Los resultados adversos a Cambiemos no deberían sorprender, la autonomía relativa de la política provincial marcó el pulso de las primeras votaciones del año. En esas dinámicas, las familias políticas ocupan un lugar central: desde el retorno de la democracia gobernaron diecinueve provincias y tienen presencia en casi todos los partidos. Jacqueline Behrend analiza a estas criaturas fluidas y cambiantes y detalla cuáles se ponen a prueba en estas elecciones.



Las elecciones provinciales muchas veces parecen asuntos de familia. En las próximas semanas del calendario electoral, los hermanos Rodríguez Saá competirán por la gobernación de San Luis. En Catamarca Lucía Corpacci, heredera de una dinastía política, irá por la reelección. Y Alicia Kirchner, que pertenece a otra de las dinastías políticas más conocidas del país, buscará su segundo mandato en Santa Cruz. En Córdoba, Ramón Mestre buscó acceder al cargo que había ocupado su padre, que gobernó la provincia entre 1995 y 1999, y no lo logró. En Río Negro, Martín Soria también fracasó en el intento de seguir el camino de su padre Carlos, ex gobernador. Y en las listas de diputados y senadores seguramente haya hermanxs, cónyuges, hijxs, primxs y otros parientes de políticos que ocupan o han ocupado cargos provinciales.

 

En Estados Unidos conocemos a los Kennedy, los Bush y los Clinton. En la India, a los Nehru-Gandhi. En Brasil decenas de familias políticas compiten en las elecciones estaduales. Todas ellas lo hacen dentro de partidos políticos y construyen poder territorial. Pueden ser extensas, con muchos parientes que ocuparon cargos políticos en un amplio período de tiempo, o estar compuestas por apenas dos personas. Algunas desaparecen y pueden surgir otras nuevas. Y en Argentina, al igual que en muchos países, las familias políticas existen en casi todos los partidos que se presentan a elecciones.

 

Cuando se elige gobernador, hay dos elementos importantes para el análisis. El primero son los propios partidos: en las provincias, los que disputan y ganan las elecciones no siempre coinciden con los que participan a nivel nacional. Algunos partidos políticos provinciales tienen un largo arraigo en el territorio, como el Movimiento Popular Neuquino (MPN). Otros, más recientes, se forman a partir de una coalición de distintos espacios, como el frente Juntos Somos Río Negro o el Frente Cívico por Santiago. Reflejan preocupaciones, alianzas y disputas que responden a cada distrito: el peronismo no es el mismo en todas las provincias y tampoco Cambiemos lo es. El segundo factor son las personas que compiten: los candidatos a gobernador muchas veces pertenecen a familias políticas provinciales o son sus aliados, delfines o herederos. Y, en este sentido, no importa tanto por qué partido se presentan sino qué significan para la provincia.

 

Las elecciones provinciales pueden parecer algo conocido, fácil de interpretar y de ubicar en los movimientos y transformaciones que se ven en la política nacional. Pero apenas se empieza a trabajar los datos de cada territorio con cierta profundidad, se ve que no se puede interpretar la política provincial exclusivamente a partir de lo que sucede a nivel nacional ni se pueden sacar conclusiones sobre la política nacional a partir de lo que ocurre en las provincias. Más bien, las elecciones a gobernador suelen obedecer a dinámicas propias de cada distrito electoral. Eso no quiere decir que los vínculos entre lo provincial y lo nacional no puedan ser intensos. Un candidato presidencial con mucha popularidad puede ayudar a que un gobernador gane las elecciones, como ocurrió en la elección de Gerardo Morales en Jujuy en 2015. También es común que ocurra lo contrario, que los gobernadores apuntalen la elección de un presidente. De todos modos, la intensidad de estos vínculos es la parte más conocida del tema, y por eso voy a centrarme en la parte menos tenida en cuenta: las dinámicas de la política provincial.

 

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Cuando las provincias desdoblan sus elecciones y las separan de las nacionales, profundizan la diferencia de lo que está en juego entre las dos votaciones: dejan en claro que hay dos arenas de disputa y que los electores pueden votar de manera distinta en una y en otra. En este año en que se renuevan gobernadores, legisladores provinciales, legisladores nacionales y autoridades municipales, sólo cuatro provincias hicieron coincidir sus elecciones con las nacionales. En un extremo tenemos a la provincia de Buenos Aires, muy atada a la política nacional por su proximidad geográfica a la Capital y porque contiene a un tercio del electorado del país, y en el otro a San Luis, que intenta diferenciarse de la política nacional sin importar cuál sea el gobierno de turno, y siempre tiene una lógica de competencia política propia.

