La selección femenina de fútbol clasificó al mundial de Francia. El equipo tomó visibilidad porque sus jugadoras, invisibilizadas históricamente en el fútbol, excluidas de sus relatos y de sus instituciones, hoy negocian y buscan la atención de las marcas. Es que el deporte femenino se volvió un nicho a explotar: ellas performan sus identidades y se apropian de las tecnologías existentes pero hacen huelga y exigen transformar las condiciones de desigualdad con los varones.  



El presidente de la AFA “Chiqui” Tapia, se mueve, baila, canta, se deja agarrar del brazo por las jugadoras para envolverse en una ronda de celebración. Chiqui festeja gracias a ellas. Y ellas, que bailan con él como con ese tío que un poco nos avergüenza en los casamientos, lo integran en esa fiesta que, por un instante, subvierte el orden establecido. En ese momento, ellas tienen el poder. Al ritmo del cuarteto y la cumbia, las imágenes circularon desde las redes sociales de las jugadoras. El festejo es válido: tras el partido de vuelta en Panamá, después de 12 años de ausencia, la selección femenina de fútbol clasificó para la Copa Mundial Femenina de Fútbol, que se jugará en Francia entre junio y julio de 2019. Y se cumple su profecía: tras anunciarse como el presidente de la igualdad de género en la presentación del Torneo Oficial de la temporada 2017-2018, “Chiqui” saborea la refundación que estamos viviendo en el fútbol de mujeres y la capitaliza como mejor le conviene. Se muestra apoyando a las chicas, haciéndose presente en los partidos e invitando por sus redes sociales a alentarlas. Ellas recogen el guante, y sin correrlo del centro de todos sus reclamos, le dedican la clasificación, juegan con él, se ríen y se divierten. Le agradecen públicamente. Las pibas, esas heroínas en las que depositamos nuestros sueños de una transformación radical del mercantilizado, machista, corrupto y violento espacio del fútbol, nos dicen que las esperemos un poco, que por un rato está bien abrazarse con el presidente de la AFA. El baile del Chiqui y las chicas es de una potencia simbólica tal que permite comprender, en un mismo acto, la complejidad del auge del fútbol femenino en nuestro país. Jugadoras que disputan y transforman, pero que se relajan y disfrutan. Ellas hacen cosas con el fútbol, y el fútbol hace cosa con ellas.

 

 

Unas horas antes de esta escena, Gabriela Garton, arquera suplente de la selección y socióloga, cuenta que el público centroamericano se acercaba al entrenamiento a gritarles “boludas”. ¿Se estarían desquitando por los gritos de “negras” que recibieron de algunas plateistas en el partido de Arsenal y que fueron invisibilizados por coberturas mediáticas que tendieron a romantizar el potencial transformador del fútbol femenino?

 

Uno de los desafíos de quienes miramos el fútbol desde la sociología y la antropología radica en suspender la mirada reduccionista que no ve en el deporte otra cosa que no sea una constatación de lo que tenemos resuelto teóricamente de antemano. En otras palabras, creemos que si a priori caracterizamos al fútbol femenino como feminista, y lo entendemos meramente como un espacio de expresión y disputa de la lucha feminista, nos perdemos la posibilidad de comprender todo aquello que no necesariamente se explica bajo esa lente.

 

Una mirada atenta, sensible a las contradicciones de lo social, debería tener en cuenta también aquello que no nos gusta tanto de ese mundo para no proyectar sobre las actoras –en este caso, las jugadoras– nuestros propios anhelos de transformación social. Porque junto con los miles de pañuelos verdes desplegados en las tribunas por colectivos feministas que vienen disputando el ámbito del fútbol desde hace años con una potencia abrumadora, encontramos que los camarógrafos y periodistas que cubrieron el partido de ida son varones, que reían nerviosos cuando veían grupos de mujeres bajarse de colectivos cantando y agitando sus banderas, y que les costaba no referirse a las jugadoras como varones. Hay cronistas varones que con una condescendencia insoportable relatan cómo las compañeras mujeres los protegían y retaban si se les ocurría insultar a la rival. No sabemos qué partido vieron –tal vez quedaron obnubilados al descubrir que las mujeres aman el fútbol, van a la cancha y son capaces de crear su propio cancionero– porque en el que estuvimos nosotras además hubo empujones, puteadas y hasta disputas con la policía en los cacheos de entrada.

