Los 7.251 habitantes de las calles porteñas no tienen los soportes que brindan el empleo estable, la vivienda o la integración a un sistema institucional sólido. Su sostén relacional también está desgastado: su familia, amigos y contactos ya no pueden ofrecer contención. Y cuando acuden al Estado aparecen los obstáculos burocráticos: pasan de una ventanilla a otra haciendo trámites, buscando “certificados de pobreza”.



Una mujer acompañada por sus viejos perros toma un mate de yerba lavada. Niños pequeños envueltos en mantas juegan mientras su mamá vende en la vereda pañuelos de papel. Una familia espera que caiga la noche para meterse en el cajero de un banco, al reparo. Un joven saca de su mochila cartones y plásticos para improvisar un colchón efímero y pasar la madrugada. Un grupo de personas se amucha en la guardia de un hospital e intenta tomar algo del calor. Muchas de estas imágenes que pasan desapercibidas en la vida diaria cobran notoriedad cuando los medios informan la muerte por frío de un hombre cerca de la Casa Rosada. O cuando importantes clubes de fútbol abren sus puertas para albergar a personas que no tienen donde pasar la noche. Cuando en las redes sociales se desparraman consignas pidiendo #abranlasiglesias o bien cuando un referente de una organización social dice que: “cruza los dedos para que pasen más de 48 horas sin que nadie muera de frío”. La ola polar que atraviesa la ciudad de Buenos Aires bajó la temperatura a cero y puso la atención en un problema que aumenta año a año, que es parte constitutivo de la ciudad más rica del país, y que los gobiernos suele atender recién cuando se obtiene un certificado de pobreza: quienes duermen a la intemperie saben que para obtener una respuesta del Estado deben demostrar que se vive en la calle y desde hace tiempo.

 

En la ciudad de Buenos Aires vive la mayor cantidad de habitantes de la calle. Es en esta ciudad en donde se ubican las más variadas y, a veces, las únicas opciones tanto estatales como privadas para asistirlos. En Buenos Aires se localizan los establecimientos de la mayoría de las organizaciones sociales, de los programas estatales, las oficinas para trámites relacionados con los subsidios, etc. Y es también en la Ciudad donde existe la posibilidad de llevar a cabo diferentes actividades que otorguen un dinero (venta de artículos en la vía pública, changas relacionadas con algún oficio, mendicidad, limpieza de vidrios de autos, juntar cartones para vender, etc.). Por estas razones es en donde se concentra la mayor cantidad de habitantes de la calle aunque en años recientes es notorio su aumento en diversos municipios del Gran Buenos Aires.

 

Los habitantes de la calle circulan de un servicio a otro. Coordinan horarios y necesidades durante el día y la noche. El itinerario que realizan se asocia a la figura que el sociólogo Denis Merklen denomina como la del “cazador”. Esta metáfora permite comprender la vida cotidiana de los habitantes de la calle y su relación con los servicios públicos y privados: recorren y despliegan distintas estrategias en función de lo que la Ciudad les ofrece. Aprenden a vivir en el circuito de la atención que crean las distintas organizaciones sociales y el Estado. En este entramado los habitantes de la calle desarrollan un sin fin de combinaciones de traslados y de tiempos que les permiten comer, dormir, bañarse, obtener ropas y abrigarse del frío.

 

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Desde fines de la década de 1990, en la Ciudad de Buenos Aires se implementan programas para asistir a esta población. Estos se pueden diferenciar en dos tipos de dispositivos. Por un lado, el sistema de alojamientos conformado por hogares de tránsito y paradores nocturnos para varones y mujeres (el Gobierno de la Ciudad tiene los propios y a la vez subsidia otros establecimientos pertenecientes a organizaciones sociales). Por otro, la entrega de un subsidio habitacional que permite la residencia en hoteles-pensión por un periodo de tiempo. El subsidio es de un monto pequeño que no alcanza para alquilar una vivienda, solo sirve para un cuarto de hotel-pensión generalmente en muy malas condiciones. El subsidio es entregado de un modo intermitente, lo que impide una continuidad habitacional y además, es difícil de conseguir, se dan pocos turnos por día y los trámites para obtenerlos son muy engorrosos y prolongados. Para conseguirlo se debe tener “constancia de estar en calle”, es decir, un certificado que legitime que esa persona o familia están viviendo efectivamente en la calle. Como se observa con este requisito, no se previene la llegada a la calle.

 

Los servicios son insuficientes. Son pocas las vacantes que se ofrecen tanto desde el ámbito privado como público para la cantidad de personas que se encuentran en esta situación. Hace unos años ya eran insuficientes, pero en la actualidad, con el incremento de la cantidad de personas en situación de calle, el sistema se encuentra desbordado. No solo los servicios son insuficientes sino que también tienen problemas, vinculados con los horarios estrictos y la obtención de un empleo, la falta de actividades durante el día, el retraso en las derivaciones a hogares de tercera u hogares para personas con algún problema físico, el tratamiento y control de enfermedades, la separación de las familias, requisitos de ingreso muy restrictivos y muchos controles en el interior de los mismos.

