En cuarentena, Bake Off se transformó en el permitido de los domingos: un reality amable para dejar de pensar por un rato en la pandemia. En tiempo real, durante cada emisión, Twitter se convirtió en espacio de conversación primero, y en usina de odio después, cancelando a una de sus participantes de heroína a villana. Crimen y castigo en la tele mediatizada por las redes sociales, y cuerpos ofrecidos en el espectáculo.



¿Quién se va a hacer cargo de este desastre? 

 

Ah, ni idea. Yo argentino.

 

La final del programa de televisión abierta más visto y más comentado en esta Argentina bajo la pandemia terminó anoche como un melodrama de los de antes.

 

Aunque fue el último movimiento de una agonía anunciada, tuvo su cuota de misterio: a segundos de convertirse en la ganadora de Bake Off: El Gran Pastelero Argentino (Turner/Telefe), Samanta Casais dejó de serlo. En la final original, grabada en agosto del año pasado, los miembros del jurado la eligieron como “la mejor pastelera amateur” del país. La abrazaron, la felicitaron, le anunciaron que ganaría seiscientos mil pesos. En la nueva final grabada la semana pasada como consecuencia de la presión tuitera, la mandaron a la hoguera. Así, los espectadores vimos dos programas en uno: el primero, editado hace meses, y el segundo, sobreimpreso como una addenda de último minuto para calmar a las fieras.

 

El reality show de pastelería que nos entretuvo y nos dio tela para cortar durante los domingos de pandemia y cuarentena exige, entre sus reglas, dos requisitos a los que se les otorga máxima importancia: que los participantes no tengan experiencia profesional en la pastelería y que no hayan incursionado antes en televisión. Amateurs o muerte, es el grito de batalla. Y Samanta, la ganadora original, al parecer incumplió esas reglas porque había vendido tortas de manera particular y porque una vez apareció preparando un huevo de pascuas en la pantalla de C5N. Así como antes teníamos que esperar al día siguiente para hablar de lo que habíamos visto en la noche por televisión, ahora podemos vomitar nuestras opiniones en tiempo real.

 

Esta edición de Bake Off logró recrear el encanto de la televisión abierta, que es el de verla en vivo y en comunión con otros. La última vez que pasó algo similar, en realidad, fue el año pasado, por el cable y plataformas on demand con Game of Thrones, aunque la tele abierta tiene una potencia y una llegada más transversal a las distintas clases sociales; la TV abierta sigue siendo, a pesar de  todo, más accesible, más democrática, más popular. Si antes reservábamos nuestra acidez para los comentarios de pasillo en la oficina, en la universidad o en la calle, ahora creamos memes e intervenimos directamente sobre los productos que estamos consumiendo. Henry Jenkins definió a este fenómeno como el momento en el que pasamos de ser meros consumidores a ser consumidores-productores: prosumidores. En este caso, además de generar sentido sobre lo que se iba viendo, además de hacer chistes y comentarios para y ante esos otros invisibles, en Twitter se generó una escalada de odio que fue cambiando de destinatario y aumentando en virulencia (se supo de su responsabilidad en un homicidio culposo). Cuando se conocieron las imágenes de Samanta en C5N y cuando Samanta venció a una de las favoritas del público tuitero, Agus, ese odio no paró de escalar.

 

Samanta tuvo que salir de su casa de San Telmo para ir hasta un campo que se parecía a la estancia de Pilar en la que se grabó el programa y recibir su veredicto. El castigo será televisado, o cuando los buenos modales dan paso a la humillación. Un cuerpo ofrecido en espectáculo para el castigo público, para el suplicio que dejó de estar vigente en la primera mitad del siglo XIX como documenta Michel Foucault en la introducción de Vigilar y Castigar. La participante-supliciada frente a los jurados-verdugo que le daban a la audiencia-leones un poco de la sangre que estaban pidiendo.

 

Parada en el escenario que replica la campiña inglesa del formato original, al lado de su compañero-contrincante Damian Basile y de frente al jurado, Samanta escuchó su sentencia. De fondo, sonaba una música instrumental parecida a la que ponen en Bailando por un sueño en los momentos “emotivos” y de golpes bajos.

