencias y afirmaciones que consideramos “dato duro” (tan caro a la sociología), como si la palabra “dato” ya no estuviera filtrando algo que se nos presenta como tal. Si tiro un cuerpo en un baño, habrá un cuerpo en el baño. La pregunta es ¿Cómo significo ese cuerpo que yace?  Si el “dato duro” no es más que la tautología de un cosa consigo misma, entonces no me vengan con que se pueden hacer afirmaciones irrebatibles si al menos no existe alguna racionalidad compartida que nos permita la duda que no tiene porqué ser eterna. La duda termina cuando las cartas que rondan el truco son mostradas en función de las reglas del juego al que decidimos entrar.

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Foto: Claudio Fanchi/Telam

El “ojo de Dios” no existe para ningún saber, ni aún para mí como católico practicante. Lo que dice en la Biblia de que Dios nos tiene contados todos los pelos de la cabellera (no sé cómo hará conmigo que soy pelado), no es más que una metáfora que nos ubica como seres finitos en un horizonte tan amplio y diverso al que jamás podremos acceder, aunque sí “imaginar”, como gesto no sólo de necesaria humildad, sino también de posibilidad de supervivencia. A veces abrimos puertas por las que entramos y terminamos en un lugar donde nos las tienen que abrir.

 

Ahora bien, este “imaginar” no puede sobreponerse a la “creencia” (que como vimos tiene funciones laicas y religiosas, y, necesariamente, algunos puntos cardinales que la corren del lugar de una esquizofrenia cultural: en el amor al otr* debe haber un otr*. Ahora si el otr*, nos es recíproco o no nos quiere son reglas del horizonte. Pero ese es otro cantar). Por supervivencia: mejor “creer” que “imaginar”.

 

Por eso la “creencia” no se confunde con la “imaginación”. Esta última es devenir figura de lo que me venga en gana, con lo que mi horizonte me da y que yo puedo conjugar según mi capricho de  clase, género, edad, etnia o grado de aburrimiento. Sin embargo en algo coincide la imaginación con la creencia: sin algún feedback se convierte en delirio.

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Foto: Rolando Andrade

No hace mucho tiempo, un dirigente de la izquierda argentina me comentaba que venía de un encuentro con Fidel Castro: el Comandante le había dicho cosas que seguro sabíamos y otras que no. Eso que supuestamente era velado para quienes lo escuchábamos estaba en el diario bien leído, a contrapelo, entre líneas, porque estimad*s la ideología no es falsa conciencia sino el modo en que nos relacionamos (pensando, negando, afirmando, cambiando) con nuestra vida. El rechazo de la izquierda tradicional y la derecha conservadora a la “gracia” que l*s eleve sobre la simplicidad semántica fue y es su condena al margen y a la dureza que suele volverse brutalidad.

 

Por eso, con estas coordenadas no pude dejar de alarmarme (reírme-preocuparme) al leer escritores como Marcelo Larraquy que en el diario Clarín arma un cuadro sobre cuatro muertes que él “cree” pueden ubicarse en el cuarto de un cubo: Alfredo Yabrán, Maximiliano Kosteki, Juan Pirker y Rodolfo Echegoyen. Es claro que si el cubo daba para otro subcubo metía al fiscal Alberto Nisman. Detrás de esa infografía hay una “creencia”: la continuidad de una supuesta gramática argentina que lleva a boconear ligeramente a vari*s lo que el mismo diario dijo como al pasar “Aquí, lo de siempre”. O, en Perfil, sin firma, otras muertes “dudosas”: las de Carlitos Menem Jr. e Ivan Heyn. Quizá sería mejor que los escribas se enmarcarán en el orden del principio de realidad porque por lo visto solo se quedan en la suma simple y burda, el de un sintagma macabro al que parece accedieron noéticamente.

 

¿Qué creen qué es ese “lo de siempre” en el caso de muertes (por accidente o no), suicidios y asesinatos: menesteres tan distintos en un punto salvo en el paro cardíaco-respiratorio? Sigamos a ver si entendemos. En otra palabra que un escritor-periodista como Marcelo Birmajer “cree” que puede importar al hablar de la “colonización de la justicia”. La idea de colonización trae la imagen de fuerza, metáfora guerrera para un poder como el judicial: donde tranquilamente se podría quitar la estatua de ojos vendados y balanza y poner al elefante del Partido Republicano porque allí funciona uno de los dispositivos más conservadores y oligárquicos que conozcamos, para “colonizarlo” deberíamos volver a 1492 y no dejar que pase lo que pasó. ¿En cuál colonización cree? El borde de la imaginación avanza como la nada.

 

¿Qué lleva a Natasha Niebieskikwiat  en el mismo diario a afirmar que el Sr. Nisman “se llevó preguntas sin contestar”? Todo premio Nobel murió en la misma situación. Y, por otra parte, porque si uno lee otras notas del mismo paper de Papel Prensa parecía que el fiscal tenía todas las respuestas en soportes modernos y listos para mostrar solo un día después ¿Qué cree la periodista? ¿Lo que dice el diario o nos tratade recordar la obviedad del apagarse de toda conciencia? Las respuestas que Nisman se llevó no tendrían que ver con la causa por la denuncia que hizo y dijo tener “probada” o estamos ante una vana redundancia.