 

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Las jugadoras también tienen sus propias narrativas. Al destacar la dimensión del deseo personal como motor del éxito deportivo, despliegan estrategias individuales de gestión de sí, apelan a una ética de la autosuperación y el empoderamiento que se activa cuando se ensambla a la creencia generalizada de “si querés, vos podés” para cumplir su sueño de “vivir del fútbol”. “En la vida triunfa el que persevera”, postea Ruth Bravo (alias “Chule”) en su Instagram, luciendo una remera de Nike, la marca que la sponsorea. En la imagen posa con una sonrisa inmensa junto a Darío “Pipa” Benedetto, el segundo jugador mejor pago del plantel masculino. Más allá de haber compartido club y ser ambos hinchas xeneizes, la diferencia entre “La Chule” y “Pipa” es abismal: antes de sumarse al CD Tacón de Madrid (un club exclusivamente femenino y de la Segunda División), ella cobraba sólo los viáticos. A él, en cambio, le mejoraron su cláusula a 21 millones de euros en agosto de 2017.

 

Lejos de oponerse o someterse sin fisuras a las reglas del patriarcado, las mujeres “negocian” con él, dice Deniz Kandiyoti, una antropóloga que ha estudiado el dinamismo de los roles de género en culturas asiáticas y africanas. Las futbolistas, invisibilizadas históricamente en el fútbol, excluidas de sus relatos y de sus instituciones, hoy negocian y buscan la atención de las marcas, que comenzaron a ver en el fútbol femenino un nicho a explotar. En un doble juego, las futbolistas performan sus identidades, se apropian de las tecnologías existentes para transformar las condiciones de desigualdad y opresión, forjar alianzas e intervenir. Muchas de ellas apelan a los rasgos tradicionalmente asociados a la belleza femenina hegemónica –el pelo largo y lacio sujetado por una colita, la delgadez, la tez blanca–, y estas imágenes son recepcionadas y articuladas por marcas como Nike, que con slogans del estilo “hacete escuchar” enlazan nociones del feminismo y femineidad, en un mensaje despolitizado y descolectivizador que supone la superación en el deporte, y por lo tanto en la vida, mediante vías puramente individuales.

 

El 8 de noviembre de 2018 marcó un antes y un después en la historia del fútbol femenino en nuestro país. 11.533 personas, en su mayoría mujeres, coparon las inmediaciones del Estadio Julio Humberto Grondona en Sarandí para alentar a las jugadoras de la selección en un juego decisivo: el partido de ida del repechaje contra Panamá por la clasificación al Mundial.

 

No es la única vez que la selección participa de una Copa del Mundo organizada por FIFA –la última vez había sido en el 2007–, pero sí es la primera que lo hace en un marco tan especial: con entradas agotadas y la cancha llena, televisado por TyC Sports, con la presencia de “Chiqui” Tapia, además del ex futbolista y actual entrenador interino de la selección masculina, Lionel Scaloni, y el ayudante de campo Walter Samuel, entre otras figuras destacadas del mundo del deporte. El partido trascendió, además, por el cómodo triunfo de las pibas por 4 a 0, y si bien el holgado resultado no fue lo más importante de la jornada, coronó una tarde mágica en la que en las tribunas no escatimamos en abrazos y dejamos brotar esas lágrimas de emoción que veníamos conteniendo quienes (aún) creemos que un fútbol que nos incluya a todas, todos y todes es posible.