 

Sucedieron acontecimientos que demostraron tu experiencia laboral y televisiva desconocida por nosotros y además negada en el formulario de inscripción.

 

Las palabras de Christophe Krywonis -jurado del programa-, la admonición en ese español con acento francés, dieron lugar a un cambio abrupto en la musicalización. Del pianito triste a música de suspenso. El sonido del castigo.

 

La idea no es juzgar por qué decidiste no contar que alguno de tus trabajos guardaba relación con el mundo de la pastelería.

 

Damián Betular, otro jurado, la juzgaba mientras decía estar haciendo todo lo contrario. Pamela Villar (“la policía buena”), leyó algo del teleprompter sobre las reglas y la transparencia.

 

Por todo lo que acabamos de decir, pensamos que lo más justo es que quedes fuera de la competencia y además no recibas el premio ni el título.

 

Samanta asentía en silencio. Hasta que le dieron la posibilidad de hacer su descargo en ese pelotón de fusilamiento televisivo. Al borde de las lágrimas, agradeció la posibilidad de poder decir sus últimas palabras. Y lo hizo, con el pianito nuevamente de fondo:

 

La pasé muy mal con todo lo que se dijo de mí en las redes sociales. Ha sido todo muy cruel (…). Cometí un error, soy humana y lo admito. Pido disculpas y quiero que quede claro que no soy una pastelera profesional, no estudié pastelería y mucho menos trabajé de eso. Mi acercamiento con la cocina fue limitado y con un emprendimiento pequeño, familiar.

 

El discurso de Samanta iba tomando cuerpo. La impostora, la participante de un reality que era odiada como una villana de telenovela, finalmente se redimía:

 

Ha sido un antes y un después en mi vida, con todo lo que eso conlleva. No es fácil estar acá para mí hoy pero creo que es importante. Me voy con la frente en alto y voy a seguir con ésto, que es lo que amo.

 

Desde Picky Paino, esa heroína trágica que se dejó ganar por un compañero que necesitaba el premio más que ella en aquella final de Expedición Robinson (Promofilm/Canal Trece, 2000) que no se veía un final de reality con un giro tan dramático, tan inesperado, tan en carne viva.

 

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El horno no está para bollos

 

Fue la producción.

 

Fue ella, que mintió en el casting.

 

Fue el odio tuitero.

 

Ah, yo ni idea, yo argentino.

 

No es novedoso el fenómeno por el cual una parte de la audiencia (una minoría intensa, podríamos decir) se toma muy a pecho aquello que ve en TV. En 1996, Carina Zampini encarnaba a la villana de Por Siempre Mujercitas, la telenovela del Canal 9 de Romay que encendía pasiones todas las noches. En la ficción era Carla Lucero, una mala malísima, capaz de cualquier cosa. Y en la vida real, a Carina Zampini la paraban en la fila del supermercado para preguntarle si acaso no tenía corazón.

 

En 2007, Nadia Epstein fue para muchos espectadores de esa edición de Gran Hermano la mismísima encarnación del mal que se enfrentaba a Marianela, víctima y bulleada. Todavía no existía Twitter y todavía no existía el coronavirus, por lo que Nadia, como los otros participantes, se ganaba unos mangos haciendo “apariciones” en el boliche Sunset, frecuentado en aquel entonces por famosos y famosas clase B. Se subía a una tarima para saludar en plena madrugada a una muchedumbre que le respondía con insultos y con cubos de hielo. Sí, sacaban cubos de hielo de sus tragos para arrojárselos al objeto de su animadversión. Twitter llevó esa violencia a otro nivel, a uno en que la frontera de lo público y lo privado es ya más difusa. Mucha gente, anónima y no tan anónima, no tuvo que esperar a cruzársela en la calle para vomitarle su odio primal.