 

La autonomía relativa de la política provincial se vio en las elecciones que inauguraron el año: el desacople reforzó la provincialización de la competencia y permitió que las dinámicas de cada distrito fueran más visibles y no quedaran tapadas por una gran elección. En este sentido, los resultados adversos a Cambiemos en Neuquén, Río Negro, San Juan, Chubut, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba no deberían sorprender. Cambiemos como tal existe en pocas provincias fuera de CABA y Buenos Aires. A Mendoza, Jujuy y Corrientes, provincias que se atribuye como propias, las gobiernan radicales. Sólo en Jujuy el empuje de la dinámica política nacional le permitió al radicalismo y Cambiemos llegar a la gobernación y esto también obedece en gran medida a una lógica política local: el peronismo en 2015 estaba muy desgastado y fragmentado entre el PJ oficial y el movimiento Tupac Amaru, que había generado rechazo en una parte importante de los votantes. Y en las provincias donde sí existe, Cambiemos significa distintas cosas. En algunos casos, el Cambiemos provincial es la UCR con algunos socios menores. En otros, una coalición opositora al partido gobernante local, que ni siquiera representa a los mismos partidos que integran Cambiemos a nivel nacional. En 2017, por ejemplo, en San Luis un candidato peronista que había salido del riñón de los hermanos Adolfo y Alberto Rodríguez Saá llevaba su sello. No había casi nada de PRO y muy poco de radicalismo en la versión puntana de Cambiemos.

 

Esto me lleva al otro elemento importante para entender las dinámicas provinciales: las familias políticas, una forma de organización de la política a nivel local que existe en la mayoría de los distritos (incluyendo el de Buenos Aires) y en casi todos los partidos que compiten en elecciones para gobernador. Así como los hijos de abogados muchas veces estudian abogacía o los hijos de empresarios heredan la empresa familiar y se dedican a los negocios, también los hijos de políticos heredan la vocación o el interés por la política. O este entusiasmo se contagia entre hermanos y primos. Del mismo modo en que una empresa o un estudio de abogados pueden convertirse en un emprendimiento familiar, la política también puede hacerlo.

 

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Las familias políticas no son una novedad. En Argentina existían antes de 1983 y después de la transición a la democracia surgieron nuevas. Algunos de sus miembros se desempeñan como  gobernadores, otros ocupan bancas en las legislaturas provinciales o nacionales, también hay intendentes, concejales, etc. Cuando usamos esta noción no nos referimos al nepotismo, es decir, cuando un político electo designa a familiares en cargos no electivos (como ministrxs, secretarixs o asesorxs). Se puede hablar de familias políticas cuando dos o más parientes ocupan cargos electivos, ya sea simultáneamente o en un período anterior o posterior. Este es el mínimo; en el máximo, varios familiares ocupan cargos electivos al mismo tiempo, antes y después, y en forma numerosa. Y cuando miembros de una misma familia se suceden en el mismo cargo, estamos frente a una dinastía política. Entonces, la diferencia entre una dinastía y una familia está en que en las dinastías hay dos o más parientes que ocuparon el mismo cargo.

 

Como parte de la política electoral, las familias y dinastías políticas se desarrollan en regímenes democráticos, dentro de las reglas de la competencia electoral. Desde el retorno a la democracia en 1983 hasta las últimas elecciones en 2017 existieron familias políticas en la gobernación de diecinueve provincias. Y en nueve se convirtieron en dinastías políticas. Algunas familias están compuestas por sólo dos miembros, quizá un gobernador y una legisladora, como el caso de la familia Duhalde, o una gobernadora y un intendente, como María Eugenia Vidal antes de separarse del intendente Ramiro Tagliaferro. Otras pueden ser más amplias y sostenerse en el tiempo, como los Saadi en Catamarca, que incluyeron a tres gobernadores (Vicente Saadi, Ramón Saadi y Lucía Corpacci Saadi), además de legisladores (Luis Saadi); o los Romero Feris en Corrientes, que incluyeron a tres gobernadores (Julio Romero, José Antonio Romero Feris y Raúl Romero Feris) en tres partidos políticos distintos (el Partido Justicialista, el Partido Autonomista y el Partido Nuevo). Tanto los Saadi como los Romero Feris participaron de la política electoral antes y después de 1983. Hay familias que pueden ser menos numerosas, pero sucederse en la gobernación durante varios mandatos, como los Rodríguez Saá en San Luis o los Colombi en Corrientes. Y también hay unas que pueden incluso saltar a la política nacional y llegar a la presidencia, como los Kirchner de Santa Cruz y como Carlos Menem, que también pertenece a una familia política con un fuerte arraigo territorial en La Rioja (los Menem-Yoma).