 

Unido al punto anterior aparecen los obstáculos burocráticos. Los habitantes de la calle pasan días, meses y años haciendo trámites, buscando “certificados de pobreza”, pidiendo números para subsidios, etc. Pasan de una ventanilla a la otra. Y a otra. Existe poca información de cómo hacer los trámites y de cómo acceder a los servicios, no se cuenta con un centro de atención específico en donde pueden hallar respuestas/soluciones prácticas y claras para poder realizar un trámite. En este sentido, un grave problema se vincula con la falta de Documentos de Identidad (DNI): muchos no lo tienen, lo perdieron, se lo robaron, etc. No tienen la documentación necesaria para realizar trámites o conseguir un subsidio.

Los hogares y paradores se tornan un mero paliativo al no generar efectivos cambios en sus vidas. Son lugares en donde se puede recibir alimentos, alojamiento y ducha; es decir, que las principales acciones desde el ámbito estatal para los habitantes de la calle son asistenciales. Desde las instituciones no se ponen en práctica intervenciones concretas en cuanto a la reinserción laboral, habitacional y afectiva de las personas. Los programas terminan siendo paliativos a corto, cortísimo, plazo, por lo tanto, no logran que las personas trasciendan su situación actual. Además, el fenómeno es abordado desde una mirada estigmatizadora y reproductora de las imágenes negativas que se tienen de las personas que atraviesan esta situación. Los problemas vinculados a la exclusión no son solucionados sino más bien que pueden llegar a agravarse.

 

Dada la insuficiencia en la respuesta estatal, existe un número importante de organizaciones que con diferentes orígenes (religiosos, laicos, políticos), con diversidad de miembros (voluntarios, militantes, religiosos, los propios habitantes de la calle, estudiantes, profesionales, etc.), múltiples tipos de financiamientos (subsidios, donaciones, institucionales, etc.) tienen como objetivo trabajar con la problemática del “habitar la calle”.

 

Este grupo de organizaciones crean un entramado y un circuito central para la vida de quién habita el espacio público. Crean su soporte diario al brindarles un alojamiento temporario, comida, duchas, recreación, talleres artísticos, consultas médicas y sociales, acompañamiento para la realización de trámites, capacitaciones laborales, fuentes de trabajo y, en algunos casos, talleres de reflexión en relación a la reivindicación de sus derechos sociales.

 

La importancia que cobraron las organizaciones sociales en estos últimos años se vincula también con la articulación lograda entre varias de ellas para conducir de manera colectiva el Primer “Censo Popular de Personas en Situación de Calle” (2017), frente al consenso generalizado de que la cifra oficial del conteo del gobierno local subestimaba la cantidad de personas habitando la calle (aunque da cuenta de un aumento paulatino: en 2019, la cifra es de 1146 personas mientras que en el 2016 fueron contadas 876). Las organizaciones dan cuenta, a través de sus relevamientos, de que en calle había, en el año 2017, 4.394 personas en esa condición, más otros casi dos mil que dormían en los dispositivos estatales. En los últimos días se dieron a conocer las cifras del último Censo Popular, los datos dan cuenta de un aumento significativo: se registraron 7251 personas en situación de calle, 5412 en calle de manera efectiva.

 

¿Por qué están ahí?  

 

La situación de pobreza de vastos sectores de la sociedad es el reflejo de las desigualdades sociales profundizadas a partir de los cambios estructurales de las últimas décadas y acentuadas en años recientes. A raíz de los cambios en el mercado de trabajo, el agravamiento de la situación habitacional y la consolidación de la pobreza, el número de personas y familias que debieron “habitar la calle” se incrementó; personas que tenían trabajo y/o un lugar en donde vivir no tuvieron otra opción más que comenzar a habitar en las calles de la ciudad. Se llega a atravesar esta situación a partir de la combinación de múltiples situaciones o dificultades. Es decir, que no es posible solo identificar una dimensión única, más bien se evidencia una sumatoria de situaciones enredadas o en “cascada”: una deviene en la otra. Las rupturas o conflictos familiares, la pérdida del empleo, la falta de recursos económicos, los problemas habitacionales, de salud o de abuso de sustancias como el alcohol u otras drogas, por nombrar algunos.

 

En muchos casos estas problemáticas pueden ser contenidas por los diferentes soportes relacionales con los que cuentan las personas, pero, en ciertos casos, estos se encuentran debilitados o agotados como para seguir ofreciendo una red de contención. La situación de extrema vulnerabilidad que atraviesan miles de personas que no tienen a quién recurrir cristaliza el debilitamiento de los soportes esenciales (el trabajo es el principal) para la vida en sociedad y para la integración social. Los habitantes de la calle no gozan de los soportes societales que brindan el empleo estable, la vivienda o la integración a un sistema institucional sólido, pero también carecen de un soporte a otro nivel: el relacional.