 

No somos ingenuas: en ese todes confluyen una heterogeneidad de actores y actoras con distintas expectativas y apuestas subjetivas en torno al fútbol de mujeres, que difícilmente podamos aglutinar bajo el paraguas del feminismo. Porque nuestro abrazo feminista no fue el único. Se abrazaron “Chiqui” Tapia y Scaloni. Se abrazó el grupo de pibas que vestían ropa de Boca y que estaba detrás nuestro en la tribuna de Arsenal. También lo hicieron el papá y el padrino de una de nosotras que fueron ahí para ver fútbol. En sus análisis técnicos, demostraban que para ellos era lo mismo que estuvieran jugando las pibas o unos pibes porque lo importante era el juego. ¿Qué se expresa en el abrazo de las jugadoras? ¿Por qué lloran? ¿Por qué festejan los/as periodistas? ¿Y Las Pioneras, esas jugadoras que fueron las primeras en participar de un Mundial de fútbol femenino en 1971, y no dejaron de alentar un solo segundo en Arsenal? ¿Y las chicas de La Nuestra Fútbol Feminista, que desde hace años vienen parándose en la cancha de la villa 31 como en la vida? ¿Por qué es tan importante este partido? ¿Qué nos permite pensar esta clasificación?

 

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2018 fue el año de la masificación del movimiento de mujeres en Argentina. Signado por malas noticias –tarifazos, recortes, ajustes, inflación, despidos– en todos los ámbitos, el feminismo nos llenó de esperanzas y creímos que por fin íbamos lograr la autonomía sobre nuestros cuerpos. El fútbol –el deporte más masivo y popular de nuestro país– no permaneció ajeno a esta lucha. Algunas mujeres pensamos que para transformar las relaciones sobre las que se estructura el patriarcado es necesario disputar los sentidos de la cultura popular: transformar las lógicas que habilitan y legitiman la conformación de un tipo de masculinidad hegemónica, violenta, machista y aguantadora. Lo que el históricamente fútbol argentino ha producido y reproducido, con Maradona como máximo exponente, el pibe –pícaro, habilidoso, talentoso, carismático– que asoma en el potrero para deslumbrar al mundo del fútbol y que a base de gambetas (y una misoginia que nos duele reconocer) exporta la argentinidad de la villa al mundo.

 

Más allá de la desatención del Estado y los medios de comunicación, la relación de las mujeres con el deporte no fue saldada en las investigaciones sociales, reproduciendo así un sentido común extendido que indica que algunos espacios –como el fútbol– son de y para varones. Si bien un conjunto de autoras vinculadas a los estudios argentinos sobre deporte (a fines de los noventa y principios del 2000) analizaron el ingreso de las mujeres a este campo tradicionalmente masculino, las pensaron en su rol de espectadoras o como “mujeres de futbolistas”, sin ahondar en su calidad como deportistas ni imaginarlas como verdaderas protagonistas de este deporte: jugadoras, dirigentes, empleadas, entrenadoras, árbitras y periodistas.

 

No podemos desconocer que la ampliación y masificación del fútbol de mujeres se dio de la mano de la lucha feminista, y que actualmente tanto las ciencias sociales como el periodismo comienzan a dar cuenta y recuperar relatos de mujeres que históricamente se organizaron en todos los puntos del país para jugar al fútbol, para verlo, para disfrutarlo, para inteligirlo con otras miradas y otros saberes, para ser parte de “ese juego que las hacía felices”, como dice la socióloga Adolfina Janson en uno de los primeros libros que las tiene como protagonistas.

 

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El fútbol femenino en Argentina es amateur. Las jugadoras no reciben un salario por su desempeño, son profesionales sin sueldo en términos del tiempo y el esfuerzo dedicados al entrenamiento, las competencias y el comportamiento afuera de la cancha. Si bien las que juegan en los equipos más competitivos tienen acuerdos, los clubes les proveen sólo lo mínimo. Como las canchas propias se usan para las categorías infantiles masculinas, los entrenamientos se realizan en canchas prestadas o en un parque. La federación no cubre los gastos que implican los partidos según las exigencias del reglamento (la provisión de árbitros, una ambulancia y policía), entonces los clubes y, a veces, las jugadoras se hacen cargo. A su vez, otras responsabilidades caen sobre las futbolistas y el cuerpo técnico, como los costos y la organización del transporte, la indumentaria y los materiales de trabajo.