 

Las familias políticas no viven para siempre. A veces, una emergente reemplaza a otra, como ocurrió en Corrientes, cuando los Colombi sucedieron a los Romero Feris. Otras, las sustituyen políticos que no conforman una familia política. En San Juan, por ejemplo, Sergio Uñac reemplazó a los Gioja y –hasta el momento- no desarrolló una propia. En todo caso, las familias políticas son criaturas fluidas y cambiantes que  ocupan un lugar central para entender cómo se organiza la política provincial.

 

La pertenencia de un candidato a una familia política no le garantiza ser electo. Como las familias políticas se desarrollan dentro de las reglas democráticas, no alcanza con designar un sucesor a dedo. Los familiares tienen que seducir al electorado y ganar elecciones. Si bien portar el apellido trae ventajas y empuje, no podemos suponer que los electores los van a votar solo porque tienen algún parentesco con otro político que les cae bien. Las familias políticas no ganan las elecciones a gobernador porque los votos de sus parientes se transfieran a ellos, sino porque logran armar una estructura política con una fuerte base territorial. Donde sí resulta más fácil colocar a un pariente y que sea electo es en una lista de candidatos a legislador. Un familiar no conocido puede ocupar un lugar discreto en una lista y, a partir de su elección, desarrollar su carrera política o contribuir al armado territorial del pariente que ocupa la gobernación, como hicieron los hermanos del exgobernador de San Juan José Luis Gioja. Armar una familia les permite a los políticos estar en muchos lugares a la vez y desarrollar un vínculo más fuerte con los votantes, pero no les asegura una victoria electoral ante otros candidatos o ante familias políticas nuevas.

 

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De las familias políticas que compitieron y van a competir este año, quizá el caso más llamativo sea el de los Rodríguez Saá en San Luis. Adolfo y Alberto desarrollaron una dinastía política y gobernaron la provincia desde 1983, salvo en dos períodos. En febrero de este año estalló una pelea abierta entre los hermanos que terminó en una ruptura. Alberto se quedó con la candidatura del Partido Justicialista provincial y desafilió a su hermano Adolfo, que creó la Alianza Juntos por la Gente. Para las elecciones, ambos se presentan como candidatos a gobernador por partidos diferentes. La decisión de ir separados abre la posibilidad de que los votantes elijan al Rodríguez Saá que más les guste o a un tercer candidato. Este escenario implica un riesgo muy importante: el tercero es Claudio Poggi, el exgobernador que entró en la política provincial de la mano de los Rodríguez Saá y que sólo se distanció de ellos cuando dejó la gobernación y quiso tener una base de poder autónoma. En 2017, Poggi se alió con los radicales y experimentó con el sello Cambiemos. Este año, Poggi se presenta con el partido Avanzar, que él mismo creó en 2016. En definitiva, la elección a gobernador en San Luis se va a dar entre candidatos peronistas: dos hermanos y un tercero que hasta hace muy poco era considerado parte de la “familia ampliada”.

 

En Neuquén las familias políticas y los partidos provinciales tuvieron históricamente un papel importante. El Movimiento Popular Neuquino (MPN) es el partido provincial más exitoso de la Argentina, como hace poco dijo María Esperanza Casullo, y desde su fundación la familia Sapag ocupó un lugar central. Dos Sapag gobernaron en más de una oportunidad y formaron una dinastía política. Otros miembros de la familia se desempeñaron como intendentes y senadores, pero en las últimas dos elecciones ninguno compitió por la gobernación. El actual gobernador, Omar Gutiérrez, que fue electo en 2015 y reelecto este año, entró en la política de la mano de los Sapag. Pero el traspaso de poder a Gutiérrez en Neuquén muestra que las familias políticas no siempre buscan quedarse en el cargo de gobernador.

 

Por más que un político arme una familia política, no es fácil llegar a la gobernación. En Río Negro compitió en las últimas elecciones a gobernador el intendente de General Roca Martín Soria, hijo del fallecido exgobernador y diputado Carlos Soria. Perdió por diecisiete puntos frente a una candidata designada a pocos días de las elecciones por el gobernador en funciones Alberto Weretilneck, que había sido electo como vicegobernador de Soria padre. La hermana de Martín, María Emilia Soria, es diputada nacional.