 

Los soportes se imbrican permanentemente: cuando no hay un sostén familiar fortalecido, el societal cobra mayor relevancia. Pero cuando ambos fallan o se debilitan se llega a la situación que atraviesan los habitantes de la calle. Por ello viven en continua inestabilidad: deben adaptarse a vivir día a día. El aumento de la cantidad de habitantes de la calle refleja las consecuencias que han traído las transformaciones estructurales que repercutieron en el mantenimiento de los lazos sociales.

 

Ante esta situación de profunda vulnerabilidad que atraviesan miles de personas, cuestionarnos sobre cómo recomponer los lazos sociales deteriorados adquiere gran relevancia. Coincidimos con Merklen: para recrear los lazos sociales se debe reforzar la capacidad integradora de nuestra sociedad. La pregunta es ¿cómo hacerlo? ¿Desde qué lugares o a partir de qué acciones se puede reconstruir el lazo social? Desde diferentes perspectivas se ha afirmado que las Organizaciones de la Sociedad Civil “pueden ser ese lugar desde donde se recrea la solidaridad” (González Bombal, 1998:24) dado que son “la apuesta a prueba de valores altruistas y solidarios […] una práctica afirmativa de la ciudadanía, la solidaridad y la democracia” (Thompson, 1995:12). Del mismo modo, se entiende que las organizaciones hacen una “contribución a la integración de la sociedad por su creciente papel en las diversas instancias de ejecución de políticas sociales y por su potencialidad para generar un espacio económico y social en el que predominen la reciprocidad y la solidaridad” (Roitter y González Bombal, 2000:119).

 

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Más allá de las razones por las cuales las Organizaciones de la Sociedad Civil han crecido en influencia, tamaño y número, no cabe duda de que han asumido un rol importante en la vida de muchas personas, especialmente, se podría decir de las más vulnerables. A estas recurren y recurrieron las personas y familias que vieron debilitadas sus relaciones sociales más cercanas y sus vínculos con las instituciones de la sociedad. La pregunta es cuál es o cuál debería ser el rol del Estado; cómo debería actuar para dar respuesta definitiva a esta acuciante “cuestión social” que no deja de reflejarse en muertes evitables. Por lo pronto, en este escenario de desolación, se escucha, se lee y se escribe: “ni una muerte más por frío”.

 

Bibliografía:

González Bombal, I. (1998). “Hacia un nuevo contrato social para el siglo XXI” Documento de trabajo. IV Encuentro Iberoamericano del Tercer Sector. Buenos Aires.

Merklen, D. (2000). “Vivir en los márgenes: la lógica del cazador. Notas sobre sociabilidad y cultura en los asentamientos del Gran Buenos Aires hacia fines de los 90”. En: Svampa, M. Desde abajo. La transformación de las identidades sociales. Buenos Aires: Editorial Biblos y Universidad Nacional de General Sarmiento.

__________ (1999). La cuestión social en el sur desde la perspectiva de la integración políticas sociales y acción colectiva en los barrios marginales del Río de la Plata. Subsecretaría de Promoción y Desarrollo Comunitario. Secretaría de Promoción Social. Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires: Centro de Documentación en Políticas Sociales.

Roitter, M. y González Bombal, I. (Comp.) (2000). Estudios sobre el Tercer Sector en Argentina. The Johns Hopkins Comparative Nonprofit Sector Project. Buenos Aires: CEDES / IV Encuentro Iberoamericano del Tercer Sector.

Rosa, P. (2017). Habitar la calle. El accionar de las organizaciones de la sociedad civil en la Ciudad. Centro de Estudios Urbanos y Regionales-CONICET. http://www.ceur-conicet.gov.ar/archivos/publicaciones/HABITAR_LA_CALLE_-_libro_primera___edicion_REV_04.pdf

Rosa, P. (2012). “Pobreza urbana y desigualdad: La asistencia habitacional a las personas en situación de calle en la Ciudad de Buenos Aires”. En: Bolívar, T. y Erazo Espinoza, J. (2012). “Hábitat Popular e Inclusión Social” Ciudad de Quito. Ecuador, CLACSO.

Thompson, A. (1995). ¿Qué es el “Tercer Sector” en la Argentina? Dimensión, alcances y valor agregado de las organizaciones sin fines de lucro. Buenos Aires: CEDES.

Fuentes consultadas:

Observatorio de la ciudad. Informe con los resultados del censo popular de personas en situación de calle realizado por organizaciones sociales (CABA). Disponible en: https://observatoriociudad.org/?s=noticia&n=143

Proyecto 7. Gente en Situación de calle. Censo Popular de Personas en Situación de Calle de CABA. Disponible en: https://proyecto7.org/acciones/censo-popular-de-personas-en-situacion-de-calle/

 


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