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En este espacio que se abrió a la creencia y a su forma persecutoria de “conspiración” aparecieron siglas como CIA, Mossad, VEVAR, SI; nombres de países como Israel, EEUU, Siria, Irán; como también organizaciones comunitarias DAIA, AMIA, entre otras. Y quienes las usamos (tenemos que hacerlo si no queremos enmudecer porque es claro que allí esta las huellas de un relato a reconstruir por parte de la justicia y de toda la ciudanía) para armar relatos, narraciones con las que pretendemos tender un puente sobre el horror de la muerte de un señor que si leemos wikileaks no tiene secretos (al menos de esos que son necesarios ahora hacer públicos), sus escritos, consultamos a sus amigos, a su familia, a sus contactos, sus cuentas, sus recorridos y hasta, parece, Embajadas que lo felicitan de muerto.

 

Todo bastante lejano a las preguntas que la Diputada Patricia Bullrich preparó: “¿A qué hora llegó el Secretario de Seguridad?”, “¿Quién le aviso?”, “Nombre”. Un manual escolar basado en un relato que se pretende creíble, pero que aleja de años y años de investigación judicial. Es horrible tener que hacer esto con un cadáver, pero el regalo que dejó entre bombos y platillos de una escena que pretendía ser “secreta” por dos diputadas que le “creyeron” (Patricia Bullrich y Laura Alonso) no deja lugar a la necesidad de distinguir las “creencias que portan verdades” de las que “cargan falsedades”.

 

Otro ejemplo de la circulación del “lenguaje de la creencia” como veneno (según consideró Víctor Klemperer al “Lenguaje del Tercer Reich”) es ese olvido sistemático de los compatriotas muertos en la Embajada de Israel cuando se habla de la AMIA: ¿Quién cree qué no merecen ser convocad*s? La conexión de esos hechos perpetrados bajo el mismo modus operandi y contra ciudadanos argentin*s que compartían o no procedencia, ascendencia o religión, da para “creer” que allí hay una conexión que, por ejemplo, la literaturidad de un periodista como Carlos Pagni hoy, un día después de la muerte del fiscal, olvida citar en su elucubración ¿Cree qué allí no hay “aire de familia” o “cree” que por algún motivo debe divorciar ambos hechos en un día tan importante para hablar del tema en un marco que requiere convocar lo que se cree seriamente?

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Foto: Victoria Gesualdi

Pero la palabra “secreto” (eso que no se dice, pero en lo que se cree que existe) no terminó la faena en este largo día. En Ambito Financiero se cita como engranaje del “eje de misterios” (vale aclarar que en los misterios se cree, cosa que como adherente a la Teología de la Liberación mejor “interpreto”) al “colaborador cuya identidad permanece en secreto”: horas después foto, nombre, apellido y profesión era accesible a cualquiera, aún sin celular con web, ya que las pantallas de bares y negocios de electrodomésticos estaban encendidas en canales de noticias que no hacían sino repetir esos datos.

 

Y en la calle, este libreto que nunca es escrito ni inoculado de manera mecánica por los medios, se repite hasta el hartazgo pero con los problemas de la oralidad donde con piruetas de tropos y retórica un* se cansa y “cree” apretar un botón de OFF para que al menos el oleaje llegue de a ratos. Mozos, comensales en restaurantes céntricos, gente en ropa de baño, colectiveros, gente de a pie, laburantes y taxistas nos sumamos a continuar relatos, escrituras de esta tragedia apelando a la creencia, a esa “gracia” de Weil o ese “salto” de Kristeva que sería bueno moderar o entender su alcance, sus condiciones porque contrariamente a lo que afirma el intelectual, ahora de derechas, Santiago Kovadloff a ese “ideal comunitario” que él “cree” en peligro desde hace 10 años y que “cree” defender en sus largas opiniones en La Nación no lo va a destruir una investigación judicial de un poder público nada adicto al Gobierno, sino ese 1% de la población mundial que en el 2016 concentrará la riqueza planetaria ¡En esto creen tod*s! ( los mismos diarios en la misma edición y organismos multilaterales). Pero claro, para cambiar eso hace falta “creer” en otra cosa que l*s promotor*s de “creencias mentirosas” nunca harán por algo que se repite, pero no como un relato secreto o conspirativo, sino como vuelta siniestra de un odio que como sostiene (creyendo y ejemplificando productivamente) Cornelius Castoriadis portan los que buscan clausurar el status que beneficia a poc*s y que en este caso es el del 1% en el que creen y defienden por participar real o imaginariamente. Creer, hipotetizar en el marco donde uno abre el diario o prende la televisión y sabe qué piensa cada uno no es lo mismo que “estar organizad*s de fábula”, esa forma nefasta que los autoritarismos conscientes e idiotas pretenden oponer a los relatos en los que creemos, porque la creencia nunca renuncia a la prueba.


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