 

La situación no cambia mucho para las jugadoras de la selección. Si bien el fútbol es un factor determinante en sus vidas una carta de presentación reciben 300 pesos por entrenamiento en concepto de viáticos, no tienen concertado premios por objetivos logrados, deben negociarlos y, en caso de conseguirlos, están muy por debajo de los de otras federaciones. El primer campeonato se creó en 1991 y reunía en una única categoría ocho equipos. En los últimos años, la liga se dividió en dos: primera A (compiten 16 equipos) y primera B (22 divididos en dos zonas). El campeón clasifica a la Copa Libertadores Femenina y los dos últimos de la tabla de posiciones descienden a Segunda División. Por motivos económicos vinculados al traslado, estos equipos representan a instituciones del Gran Buenos Aires y La Plata. Una parte de ellos pertenecen a clubes que también tienen equipos masculinos en alguna de las divisiones (la primera o el ascenso). El torneo de mujeres en AFA está bajo la autoridad de la Comisión de Fútbol Femenino, compuesta por tres directivos y los delegados de los clubes participantes. Dentro de las estructuras de la AFA, los equipos de mujeres aparecen junto a las divisiones juveniles e infantiles, el futsal y el fútbol playa.

 

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En los últimos dos años, el fútbol femenino logró una visibilización que incluso para quienes seguíamos su desarrollo nos tomó por sorpresa. Empezó a recibir atención y cobertura mediática cuando la selección nacional anunció el paro en septiembre de 2017, denunciando el sexismo estructural en la industria del deporte. Mientras se elegía un nuevo presidente y se reestructuraba la institución, el fútbol femenino no aparecía en la lista de prioridades. En una carta a Ricardo Pinela, presidente de la Comisión de Fútbol Femenino en AFA y vicepresidente del Club Deportivo UAI Urquiza, las jugadoras pedían apoyo y mejoras para recibir el mismo trato que sus pares masculinos y se posicionaban como protagonistas dispuestas a luchar por sus derechos: viáticos dignos, indumentaria y calzado propio (usualmente reciben los conjuntos utilizados por los varones de temporadas anteriores), condiciones de entrenamiento adecuadas, trabajo y formación a largo plazo.

 

En Argentina hay alrededor de un millón de mujeres que practican fútbol. Este boom, acompañado del interés de las mujeres de los sectores medios y altos, se manifiesta en aumentos en las demandas del alquiler de canchas, en los pedidos de indumentaria femenina para los equipos recreativos y en la búsqueda de espacios de aprendizaje y entrenamiento.

 

La FIFA comprendió que ahí hay un mercado a explotar. CONMEBOL también: dispuso que todos los clubes de Superliga que deseen participar a partir de 2019 en competiciones continentales deben contar con una estructura de fútbol femenino. Estas disposiciones avaladas por AFA confirman que estamos atravesando un momento de transición, de un deporte casi desconocido –o estigmatizado– a un negocio creciente.

 

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El momento que está atravesando el fútbol femenino es histórico. Reclamamos un rol activo del Estado a través de sus diferentes organismos en la consolidación del proyecto (hacia la profesionalización) del fútbol femenino, en diálogo con las jugadoras y los feminismos. Si algo aprendimos de nuestra historia marcada por el liberalismo en la política y la economía es que no podemos regalar al mercado la posibilidad de construir el relato legítimo sobre el fútbol y sobre las mujeres.

 

Queremos un fútbol que nos incluya a todas, todos, todes. A las mujeres, los pibes, les trans, les gordes, les viejes, las negras. Personas con discapacidad, ricas o pobres. Y en ese proyecto tenemos mucho que aprender del carácter feminista del fútbol como juego colectivo que como siempre realza Mónica Santino, la DT que más sabe del valor del trabajo en equipo nunca puede ser individual: parar la pelota, levantar la cabeza, jugar siempre con la compañera, reivindicar nuestro derecho al goce. Y ahí sí, Chiqui: cuando logremos un fútbol verdaderamente inclusivo vamos a festejar todes juntes. Mientras tanto, vamos a seguir gritando: “Chiqui, escuchá a las pibas”.


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