 

El frío domingo 5 de julio, Damián y Samanta se inspiraban en artistas del surrealismo para hacer sus últimas tortas (él con Magritte, ella con Dalí). Y había algo de surrealista en ver lo que estaba generando un programa de tortas en la esfera pública que supimos conseguir. Anoche, en plena transmisión, todos se desprendían de la responsabilidad por la espiral de violencia que llevó a que, por ejemplo, la familia de Samanta recibiera amenazas e insultos por sus redes sociales, a que se publicaran los datos de su monotributo como si fueran de dominio público o como si eso constituyera una forma de hacer justicia. El malo es el otro, el que está en falta es siempre el otro. Yo, argentino.

 

Todos los participantes de Bake Off aprovechan los 15 segundos de fama para, otra vez, ganarse el mango aunque laburando más que los de Gran Hermano en los boliches. Las redes -Instagram en particular-, son los mecanismos que usan para difundir su trabajo y tomar pedidos por mensaje privado. En una época en que las confiterías están cerradas y todos los encargos son para entregas a domicilio, Instagram les vino como anillo al dedo. Menos a Samanta, que tuvo que bloquear la posibilidad de recibir tanto comentarios como mensajes privados.

 

Una digresión personal: al comienzo del programa, mi candidata era Sonia, una participante a la que Twitter gustaba acusar de facha por el hecho de tener 51 años. Cuando ella quedó fuera de juego, mis simpatías fueron para Damián: rosarino, gay y fan de Madonna (tiene hasta un tatuaje de Erótica en el brazo). En la lógica tuitera, es común que cada uno elija bandos, equipos e hinche virtualmente por ellos. Algunos criticaban a Gerardo por emocionarse en cada programa, otros se reían de Marcos por la poca prolijidad al decorar sus tortas y muchos nos reíamos de que Samanta lloraba ante algunas devoluciones. Confieso que he pecado: he subido algún que otro meme criticando las lágrimas de Samanta, a las que veía desproporcionadas en relación a un programa de tortas. Cuando me di cuenta de que esos chistes se estaban yendo de cauce y de que lo desproporcionado en todo caso era el odio que recibía ella, paré un poco la pelota y me convertí un poco en el aguafiestas que pide aflojar con el bullying.

 

Enojado por perder en el rating frente a un programa de tortas, Lanata le dijo a Alfredo Leuco que “los trolls K” miraban Bake Off como un acto de militancia. Esa acusación fue contestada rápidamente por muchos usuarios de Twitter. “No sé si los trolls K, pero los trolos K seguro”. El programa habilitaba una lectura queer, desde el chiste fácil de hablar de tortas y trolos, pasando por los comentarios subidos de tono hacia Angelo que él mismo respondía con humor (podemos decir que ya es un ícono gay) hasta el embanderamiento detrás de Damián como representante del colectivo LGBT. Argentina no tendrá todavía su propia versión de RuPaul’s Drag Race pero era significativa la presencia y participación del colectivo queer en la discusión en torno al programa.

 

Uno de los encantos, uno de los ingredientes secretos del éxito de Bake Off, era que nos permitía distendernos una hora por semana de las malas noticias a las que estamos constantemente expuestos. Y que lo hacía con tres jurados amables, con figuras casi paternales que daban palabras de aliento y consejos técnicos de cómo mejorar. En otras palabras, Bake Off estaba lejos de los gritos y las peleas del Bailando. En Bake Off no había una Moria pidiéndole a una Silvina Escudero que no hablara de su abuela muerta ni picas entre concursantes y jurado. Había un clima de camaradería que se fue rompiendo hasta el estallido final, por el que todos tenemos (distintas) cuotas de responsabilidad.

 

Anoche, mientras esbozaba en Twitter las primeras ideas sobre el Samanta Gate, varios usuarios me respondieron con una resignación que se parece bastante a una celebración del status quo. “Y bueno, qué querés, Twitter es así, ella sabía a qué se exponía, qué va’ hacer”. Mientras negaba con la cabeza al leer esos comentarios, me acordé de una canción que pasan siempre en Aspen que reflexiona, en clave de balada, acerca de la naturaleza conservadora de esa frase. La canción se llama The Way It Is, los artistas son Bruce Hornsby y Ricky Skaggs, y el estribillo dice más o menos así:

 

“Así es la vida

Algunas cosas nunca van a cambiar.

Así es la vida

Ah, pero no les creas”.

 


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