 

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Catamarca tiene una de las dinastías políticas que más sobrevivió en el tiempo: la familia Saadi. Vicente Leónidas Saadi, el fundador de la familia, fue electo gobernador por primera vez en 1949 y por segunda en 1987, pero falleció en el cargo. Su hijo Ramón Saadi fue el primer gobernador después de la transición a la democracia (1983-1987) y gobernó la provincia nuevamente entre 1988 y 1990. Su otro hijo, Luis Saadi, es legislador provincial. Su sobrina, Lucía Corpacci Saadi, fue electa gobernadora en 2011, reelecta en 2015 y este año se presenta nuevamente como candidata, ya que Catamarca tiene reelección indefinida. Pero los Saadi no fueron la única dinastía política que tuvo Catamarca después de 1983. Arnoldo Castillo, que había sido gobernador de facto durante la dictadura, fue electo gobernador por la UCR entre 1991-1995 y 1995-1999. En 1999 lo sucedió su hijo, Oscar Castillo, que gobernó la provincia hasta 2003. Catamarca es un claro ejemplo de que las familias y dinastías políticas existen en casi todos los partidos políticos que compiten en elecciones en el país.

 

En las elecciones del 12 de mayo en Córdoba, el gobernador peronista Juan Schiaretti fue reelecto. Compitió contra el diputado Mario Negri y el intendente de la ciudad de Córdoba Ramón Mestre. Mestre pertenece a una familia política radical. Su padre, también llamado Ramón, fue intendente de Córdoba entre 1983 y 1991 y gobernador entre 1995 y 1999. Mestre hijo intentó seguir el camino del padre, pero quedó en tercer lugar en las elecciones. Schiaretti también armó una familia política, aunque reducida: su esposa, Alejandra Vigo, es diputada nacional.

 

En Santa Cruz también hay una familia política que logró traspasar las fronteras provinciales y llegar a la presidencia: los Kirchner. Néstor gobernó la provincia entre 1991 y 2003, mientras Cristina Kirchner era diputada y senadora. Luego él fue presidente. Cuando Cristina era presidenta, Néstor fue diputado. Con la elección de Alicia Kirchner como gobernadora, los Kirchner se convirtieron en una dinastía provincial. Todo indica que Alicia Kirchner irá por la reelección en octubre de este año. La familia política también incluye a Máximo Kirchner, hijo de Cristina y Néstor Kirchner.

 

La familia política de los Urtubey, en Salta, está compuesta por dos hermanos emparentados con otra familia política peronista, los Mera Figueroa. Juan Manuel concluirá su tercer mandato como gobernador en diciembre de este año, mientras que su hermano Rodolfo es senador. Urtubey no puede volver a reelegirse como gobernador y todavía no se sabe quiénes competirán por el cargo. Por el momento, el futuro de esta familia política es incierto.

 

En la provincia de Buenos Aires, tres gobernadores desarrollaron familias políticas, aunque incluyeron a pocos miembros y no se convirtieron en dinastías. Antonio Cafiero fue gobernador de la provincia y sus hijos Juan Pablo y Mario Cafiero también ocuparon cargos legislativos. Eduardo Duhalde fue gobernador de Buenos Aires y presidente interino, y su esposa Hilda “Chiche” Duhalde fue electa diputada. Y también la actual gobernadora, María Eugenia Vidal, fue electa en 2015 junto con su entonces marido, Ramiro Tagliaferro, intendente de Morón. Quizá la mayor diferencia entre las familias políticas de Buenos Aires y las de otras provincias es que no son tan extensas, no perduran tanto en el tiempo y no se convierten en dinastías. Esto se debe a que hay más actores políticos, más actores económicos y muchos más intereses que buscan influir en la política y disputar el poder.

 

Otras dos provincias que históricamente tuvieron dinastías políticas no eligen gobernador este año: Santiago del Estero y Corrientes.

¿Qué nos dicen las elecciones a gobernador que ocurrirán en los próximos meses? En primer lugar, que la competencia provincial no es un reflejo de lo que sucede a nivel nacional. Tiene dinámicas propias, que se acercan en algunos aspectos y se alejan en otros. Si bien no son un reflejo, las elecciones provinciales tienen consecuencias importantes a nivel nacional, porque los gobernadores tejen apoyos que pueden ayudar a que un candidato u otro gane una elección presidencial. En segundo lugar, que en muchas provincias compiten partidos o frentes políticos provinciales diferentes a los que vemos a nivel nacional y que reflejan alianzas propias de cada territorio. Y también que un mismo sello partidario –por ejemplo, Cambiemos- puede no representar lo mismo en una provincia que en otra. Algo similar ocurre con el peronismo, que históricamente estuvo dividido entre el peronismo de las provincias periféricas y el de las provincias más grandes. Hoy, la división se da entre el peronismo federal y el kirchnerismo. En tercer lugar, que en muchas elecciones a gobernador se pone en juego la supervivencia de viejas familias políticas y el surgimiento de nuevas. Esta continuidad de la política de familias se pone nuevamente a prueba en estas elecciones.


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